lunes, 14 de septiembre de 2015

MIRADA Y ALCANCE A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

MIRADA Y ALCANCE A
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

            Elena Martínez Chacón


                                     “Yo no soy yo.
                                    Soy éste que va a mi lado sin saberlo yo,
                                    que, a veces, voy a ver
                                    y, a veces, olvido.
                                    El que calla, sereno, cuando habla,
                                    el que perdona, dulce, cuando odio,
                                    el que pasea por donde no estoy,
                                    el que quedará en pie cuando yo muera”.

                                                          (Eternidades  -1916-17-)

V

amos a hablar del que quedó en pie, del poeta Juan Ramón Jiménez, muerto el hombre que dedicó su vida entera a crear esa supervivencia poética.
         Soberbia y audaz afirmación, seguridad de quedar tras de sí mismo, plena conciencia de haber laborado, incesante, para algo exacto. Seguridad que nos hace pensar en las rotundas afirmaciones que trajo consigo el Modernismo. “Mi literatura es mía en mí” –decía Darío- “y quien siga servilmente mis huellas... paje o esclavo, no podrá ocultar su sello o librea”... (Prosas Profanas). Ambos poetas, de profesión y vocación poetas, saben que se hacer literario es un nuevo camino. Comprenden su importancia, miden su alcance y lo declaran con esa soberbia y audacia que en ellos aparece como natural conclusión de la propia medida de su valer.
         Darío. Juan Ramón Jiménez. Dos marcadores de rumbos que algunas antologías se empeñan en poner juntos, maestro y alumno, americano y español, ciudadanos de una misma corriente literaria. Cuando se dice que Juan Ramón Jiménez echa a andar por la literatura siguiendo el paso del modernismo, el lector se lanza por la poesía del andaluz en viaje de recolección de cisnes, rubíes, gnomos y princesas, en busca de color y sensualismo y de la torre de marfil que ausenta  el camino criollo, y viene a quedar, al fin, después de la cosecha, con un manejo azul y malva de tardes quietas, senderos pueblerinos, amor tan simple y apenas la sombra de la forma de una mujer... Entonces, se pregunta el que tan parca gavilla ha recorrido: ¿dónde está el modernismo de J.R.J.?
         Tal vez no está si miramos el movimiento literario de Darío como congruente con la decoración exótica que él popularizó y machacaron sin vuelo sus seguidores de sello y librea. Hay, sí, un evidente punto de contacto, y eso, es muy probable que Juan Ramón lo tomara de los versos mismos del americano: la libertad en la creación, el revuelo métrico, la forma, sometida a la expresión poética sin trabas de sílabas exactas. Y también, un apego común a la música del verso, de raíz verleniana, pero diferente en ambos. Darío es sonoro, wagneriano, ya se ha dicho.
                     “Ya viene el cortejo. Ya se oyen los claros clarines
            ... Se escucha el rûido que forman las armas de los caballeros,
           los frenos que tascan los fuertes caballos de guerra,
           los cascos que hieren la tierra
           y los timbaleros
           que el paso acompasen con ritmos marciales.
           ¡Tal pasan los fieros guerreros
           debajo los arcos triunfales!
                                                       (Marcha Triunfal)
         Y Juan Ramón Jiménez es como un solo de flauta en el azul del crespúsculo:

“¡Soledad, Soledad! Todo es claro y callado.
                   Sólo turban la paz, una campana y un pájaro”...

(El Silencio de Oro –1911-13)

         Concomitancia, pero diferencia. Y lo mismo sucede con el color. ¿A qué a Darío, en su explosión de luz y brillo, en su euforia de luz y su locura de matices violentos? En cambio, en J.R.J. parece que el color sólo fuera ceniza de color. Tonos apagados. Matizar en azules lilas, y, como acordado al quieto sentir, el amarillo mustio y el verde seco del otoño:

“De una rama amarillenta

                                   una pálida hoja mustia...”
                                               (Rimas de Sombras –1900-2)

“Dormía sus vagos tonos

                                    bajo el cielo gris y rosa
                                    el crepúsculo de otoño”....
                                            (Rimas de Sombras 1990-2)

“Hay un oro dulce y fresco

                                   en el malva de la tarde”...
                                             (Jardines Lejanos –1903-4)

“Y el cielo es violeta y triste,
                                  un cielo de abril, un bello
                                  cielo violeta”...
(Pastorales –903-5)

         Así en él los “oros” suenan a metales patinados por la opacidad del tiempo y el negro se hace sinónimo de melancolía; y el blanco adquiere tono de angustia cuando el poeta lo escoge para decir de la pureza al dolor y del dolor, purificado, otra vez la pureza:

“Blanco primero, de un blanco

                               de inocencia, ciego, blanco,
                               blanco de ignorancia, blanco...
                               ...Luego verdea el veneno;
                              ... Lo blanco se pone negro...
                              ... La brisa torna, conquistado, el blanco;
                              blanco verdadero, blanco
                              de eternidad, blanco, blanco”.
(Estío –1915)

         No hay aliteración ni alusión: el blanco se dice con su palabra exacta. Más que modernismo evocador, es el simbolismo sugeridor, pleno de insistencia en la alternativa anímica.
         Y, por último, en “Platero y Yo”, 1916, el tono del color es mismo suave tinte azul desleído:
         “... un mendigo, un ladrón acaso, contrasta, en su oscura apariencia medrosa, con la mansedumbre que el crepúsculo malva, lento y místico, pone en las cosas conocidas...”.
         Hemos citado intencionalmente los versos que el poeta firma entre 1900 y 1916, plenitud del modernismo. Darío había publicado todo lo suyo esplendente. Los corifeos del americano siguen, ebrios de vanos adjetivos, llenando las imprentas de princesas, cisnes, sátiros y esmeraldas. Darío se había recorrido a sí mismo, buscando la forma, la forma por definición: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo”. ( Prosas Profanas), y luego: “No hallo sino la palabra que huye”... Mientras tanto, Juan Ramón Jiménez pule y afina su propia palabra, seguro ya de su propio concepto de poesía. Se distancia y diferencia, haciéndose diverso y específico. Su madurada traza un poema-biografía de su línea literaria, de sobra conocido:

“Vino, primero, pura...
                                      ... Llegó a ser una reina
                                      fastuosa de tesoros...
                                      Mas se fue desnudando
                                      y yo le sonreía...
                                      ... Y se quitó la túnica
                                      y apareció desnuda toda...
                                      ¡Oh pasión de mi vida, poesía
                                      desnuda, mía para siempre!”
(Eternidades –1916-17)

         Desnuda. Así califica el autor su intención poética.
         Al comienzo, casi de un romanticismo becqueriano, el verso descriptivo que tiñe el pasaje de la melancolía del poeta, es un lento deslizarse por el monte malva, las lunas pálidas, los azules senderos y los grises, del blanco al amarillo y el pardo-gris, del negro al plata, en gama de grises con su barnizar de opacidades lo mirado por el poeta. Y casi nunca encontramos “la reina llena de fastuosos tesoros” que un día hace al escritor odiar su creación. Decidido rompedor de los escrito, J.R.J. pareció imponerse esa tarea de desnudez absoluta desde su primer verso. Pulía y repasaba, siempre restando palabras hasta dejar el poema tan descarnado, tan casi sin verso que a veces parece hecho con nada, con esencia de poesía, como cumpliendo lo de aquel otro poeta español, el del “éxodo y el llanto”, León Felipe:

“Deshaced este verso.

                                      Quitadle los caireles de la rima

                                      el metro, la cadencia
                                      y hasta la idea misma.
                                      Aventad las palabras
                                      y si después queda algo todavía,
                                      eso
                                      será la poesía”.

         El andaluz lo logra casi de milagro. Ahí está “Platero y Yo” sino, en que la ternura, la emoción, la gracia y la profundidad, la certeza triste de algo inolvidable, la sensación de lo ido para siempre, están presentes en palabras cuotidianas, las mismas que usamos para andar y comer y soñar. En la “elegía andaluza” está ese “no sé qué” intangible de lo poético, tan simple y transparente como una gota de agua. Y tan imposible de construir, sino se es un poco dios –y todo poeta lo es- como una gota de agua, simple y transparente...
         Nadie ha podido decir cómo, se produce el casi milagro: Por dónde anda la voz interior que se vuelca en verso, ni qué resorte íntimo salta su mágica varilla en la arquitectura poética. Ni Juan Ramón, que se queda en decirnos cómo quiere su poesía y su voz:

                                 “Creemos los nombres.
                                 Derivarán los hombres.
                                 Luego, derivarán las cosas.
                                 Y sólo quedará el mundo de los nombres”...
                            (Poemas Impersonales –1911)

                                 “Inteligencia, dame
                                 el nombre exacto de las cosas!
                                 Que mi palabra sea la cosa misma
                                 creada por mi alma nuevamente...”
             (Eternidades 1916-17)
                
         ¿Conceptual? Sí, pero no sólo eso. A veces, el pedido es más urgente frente a una especie de materialización desrealizada de la poesía:

“¡No la toques ya más,
                                      que así es la rosa!”
                     (Piedra y Cielo 1917-18)

         Y se nos acude a la memoria un alcance a Vicente Huidobro, “antipoeta y mago” del creacionismo, que en su Arte Poética dice:

“¿Por qué cantáis la rosa, ¡oh, poetas!?

                      Hacedla florecer en el poema¡”


            Creacionismo. Ultraísmo. Cubismo. Escuelas de Vanguardia que surgen como raras floraciones sobre la ruina de la Europa de postguerra. Y J.R.J., fiel a sí mismo, fiel a su propia fidelidad, resiste sin contaminaciones formales el nuevo torbellino poético. En 1918, como ausente de los horizontes cuadrados y las hélices con sabor a topacio que difunden los “nuevos”, él escribe:

                             “Quisiera que mi libro
                             fuese como es el cielo por la noche,
                             todo verdad presente, sin historia...
                             ... Temblor. Relumbre, música en la frente
                             -cielo del corazón- del libro puro!
                (Piedra y Cielo –1917-18)

        Desnudez-corazón-pureza. Esa es la pauta. Y las notas de la melodía prolongada, a través de casi sesenta años de poesía, se siguen pareciendo. Los temas iniciales perduran, perdiendo contornos, o afirmándose, pero presente. La obsesión del paisaje prolonga, en un comienzo, la visión española de la Generación del 98. Andaluz como Antonio Machado, y, como él, ausentes del color y la fina luz pulida de Andalucía, su verso se hace castellano en la mirada, como la del poeta del 98, a las tierras pardas, a los caseríos ignorados, a la raíz del pueblo de España, gestador de Imperios, humilde y olvidado:

“... Valles fantasmagóricos, de una vaga dulzura,
                 tienen, entre la niebla, rebaños indecisos.
                 La tosca silueta de un pastor...
                 Pardos pueblos de piedra; cementerios de yeso,
                 opacos, sin verdores -¡Oh, sin rosas, sin nidos!-.
                 Un sol difícil, que descubre poco a poco,
                 campos desiertos de barbechos amarillos”.

(Melancolía 1910-11)

         Y como Machado, Jiménez es también un hombre triste. No por nada, sino porque se es triste. Desde adentro, cualquiera de los dos hubiera podido firmar el verso de Garcilaso “No me podrán quitar el dolorido sentir...”. Pero en Juan Ramón Jiménez, mejor que en ninguno de los tres, el “dolorido sentir” contagia el paisaje y la vida toda. Hay un anhelo de quietud y silencio circulando por sus versos. Ama la suave música del recogimiento, busca los rincones solos y sombríos. Soledad. Silencio. Y al fondo, el pensamiento incesante, volteando en su huso hilos casi adolescentes que se anudan al poema en pregunta por la muerte. Miedo inconfesado, serenidad en el enfoque poético.

“¿Sabremos, nosotros, vivos,
                                  ir donde está ella?
                                  -Pero ella sabrá venir
                                  a nosotros, muerte”.

(Anunciación –1898-1900)

         Como un niño pequeñito que silbara en un bosque grande, para espantar sombra y miedo... Otras veces, la idea de la muerte parece confundirse con la de un viaje.

“Yo no volveré. Y la noche

                                   tibia, serena y callada...
                                   ... Mi cuerpo no estará allí
                                   y por la abierta ventana
                                   entrará una brisa fresca...
                                   No sé si habrá quien me aguarde
                                   de mi doble ausencia larga.
                                   ... Pero habrá estrellas y flores
                                   ... Y sonará ese piano
                                   como en esta noche plácida
                                   y no tendrá quién lo escuche,
                                   pensativo, en mi ventana...”.

                 (Rimas de Sombra 1900-2)

         “... de mi doble ausencia larga”... ¿Presentimiento, acaso, de su muerte lejos de Moguer, ausencia doble, la del cuerpo y la del alma? Y en otro poema, ya la expresión casi se concreta: él lo titula “Viaje definitivo”:

“Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando

               y se quedará mi huerto, con su verde árbol
               y con su pozo blanco.
               Todas las tardes, el cielo será azul y plácido
               y tocarán, como esta tarde están tocando,
               las campanas del campanario.
               Se morirán aquéllos que me amaron
               y el pueblo se hará nuevo cada año;
               y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado
               mi espíritu errará, nostálgico.
               Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
               verde, sin pozo blanco,
               sin cielo azul y plácido...
               Y se quedarán los pájaros cantando”.

(Poemas Agrestes  -1910-11)

         Andará ahora errando su espíritu nostálgico por sobre la andaluza tierra de su pueblo verde-malva-rosa gris, mirándolo “ser nuevo” cada año, contemplando el tiempo, con un aire casi de angustia existencialista, nueva conexión con Machado, con Azorín, con los del 98, y curiosa conexión en J.R.J. que es, en general, un contemplativo estático del paisaje, como si el poema fuera un cromo viejo y descolorido. Pero el tiempo se hace presente, y varias veces el poeta lo nombra, no en una sensación de futuro, sino de eternidad. Tiempo. Muerte. Pero si a ese se lo espera, a ésta, a veces, se la desafía a rendir definitivamente la permanencia del hombre.

“Y yo solo me arranco las rosas porque quiero

                   que el camino no se sea ni tan rojo ni tan largo.
                   Una rosa, otra rosa. ¡Pero nunca me muero!
                   El alma se me va. ¡Y de pie, sin embargo!...

(Elegías Intermedias –1907-8)
        
La idea de “quedar de pie” está repetida en J.R.J. más de una vez. En el verso citado, más aún, va encabezada por un epígrafe de Bécquer que dice: “Porque el muerto está en pie”. Elección significa un gusto estético, pero insistencia ya nos dice que el poeta se siente interpretado por esa expresión. Clara conciencia de la obra entregada a la vida –que es más que entregar la vida a labrar una obra- y, por ello, perdurable. No es materialismo de sentirse inmortal como hombre en la fama de poeta. Es saber que se ha transmitido la belleza y ha de ser ella hecho verso lo que quede en pie, erguida y permanente. “Lo demás es de Dios”, dice el pueblo de Andalucía. Y lo demás, en J.R.J., es entrega entera, alma y cuerpo al Dios que lo preside y acompaña desde sus primeros versos. No podía ser de otra manera cuando la idea de la muerte le ronda, familiar. Dios personal, que no es el bebido en la religión infantil ni en la duda adolescente. Dios particularísimo, producto de su caminar consigo mismo y su filosofía, Dios conversando con Platero por las noches quietas del pueblo, visto en la claridad del agua, en la simple construcción de la rosa. Ni panteismo, ni misticismo. Es un Dios tierno y enorme, que en primavera es azul... Y que no se aísla en el transcielo sino que es parte intangible del hombre, la mejor parte del hombre:

“Dios del venir, te siento entre mis manos;
                  aquí estás enredado conmigo...
                  ... No eres mi redentor ni eres mi ejemplo
                  ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
                  eres dios de lo hermoso conseguido,
                  conciencia mía de lo hermoso.
                  Yo nada tengo que purgar.
                  Toda mi impedimenta
                   no es sino fundación para este hoy
                   en que, al fin, te deseo...
                   ... Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
                   y la de otros y la de todos
                   con forma suma de conciencia,
                   que la esencia es lo sumo
                   es la forma suprema conseguible;
                   y tu esencia está en mí como mi forma”.

(Animal de Fondo  -1949)

         Y, si bien es cierto este Dios que él escribe con minúscula, como haciéndolo cercano y conocido –un dios para uso diario, para tener un poco de dios cada día-, está en todos, todos, a su vez, y el poeta entre ellos, están en el ser supremo, involucrados, inherentes, partes y esencia a la vez:

“Dios, ya soy la envoltura de mi centro
                     de ti dentro”.

(Animal de Fondo  -1949)

Las dos citas son de su último libro antologado y parecen condensar toda la idea de la divinidad que vino rastreando desde cincuenta años antes, fiel compañera de los otros temas, en su poesía.
Los otros temas... Las otras notas sobre la pauta desnudez-corazón-pureza se allegan al lector con la misma depurada expresión que va haciéndose, cada vez, más símbolo.
En 1916 se casa con Zenobia Camprubí. Historia de un amor, compañía de sobra conocida porque ha sido puesta como ejemplo de comprensión y ternura. Por ese entonces, escribe, mejor dicho, publica, ya que nunca se sabe cuándo escribe exactamente, pues guarda, rompe, rehace sus versos, su “Diario de un poeta recién casado”, que va a las prensas en 1917 y que en ediciones posteriores se llamará “Diario de poeta y mar”. Ya en los aledaños de 1916, en la poesía de J.R.J. el lector descubre que algo nuevo pasa en el alma del poeta. Algo que huele a sentimiento más allá del paisaje, más acá de la muerte, muy cerca de Dios y de la fina estrella del nardo. El amor que era antes espera y presentimiento:

“Pero, ¿en dónde estás, mujer que ya eres mía,
             en dónde estás que no te veo?”

(Ceniza de Rosas –1912)

se va a circundar ahora de un tono de realidad presente, casi inasible. Porque el poeta nunca va a lo precisado. Cuenta sin contar. Ni nombres, ni sitios, ni fechas, ni referencias que no sean aroma o sonido. Sugiere, nada más. Suponemos la mujer ausente porque el verso sugiere ausencia sin calificativo. Puede ser brevedad de viaje, eternidad de olvido o clausura eficaz de la muerte:

                     “Dolorido y con flores
                    voy, como un héroe de poesía mía,
                    por los desiertos corredores
                   que despertaba ella con su blanco paso...
                   ... ¡Qué goce triste este
                   de hacer todas las cosas como ella hacía!”

(Ceniza de rosas 1912)

“Como un héroe de poesía mía”... ¡Qué bien se conoce el hombre y qué bien se sabe la tónica de su melodía poética! Se desdobla y casi se canta a sí mismo, se reconoce y, hasta diríamos, se burla un poco de ése que va con flores, poniendo rosas como las ponía, mirando lo que miraba, soñando lo que soñaba. ¿Se burla un poco? Tal vez no, tal vez, sólo se avergüenza un poco de confesarse tan hombre y tan niño... y tan poeta¡
Pero, al fin, Ella es real y tangible. Y entonces Juan Ramón Jiménez la desrrealiza y la hace intangible. Ella es la esencia de ella misma, y el poeta –corazón-desnudez-pureza- no la toca con las palabras de la carne o de la anécdota. Nunca un nombre, ni una fecha, ni un sitio. Pero el amor ha hecho un nuevo paisaje en el alma del escritor y a partir de los alrededores de 1915, el verso se aclara. El paisaje se grana y hasta, a veces, se abrillanta. Pero brillo y luz serenos siempre. Ni euforia ni exclamaciones de arrobamiento. Simplemente, hay un reconciliarse con la vida que adquiere un sentido. No más hastío, no más la tristeza porque sí. Zenobia es la explicación rotunda de todas las cosas, la nueva manera de mirar las cosas:

                        “Te tenía olvidado, cielo,
                        y no era más que un vago existir de luz
                        visto –sin nombre-
                        por mis cansados ojos indolentes...
                        ... Hoy te he mirado lentamente
                        y te has ido elevando hasta tu nombre”.

(Diario de un poeta... 1916 -7 de febrero)

Es, incluso, una nueva manera de ser mirada ella misma y de ser sentida:

“Te deshojé como una rosa
                              para verte tu alma...”

(Diario... 1916 –20 de febrero

“Te siento aquí en el alma honda y clara
                    cual la luz que una rosa
                    copiara sólo de ella
                    en una agua corriente...”

(Eternidades –1917)

Y en más de cuarenta años de conocerse y convivir, apenas una o dos veces la alusión lejana a la sensualidad:

“¡Cuán extraños los dos
                                con nuestro instinto!
                                De pronto, somos cuatro”.

(Eternidades –1917)

Perfecta síntesis. Clara confesión de que lo dominante es el espíritu y que la carne instintiva es el –y la otra-, extraños.
Y si el poeta hasta entonces no había visto la cerradura azul del cielo, tampoco había visto el mar que sus ojos postergaron por los jardines atardecidos y que ahora empieza a rumorear su verde vaivén por su poesía. Bien está el cambio de nombre a su libro clave. “Diario de poeta y mar”. Se le nota afirmado en sí mismo, se le ve salido de su melancolía becqueriana de antes para conectarse con la poesía nueva que circula por Europa, dando un nuevo sentido a la naturaleza. Todo es el hombre. Y el mar, encontrado como expresión de la lucha humana por entenderse, nace en J.R.J. con potente símbolo:

                 “Parece, mar, que luchas
                 -¡oh desorden sin fin, hierro incesante!-
                 por encontrarte o porque yo te encuentre.
                 ¡Qué inmenso demostrarte, mar,
                 en tu desnudez asola...
                 ... creando el espectáculo completo
                 de nuestro mundo de hoy!
                 Estás como en un parte,
                 dándote a luz -¡con qué fatiga!-
                 a ti mismo, mar único,
                 a ti mismo, a ti solo y en tu misma
                 y sola plenitud e plenitudes...”

(Diario de un Poeta... 1916 –5 de febrero)

         Sin duda, las escuelas de vanguardia tocan la poesía de J.R.J. sin descentrarla de su estilo. Como el modernismo, los otros “ismos” van a pasar por su quieto remanso recogido, sin tocar su superficie. Su poesía siente los cauces de agua tumultuosa y como un alga profunda, sólo toma de ellas lo que le es nutricio para crecer su verde pleno y sereno.
         Hay cercanías indudables entre el amor del andaluz que se hace a sí mismo en parto retumbante y repetido y el “Monumento del Mar” de Vicente Huidobro, que “llora sin saber por qué lloras” y a quien el chileno reta “Levántate y saluda al mar de los hombres”. Mar que “se abre de par en par” o que le dice al otro, al español un no! repetido en locura. Son las cosas que se yerguen con sus propios valores y a lo que J.R.J. no podía dejar de ser sensible.
         Como lo es frente al popularismo español, aunque no sea su veta más llena de metales. Alguna vez excursiona por la poesía símbolo de la gitanería y el pueblo color aceituna:

“Morado y verde limón
                                      estaba el poniente, madre.
                                      Morado y verde limón
                                      estaba mi corazón.
                                      .........................................
                                      Morado y verde limón
                                      estaba el poniente, madre!

(Domingos –1912)

         Es un atisbo de lo que van a ser después García Lorca y Rafael Alberti, pero que en este andaluz triste no pasa de ser un juego de palabras oculto su sentido, claro para el poeta que se aleja siempre de lo puramente sonoro de la jitánfora o de lo popular folklórico. Su verso es la resonancia de su alma, y las cosas significan cosas para él sólo, que nos deja la sensación, a veces, de que nos hemos quedado sólo en el borde de la poesía, como asomados a un pozo insondable cuyo brocal de palabras esconde la viva moneda oculta del agua verdadera.
         Y aquí, un alcance. Siempre queda en suspenso la gran pregunta del “para qué se escribe” y “para qué se publica”. Si la poesía recogida, íntima, es satisfacción del que la siente, ¿por qué la da a conocer a todos?, ¿No es eso, acaso, romper la intimidad misma de lo poético que sólo se explica en lo personal? J.R.J. , que no es buscador de gloria, nos surge esta interrogante cada vez que la lectura nos la acerca. Una poesía así, sin otro mensaje que la belleza pura y depurada casi hasta lo incomprensible, ¿es para el público? Profesión de escritor, se dirá. Sí, pero con vocación de escritor, además, que sí vive y levanta una casa y come de lo que comercialmente le producen sus libros, sabe positivamente a quien van destinados. “A la Minoría, siempre”, es la dedicatoria de su obra que circunscribe el público a una “elite” preseleccionada por el autor. Y esta minoría no son los intelectuales, no los críticos, no los otros poetas exquisitos o de gabinete. Es una minoría que se agranda para incluir en su órbita a todos los gustadores de la belleza escueta y sugerente, trampolín para nuevas resonancias en el que lee, cadena de autenticidad de sentimientos. Ya sabía J.R.J. lo que su obra iba significando. Gran ayudador de los “nuevos”, su estímulo encauzó poetas jóvenes y su ritmo lento e intenso creó una escuela diferente, sin nombre pomposo. “Reacción contra el modernismo”, “Nueva corriente poética”, “Juanramonismo”. No la llaman de otra manera los antologadores o estudiosos. Ni tampoco él, seguro en su hacer, se preocupa de nombrarse, hacer manifiestos o declaraciones sobre su escribir. Simplemente, escribe. Y publica. Y escribe mil veces más de lo que publica, obsedido por la desnudez formal, la palabra escueta, la belleza no conocida nunca a satisfacción. Relee. Rehace. Nunca agrega. Siempre quita. De una antología a otra –siempre todas bajo la vigilancia alerta de él y Zenobia –el poeta aparece más breve, más síntesis poética. Sus libros repetidos en las prensas bien pudieran llevar como título “Segunda edición, resumida y depurada”...
         Afán casi morboso, preocupación de toda su vida, corrige y elimina incansablemente. ¿Para qué, por qué?, volvemos a preguntarnos. Él se lo sabía. O no. Tal vez, ni se lo preguntó siquiera. Seguridad de estarse dando, placer de entregar su belleza casi con la inconsciencia con que un niño juega o se hace espuma la ola. La pregunta, sin responder, queda para nosotros, los demás, que miramos sus casi sesenta años de diaria poesía que se han limitado, con su muerte, pero que siguen ahí en pie, sobre su pedestal de versos.
         Y en esta mirada y alcance, muchas miradas y alcances se nos van con el silencio. Las influencias, adaptadas y corriendo por su cauce como afluentes aportadores. La problemática del 98, la filosofía que impregna el verso. Los temas de vaivén entre paisajes y sentimiento y Tagore, en la palma blanca de Zenobia como presidiendo lo etéreo del símbolo. Y ella misma, primer auditor y primer crítico inagotable, irreductible, que no cesó en la tarea hasta verla coronada por el reconocimiento mundial. Y la prosa de “Platero...” tan rica por lo simple. Y la no dicha posición política, resuelta en decidida ausencia de la patria desde 1936. Y los recursos del verso que anatomizan la poesía en el análisis científico y la nueva escuela que surge de él...
         Hoy fue el acercamiento al conjunto, en intento de mirar abarcando una obra terminada, gastada, a veces, de tanto pasarle por encima con las citas ya tradicionales.
         Muerto el hombre, aquí nos ha quedado el poeta hasta que otra larga generación de hombres descubra una nueva forma de expresar puramente la poesía. Y eso sí lo sabía el Juan Ramón Jiménez que hoy se deshace bajo la tierra verde-malva-rosa-gris de Moguer, cerca del mar que le prestará humedades salinas a su hueso y a su carne.
         Lo demás es nuestro. Bien decía el poeta cuando la intuición le dictaba que sy yo intangible había de permanecer. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando”...
         El arte es canto que no termina. Podrán olvidarse del hombre pero no de la poesía. Seguirá en otra boca, en otra cadencia, en palabra diversa. Pero estará. El hombre tiene siempre la misma dimensión de hombre. Pero su obra es que crece, perece o permanece.
         Sí, bien decía el poeta hombre cuando se sentía, en imagen, otro diferente y duradero:

                              “Yo no soy yo.
                             Soy este que va a mi lado sin yo verlo...
                             ... el que quedará en pie cuando yo muera”.

(Revista Nacional de Cultura, Julio-Agosto de 1956, pp. 35-50).



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