PRISMA DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Guillermo de Torre
RAZÓN DE AMOR
“Oh, pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía, para siempre”,
había
escrito Juan Ramón Jiménez en una página de Eternidades,
dando así un sentido doblemente posesivo, no sólo de exclusivismo poético, sino
también erótico, carnal, a su “razón de amor”. Razón de amor más absoluta, menos
abierta al debate, que la de aquel famoso poeta medieval así titulado, donde
dialogan dos enamorados. Como que la “razón de amor” juanramoniana no admitía
la menor sombra de “disputación” ni con el estilo del siglo XIII ni del siglo
X; pertenecía al linaje pascalino de aquellas razones del corazón que la razón
no entiende. Y esto a pesar de que, junto a sus cuantiosas poesías, el autor
del Diario de un poeta recién casado vertiera también algunas teorías y nos
haya dejado dispersos aforismos, notas, conferencias, polémicas; conjunto que
nunca llegó a organizarse de modo coherente en una Ética estética –tal su
nombre anticipado-, pero que ahora incumbe recopilar a sus albaceas literarios.
En suma, sus razones, que a fuer de poéticas no eran propiamente tales, que
eran intenciones cordiales, preferencias y rechazos temperamentales, vistas en
conjunto, venían a ser una nueva “defensa de la poesía”, emitida con no menor
pasión y absolutismo que la de un Shelley. (“Poetry is the record of the best
and happiest moments of the happiest and best minds...”)
EL LOCO DE POESÍA
Porque Juan Ramón Jiménez era el “loco de poesía”, era un
poseído de la poesía. Era –sustancial, raigalmente-, no estaba –accidental,
ocasionalmente. La distancia entre ser y estar –tan decisiva en nuestro idioma-
queda aquí más clara y acusada que nunca. Desde su adolescencia había “entrado
en poesía” como sin entrara en religión, donándose con plenitud de potencias a
ese arte. Había hecho los votos de renunciamiento prescritos. Se había encerrado
no con siete llaves, pero sí con una llave maestra: la clave poética. Única que
utilizaba para abrir el almacén literario de los siglos, encajara o no en
cerraduras muy dispares. Pues no es lógicamente hacedero reducir a unidad la
diversidad espiritual del mundo escrito o en imágenes. Mas el tropiezo en ese
escollo resulta común a cuantos incurren en panlirismo, sin ser grandes poetas
como Juan Ramón Jiménez lo era por modo definitivo, singular. Como que, en
puridad, hablar de grandes poetas en plural es siempre un abuso del lenguaje.
Alcanzan solamente tal categoría muy contados de cada siglo, y aún hay siglos
hueros en este sentido –que aparecen, sin embargo, colmados de otros valores,
como sucede con XVIII.
Quizá en la última centuria de la literatura
de nuestra lengua no hay otra figura comparable a Juan Ramón Jiménez en lo que
atañe no sólo a calidad, sino a esa preocupación única, excluyente,
avasalladora por la poesía. Era su mundo, su razón de ser. Poesía y no
literatura. Distinción legítima, hasta cierto punto, desde luego, pero que de
ningún modo puede traducirse en antítesis, según pretendieron algunos
modernamente y según Juan Ramón la resolvía. Mas no he de insistir en lo
erróneo de tal disociación, como tampoco en su concepto de una “poesía
infalible”, puesto que ya hace años, tanto Enrique Díez- Canedo como el que
suscribe expusimos las objeciones y puntualizaciones debidas.
Aclararé, no obstante, que en último
extremo lo que Juan Ramón Jiménez entendía genéricamente por poesía era el cultivo
y exaltación de la belleza, era la aspiración a “una vida mejor”, era lo
vocativo del “trabajo gustoso”. Por donde quiera que él pasó estos últimos años
–La Habana ,
Buenos Aires, Puerto Rico-, iba sembrando un reguero de incitaciones. “Hay que
alentar a los jóvenes, hay que animar las vocaciones poéticas” –recuerdo que
decía cierta tarde en Buenos Aires. Y alguien –no cualquiera- muy
representativo, aunque menos crédulo, comentó al otro lado del salón: “Hay que
disuadirlos, más bien... En América tenemos ya demasiados...”
PLEITOS DE INVERNADERO
Juan Ramón
se había encerrado –él lo dijo- “en su casa con la poesía, muy a gusto de ella
y mío”. El lugar del secuestro no era, desde luego, una mítica torre de marfil,
pero sí una habitación forrada de corcho, donde se estrechaban todas las olas
ruidosas del mundo exterior. (No es una invención de anecdotario tuvo su
realidad en Madrid, Velásquez, 96) ¿Qué perseguía este hombre? Mejor dicho, ¿de
qué huía aquel caballero barbado, espejo de distinción, tan grave y tan
incisivo al mismo tiempo? Aparentemente de todos y de todo –todo lo vulgar,
gesticulante, maleado, impuro, medido con su rasero de exigencia y desdén. Pero
en la realidad, la supuesta lejanía se tornaba en cercanías muy próximas y
oprimentes. “Si te encierras en un granero, la furia del granizo te apedreará
con más fuerza que en el campo”- reza un proverbio chino. La hipersensibilidad
del poeta le jugaba esta mala pasada. Sacaba de quicio, magnificaba,
dramatizaba menudos, insignificantes hechos de la vida cotidiana o literaria,
demasiado atento a las debilidades del prójimo. “Se envenena –oí decir cierta
vez a alguien, vengativo- al inspirar el mismo oxigeno que expira”.
Le hería el contacto humano y, sin
embargo, le llegaban como a nadie sus roces y contragolpes. Con algo de
Savonarola fustigaba los vicios de la ciudad literaria y fulminaba excomuniones
desde un púlpito de corcho. ¿No era todo ello desproporcionado, sin
equivalencia con el mínimo volumen de los pretextos? ¡Qué cartas, qué frenos de
indignación y desdén emitía el poeta, expresando sus insalvables distancias,
ante cualquier requerimiento! Cuando se leen estos textos –los publicó varias
veces complacidamente el propio autor y están hoy recogidos en extracto por
Gabriela Palau de Nemes en Vida y obra de Juan Ramón Jiménez- resultan
desmesurados, incomprensibles... Con todo, más lo eran –ya sin ninguna excusa,
ya sin quedar neutralizados, salvados por la gran obra personal- en algunos de
sus seguidores, en sus involuntarias dúplicas y caricaturas. La influencia, el
liderazgo que ejerció durante varios años sobre las nuevas generaciones de
poetas, y que él cultivaba, suponía honores, pero también riesgos y
desfiguraciones.
Mas no insistiré en este aspecto
vulnerable de su personalidad, que podría ser mal entendido por quienes se
solazan únicamente con las debilidades de los grandes hombres. Lo único que me
importaba apuntar era hasta qué punto la atmósfera de enrarecimiento voluntario
que Juan Ramón Jiménez llegó a crearse durante una etapa de sus años
madrileños, se traducía adversamente en contradicciones y equívocos, en pleitos
doméstico-literarios ridículos. Aludo, por ejemplo (mera alusión desde lejos,
pues al más mínimo acercamiento correría uno el riesgo de ser chamuscado por
sus rescoldos), a cierta famosa y misteriosa –en sus causas- polémica
subterránea y enemistad pública que mantuvo durante veinte años con dos
escritores tan dignos –sin contar otros valores- como Pedro Salinas y Jorge
Guillén. Cuando hace pocos años el último de los nombrados se resolvió a “tirar
de la manta”, publicando en una revista (Indice, de Madrid) los “dosiers” de
aquella disputa, todos los lectores –inclusive los más afectos a uno y otro
bando litigante –tuvimos la triste impresión de asistir al “parto de los
montes”. Una tempestad en un vaso de agua. Porque si la revista del grupo equis
había publicado, pensaba publicar o dejaba de publicar tal poema de Juan Ramón
Jiménez antes o después que otro de Unamuno, porque si uno de los amigos del
primero “traicionaba” a la secta minoritaria dando un original a un periódico,
porque si a un telegrama intemperante se respondía con otro dramático...:¿Cómo
era posible, ¡Santo Dios!, que aquel minúsculo pique de vanidades y recelos,
engendrado por una futileza, engendrara tal cisma y se hubiera mantenido
intacto, mejor dicho, agravado, durante sus decenios? ¡Ah! pero al pensar así
sucedía que nosotros dejábamos de lado la verdadera causa determinante del
pleito; no era otra que la atmósfera pesada de aquel ambiente de invernadero
donde los protagonistas del episodio gesticulaban, presos en una tramoya de
adictos, alabanzas y condenaciones, promulgando códigos, dictando antologías.
Podía parecernos todo aquello incomprensible porque viviendo al aire libre, o
con vistas a horizontes más anchos, no entrábamos en el juego. Sucedía –sin
caracterizar lo ya deformado- que mirábamos desde fuera y a distancia cierto
reducto anímico y vital donde lo literario perdía su poliformismo fascinante y
se reducía a una sola cara; donde sus habitantes negábanse a rebasar cierto
estadio elemental –extrañamente compatible con el mayor refinamiento-,
obstinándose en prolongar una suerte de adolecentismo lírico, dando la
impresión de no querer llegar a la adultez intelectual, perdiéndose en melindres
y disputas, no ya de café –al cabo, éstas siempre pintorescas, ricas en muecas
y anécdotas-, sino de habitación asfixiante, mal ventilada.
En fin, han pasado los años y es hora
de que esto se escriba sensatamente. Además, si los pleitos de Juan Ramón y sus
amigos-enemigos nada agregan o restan a la valoración literaria última de uns y
otros, sin embargo, abstraídos los hechos, despersonalizados, reducidos,
diríamos, a pura esencia fenomenológica, tal vez puedan servir de elementos
para componer algún día una psicología de tipo poético, donde se diseque
fríamente el papel interno de esta singular fauna. Ya Scheler trazó, aunque
demasiado abstractamente, en sus
Formas
de vida, la psicología del “homo aestheticus”; queda por escribir, con más
relieve, la psicología particular del “homo poeieticus”.
¿Se ha
reparado alguna vez de modo suficiente en el hecho de que Juan Ramón Jiménez no
es sustancialmente un poeta español-castellano ni está inscrito en esa
tradición central? Así escribía yo hace poco (1), y ahora he de insistir con
nuevos argumentos y precisiones. El autor de la “elegía andaluza” Platero y yo
se acuesta más bien a otra línea, a la arábigo-andaluza, en lo idiomático y en
lo espiritual, por instinto y por voluntad. De ahí le viene, en primera y
última instancia, su originalidad radical, su modo inalienable, con las
grandezas y las limitaciones inherentes a toda parcelación. A ello se debe,
ante todo, becquerianismo latente, basado sin duda en una afinidad ambiental
más que estética (pues esta última no tiene asidero ni justificaría la
exaltación que del autor de las Rimas hizo Juan Ramón Jiménez, algo desmesurada
por sus seguidores). Después, la insistencia que siempre mostró en manifestarse
como continuador de la “mejor poesía regional andaluza”, al tiempo que renegaba
de toda filiación modernista. Con cierto son de reproche hacía quien fue su
efectivo maestro e iniciador, Rubén Darío, escribía Juan Ramón Jiménez (en un
anticipo del libro El modernismo poético en España y en Hispanoamérica (2), que
ojalá haya dejado completo, pues constituiría un documento inapreciable):
“Nunca le oí hablar de estos finos, profundos poetas rejionales y dialectales
<Rosalía de Castro, Verdaguer, Curros Enríquez..> tan importantes en la
evolución de nuestra poesía española, desde la Edad Media y a través
del Renacimiento y el neoclasicismo. Siguen la línea que queda anhelante en
Cristóbal de Castillejo, ya palpitada por Jorge Manrique y Gil Vicente, que
cojen luego Santa Teresa, San Juan de la Cruz , Lope de Vega y Bécquer y la unen a
nosotros”.
Estas preferencias y,
contrariamente, sus discrepancias frente a lo castellano, se hacen aún más
visibles en ciertas expansiones autobiográficas, vertidas al rendir homenaje a
Ortega y Gasset, evocando la juventud de entrambos (3). Nos cuenta allí cómo
Ortega “hubiera preferido que yo cantase a Castilla como Unamuno o como Antonio
Machado, o como un conjunto de los dos: que él había escrito ya que su ideal de
poesía castellana sería un Antonio Machado menos descriptivo con un Miguel de
Unamuno más sensorial”. Agrega Juan Ramón Jiménez que él no sentía tal cosa,
pues “tenía conciencia de que era andaluz, no castellano, y ya consideraba un
diletantismo, inconcebible por los escritores del litoral, Unamuno, Azorín,
Antonio Machado, Ortega mismo, la exaltación de Castilla”. Se declara, pues,
enemigo de “ese eternismo castellano, y confiesa que por tal motivo ha llegado
a detestar un soneto suyo muy celebrado, aquel que empieza: “Estaba yo echado
en la tierra enfrente/ del infinito campo de Castilla...”. Condenación
arbitraria, comentemos al pasar, pues es una de las piezas más profundas y
logradas de los sonetos espirituales, condenación no menos caprichosa que la de
su bellísima “Elegía a Georgina Hubner”, aunque en este último caso medien los
motivos de un fraude amoroso...
Explicando su anticastellanismo nos
dice luego el poeta: “Mi idea instintiva de entonces, y consciente de luego,
era la exaltación de Andalucía a lo universal en prosa; y en verso, a lo
universal abstracto; y como creo que es verdad que hábito hace al monje, yo me
puse por nombre “el andaluz universal” a ver si podía llenar de contenido mi
continente”. He aquí explicado sin jactancia el porqué de ese remoquete que a
tantos pudo parecer un día lo contrario, es decir, presuntuoso o sin
fundamento.
Pero viviendo al fondo del asunto,
¿qué hay en este anticastellanismo juanramoniano sino una espontaneidad
temperamental más, una reafirmación más o menos subconsciente de su panlirismo
identificado con lo meridional, una defensa de lo exclamativo en contraste con
lo discursivo, del subjetivismo extremado y vagaroso por oposición a cualquier
intento objetivista de fijar netamente, castellanamente, los perfiles rigurosos
de las cosas...? Ahí, y no en otro sitio, está el origen verdadero –más que en
teorías aparecidas un poco después en todo el mundo- de su menosprecio de lo
“retórico”. De ahí deriva en la poesía juanramoniana su sentido del matiz
frente al ímpetu, su preferencia por lo sintético y aun lo epigramático contra
el desarrollo y otras características semejantes. De ahí también su ambición de
una poesía “inefable” (que al no expresarse, al no traducirse en palabras
ignoramos de qué forma podría ser identificada como tal poesía...); y
finalmente, como consecuencia obligada, su fobia contra lo barroco. Pero ya
antes de ahora (4) tuve ocasión de discutir esos puntos de vista.
Por lo demás, y a propósito de su
último libro édito, Animal de fondo, observando la ruptura de límites que en su
espíritu y en su estructura verbal se advierten, tan cercanos de lo barroco,
fácil es comprobar cómo fallan aquí sus
abominaciones contra tal estilo. Y es que, en definitiva, cada tema, cada
estado de ánimo, sentido con intensidad, busca y crea fatalmente su clima
verbal, su estilo propio.
(Revista Nacional de Cultura, Julio-Agosto de 1958, p. 27-34)
_____
(1)
“Homenaje a Juan
Ramón Jiménez”, La Torre de Puerto
Rico, números 19-20, julio-diciembre de 1957.
(2)
Revista de América, Bogotá, número 16, abril de 1946.
(3)
“Recuerdo a José
Ortega y Gasset”, en Clavileño,
número 24, Madrid, noviembre-diciembre de 1953.
(4)
Primero en
Problemática de la literatura (páginas 150 y siguientes de la segunda edición,
1958), y luego en el capítulo “Juan Ramón Jiménez y su estética de Las metamorfosis de Proteo (Losada,
Buenos Aires, 1956).
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