lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ Y SU “ESPAÑA PEREGRINA”

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Y SU “ESPAÑA PEREGRINA”

                                     Santiago Magariños

N

ADA, tal vez como un dolor profundo, dolor que purifica y bruñe el alma, cual el de Juan Ramón Jiménez, para mejor recibir el merecido galardón del último Premio Nobel de Literatura. Ese calmo dolor, que fue la muerte de su esposa Zenobia, “blandura deslumbrante de mi primer cariño” nos lo ha mostrado en el exacto valor de su pensar y de su sentir de este día. Presintiéndolo, acaso anticipara por escrito cómo habría de verlo en el presente:

“A tu abandono opongo la elevada
                           torre de mi divino pensamiento...
                           Fabricaré en mi sombra la alborada,
                           mi lira guardaré del vano viento,
                           buscaré en mis entrañas mi sustento”.

         Si Juan Ramón Jiménez se sustentó siempre de sus entrañas, como la abeja saca dulzores de la flor, ahora más que nunca ahondará en ellas, porque ha de repetir ese alimento, en soledades negras, con una ausencia amada:

“Cierra, cierra la puerta
                                     como a ella le gustaba...
                                     ¡Que se encuentre a su gusto
                                     su recuerdo!”.

         Y su recuerdo, ya en sus soledades, le traerá todo el significado de su clara vida de poeta.
         Infinitas plumas han señalado su valor como tal, el pensamiento y estilo de este andaluz universal, su puesto en la literatura y, especialmente, en la española, las novedades de su lirismo. Que él fue en su mocedad, -y por sabido no fuera menester de ello-, quien polarizó la fé y la esperanza de los soñadores de una Poesía nueva; quien cantó el verso de manera distinta; quien lanzó al mundo su vida interior, siempre vuelto sobre sí mismo en fecundo ensimismamiento. Poesía que emanó de su inequívoca personalidad y que ha llegado a alcanzar valor universal, con persistente acento español y gracias de lenguaje. Poesía que se mueve paralela a su vida con el resultado de una depuración sin fin y un constante crecimiento del espíritu.
         ¿Sensual? Sensorial y sensual, pero con sensualidad platónica más del sentir y del mirar que del tocar.
         ¿Optimista? Claro, luminoso, alegre y risueño. Ha vivido para la belleza pura, y quien así vivió no puede ser pesimista. Le decía un día al pintor Benjamín Palencia: “Nunca pintes a la manera de los esperpentos. España no es triste. Tú siempre debías pintar cielos, flores, mujeres, peces y niños”. Y lo dijo porque su poesía es un canto de gloria a todo esto, dentro de la pureza del cielo de Castilla.
         Pero dejémoslo como bien ha sido.
         Echando mi cuarto a espadas me parece que Juan Ramón Jiménez con su poesía, representa para todos y, aun más, para los españoles, un símbolo y un ejemplo.
         El hombre que por pureza de criterio, por acendrado respeto a sus ideales, rompió en los días trágicos con quienes nunca supieron representarlos, y echóse a peregrinar por tierras y mundos tan lejanos de España, arrastrando, como nuevo romero de poesía, su amor y su nostalgia, ese hombre es síntesis y prototipo de tantos otros que, como él, se fueron a través de continentes nuevos, con los ideales rotos y los ojos bañados de paisajes: “La España Peregrina” que formaron miles de almas y cuerpos, de grandeza y de tamaños varios, pero que todos
“bebieron en la sombra
                                     sus llantos
                                     confundidos”.
         Hombres que desde sus dispares confines, veían con el recuerdo la realidad soñada de la patria lejana, lleno de
“nostalgia, aguda, infinita,
                                   terrible lo que tengo¡”.
         Con él y como él, marchó andariego, por las tierras del mundo, la poesía española. A lomo de Plateros y en el aroma del jazmín y la rosa ha ido sembrando visiones apasionadas y lánguidas de la vieja tierra, enseñando consuelos a los que, con el corazón hecho pedazos, “no sabían agradecer ese dolor” que el alma transparenta.

“Dolorido y con flores
                                      voy como un héroe de poesía mía,
                                     por los desiertos corredores
                                     que despertaba ella con blanco paso,
                                     y mis pies son de raso
                                     -¡oh, ausencia hueca y fría!-
                                     y mis pisadas dejan resplandores”.

         Y con la “voz helada” ha recordado –como todos- horas y lugares, tiempos y cosas, ruinas y caminos, amores y nostalgias. Y también lo pasado: “Desde tu sepultura al pie del pino redondo del huerto de la Piña, ¿recuerdas Platero?, se veía la carretera con su puente, y sus álamos de humo, y el horno de ladrillos, y las lomas de Palos y los vapores de Huelva. Y al anochecer las luces de los muelles de Río Tinto. Y el eucaliptus grande y solo de los arroyos sobre el morado ocaso último”..
         Cuando Juan Ramón llega a esta condición de símbolo, en su poesía, los afanes del poeta logran intensidad y extensión, la perfección, pretendida evasión de sí mismo: “El andaluz universal”, “El retraído”, “El cansado de su nombre”. El camino que  así  abrió la lleva de la poesía concreta de otoños y melancolías, a la poesía abstracta y esencial, esquemática, “primaria de puro simple, sencilla y complicada como un gemido o una vibración”. Vive en el centro de sí mismo. “Me rodea un momento infinito (sin los nombres aún o ya)”. Le ha quitado velos a la Poesía hasta poseerla en su desnudez universal.
         Y pues él “encarna” la España peregrina, quiero pensar, como una complacencia y una justicia, que ese premio que le fue concedido es un poco y un mucho el galardón con que también se premia, en tiempos de cinismo e injusticias, de crueldades y atropellos, a aquellos que como él salieron sin mácula de la patria y fueron guardadores de sus ideales, y se sentaron a recordarla en los caminos; a los que añoran el paisaje verde y el sol entre las frondas, el mar tranquilo y la barquilla rauda, las suaves noches cuajadas de estrellas, los vergeles de flores y los setos de juncias y cantuesos, las brisas y cantares, las nieves y los fríos.

                          “el pensamiento mío
                          crepúsculo del alma se va con la corriente.
                          ¿Al mar? ¿al cielo? ¿al mundo?, qué sé yo...
                          Las pena son más bella
                          y sobre la tristeza florece la sonrisa...”.

         Con todo ese mundo recordado, soñado sonrientemente, se hace presencia y continuidad en los “españoles peregrinos”, una Patria, “cuya voz popular aún persiste clara, firme, segura”; voz de una España tan lejana y sola...
         Y porque creo lo dicho, a su premio también se unen, aún ya por muertos, figuras tan señeras como la suya, admiradas por él, pero silenciadas por los estultos unas, desdeñadas otras, perseguidas todas por sus claridades, de una excesiva luz para los ciegos: la voz española, tensa como una lanza, voz de grito mudo de Unamuno; el pensamiento limpio, razonador de Ortega; la tímida hosquedad de Baroja; el recuerdo de Machado, “amistad verdadera, claro espejo”, (“Siento es tarde, Antonio, tu corazón entre la brisa”, y el de los poetas muertos, con nombres tan preclaros que a los necios y resentidos, les parecen simiente de peligros, poetas que “en la verde altura” los ve “como una estrella y oye su voz ausente”,

“y siente olor de lirio y azucena”:

         Ese premio concedido a uno sólo es la compensación de tantas tristezas nuestras. También es una esperanza. Es el ejemplo de un futuro luminoso, triunfador de lo puro y verdadero que premia una conducta. Y servirá de norma, para ese porvenir, aquel sin par soneto dedicado al Octubre castellano, que es doctrina de buen humor y sendero de paz de las conductas:

“Estaba echado yo en la tierra, enfrente
                       del infinito campo de Castilla,
                       que el otoño envolvía en la amarilla
                       dulzura de su claro sol poniente.

                          Lento, el arado, paralelamente
                       abría el haza oscura, y la sencilla
                       mano abierta dejaba la sencilla
                       con su entraña partida honradamente.

                          Pensé arrancarme el corazón y echarlo,
                      pleno de su sentir alto y profundo,
                      al ancho surco del terruño tierno;

                          a ver si con romperlo y con sembrarlo,
                        la primavera le mostraba al mundo
                        el árbol puro del amor eterno”.

         He aquí el magisterio perenne de los poetas. Ellos son, como expresaba Baley

“aquellos que aman
                                       y sienten una gran verdad
                                       y la dicen...”

         Y Moréas cantaba:

“Muse, pour tes vrais fils
                                    aujourd’ hui c’ est demain”.

         He ahí la verdad sentida y la misión señalada.
         Juan Ramón Jiménez fue fiel a ellas. En sus días mozos Rubén Darío le escribió un soneto que semeja programa sencillo de una futura acción continua:

“¿Tienes, joven amigo, ceñida la corona
                      para empezar, valiente, la divina pelea?
                     ¿Has visto si resiste el metal de tu idea,
                     la furia del mandoble y el peso de la maza?

                        ¿Te sientes con la sangre de la celeste raza
                      que vida con los números pitagóricos crea?
                      ¿Y, como el fuerte Herakles al león de Nemea,
                      a los sangrientos tigres del mal darías caza?

                       ¿Te estremece el azul de una noche tranquila?
                      ¿Escuchas pensativo el sonar de la esquela
                      Cuando el Ángelus dice el alma de la tarde?  

                        ¿Tu corazón las voces ocultas interpela?
                      Sigue entonces tu rumbo de amor. Eres poeta.
                      La belleza te cubra de luz y Dios te guarde.

         El poeta ha cumplido el mandato del poeta, con exigencia, con perfección y con pureza, y ha confesado:

“¡Oh, pasión de mi vida, poesía
                              desnuda, mía para siempre!”

         Por eso, la belleza suya, “razón de amor” cubrió de luz a todos. “Ha tendido –al decir de Guillermo de Torre- a una elevación de niveles, conseguida desde arriba, no desde abajo, por los peldaños del espíritu”.
         Vayan hoy en su pensar y en gloria esta reflexión y este consuelo. Junto a él se hallan todos los peregrinos de España, porque él les ha enseñado a creer en una lealtad del ideal y en una persistencia de la conducta, las cuales podrán unir a quienes sientan ese dolor de España en un amor fecundo, de honda raíz y fruto generoso.
         El saberlo será, para Juan Ramón Jiménez el verdadero “premio divino de su largo duelo”....
Caracas noviembre 1956.









(Cultura Universitaria, Noviembre-Diciembre de 1956, pp. 69-76).





         

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