lunes, 14 de septiembre de 2015

CARTA A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ CON UNA POST-DATA PARA PLATERO

Elegía epistolar
CARTA A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
CON UNA POST-DATA PARA PLATERO


J

uan Ramón: A veces tomo cualquier río que pasa y me llego y me llego lentamente hasta el mar. A veces, son las palabras las que se quedan sujetas en el viento y me llego entonces al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, donde tú enterraste a Platero, allí donde el atolondrado y dulce borriquillo, -gloria y corazón de tu poesía-, perenne y atento bajo el techo de música que tienden los jilgueros y los verderones entre la tierra y el azul marinero de Moguer, estará escuchando ahora como tú predijiste, los versos que le lleve tu gran soledad de siempre.
         De estos viajes no traigo mas presente que una triste y desolada canción de amor. Tristeza que sube hasta tu alta soledad de ahora y me llena los ojos y las manos de un llanto iluminado, desoído y mortal.
            Un árbol, Juan Ramón. Un árbol para asirse. Aún así como aquella acacia que tú mismo plantaste, aquella con su abundante y franca hoja pasada de sol poniente, la que maduraba y pintaba de claras mañanas tu poesía de ayer. Hoy tu corazón de peregrino vuelve como en esa, -frente al árbol gigante de tu dolida soledad de ahora-, a sentirse mal, a tener frío, a quererse marchar nuevamente, desangrado y maltrecho, para seguir buscando por el mundo la paz que un hombre a quien cubre un manto de mágica tristeza ofreció un día a los mortales de buena voluntad.
            Hoy, poeta, Aguedilla, -la pobre loca de la calle del Sol-, te mandará más moras y claveles para quedarse en tu dolor. Hoy cuando Zenobia agita en su muerte la muerte de mil Plateros iluminados. Hoy cuando ese aire pescador de tu distante cielo de Moguer no puede contener el llanto que baja de tus ojos; hoy, Juan Ramón, el tierno rebuzno lastimero de tu borriquillo amable, parece como si se escuchara con su acento más puro, aquí donde todos, poseídos de tu inmenso dolor humano, hemos venido a llorar.
            Juan Ramón: Zenobia y Platero ven tu soledad como entonces. Pero ahora más que nunca te acompañan con su muerte. Ahora más que nunca vigilan con su sueño la vida y el afecto que les dio tu corazón. Ella, destrenza entre la noche su larga despedida. Él, cubierto de almoraduj, como cuando bajaba contigo de los montes, fijo en los ojos y en las orejas ese frío que da la Eternidad, ramonea al pie del Pino de la Corona, casi alerta, en esa ciudad de amor y gloria donde tú también quieres morir.

Félix Guzmán

            Post-data: Platero, mi novia tiene tu corazón, yo tengo el llanto.

(Cultura Universitaria, noviembre-diciembre de 1956, pp. 59-60).

            

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