MIRADA Y ALCANCE A
JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ
Elena Martínez Chacón
“Yo no soy yo.
Soy éste que va a mi lado sin saberlo yo,
que, a veces, voy a ver
y, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando habla,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera”.
(Eternidades -1916-17-)
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V
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amos a hablar del que quedó en pie, del
poeta Juan Ramón Jiménez, muerto el hombre que dedicó su vida entera a crear
esa supervivencia poética.
Soberbia
y audaz afirmación, seguridad de quedar tras de sí mismo, plena conciencia de
haber laborado, incesante, para algo exacto. Seguridad que nos hace pensar en
las rotundas afirmaciones que trajo consigo el Modernismo. “Mi literatura es
mía en mí” –decía Darío- “y quien siga servilmente mis huellas... paje o
esclavo, no podrá ocultar su sello o librea”... (Prosas Profanas). Ambos poetas, de profesión y vocación poetas,
saben que se hacer literario es un nuevo camino. Comprenden su importancia,
miden su alcance y lo declaran con esa soberbia y audacia que en ellos aparece
como natural conclusión de la propia medida de su valer.
Darío.
Juan Ramón Jiménez. Dos marcadores de rumbos que algunas antologías se empeñan
en poner juntos, maestro y alumno, americano y español, ciudadanos de una misma
corriente literaria. Cuando se dice que Juan Ramón Jiménez echa a andar por la
literatura siguiendo el paso del modernismo, el lector se lanza por la poesía
del andaluz en viaje de recolección de cisnes, rubíes, gnomos y princesas, en
busca de color y sensualismo y de la torre de marfil que ausenta el camino criollo, y viene a quedar, al fin,
después de la cosecha, con un manejo azul y malva de tardes quietas, senderos
pueblerinos, amor tan simple y apenas la sombra de la forma de una mujer...
Entonces, se pregunta el que tan parca gavilla ha recorrido: ¿dónde está el
modernismo de J.R.J.?
Tal
vez no está si miramos el movimiento literario de Darío como congruente con la
decoración exótica que él popularizó y machacaron sin vuelo sus seguidores de
sello y librea. Hay, sí, un evidente punto de contacto, y eso, es muy probable
que Juan Ramón lo tomara de los versos mismos del americano: la libertad en la
creación, el revuelo métrico, la forma, sometida a la expresión poética sin
trabas de sílabas exactas. Y también, un apego común a la música del verso, de
raíz verleniana, pero diferente en ambos. Darío es sonoro, wagneriano, ya se ha
dicho.
“Ya viene el cortejo. Ya se oyen los claros
clarines
... Se escucha el
rûido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que tascan
los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren
la tierra
y los timbaleros
que el paso acompasen
con ritmos marciales.
¡Tal pasan los fieros
guerreros
debajo los arcos
triunfales!
(Marcha Triunfal)
Y
Juan Ramón Jiménez es como un solo de flauta en el azul del crespúsculo:
“¡Soledad, Soledad! Todo es claro
y callado.
Sólo turban la paz, una
campana y un pájaro”...
(El Silencio de Oro –1911-13)
Concomitancia,
pero diferencia. Y lo mismo sucede con el color. ¿A qué a Darío, en su
explosión de luz y brillo, en su euforia de luz y su locura de matices
violentos? En cambio, en J.R.J. parece que el color sólo fuera ceniza de color.
Tonos apagados. Matizar en azules lilas, y, como acordado al quieto sentir, el
amarillo mustio y el verde seco del otoño:
“De una rama amarillenta
una pálida hoja mustia...”
(Rimas de Sombras –1900-2)
“Dormía sus vagos tonos
bajo el cielo gris y rosa
el crepúsculo de otoño”....
(Rimas de Sombras 1990-2)
“Hay un oro dulce y fresco
en el malva de la tarde”...
(Jardines Lejanos –1903-4)
“Y el cielo es violeta y triste,
un cielo de abril, un bello
cielo violeta”...
(Pastorales –903-5)
Así
en él los “oros” suenan a metales patinados por la opacidad del tiempo y el
negro se hace sinónimo de melancolía; y el blanco adquiere tono de angustia
cuando el poeta lo escoge para decir de la pureza al dolor y del dolor,
purificado, otra vez la pureza:
“Blanco primero, de un blanco
de inocencia, ciego, blanco,
blanco de ignorancia, blanco...
...Luego verdea el veneno;
... Lo blanco se pone negro...
... La brisa torna, conquistado, el blanco;
blanco verdadero, blanco
de
eternidad, blanco, blanco”.
(Estío –1915)
No
hay aliteración ni alusión: el blanco se dice con su palabra exacta. Más que
modernismo evocador, es el simbolismo sugeridor, pleno de insistencia en la
alternativa anímica.
Y,
por último, en “Platero y Yo”, 1916,
el tono del color es mismo suave tinte azul desleído:
“...
un mendigo, un ladrón acaso, contrasta, en su oscura apariencia medrosa, con la
mansedumbre que el crepúsculo malva, lento y místico, pone en las cosas
conocidas...”.
Hemos
citado intencionalmente los versos que el poeta firma entre 1900 y 1916,
plenitud del modernismo. Darío había publicado todo lo suyo esplendente. Los
corifeos del americano siguen, ebrios de vanos adjetivos, llenando las
imprentas de princesas, cisnes, sátiros y esmeraldas. Darío se había recorrido
a sí mismo, buscando la forma, la forma por definición: “Yo persigo una forma
que no encuentra mi estilo”. ( Prosas
Profanas), y luego: “No hallo sino la palabra que huye”... Mientras tanto,
Juan Ramón Jiménez pule y afina su propia palabra, seguro ya de su propio
concepto de poesía. Se distancia y diferencia, haciéndose diverso y específico.
Su madurada traza un poema-biografía de su línea literaria, de sobra conocido:
“Vino, primero, pura...
... Llegó
a ser una reina
fastuosa
de tesoros...
Mas se
fue desnudando
y yo le
sonreía...
... Y se
quitó la túnica
y
apareció desnuda toda...
¡Oh pasión de
mi vida, poesía
desnuda,
mía para siempre!”
(Eternidades –1916-17)
Desnuda.
Así califica el autor su intención poética.
Al
comienzo, casi de un romanticismo becqueriano, el verso descriptivo que tiñe el
pasaje de la melancolía del poeta, es un lento deslizarse por el monte malva,
las lunas pálidas, los azules senderos y los grises, del blanco al amarillo y
el pardo-gris, del negro al plata, en gama de grises con su barnizar de
opacidades lo mirado por el poeta. Y casi nunca encontramos “la reina llena de
fastuosos tesoros” que un día hace al escritor odiar su creación. Decidido
rompedor de los escrito, J.R.J. pareció imponerse esa tarea de desnudez
absoluta desde su primer verso. Pulía y repasaba, siempre restando palabras
hasta dejar el poema tan descarnado, tan casi sin verso que a veces parece
hecho con nada, con esencia de poesía, como cumpliendo lo de aquel otro poeta
español, el del “éxodo y el llanto”, León Felipe:
“Deshaced este verso.
Quitadle los caireles de la rima
el metro,
la cadencia
y hasta
la idea misma.
Aventad
las palabras
y si
después queda algo todavía,
eso
será la
poesía”.
El
andaluz lo logra casi de milagro. Ahí está “Platero y Yo” sino, en que la
ternura, la emoción, la gracia y la profundidad, la certeza triste de algo
inolvidable, la sensación de lo ido para siempre, están presentes en palabras
cuotidianas, las mismas que usamos para andar y comer y soñar. En la “elegía
andaluza” está ese “no sé qué” intangible de lo poético, tan simple y
transparente como una gota de agua. Y tan imposible de construir, sino se es un
poco dios –y todo poeta lo es- como una gota de agua, simple y transparente...
Nadie
ha podido decir cómo, se produce el casi milagro: Por dónde anda la voz
interior que se vuelca en verso, ni qué resorte íntimo salta su mágica varilla
en la arquitectura poética. Ni Juan Ramón, que se queda en decirnos cómo quiere
su poesía y su voz:
“Creemos los
nombres.
Derivarán los
hombres.
Luego,
derivarán las cosas.
Y sólo quedará
el mundo de los nombres”...
(Poemas Impersonales –1911)
“Inteligencia,
dame
el nombre
exacto de las cosas!
Que mi palabra
sea la cosa misma
creada por mi
alma nuevamente...”
(Eternidades 1916-17)
¿Conceptual?
Sí, pero no sólo eso. A veces, el pedido es más urgente frente a una especie de
materialización desrealizada de la poesía:
“¡No la toques ya más,
que así
es la rosa!”
(Piedra y Cielo 1917-18)
Y
se nos acude a la memoria un alcance a Vicente Huidobro, “antipoeta y mago” del
creacionismo, que en su Arte Poética dice:
“¿Por qué cantáis la rosa, ¡oh,
poetas!?
Hacedla florecer en el poema¡”
Creacionismo. Ultraísmo. Cubismo. Escuelas de Vanguardia que
surgen como raras floraciones sobre la ruina de la Europa de postguerra. Y
J.R.J., fiel a sí mismo, fiel a su propia fidelidad, resiste sin
contaminaciones formales el nuevo torbellino poético. En 1918, como ausente de
los horizontes cuadrados y las hélices con sabor a topacio que difunden los
“nuevos”, él escribe:
“Quisiera que mi
libro
fuese como es el cielo
por la noche,
todo verdad
presente, sin historia...
... Temblor.
Relumbre, música en la frente
-cielo del
corazón- del libro puro!
(Piedra y Cielo –1917-18)
Desnudez-corazón-pureza.
Esa es la pauta. Y las notas de la melodía prolongada, a través de casi sesenta
años de poesía, se siguen pareciendo. Los temas iniciales perduran, perdiendo
contornos, o afirmándose, pero presente. La obsesión del paisaje prolonga, en
un comienzo, la visión española de la Generación del 98. Andaluz como Antonio Machado,
y, como él, ausentes del color y la fina luz pulida de Andalucía, su verso se
hace castellano en la mirada, como la del poeta del 98, a las tierras pardas, a
los caseríos ignorados, a la raíz del pueblo de España, gestador de Imperios,
humilde y olvidado:
“... Valles fantasmagóricos, de
una vaga dulzura,
tienen, entre la niebla,
rebaños indecisos.
La tosca silueta de un pastor...
Pardos pueblos de piedra;
cementerios de yeso,
opacos, sin verdores -¡Oh, sin
rosas, sin nidos!-.
Un sol difícil, que descubre
poco a poco,
campos desiertos de barbechos
amarillos”.
(Melancolía 1910-11)
Y
como Machado, Jiménez es también un hombre triste. No por nada, sino porque se
es triste. Desde adentro, cualquiera de los dos hubiera podido firmar el verso
de Garcilaso “No me podrán quitar el dolorido sentir...”. Pero en Juan Ramón
Jiménez, mejor que en ninguno de los tres, el “dolorido sentir” contagia el
paisaje y la vida toda. Hay un anhelo de quietud y silencio circulando por sus
versos. Ama la suave música del recogimiento, busca los rincones solos y
sombríos. Soledad. Silencio. Y al fondo, el pensamiento incesante, volteando en
su huso hilos casi adolescentes que se anudan al poema en pregunta por la
muerte. Miedo inconfesado, serenidad en el enfoque poético.
“¿Sabremos, nosotros, vivos,
ir donde está ella?
-Pero ella
sabrá venir
a nosotros,
muerte”.
(Anunciación –1898-1900)
Como
un niño pequeñito que silbara en un bosque grande, para espantar sombra y
miedo... Otras veces, la idea de la muerte parece confundirse con la de un
viaje.
“Yo no volveré. Y la noche
tibia,
serena y callada...
... Mi
cuerpo no estará allí
y por la abierta ventana
entrará una
brisa fresca...
No sé si
habrá quien me aguarde
de mi doble
ausencia larga.
... Pero
habrá estrellas y flores
... Y sonará
ese piano
como en esta
noche plácida
y no tendrá
quién lo escuche,
pensativo,
en mi ventana...”.
(Rimas de Sombra 1900-2)
“...
de mi doble ausencia larga”... ¿Presentimiento, acaso, de su muerte lejos de
Moguer, ausencia doble, la del cuerpo y la del alma? Y en otro poema, ya la
expresión casi se concreta: él lo titula “Viaje definitivo”:
“Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando
y se quedará mi huerto, con su
verde árbol
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será
azul y plácido
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquéllos que me
amaron
y el pueblo se hará nuevo cada
año;
y en el rincón aquel de mi
huerto florido y encalado
mi espíritu errará, nostálgico.
Y yo me iré; y estaré solo, sin
hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros
cantando”.
(Poemas Agrestes -1910-11)
Andará
ahora errando su espíritu nostálgico por sobre la andaluza tierra de su pueblo
verde-malva-rosa gris, mirándolo “ser nuevo” cada año, contemplando el tiempo,
con un aire casi de angustia existencialista, nueva conexión con Machado, con
Azorín, con los del 98, y curiosa conexión en J.R.J. que es, en general, un
contemplativo estático del paisaje, como si el poema fuera un cromo viejo y
descolorido. Pero el tiempo se hace presente, y varias veces el poeta lo
nombra, no en una sensación de futuro, sino de eternidad. Tiempo. Muerte. Pero
si a ese se lo espera, a ésta, a veces, se la desafía a rendir definitivamente
la permanencia del hombre.
“Y yo solo me arranco las rosas porque quiero
que el camino no se sea ni
tan rojo ni tan largo.
Una rosa, otra rosa. ¡Pero
nunca me muero!
El alma se me va. ¡Y de pie,
sin embargo!...
(Elegías Intermedias –1907-8)
La idea
de “quedar de pie” está repetida en J.R.J. más de una vez. En el verso citado,
más aún, va encabezada por un epígrafe de Bécquer que dice: “Porque el muerto
está en pie”. Elección significa un gusto estético, pero insistencia ya nos
dice que el poeta se siente interpretado por esa expresión. Clara conciencia de
la obra entregada a la vida –que es más que entregar la vida a labrar una obra-
y, por ello, perdurable. No es materialismo de sentirse inmortal como hombre en
la fama de poeta. Es saber que se ha transmitido la belleza y ha de ser ella
hecho verso lo que quede en pie, erguida y permanente. “Lo demás es de Dios”,
dice el pueblo de Andalucía. Y lo demás, en J.R.J., es entrega entera, alma y
cuerpo al Dios que lo preside y acompaña desde sus primeros versos. No podía
ser de otra manera cuando la idea de la muerte le ronda, familiar. Dios
personal, que no es el bebido en la religión infantil ni en la duda
adolescente. Dios particularísimo, producto de su caminar consigo mismo y su
filosofía, Dios conversando con Platero por las noches quietas del pueblo,
visto en la claridad del agua, en la simple construcción de la rosa. Ni
panteismo, ni misticismo. Es un Dios tierno y enorme, que en primavera es
azul... Y que no se aísla en el transcielo sino que es parte intangible del
hombre, la mejor parte del hombre:
“Dios
del venir, te siento entre mis manos;
aquí estás enredado
conmigo...
... No eres mi redentor ni
eres mi ejemplo
ni mi padre, ni mi hijo, ni
mi hermano;
eres dios de lo hermoso
conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.
Yo nada tengo que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para
este hoy
en que, al fin, te deseo...
... Tú, esencia, eres
conciencia; mi conciencia
y la de otros y la de todos
con forma suma de
conciencia,
que la esencia es lo sumo
es la forma suprema
conseguible;
y tu esencia está en mí como
mi forma”.
(Animal de Fondo -1949)
Y,
si bien es cierto este Dios que él escribe con minúscula, como haciéndolo
cercano y conocido –un dios para uso diario, para tener un poco de dios cada
día-, está en todos, todos, a su vez, y el poeta entre ellos, están en el ser
supremo, involucrados, inherentes, partes y esencia a la vez:
“Dios, ya soy la envoltura de mi centro
de ti dentro”.
(Animal de Fondo -1949)
Las dos citas son de su último
libro antologado y parecen condensar toda la idea de la divinidad que vino
rastreando desde cincuenta años antes, fiel compañera de los otros temas, en su
poesía.
Los
otros temas... Las otras notas sobre la pauta desnudez-corazón-pureza se
allegan al lector con la misma depurada expresión que va haciéndose, cada vez,
más símbolo.
En 1916
se casa con Zenobia Camprubí. Historia de un amor, compañía de sobra conocida
porque ha sido puesta como ejemplo de comprensión y ternura. Por ese entonces,
escribe, mejor dicho, publica, ya que nunca se sabe cuándo escribe exactamente,
pues guarda, rompe, rehace sus versos, su “Diario de un poeta recién casado”,
que va a las prensas en 1917 y que en ediciones posteriores se llamará “Diario
de poeta y mar”. Ya en los aledaños de 1916, en la poesía de J.R.J. el lector
descubre que algo nuevo pasa en el alma del poeta. Algo que huele a sentimiento
más allá del paisaje, más acá de la muerte, muy cerca de Dios y de la fina
estrella del nardo. El amor que era antes espera y presentimiento:
“Pero,
¿en dónde estás, mujer que ya eres mía,
en dónde estás que no te veo?”
(Ceniza de Rosas –1912)
se va a circundar ahora de un
tono de realidad presente, casi inasible. Porque el poeta nunca va a lo
precisado. Cuenta sin contar. Ni nombres, ni sitios, ni fechas, ni referencias
que no sean aroma o sonido. Sugiere, nada más. Suponemos la mujer ausente
porque el verso sugiere ausencia sin calificativo. Puede ser brevedad de viaje,
eternidad de olvido o clausura eficaz de la muerte:
“Dolorido y con flores
voy, como un héroe de
poesía mía,
por los desiertos
corredores
que despertaba ella con su
blanco paso...
... ¡Qué goce triste este
de hacer todas las cosas
como ella hacía!”
(Ceniza de rosas 1912)
“Como un héroe de poesía mía”...
¡Qué bien se conoce el hombre y qué bien se sabe la tónica de su melodía
poética! Se desdobla y casi se canta a sí mismo, se reconoce y, hasta diríamos,
se burla un poco de ése que va con flores, poniendo rosas como las ponía,
mirando lo que miraba, soñando lo que soñaba. ¿Se burla un poco? Tal vez no,
tal vez, sólo se avergüenza un poco de confesarse tan hombre y tan niño... y
tan poeta¡
Pero,
al fin, Ella es real y tangible. Y entonces Juan Ramón Jiménez la desrrealiza y
la hace intangible. Ella es la esencia de ella misma, y el poeta
–corazón-desnudez-pureza- no la toca con las palabras de la carne o de la
anécdota. Nunca un nombre, ni una fecha, ni un sitio. Pero el amor ha hecho un
nuevo paisaje en el alma del escritor y a partir de los alrededores de 1915, el
verso se aclara. El paisaje se grana y hasta, a veces, se abrillanta. Pero
brillo y luz serenos siempre. Ni euforia ni exclamaciones de arrobamiento. Simplemente,
hay un reconciliarse con la vida que adquiere un sentido. No más hastío, no más
la tristeza porque sí. Zenobia es la explicación rotunda de todas las cosas, la
nueva manera de mirar las cosas:
“Te tenía olvidado,
cielo,
y no era más que un
vago existir de luz
visto –sin nombre-
por mis cansados ojos
indolentes...
... Hoy te he mirado
lentamente
y te has ido elevando
hasta tu nombre”.
(Diario de un poeta... 1916 -7 de
febrero)
Es, incluso, una nueva manera de
ser mirada ella misma y de ser sentida:
“Te deshojé como una rosa
para verte tu
alma...”
(Diario... 1916 –20 de febrero
“Te siento aquí en el alma honda y clara
cual la luz que una rosa
copiara sólo de ella
en una agua corriente...”
(Eternidades –1917)
Y en más de cuarenta años de
conocerse y convivir, apenas una o dos veces la alusión lejana a la
sensualidad:
“¡Cuán
extraños los dos
con nuestro
instinto!
De pronto,
somos cuatro”.
(Eternidades –1917)
Perfecta síntesis. Clara
confesión de que lo dominante es el espíritu y que la carne instintiva es el –y
la otra-, extraños.
Y si el poeta hasta entonces no
había visto la cerradura azul del cielo, tampoco había visto el mar que sus
ojos postergaron por los jardines atardecidos y que ahora empieza a rumorear su
verde vaivén por su poesía. Bien está el cambio de nombre a su libro clave.
“Diario de poeta y mar”. Se le nota afirmado en sí mismo, se le ve salido de su
melancolía becqueriana de antes para conectarse con la poesía nueva que circula
por Europa, dando un nuevo sentido a la naturaleza. Todo es el hombre. Y el
mar, encontrado como expresión de la lucha humana por entenderse, nace en
J.R.J. con potente símbolo:
“Parece, mar, que luchas
-¡oh desorden sin fin, hierro
incesante!-
por encontrarte o porque yo te
encuentre.
¡Qué inmenso demostrarte, mar,
en tu desnudez asola...
... creando el espectáculo
completo
de nuestro mundo de hoy!
Estás como en un parte,
dándote a luz -¡con qué
fatiga!-
a ti mismo, mar único,
a ti mismo, a ti solo y en tu
misma
y sola plenitud e
plenitudes...”
(Diario de un Poeta...
1916 –5 de febrero)
Sin duda, las escuelas de vanguardia
tocan la poesía de J.R.J. sin descentrarla de su estilo. Como el modernismo,
los otros “ismos” van a pasar por su quieto remanso recogido, sin tocar su
superficie. Su poesía siente los cauces de agua tumultuosa y como un alga
profunda, sólo toma de ellas lo que le es nutricio para crecer su verde pleno y
sereno.
Hay cercanías indudables entre el amor
del andaluz que se hace a sí mismo en parto retumbante y repetido y el
“Monumento del Mar” de Vicente Huidobro, que “llora sin saber por qué lloras” y
a quien el chileno reta “Levántate y saluda al mar de los hombres”. Mar que “se
abre de par en par” o que le dice al otro, al español un no! repetido en
locura. Son las cosas que se yerguen con sus propios valores y a lo que J.R.J.
no podía dejar de ser sensible.
Como lo es frente al popularismo
español, aunque no sea su veta más llena de metales. Alguna vez excursiona por
la poesía símbolo de la gitanería y el pueblo color aceituna:
“Morado y verde limón
estaba el
poniente, madre.
Morado y
verde limón
estaba mi
corazón.
.........................................
Morado y
verde limón
estaba el
poniente, madre!
(Domingos
–1912)
Es un atisbo de lo que van a ser
después García Lorca y Rafael Alberti, pero que en este andaluz triste no pasa
de ser un juego de palabras oculto su sentido, claro para el poeta que se aleja
siempre de lo puramente sonoro de la jitánfora o de lo popular folklórico. Su
verso es la resonancia de su alma, y las cosas significan cosas para él sólo, que
nos deja la sensación, a veces, de que nos hemos quedado sólo en el borde de la
poesía, como asomados a un pozo insondable cuyo brocal de palabras esconde la
viva moneda oculta del agua verdadera.
Y aquí, un alcance. Siempre queda en
suspenso la gran pregunta del “para qué se escribe” y “para qué se publica”. Si
la poesía recogida, íntima, es satisfacción del que la siente, ¿por qué la da a
conocer a todos?, ¿No es eso, acaso, romper la intimidad misma de lo poético
que sólo se explica en lo personal? J.R.J. , que no es buscador de gloria, nos
surge esta interrogante cada vez que la lectura nos la acerca. Una poesía así,
sin otro mensaje que la belleza pura y depurada casi hasta lo incomprensible,
¿es para el público? Profesión de escritor, se dirá. Sí, pero con vocación de
escritor, además, que sí vive y levanta una casa y come de lo que
comercialmente le producen sus libros, sabe positivamente a quien van
destinados. “A la Minoría ,
siempre”, es la dedicatoria de su obra que circunscribe el público a una “elite”
preseleccionada por el autor. Y esta minoría no son los intelectuales, no los
críticos, no los otros poetas exquisitos o de gabinete. Es una minoría que se
agranda para incluir en su órbita a todos los gustadores de la belleza escueta
y sugerente, trampolín para nuevas resonancias en el que lee, cadena de
autenticidad de sentimientos. Ya sabía J.R.J. lo que su obra iba significando.
Gran ayudador de los “nuevos”, su estímulo encauzó poetas jóvenes y su ritmo
lento e intenso creó una escuela diferente, sin nombre pomposo. “Reacción
contra el modernismo”, “Nueva corriente poética”, “Juanramonismo”. No la llaman
de otra manera los antologadores o estudiosos. Ni tampoco él, seguro en su
hacer, se preocupa de nombrarse, hacer manifiestos o declaraciones sobre su
escribir. Simplemente, escribe. Y publica. Y escribe mil veces más de lo que
publica, obsedido por la desnudez formal, la palabra escueta, la belleza no
conocida nunca a satisfacción. Relee. Rehace. Nunca agrega. Siempre quita. De
una antología a otra –siempre todas bajo la vigilancia alerta de él y Zenobia
–el poeta aparece más breve, más síntesis poética. Sus libros repetidos en las
prensas bien pudieran llevar como título “Segunda edición, resumida y
depurada”...
Afán casi morboso, preocupación de toda
su vida, corrige y elimina incansablemente. ¿Para qué, por qué?, volvemos a
preguntarnos. Él se lo sabía. O no. Tal vez, ni se lo preguntó siquiera.
Seguridad de estarse dando, placer de entregar su belleza casi con la
inconsciencia con que un niño juega o se hace espuma la ola. La pregunta, sin
responder, queda para nosotros, los demás, que miramos sus casi sesenta años de
diaria poesía que se han limitado, con su muerte, pero que siguen ahí en pie,
sobre su pedestal de versos.
Y en esta mirada y alcance, muchas
miradas y alcances se nos van con el silencio. Las influencias, adaptadas y
corriendo por su cauce como afluentes aportadores. La problemática del 98, la
filosofía que impregna el verso. Los temas de vaivén entre paisajes y
sentimiento y Tagore, en la palma blanca de Zenobia como presidiendo lo etéreo
del símbolo. Y ella misma, primer auditor y primer crítico inagotable,
irreductible, que no cesó en la tarea hasta verla coronada por el
reconocimiento mundial. Y la prosa de “Platero...” tan rica por lo simple. Y la
no dicha posición política, resuelta en decidida ausencia de la patria desde
1936. Y los recursos del verso que anatomizan la poesía en el análisis
científico y la nueva escuela que surge de él...
Hoy fue el acercamiento al conjunto, en
intento de mirar abarcando una obra terminada, gastada, a veces, de tanto
pasarle por encima con las citas ya tradicionales.
Muerto el hombre, aquí nos ha quedado
el poeta hasta que otra larga generación de hombres descubra una nueva forma de
expresar puramente la poesía. Y eso sí lo sabía el Juan Ramón Jiménez que hoy
se deshace bajo la tierra verde-malva-rosa-gris de Moguer, cerca del mar que le
prestará humedades salinas a su hueso y a su carne.
Lo demás es nuestro. Bien decía el
poeta cuando la intuición le dictaba que sy yo intangible había de permanecer.
“Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando”...
El arte es canto que no termina. Podrán
olvidarse del hombre pero no de la poesía. Seguirá en otra boca, en otra
cadencia, en palabra diversa. Pero estará. El hombre tiene siempre la misma
dimensión de hombre. Pero su obra es que crece, perece o permanece.
Sí, bien decía el poeta hombre cuando
se sentía, en imagen, otro diferente y duradero:
“Yo no soy yo.
Soy este que va a mi
lado sin yo verlo...
... el que quedará
en pie cuando yo muera”.
(Revista Nacional
de Cultura, Julio-Agosto de 1956, pp. 35-50).
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