lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                 Rufino Blanco-Fombona


L

 A misma tarde de mi arribo a Madrid, enfermo con una fiebre de 40 grados y una angina agudísima. Llevo seis días en reclusión: no puedo leer, no puedo conversar, no puedo comer. No valía la pena de hacer un viaje para caer en cama, solo y triste, en un cuarto de hotel, a tantas leguas de mi casa, de mis amigos, y de los seres y cosas que me son familiares. Pérez Triana viene a verme y me distrae. También han venido, por turno, Gregorio Martínez Sierra, Manuel Machado, Pedro de Répide, Villaespesa, Valle-Inclán, y por último Juan Ramón Jiménez, uno de los poetas jóvenes que más ruido están haciendo en España. Me parece que tiene la afectación de no ser afectado. Si no me engaño, de la vida no conoce más que los poemas. En el fondo es un romántico. Vive en un sanatorio –romanticismo de nuevo cuño. Los románticos de ahora quieren estar enfermos de neurosis y habitar en los sanatorios, como los románticos de antaño enfermos de tisis y morir en los hospitales.
            Respecto de Jiménez, quizá me equivoque y sea éste un juicio prematuro. De todas suertes, es un hombre que interesa, social e intelectualmente; de piel muy blanca, a pesar de ser andaluz, ojos lánguidos y obscuros y una barbilla negra de corte un poco a la Boulanger.
            Sus versos me parecen llenos de silencio y como forrados en algodón: enamorado de Hécate, este poeta nocturno canta la blanca luna y la melancolía de la media noche, en los jardines de los conventos y en los dormidos campos.
            Es un poeta de gelatina. Le falta nervio. Su desosada poesía parece una bandera sin viento y sin asta: sin lo que hace ondear, sin lo que hace erguir; en suma, un trapo de colores por tierra. Pero debajo de ese guiñapo pintoresco late un alma sentimental, de una delicadeza enfermiza, un alma que tiene la enfermedad de las ostras y cría perlas.
            Cuanto a factura, nada nuevo: romance octosílabo, manejado con soltura, eso sí, y lleno de frescura juvenil.
            No puedo escribir más tiempo: las sienes me duelen, me duelen los ojos, la garganta, el cuerpo todo: soy una pobre caja de dolores.


(Revista Nacional de Cultura, julio-agosto de 1958. Publicado originalmente en  “La Lámpara de Aladino”, 1915).


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