JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Rufino Blanco-Fombona
L |
A
misma tarde de mi arribo a Madrid, enfermo con una fiebre de 40 grados y una
angina agudísima. Llevo seis días en reclusión: no puedo leer, no puedo
conversar, no puedo comer. No valía la pena de hacer un viaje para caer en
cama, solo y triste, en un cuarto de hotel, a tantas leguas de mi casa, de mis
amigos, y de los seres y cosas que me son familiares. Pérez Triana viene a
verme y me distrae. También han venido, por turno, Gregorio Martínez Sierra,
Manuel Machado, Pedro de Répide, Villaespesa, Valle-Inclán, y por último Juan
Ramón Jiménez, uno de los poetas jóvenes que más ruido están haciendo en
España. Me parece que tiene la afectación de no ser afectado. Si no me engaño,
de la vida no conoce más que los poemas. En el fondo es un romántico. Vive en
un sanatorio –romanticismo de nuevo cuño. Los románticos de ahora quieren estar
enfermos de neurosis y habitar en los sanatorios, como los románticos de antaño
enfermos de tisis y morir en los hospitales.
Respecto de Jiménez, quizá me
equivoque y sea éste un juicio prematuro. De todas suertes, es un hombre que
interesa, social e intelectualmente; de piel muy blanca, a pesar de ser
andaluz, ojos lánguidos y obscuros y una barbilla negra de corte un poco a la Boulanger.
Sus
versos me parecen llenos de silencio y como forrados en algodón: enamorado de
Hécate, este poeta nocturno canta la blanca luna y la melancolía de la media
noche, en los jardines de los conventos y en los dormidos campos.
Es un poeta de gelatina. Le falta
nervio. Su desosada poesía parece una bandera sin viento y sin asta: sin lo que
hace ondear, sin lo que hace erguir; en suma, un trapo de colores por tierra.
Pero debajo de ese guiñapo pintoresco late un alma sentimental, de una
delicadeza enfermiza, un alma que tiene la enfermedad de las ostras y cría
perlas.
Cuanto a factura, nada nuevo:
romance octosílabo, manejado con soltura, eso sí, y lleno de frescura juvenil.
No puedo escribir más tiempo: las
sienes me duelen, me duelen los ojos, la garganta, el cuerpo todo: soy una
pobre caja de dolores.
(Revista Nacional de Cultura,
julio-agosto de 1958. Publicado originalmente en “La Lámpara de Aladino”, 1915).
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