lunes, 14 de septiembre de 2015

“PLATERO Y YO” CUMPLE CINCUENTA AÑOS

“PLATERO Y YO” CUMPLE

CINCUENTA AÑOS

                                             

          Guillermo de Torre


¡M

EDIO siglo ya un libro que guarda tan permanente frescor, un libro niño! Más exactamente, un libro sin edad, en cuyas páginas ingrávidas el tiempo –habitualmente implacable- no ha dejado la más leve arruga, la más ligerísima erosión. Y es que Platero y yo tuvo algo de milagro en su día y sigue pareciéndolo. Fue un libro excepcional, rigurosamente distinto a todo lo que hasta entonces había escrito Juan Ramón Jiménez. Y continúa siendo una obra impar, tanto en el conjunto de su obra como en la perspectiva de la literatura española.
         Era en 1917...
         ...Juan Ramón Jiménez había iniciado en ese 1917 la segunda fase de su obra. Recién instalado en Madrid, tras su regreso de los Estados Unidos y su casamiento con Zenobia Camprubí, inauguraba un nuevo ciclo con el libro que marca un cambio de rumbo capital: Diario de un poeta recién casado. Del mismo año 1917 es también otra obra bellísima en diferente registro: Sonetos espirituales. En las mismas fechas, el poeta corrige pruebas de sus Poesías escogidas, que le llegarán poco después editadas por la Hispanic Society of America de Nueva York y que será el antecedentes de todas sus antologías posteriores.
         Recordemos que una edición anterior, abreviada, del Platero y yo había visto la luz tres años antes, en 1914, pero de forma un poco invisible por el hecho de incluirse en una colección de textos famosos adaptados para los niños que editaba entonces “La Lectura”. Mas ahora, en 1917, el libro aparece completo y sin riesgo de confusiones. ¿Advirtieron muchos entonces la maravilla de Platero y yo? Repasen, quienes lo tengan a su alcance, revistas y periódicos del tiempo, pero yo creo que, salvo un artículo de Manuel Abril –tal vez otro del infaltable Díez-Canedo- y pocos más, el libro debió abrirse él solo un lento pero seguro camino hasta alcanzar su fabulosa difusión actual, sus millonarias tiradas, en todo el área del idioma. Durante el viaje que Juan Ramón hizo en 1948 a la Argentina y el Uruguay, era emocionante para él –y para quienes a veces le acompañábamos- ver bandadas de niños y muchachos que se le acercaban  con los ejemplares abiertos del libro glorioso, solicitando su firma. (¡Aquel libro que, como los demás del mismo autor, habíamos visto en las mesas de saldos de los carritos callejeros, a lo largo de las calles madrileñas y durante años, planteándonos esta cuestión: ¿las tiradas habían sido inacabables o los lectores nunca fueron habidos?) Y no solamente el libro, sino también imágenes de asnillos trasladados al papel, al barro, a la cerámica, al juguete, al bordado, a todas las imaginables variaciones o aplicaciones colegiales.
         Y sin embargo, ¿había sido Platero y yo un libro escrito pensando en los niños? Releamos el prólogo de 1914: “Este breve libro en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡qué sé yo para quién...! para quienes escribimos los poetas líricos. “Donde quiera que haya niños –dice Novalis- existe una edad de oro”. Pues bien, para esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra tan a gusto, que su mayor deseo sería no tener que abandonarla nunca”. Y en los ciento cuarenta y tantos capítulillos que siguen, el prodigio de Platero se cumple. El burrito “pequeño, peludo, suave”, con los espejos de azabache de sus ojos, que acompaña al poeta en sus paseos por el campo de Moguera, que es un personaje de sus diálogos, que juega con los niños, descubre paisajes, asiste a crepúsculos y auroras, cobra tanta o más vida que un ser humano, con la diferencia -¿quizá a su favor?- de que no habla. El poeta le interpela, le habla, él si le hace testigo constante de sus pequeñas aventuras, sus menudas emociones. En un género tan difícil en nuestra lengua, como el del poema en prosa, pues el castellano tiene demasiado peso específico, Juan Ramón Jiménez consigue algo único. Una prosa alada, transparente, de una difícil sencillez, cuyo secreto nunca volvería a encontrar el poeta que precisamente tanto teorizó después sobre lo “sencillo” y lo “espontáneo”.
         Platero y yo nació perfecto y así ha permanecido. Tuvo suerte al escapar a las sucesivas correcciones que Juan Ramón Jiménez impuso a la mayoría de sus libros. Ricardo Gullón nos ha hablado de un Platero revivido que el poeta proyectaba. Mejor es que nos hayamos quedado sin conocerlo. Aquí viene a punto un verso del propio Juan Ramón: “No la toquéis ya más/ que así es la rosa”. No sólo una rosa, un rosetón de una gran vidriera, encajada en una arquitectura perfecta: así es Platero y yo, y fuera profanación la menor variante o cambio de luces.

(Suplemento Literario de El Nacional, 21-1-68).




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