lunes, 14 de septiembre de 2015

PLATERO

BRÚJULA
PLATERO

                           Guillermo José Schael

C


ARACAS, Octubre 1956. El señor López Elías tuvo la fina deferencia de poner en nuestras manos ayer un ejemplar de la última edición “Aguilar” del “Platero” de Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura 1.956.
         El galardonado tiene setenta y cinco años de edad. Nació en Andalucía el día de la Navidad del año 1881. A lo largo de estos artículos llenos de lirismo y ternura inspirados en la vida de un modesto asnillo encontramos entre otras sutiles expresiones, esta que se refiere a la fiesta de toros de España. Es una crítica que interpretamos como muy sutil. “¿A que no sabes, Platero, a qué venían esos niños? A ver si yo los dejaba que te llevasen para pedir contigo la llave en los toros de esta tarde. Pero no te apures tú. Ya les he dicho que no lo pienso siquiera...”.
            Y continúa el autor en su plano de humanizar el diálogo con el borrico: “Venían locos, Platero: Todo el pueblo está conmovido con la corrida. La banda toca desde el alba, rota y ya desentonada ante las tabernas; van y vienen coches y caballos calle Nueva arriba, calle Nueva abajo. Ahí detrás en la calleja, están preparando el Canario, ese coche amarillo que les gusta tanto a los niños para la cuadrilla. Los patios se quedan sin flores para las presidentas. Da pena ver a los muchachos andando torpemente por las calles con sus sombreros anchos, sus blusas, su puro, oliendo a cuadra y a aguardiente.
            A eso de las dos, Platero, en ese instante de soledad, con sol, en ese hueco claro del día, mientras diestros y presidentes se están vistiendo, tú y yo saldremos por la puerta falsa y nos iremos por la calleja al campo como el año pasado...
            ¡Qué hermoso el campo en estos días de fiesta, en que todos lo abandonan! Apenas si en un majuelo, en una huerta, un viejecito se inclina sobre el pueblo como una corona chocarrera, el redondo vocerío, las palmas, la música de la plaza de toros, que se pierden a medida que uno se va sereno, hacia el mar... Y el alma, Platero, se siente reina verdadera de lo que posee por virtud de su sentimiento, del cuerpo grande y sano de la Naturaleza, que respetado  da a quien lo merece el espectáculo sumiso de su hermosura resplandeciente y eterna”.
            Esta obra de Jiménez fue publicada en Madrid en 1915. Como Azorín, sigue Juan Ramón Jiménez el estilo sencillo y maravilloso de colocar las palabras en su justo lugar para alcanzar una prosa de singular belleza. La noticia de la distinción de que ha sido objeto la recibe en un momento atribulado, con su esposa Zenobia gravemente enferma. Sus declaraciones al ser informado del suceso fueron: “Mi gratitud para todos aquellos que han contribuido a que se me dé este premio inmerecido. Debido a la grave enfermedad de mi esposa, el premio Nobel me llena de tristeza... En cuanto a mí, no tengo nada que decir”.




(El Universal, 27-10-56, p. 27).

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