SOBRE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Juan Marinello
hora que ha muerto Juan
Ramón Jiménez se abalanzarán sobre su obra críticos y amadores. La polémica
será larga, porque el poeta fue una cifra cambiante y difícil, ambiciosa e insaciada.
El autor de Eternidades es una
encrucijada en vilo, una pugna inacabable entre las resonancias viejas y
novísimas y su vitalicio ademán de cazador furtivo. J.R.J. atrae y rechaza por
mil puntas aceradas, y transmitirá a su posteridad la pelea agónica que fue su
nota cardinal.
Una de las cuestiones que saldrá a la plaza, en el balance a
que toda muerte invita, será la de su comunicación con el Modernismo, con el
rubendarismo, mejor. El nexo existe, pero con mucha entraña polémica y
diferencial. Fue obligado que los grandes poetas españoles de comienzo de
siglo, forzados, urgidos a cambiar de ruta, quedaran deslumbrados por el
luciente criollo. Darío no les mostraba sólo su impresionante maestría sino
también la encarnación gentil de los capitanes franceses más en boga. Como
otros escritores de su tiempo. J.R.J. se conmueve ante una orquestación
inusitada, aunque ofrecida con idioma legítimo. Cuando aquel duende urticante,
impaciente, que siempre le anduvo por dentro, le exigió sendas exclusivas, fue distinto
del nicaragüense, aunque siempre recordándole la cuota.
Pero si su acercamiento al Modernismo fue en J.R.J. un
recodo para salirse del trillo cansado –y no la razón de ser de su poesía-,
bien claro queda que fue a sus aguas porque en ellas encontraba satisfacción
placentera a su inquebrantable definición aristocrática. En ello reside que
hasta sus últimos días guardase reverencia incambiable por el autor de Cantos de vida y esperanza. Con
ejemplar lealtad, reconocía la ascendencia, el parentesco, la línea.
Interlocutor de minorías – más o menos inmensas-, fue de la familia de Rubén,
aunque resonancias peculiares, y nacionales, le lanzaron por otros predios.
Siempre hemos creído que su distancia del Modernismo, dentro
de un acatamiento de esencias, dibuja una de las más firmes magnitudes de
J.R.J. Porque parece innegable que lo que conduce al poeta de Belleza a una parcela distinta y
obstinada en su fidelidad de raíz a la tradición española. Pero para que esto
quede bien claro hay que decir de inmediato qué tipo de rumor tradicional suena
en sus versos. Unas relevantes palabras del propio poeta nos darán el emboque
certero. Durante su escala cubana escribió en la Revista
Cubana (marzo de 1937, páginas 72 y 73), comentando unas
conferencias de Don Ramón Menéndez Pidal: “La poesía, literatura en general ha
seguido, (creo yo, Don Ramón) dos líneas constantes y seguras” desde sus
comienzos: una popular, colectiva, impulsiva: (Poema del Cid, Arcipreste Hita,
una parte del Romancero, Marqués de Santillana, Santa Teresa, Lope, Cervantes,
Espronceda, Unamuno Valle-Inclán, García Lorca, por ejemplo); otra minoritaria,
individualista, estática: (Berceo, Auto de los Reyes Magos, Garcilaso, Fray
Luis de León, Herrera, Góngora, Quevedo, Calderón, Gracián, Duque de Rivas,
Rubén Darío, Gabriel Miró, por ejemplo)”. La distinción es de mucho jugo y
perspicacia, con todas las quiebras de las generalizaciones apresuradas.
Lo primero que hay que decir es que J.R.J. debió haber
puesto su claro nombre en el final de la segunda línea destacada; fue en verdad
su exaltación y remate contemporáneos. Y que no debió omitir, entre sus
parientes de más vuelo, a San Juan de la Cruz. Por otra parte, la clasificación –que
responde a muy hondas razones y es por ella válida-, padece de errores de
enfilamiento, como enseguida veremos.
Que de una parte está lo directo, lo popular, lo impulsivo
(lo impulsivo, ¡qué bien dicho!), y de la otra lo estático, es verdad en todas
las literaturas, y la cesura es más violenta y tajante en la española. No
debemos olvidar que en ella cuentan lo más realista –pensemos en el Arcipreste-
y lo más etéreo; pensemos en los místicos, como San Juan. La “fermosa
cobertura”, que decía Don Iñigo López de Mendoza, mirando de frente a la poesía
de calderos y adobes de Santa Teresa. Los que esperan y desesperan, en suma;
por lo que en ninguna literatura como en la peninsular se ha esperado mejor, ni
se ha desesperado tan gallardamente. Desde luego que cada autor tiene su
preferencia, su cauce maestro; pero algunos pusieron las plantas en los dos
campos. Santillana, que J.R.J. sitúa entre los impulsivos, fue, cierto, “el
Marqués de los proverbios”, el poeta de las serranillas y decires, pero también
el docto aduanero de lo francés en la mocedad y el artífice de los sonetos
“fechos al itálico modo” en la madurez . García Lorca casa la voluntad de
estilo con la lealtad popular. Y en Quevedo hay impulso y taraceo, sangre y
arabesco.
La clasificación saldría mejor afinada y más segura si se
atendiese no tanto al impulso como a la intención; más a la resonancia que al
gesto. Si así se hace, no quedarían Valle-Inclán y Darío –que vieron la
realidad a través de la literatura- en los predios distintos en que J.R.J. los
sitúa. Si a ello se atendiese, la progenie juanramoniana quedaría destacada
nítidamente, y mejor entendido su caso.
Se vería entonces que el poeta de Piedra
y Cielo es un caso sorprendente –y exacto-, de lealtad al costado estático
de las letras españolas. En el arranque está Bécquer y hasta la porción
colectiva del Romancero que a veces resucita; pero al alzar el vuelo se le
enrarece el aire, y en su obra madura, cuajada esencial, queda hijo de Góngora.
Algunos críticos, con ligereza culpable, deducen, del ascendente hermetismo
juanramoniano, que es un disidente de lo tradicional español, un escritor
ganado por aires extranjeros, por nubes universales. Olvidan lo que no olvidó
el poeta: la persistente línea enrarecida que nunca abandona el curso de su
literatura maternal. Pero la confusión es explicable. Lo minoritario estorba la
afiliación porque soslaya la sustancia identificable en que todos se dan las
manos. La parábola encubridora, disparada hacia lo abstracto, que es la obra de
J.R.J., nace de una voluntad aristocrática que tiene en su tierra obstinada
persistencia. El santo y seña pudo darlo Gracián, desde su solio de San
Sebastián conceptista.
-2-
No puede escribirse el nombre de Juan Ramón Jiménez sin que
venga al recuerdo el de Antonio Machado, su gran contemporáneo. Se integran
frente a las mismas inquietudes estéticas y cuajan hacia el mismo tiempo. Son
dos eminentes renovadores de una lírica que había perdido hacía tiempo su carga
de sorpresas. Es interesante recordar, ahora que los dos se han ido, cómo
J.R.J. reconoce en 1940 el maestrazgo de ambos en la poesía hispánica
contemporánea. A Machado y a sí mismo atribuye el florecimiento “de la
conciencia poética de España en lo más íntimo, delicado, profundo o alto, en lo
más ideal o espiritual del ser español”. Y con introspección cruzada de luces
lancinantes, dice allí de sí mismo que “acaso por su amor a la invención y al
cambio, por su inquietud y su entusiasmo creadores, por su acción constante
particular y ajena de enamorado de la poesía, ejerció influencia más extensa y
visible, y sigue y seguirá arrepentido y discutido siempre por los demás y
sobre todo por él mismo. Cada día estima menos lo suyo”. En estas palabras anda
la distancia en su compañero de gloria.
Juan Ramón Jiménez es, en efecto, un enamorado de la poesía
como hallazgo y como arte poética. Antonio Machado es un servidor de su
ministerio lírico. Cuando se ha leído la obra de los dos escritores
extraordinarios, queda más claro que Machado fue un resignado y J.R. un
atormentado. En 1937 decía el autor de Platero
y Yo: “Voy a cumplir 56 años en La Habana, a fines de este diciembre. Después de 40
años de fervorosa pasión lírica de mi instinto y mi conciencia, sigo seguro,
como a los 45, a
los 35, a
los 25, a
los 15 años de no haber logrado nada a mi gusto en idea, sentimiento ni
palabra. Lo que quiero expresar, ¡qué lejos se queda de lo que expreso! Más
lejos cada vez, en el fondo eterno, negro o dorado, del camino de luz y sombra.
Me sorprende cada vez más extrañamente, cuando oigo a otro poeta, joven o
viejo, jactarse satisfecho de sus conquistas estéticas”. “Poeta, creador oculto
de un astro no aplaudido”, escribí una vez una noche española ya lejana. No
puede hacerse, en verdad, mejor retrato. Lo dominante en J.R.J. es esta pasión
concéntrica, alimentada de la propia entraña, conquista inusitada a la que se
entrega la vida. Si no se da con lo impar, la vida se pierde. Lo mismo que en
Góngora, lo mismo que en Gracián. En Machado, hijo de Santa Teresa y de
Cervantes, la expresión es un oficio andador, y en definitiva gozoso. En todos,
lo español, pero en sus puntas encontradas. La voz del pueblo encuentra eco en
J.R.J. contra su mismo desvelo arisco pero, en lo más, se interpone su
dramática ansiedad, su afán nunca cumplido de obra desnuda e inasible.
Esta distinción de entraña fuerza al paralelo y a la
preferencia. Ya sabemos que por mucho tiempo se mostrarán, frente a ella, las
posturas distintas: los ladeados a la expectación, darán su voto a uno; los
inclinados a la impaciencia, lo darán al otro. Pero llegará un día en que la
votación será del todo favorable a Antonio Machado, gran ilusionador de la
sangre cercana. ¿Es que acaso no lo está diciendo la misma clasificación
secular que Juan Ramón nos entrega? El fallo del tiempo cae, no hay dudas, del
lado de los impulsivos, porque de ellos nace una corriente de aguas profundas y
calientes que a todos nos llega, alimenta y conforta. El nombre -¡qué nombre!-
de Cervantes, situado con máximos derechos en la lista humanada, es el
argumento concluyente, incontestable. Habrá que hablar aquí de nuevo (¡qué
remedio!) de la leche de la bondad humana; es decir, de la resonancia generosa,
confluente en que toda criatura toca un poco de sí misma. Claro que no nos
llegaría el gusto consanguíneo sino lo asistiese la superior maestría; pero es
que ella se alcanza por virtud de la disposición del creador que pone los ojos
singulares en la circundante ansiedad.
-3-
No conocimos bastante a J.R.J. Algunas conversaciones,
algunas carta y una consideración honrosa y fiel. Tal relación bastaba para ver
al hombre consustanciado con el poeta. Su presencia física –sus ojos, sobre
todo-, daban la singularidad ansiosa y el desarraigo trágico. Nos tocó conocer
a los dos líricos primordiales sobre el mismo telón de fondo: sobre la dura
guerra de liberación de su pueblo. La circunstancia histórica entregaba, como
ningún otro hecho, el ser de los dos escritores. Porque a veces necesita el
hombre que una realidad decisoria lo dibuje del todo. Españoles radicales, el
desgarramiento del regazo maternal los conmovía dramáticamente, pero con drama
distinto.
A Antonio Machado lo conocí en charlas muy llanas y libres
en su casita de Rocafort, cerca de la Valencia sitiada y maltrecha. A J.R.J., en el
exilio digno, en sus días habaneros. Vivía el poeta peregrino la lucha de su
tierra; la vivía en carne viva, en el desasosiego creciente, en el soterrado
tormento. Pero no hay mucha literatura en decir que J.R.J. le dolía el dolor de
España, que el propio dolor se le volvía conflicto y amargura, como a Quevedo.
Entre el amor al pueblo en armas –hondo y legítimo-, y su adhesión militante,
se alzaba su desollada singularidad, se interponían los reparos con nombres y
apellidos; el recodo ingrato le impedía contemplar la magnitud del panorama; el
árbol dañado, la erguidez del bosque. Su fórmula era ésta: -Sí; pero... La de
Machado fue siempre: -Sí; a pesar de todos... Dos hombres, dos ademanes, dos
literaturas. A quien les conociera la obra, la distinta postura no podía
sorprenderle. Machado fue, durante toda la guerra, un combatiente entusiasmado,
entregado, ejemplar: sobre la pelea fabulosa de su pueblo escribió sus mejores
páginas. Sólo la identificación activa, a todo riesgo, podía inspirarlas.
J.R.J. siempre fiel a su España, no pudo romper su cerco encarnizado.
Tenemos muy presente la última visita a Antonio Machado. Nos
despedimos en el soportal minúsculo de su refugio valenciano. Los aviones
alemanes apuntalaban aquella tarde, con su desesperante rumor, al final de la
defensa heroica. Sabía el poeta que ya no se podía resistir. Miraba al cielo
largamente y después musitaba: -Terrible, pero a la larga inútil... Y allí se
estuvo, hasta la hora de una emigración que sabía sin retorno. Fue, hasta el
final, fiel a su humanidad y a su poesía. También lo fue J.R.J. pero dentro de
su obre espinado y lejano. Amó también a sus gentes, pero minoritario,
individualista, estático” (volvamos a sus palabras), no dio nunca con el puente
que lo comunicase, que lo hundiese, con el querer inmediato del pueblo. Su obra
es una escala que asciende hacia sí mismo; la de Machado una senda hacia el
corazón de cada criatura digna de su amor. El vuelo de J.R.J. fue siempre
aventura desolada. El de Antonio Machado, viaje en compañía, ilusión serenada.
Por eso los ojos de uno y de otros eran tan distintos. Juan Ramón Jiménez
miraba desde su altar, la pupila dolorosa, pero imperiosa en su dolor,
desvelada en una como soltería dramática. Así debió mirar Góngora. Antonio
Machado miraba con una tristeza sonreída, con la pupila temblorosa de pequeñas
luces benévolas, buscando el árbol en que prender su esperanza. Así debió mirar
aquel “temprano amigo del hombre” que fue Miguel de Cervantes.
La Habana, 1958.
(Papel Literario de El Nacional,
5-7-58, pp. 1 y 6).