TRIGO DEL BUEN COSTAL
R.A.
H
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a sido dado el Premio Nobel a Juan
Ramón Jiménez. El galardón quizá nunca fue concedido en literatura con mayor
acierto. De su poesía, el más alto elogio, es que, como excepción confirma la
creencia, no recordamos, si de Valencia o Lugones, que la lírica occidental
nunca alcanzó la finura, la delicadeza de Oriente. Las traducciones de los
poetas chinos e hindúes dicen la justeza de la observación. Juan Ramón Jiménez,
en nuestro pensar puede figurar sin desdoro entre los pares de Li Tai Pe. Nada
agregamos en justificación de nuestro aserto. ¿Qué podía decir nuestra torpe
prosa, que no fuera pálido y desvaído al lado del sentimiento de los fragmentos
de la obra del insigne español que llena esta página, que hoy merece ciertamente
su título, “Trigo del Buen Costal”?
A quien tanto merece, le llega uno de los
reconocimientos más preciados a cuantos se ocupan de arte y ciencias, en una
hora infausta: la esposa, amante colaboradora en su obra, y compañera
fidelísima en el exilio voluntario del poeta, agoniza en este día. Son
inescrutables los designios del Azar; refugiemos en esto la esperanza, de que
una injusticia más de lo inconocible, y en esta hora que tan alto tributo paga
a lo artificial no hiera en los que Dios dota con igual exquisita sensibilidad,
el impulso para expresar lo bello en la forma natural y pura de la verdadera
originalidad.
(Diario de Occidente, Maracaibo, 28-10-56, p. 5).
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