lunes, 14 de septiembre de 2015

Rodulfo González,JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

PRISMA DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
                  Guillermo de Torre

                                                                  

                                                                           RAZÓN DE AMOR



“Oh, pasión de mi vida, poesía

 desnuda, mía, para siempre”,

había escrito Juan Ramón Jiménez en una página de Eternidades, dando así un sentido doblemente posesivo, no sólo de exclusivismo poético, sino también erótico, carnal, a su “razón de amor”. Razón de amor más absoluta, menos abierta al debate, que la de aquel famoso poeta medieval así titulado, donde dialogan dos enamorados. Como que la “razón de amor” juanramoniana no admitía la menor sombra de “disputación” ni con el estilo del siglo XIII ni del siglo X; pertenecía al linaje pascalino de aquellas razones del corazón que la razón no entiende. Y esto a pesar de que, junto a sus cuantiosas poesías, el autor del Diario de un poeta recién casado vertiera también algunas teorías y nos haya dejado dispersos aforismos, notas, conferencias, polémicas; conjunto que nunca llegó a organizarse de modo coherente en una Ética estética –tal su nombre anticipado-, pero que ahora incumbe recopilar a sus albaceas literarios. En suma, sus razones, que a fuer de poéticas no eran propiamente tales, que eran intenciones cordiales, preferencias y rechazos temperamentales, vistas en conjunto, venían a ser una nueva “defensa de la poesía”, emitida con no menor pasión y absolutismo que la de un Shelley. (“Poetry is the record of the best and happiest moments of the happiest and best minds...”)

EL LOCO DE POESÍA

        Porque Juan Ramón Jiménez era el “loco de poesía”, era un poseído de la poesía. Era –sustancial, raigalmente-, no estaba –accidental, ocasionalmente. La distancia entre ser y estar –tan decisiva en nuestro idioma- queda aquí más clara y acusada que nunca. Desde su adolescencia había “entrado en poesía” como sin entrara en religión, donándose con plenitud de potencias a ese arte. Había hecho los votos de renunciamiento prescritos. Se había encerrado no con siete llaves, pero sí con una llave maestra: la clave poética. Única que utilizaba para abrir el almacén literario de los siglos, encajara o no en cerraduras muy dispares. Pues no es lógicamente hacedero reducir a unidad la diversidad espiritual del mundo escrito o en imágenes. Mas el tropiezo en ese escollo resulta común a cuantos incurren en panlirismo, sin ser grandes poetas como Juan Ramón Jiménez lo era por modo definitivo, singular. Como que, en puridad, hablar de grandes poetas en plural es siempre un abuso del lenguaje. Alcanzan solamente tal categoría muy contados de cada siglo, y aún hay siglos hueros en este sentido –que aparecen, sin embargo, colmados de otros valores, como sucede con XVIII.
         Quizá en la última centuria de la literatura de nuestra lengua no hay otra figura comparable a Juan Ramón Jiménez en lo que atañe no sólo a calidad, sino a esa preocupación única, excluyente, avasalladora por la poesía. Era su mundo, su razón de ser. Poesía y no literatura. Distinción legítima, hasta cierto punto, desde luego, pero que de ningún modo puede traducirse en antítesis, según pretendieron algunos modernamente y según Juan Ramón la resolvía. Mas no he de insistir en lo erróneo de tal disociación, como tampoco en su concepto de una “poesía infalible”, puesto que ya hace años, tanto Enrique Díez- Canedo como el que suscribe expusimos las objeciones y puntualizaciones debidas.
         Aclararé, no obstante, que en último extremo lo que Juan Ramón Jiménez entendía genéricamente por poesía era el cultivo y exaltación de la belleza, era la aspiración a “una vida mejor”, era lo vocativo del “trabajo gustoso”. Por donde quiera que él pasó estos últimos años –La Habana, Buenos Aires, Puerto Rico-, iba sembrando un reguero de incitaciones. “Hay que alentar a los jóvenes, hay que animar las vocaciones poéticas” –recuerdo que decía cierta tarde en Buenos Aires. Y alguien –no cualquiera- muy representativo, aunque menos crédulo, comentó al otro lado del salón: “Hay que disuadirlos, más bien... En América tenemos ya demasiados...”

PLEITOS DE INVERNADERO


         Juan Ramón se había encerrado –él lo dijo- “en su casa con la poesía, muy a gusto de ella y mío”. El lugar del secuestro no era, desde luego, una mítica torre de marfil, pero sí una habitación forrada de corcho, donde se estrechaban todas las olas ruidosas del mundo exterior. (No es una invención de anecdotario tuvo su realidad en Madrid, Velásquez, 96) ¿Qué perseguía este hombre? Mejor dicho, ¿de qué huía aquel caballero barbado, espejo de distinción, tan grave y tan incisivo al mismo tiempo? Aparentemente de todos y de todo –todo lo vulgar, gesticulante, maleado, impuro, medido con su rasero de exigencia y desdén. Pero en la realidad, la supuesta lejanía se tornaba en cercanías muy próximas y oprimentes. “Si te encierras en un granero, la furia del granizo te apedreará con más fuerza que en el campo”- reza un proverbio chino. La hipersensibilidad del poeta le jugaba esta mala pasada. Sacaba de quicio, magnificaba, dramatizaba menudos, insignificantes hechos de la vida cotidiana o literaria, demasiado atento a las debilidades del prójimo. “Se envenena –oí decir cierta vez a alguien, vengativo- al inspirar el mismo oxigeno que expira”.
         Le hería el contacto humano y, sin embargo, le llegaban como a nadie sus roces y contragolpes. Con algo de Savonarola fustigaba los vicios de la ciudad literaria y fulminaba excomuniones desde un púlpito de corcho. ¿No era todo ello desproporcionado, sin equivalencia con el mínimo volumen de los pretextos? ¡Qué cartas, qué frenos de indignación y desdén emitía el poeta, expresando sus insalvables distancias, ante cualquier requerimiento! Cuando se leen estos textos –los publicó varias veces complacidamente el propio autor y están hoy recogidos en extracto por Gabriela Palau de Nemes en Vida y obra de Juan Ramón Jiménez- resultan desmesurados, incomprensibles... Con todo, más lo eran –ya sin ninguna excusa, ya sin quedar neutralizados, salvados por la gran obra personal- en algunos de sus seguidores, en sus involuntarias dúplicas y caricaturas. La influencia, el liderazgo que ejerció durante varios años sobre las nuevas generaciones de poetas, y que él cultivaba, suponía honores, pero también riesgos y desfiguraciones.
         Mas no insistiré en este aspecto vulnerable de su personalidad, que podría ser mal entendido por quienes se solazan únicamente con las debilidades de los grandes hombres. Lo único que me importaba apuntar era hasta qué punto la atmósfera de enrarecimiento voluntario que Juan Ramón Jiménez llegó a crearse durante una etapa de sus años madrileños, se traducía adversamente en contradicciones y equívocos, en pleitos doméstico-literarios ridículos. Aludo, por ejemplo (mera alusión desde lejos, pues al más mínimo acercamiento correría uno el riesgo de ser chamuscado por sus rescoldos), a cierta famosa y misteriosa –en sus causas- polémica subterránea y enemistad pública que mantuvo durante veinte años con dos escritores tan dignos –sin contar otros valores- como Pedro Salinas y Jorge Guillén. Cuando hace pocos años el último de los nombrados se resolvió a “tirar de la manta”, publicando en una revista (Indice, de Madrid) los “dosiers” de aquella disputa, todos los lectores –inclusive los más afectos a uno y otro bando litigante –tuvimos la triste impresión de asistir al “parto de los montes”. Una tempestad en un vaso de agua. Porque si la revista del grupo equis había publicado, pensaba publicar o dejaba de publicar tal poema de Juan Ramón Jiménez antes o después que otro de Unamuno, porque si uno de los amigos del primero “traicionaba” a la secta minoritaria dando un original a un periódico, porque si a un telegrama intemperante se respondía con otro dramático...:¿Cómo era posible, ¡Santo Dios!, que aquel minúsculo pique de vanidades y recelos, engendrado por una futileza, engendrara tal cisma y se hubiera mantenido intacto, mejor dicho, agravado, durante sus decenios? ¡Ah! pero al pensar así sucedía que nosotros dejábamos de lado la verdadera causa determinante del pleito; no era otra que la atmósfera pesada de aquel ambiente de invernadero donde los protagonistas del episodio gesticulaban, presos en una tramoya de adictos, alabanzas y condenaciones, promulgando códigos, dictando antologías. Podía parecernos todo aquello incomprensible porque viviendo al aire libre, o con vistas a horizontes más anchos, no entrábamos en el juego. Sucedía –sin caracterizar lo ya deformado- que mirábamos desde fuera y a distancia cierto reducto anímico y vital donde lo literario perdía su poliformismo fascinante y se reducía a una sola cara; donde sus habitantes negábanse a rebasar cierto estadio elemental –extrañamente compatible con el mayor refinamiento-, obstinándose en prolongar una suerte de adolecentismo lírico, dando la impresión de no querer llegar a la adultez intelectual, perdiéndose en melindres y disputas, no ya de café –al cabo, éstas siempre pintorescas, ricas en muecas y anécdotas-, sino de habitación asfixiante, mal ventilada.
         En fin, han pasado los años y es hora de que esto se escriba sensatamente. Además, si los pleitos de Juan Ramón y sus amigos-enemigos nada agregan o restan a la valoración literaria última de uns y otros, sin embargo, abstraídos los hechos, despersonalizados, reducidos, diríamos, a pura esencia fenomenológica, tal vez puedan servir de elementos para componer algún día una psicología de tipo poético, donde se diseque fríamente el papel interno de esta singular fauna. Ya Scheler trazó, aunque demasiado abstractamente, en sus

Formas de vida, la psicología del “homo aestheticus”; queda por escribir, con más relieve, la psicología particular del “homo poeieticus”.
         ¿Se ha reparado alguna vez de modo suficiente en el hecho de que Juan Ramón Jiménez no es sustancialmente un poeta español-castellano ni está inscrito en esa tradición central? Así escribía yo hace poco (1), y ahora he de insistir con nuevos argumentos y precisiones. El autor de la “elegía andaluza” Platero y yo se acuesta más bien a otra línea, a la arábigo-andaluza, en lo idiomático y en lo espiritual, por instinto y por voluntad. De ahí le viene, en primera y última instancia, su originalidad radical, su modo inalienable, con las grandezas y las limitaciones inherentes a toda parcelación. A ello se debe, ante todo, becquerianismo latente, basado sin duda en una afinidad ambiental más que estética (pues esta última no tiene asidero ni justificaría la exaltación que del autor de las Rimas hizo Juan Ramón Jiménez, algo desmesurada por sus seguidores). Después, la insistencia que siempre mostró en manifestarse como continuador de la “mejor poesía regional andaluza”, al tiempo que renegaba de toda filiación modernista. Con cierto son de reproche hacía quien fue su efectivo maestro e iniciador, Rubén Darío, escribía Juan Ramón Jiménez (en un anticipo del libro El modernismo poético en España y en Hispanoamérica (2), que ojalá haya dejado completo, pues constituiría un documento inapreciable): “Nunca le oí hablar de estos finos, profundos poetas rejionales y dialectales <Rosalía de Castro, Verdaguer, Curros Enríquez..> tan importantes en la evolución de nuestra poesía española, desde la Edad Media y a través del Renacimiento y el neoclasicismo. Siguen la línea que queda anhelante en Cristóbal de Castillejo, ya palpitada por Jorge Manrique y Gil Vicente, que cojen luego Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Lope de Vega y Bécquer y la unen a nosotros”.
         Estas preferencias y, contrariamente, sus discrepancias frente a lo castellano, se hacen aún más visibles en ciertas expansiones autobiográficas, vertidas al rendir homenaje a Ortega y Gasset, evocando la juventud de entrambos (3). Nos cuenta allí cómo Ortega “hubiera preferido que yo cantase a Castilla como Unamuno o como Antonio Machado, o como un conjunto de los dos: que él había escrito ya que su ideal de poesía castellana sería un Antonio Machado menos descriptivo con un Miguel de Unamuno más sensorial”. Agrega Juan Ramón Jiménez que él no sentía tal cosa, pues “tenía conciencia de que era andaluz, no castellano, y ya consideraba un diletantismo, inconcebible por los escritores del litoral, Unamuno, Azorín, Antonio Machado, Ortega mismo, la exaltación de Castilla”. Se declara, pues, enemigo de “ese eternismo castellano, y confiesa que por tal motivo ha llegado a detestar un soneto suyo muy celebrado, aquel que empieza: “Estaba yo echado en la tierra enfrente/ del infinito campo de Castilla...”. Condenación arbitraria, comentemos al pasar, pues es una de las piezas más profundas y logradas de los sonetos espirituales, condenación no menos caprichosa que la de su bellísima “Elegía a Georgina Hubner”, aunque en este último caso medien los motivos de un fraude amoroso...
            Explicando su anticastellanismo nos dice luego el poeta: “Mi idea instintiva de entonces, y consciente de luego, era la exaltación de Andalucía a lo universal en prosa; y en verso, a lo universal abstracto; y como creo que es verdad que hábito hace al monje, yo me puse por nombre “el andaluz universal” a ver si podía llenar de contenido mi continente”. He aquí explicado sin jactancia el porqué de ese remoquete que a tantos pudo parecer un día lo contrario, es decir, presuntuoso o sin fundamento.
            Pero viviendo al fondo del asunto, ¿qué hay en este anticastellanismo juanramoniano sino una espontaneidad temperamental más, una reafirmación más o menos subconsciente de su panlirismo identificado con lo meridional, una defensa de lo exclamativo en contraste con lo discursivo, del subjetivismo extremado y vagaroso por oposición a cualquier intento objetivista de fijar netamente, castellanamente, los perfiles rigurosos de las cosas...? Ahí, y no en otro sitio, está el origen verdadero –más que en teorías aparecidas un poco después en todo el mundo- de su menosprecio de lo “retórico”. De ahí deriva en la poesía juanramoniana su sentido del matiz frente al ímpetu, su preferencia por lo sintético y aun lo epigramático contra el desarrollo y otras características semejantes. De ahí también su ambición de una poesía “inefable” (que al no expresarse, al no traducirse en palabras ignoramos de qué forma podría ser identificada como tal poesía...); y finalmente, como consecuencia obligada, su fobia contra lo barroco. Pero ya antes de ahora (4) tuve ocasión de discutir esos puntos de vista.
            Por lo demás, y a propósito de su último libro édito, Animal de fondo, observando la ruptura de límites que en su espíritu y en su estructura verbal se advierten, tan cercanos de lo barroco, fácil es comprobar cómo  fallan aquí sus abominaciones contra tal estilo. Y es que, en definitiva, cada tema, cada estado de ánimo, sentido con intensidad, busca y crea fatalmente su clima verbal, su estilo propio.

(Revista Nacional de Cultura, Julio-Agosto de 1958, p. 27-34)

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(1)     “Homenaje a Juan Ramón Jiménez”, La Torre de Puerto Rico, números 19-20, julio-diciembre de 1957.
(2)     Revista de América, Bogotá, número 16, abril de 1946.
(3)     “Recuerdo a José Ortega y Gasset”, en Clavileño, número 24, Madrid, noviembre-diciembre de 1953.
(4)     Primero en Problemática de la literatura (páginas 150 y siguientes de la segunda edición, 1958), y luego en el capítulo “Juan Ramón Jiménez y su estética de Las metamorfosis de Proteo (Losada, Buenos Aires, 1956).



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