BRÚJULA
PLATERO
Guillermo José
Schael
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C
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ARACAS, Octubre 1956. El señor López Elías tuvo la fina
deferencia de poner en nuestras manos ayer un ejemplar de la última edición
“Aguilar” del “Platero” de Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura
1.956.
El galardonado tiene setenta y
cinco años de edad. Nació en Andalucía el día de la Navidad del año 1881. A lo largo de estos
artículos llenos de lirismo y ternura inspirados en la vida de un modesto
asnillo encontramos entre otras sutiles expresiones, esta que se refiere a la
fiesta de toros de España. Es una crítica que interpretamos como muy sutil. “¿A
que no sabes, Platero, a qué venían esos niños? A ver si yo los dejaba que te
llevasen para pedir contigo la llave en los toros de esta tarde. Pero no te
apures tú. Ya les he dicho que no lo pienso siquiera...”.
Y continúa
el autor en su plano de humanizar el diálogo con el borrico: “Venían locos,
Platero: Todo el pueblo está conmovido con la corrida. La banda toca desde el
alba, rota y ya desentonada ante las tabernas; van y vienen coches y caballos
calle Nueva arriba, calle Nueva abajo. Ahí detrás en la calleja, están
preparando el Canario, ese coche amarillo que les gusta tanto a los niños para
la cuadrilla. Los patios se quedan sin flores para las presidentas. Da pena ver
a los muchachos andando torpemente por las calles con sus sombreros anchos, sus
blusas, su puro, oliendo a cuadra y a aguardiente.
A eso de
las dos, Platero, en ese instante de soledad, con sol, en ese hueco claro del
día, mientras diestros y presidentes se están vistiendo, tú y yo saldremos por
la puerta falsa y nos iremos por la calleja al campo como el año pasado...
¡Qué
hermoso el campo en estos días de fiesta, en que todos lo abandonan! Apenas si
en un majuelo, en una huerta, un viejecito se inclina sobre el pueblo como una
corona chocarrera, el redondo vocerío, las palmas, la música de la plaza de
toros, que se pierden a medida que uno se va sereno, hacia el mar... Y el alma,
Platero, se siente reina verdadera de lo que posee por virtud de su
sentimiento, del cuerpo grande y sano de la Naturaleza , que
respetado da a quien lo merece el
espectáculo sumiso de su hermosura resplandeciente y eterna”.
Esta obra
de Jiménez fue publicada en Madrid en 1915. Como Azorín, sigue Juan Ramón
Jiménez el estilo sencillo y maravilloso de colocar las palabras en su justo
lugar para alcanzar una prosa de singular belleza. La noticia de la distinción
de que ha sido objeto la recibe en un momento atribulado, con su esposa Zenobia
gravemente enferma. Sus declaraciones al ser informado del suceso fueron: “Mi
gratitud para todos aquellos que han contribuido a que se me dé este premio
inmerecido. Debido a la grave enfermedad de mi esposa, el premio Nobel me llena
de tristeza... En cuanto a mí, no tengo nada que decir”.
(El Universal, 27-10-56, p. 27).
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