JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Y SU “ESPAÑA PEREGRINA”
Santiago
Magariños
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N
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ADA, tal vez como un dolor profundo,
dolor que purifica y bruñe el alma, cual el de Juan Ramón Jiménez, para mejor
recibir el merecido galardón del último Premio Nobel de Literatura. Ese calmo
dolor, que fue la muerte de su esposa Zenobia, “blandura deslumbrante de mi
primer cariño” nos lo ha mostrado en el exacto valor de su pensar y de su
sentir de este día. Presintiéndolo, acaso anticipara por escrito cómo habría de
verlo en el presente:
“A
tu abandono opongo la elevada
torre de mi divino
pensamiento...
Fabricaré en mi
sombra la alborada,
mi lira guardaré del
vano viento,
buscaré en mis
entrañas mi sustento”.
Si
Juan Ramón Jiménez se sustentó siempre de sus entrañas, como la abeja saca
dulzores de la flor, ahora más que nunca ahondará en ellas, porque ha de
repetir ese alimento, en soledades negras, con una ausencia amada:
“Cierra,
cierra la puerta
como a
ella le gustaba...
¡Que se
encuentre a su gusto
su
recuerdo!”.
Y
su recuerdo, ya en sus soledades, le traerá todo el significado de su clara
vida de poeta.
Infinitas
plumas han señalado su valor como tal, el pensamiento y estilo de este andaluz universal, su puesto en la
literatura y, especialmente, en la española, las novedades de su lirismo. Que
él fue en su mocedad, -y por sabido no fuera menester de ello-, quien polarizó
la fé y la esperanza de los soñadores de una Poesía nueva; quien cantó el verso
de manera distinta; quien lanzó al mundo su vida interior, siempre vuelto sobre
sí mismo en fecundo ensimismamiento. Poesía que emanó de su inequívoca
personalidad y que ha llegado a alcanzar valor universal, con persistente
acento español y gracias de lenguaje. Poesía que se mueve paralela a su vida
con el resultado de una depuración sin fin y un constante crecimiento del
espíritu.
¿Sensual?
Sensorial y sensual, pero con sensualidad platónica más del sentir y del mirar
que del tocar.
¿Optimista?
Claro, luminoso, alegre y risueño. Ha vivido para la belleza pura, y quien así
vivió no puede ser pesimista. Le decía un día al pintor Benjamín Palencia:
“Nunca pintes a la manera de los esperpentos. España no es triste. Tú siempre
debías pintar cielos, flores, mujeres, peces y niños”. Y lo dijo porque su
poesía es un canto de gloria a todo esto, dentro de la pureza del cielo de
Castilla.
Pero
dejémoslo como bien ha sido.
Echando
mi cuarto a espadas me parece que Juan Ramón Jiménez con su poesía, representa
para todos y, aun más, para los españoles, un símbolo y un ejemplo.
El
hombre que por pureza de criterio, por acendrado respeto a sus ideales, rompió
en los días trágicos con quienes nunca supieron representarlos, y echóse a
peregrinar por tierras y mundos tan lejanos de España, arrastrando, como nuevo
romero de poesía, su amor y su nostalgia, ese hombre es síntesis y prototipo de
tantos otros que, como él, se fueron a través de continentes nuevos, con los
ideales rotos y los ojos bañados de paisajes: “La España Peregrina ”
que formaron miles de almas y cuerpos, de grandeza y de tamaños varios, pero
que todos
“bebieron
en la sombra
sus
llantos
confundidos”.
Hombres
que desde sus dispares confines, veían con el recuerdo la realidad soñada de la
patria lejana, lleno de
“nostalgia,
aguda, infinita,
terrible lo
que tengo¡”.
Con
él y como él, marchó andariego, por las tierras del mundo, la poesía española.
A lomo de Plateros y en el aroma del jazmín y la rosa ha ido sembrando visiones
apasionadas y lánguidas de la vieja tierra, enseñando consuelos a los que, con
el corazón hecho pedazos, “no sabían agradecer ese dolor” que el alma
transparenta.
“Dolorido
y con flores
voy como
un héroe de poesía mía,
por los
desiertos corredores
que
despertaba ella con blanco paso,
y mis pies
son de raso
-¡oh,
ausencia hueca y fría!-
y mis
pisadas dejan resplandores”.
Y
con la “voz helada” ha recordado –como todos- horas y lugares, tiempos y cosas,
ruinas y caminos, amores y nostalgias. Y también lo pasado: “Desde tu sepultura
al pie del pino redondo del huerto de la Piña , ¿recuerdas Platero?, se veía la carretera
con su puente, y sus álamos de humo, y el horno de ladrillos, y las lomas de
Palos y los vapores de Huelva. Y al anochecer las luces de los muelles de Río
Tinto. Y el eucaliptus grande y solo de los arroyos sobre el morado ocaso
último”..
Cuando
Juan Ramón llega a esta condición de símbolo, en su poesía, los afanes del
poeta logran intensidad y extensión, la perfección, pretendida evasión de sí
mismo: “El andaluz universal”, “El retraído”, “El cansado de su nombre”. El
camino que así abrió la lleva de la poesía concreta de
otoños y melancolías, a la poesía abstracta y esencial, esquemática, “primaria
de puro simple, sencilla y complicada como un gemido o una vibración”. Vive en
el centro de sí mismo. “Me rodea un momento infinito (sin los nombres aún o
ya)”. Le ha quitado velos a la
Poesía hasta poseerla en su desnudez universal.
Y
pues él “encarna” la España
peregrina, quiero pensar, como una complacencia y una justicia, que ese premio
que le fue concedido es un poco y un mucho el galardón con que también se
premia, en tiempos de cinismo e injusticias, de crueldades y atropellos, a
aquellos que como él salieron sin mácula de la patria y fueron guardadores de
sus ideales, y se sentaron a recordarla en los caminos; a los que añoran el
paisaje verde y el sol entre las frondas, el mar tranquilo y la barquilla
rauda, las suaves noches cuajadas de estrellas, los vergeles de flores y los
setos de juncias y cantuesos, las brisas y cantares, las nieves y los fríos.
“el pensamiento mío
crepúsculo del alma
se va con la corriente.
¿Al mar? ¿al cielo?
¿al mundo?, qué sé yo...
Las pena son más
bella
y sobre la tristeza
florece la sonrisa...”.
Con
todo ese mundo recordado, soñado sonrientemente, se hace presencia y
continuidad en los “españoles peregrinos”, una Patria, “cuya voz popular aún
persiste clara, firme, segura”; voz de una España tan lejana y sola...
Y
porque creo lo dicho, a su premio también se unen, aún ya por muertos, figuras
tan señeras como la suya, admiradas por él, pero silenciadas por los estultos
unas, desdeñadas otras, perseguidas todas por sus claridades, de una excesiva
luz para los ciegos: la voz española, tensa como una lanza, voz de grito mudo
de Unamuno; el pensamiento limpio, razonador de Ortega; la tímida hosquedad de
Baroja; el recuerdo de Machado, “amistad verdadera, claro espejo”, (“Siento es
tarde, Antonio, tu corazón entre la brisa”, y el de los poetas muertos, con
nombres tan preclaros que a los necios y resentidos, les parecen simiente de
peligros, poetas que “en la verde altura” los ve “como una estrella y oye su
voz ausente”,
“y
siente olor de lirio y azucena”:
Ese
premio concedido a uno sólo es la compensación de tantas tristezas nuestras.
También es una esperanza. Es el ejemplo de un futuro luminoso, triunfador de lo
puro y verdadero que premia una conducta. Y servirá de norma, para ese
porvenir, aquel sin par soneto dedicado al Octubre castellano, que es doctrina
de buen humor y sendero de paz de las conductas:
“Estaba
echado yo en la tierra, enfrente
del infinito campo de
Castilla,
que el otoño envolvía en la amarilla
dulzura de su claro sol
poniente.
Lento, el arado,
paralelamente
abría el haza oscura, y
la sencilla
mano abierta dejaba la
sencilla
con su entraña partida
honradamente.
Pensé arrancarme el
corazón y echarlo,
pleno de su sentir alto y
profundo,
al ancho surco del
terruño tierno;
a ver si con romperlo
y con sembrarlo,
la primavera le
mostraba al mundo
el árbol puro del amor
eterno”.
He
aquí el magisterio perenne de los poetas. Ellos son, como expresaba Baley
“aquellos
que aman
y
sienten una gran verdad
y la
dicen...”
Y
Moréas cantaba:
“Muse,
pour tes vrais fils
aujourd’
hui c’ est demain”.
He
ahí la verdad sentida y la misión señalada.
Juan
Ramón Jiménez fue fiel a ellas. En sus días mozos Rubén Darío le escribió un
soneto que semeja programa sencillo de una futura acción continua:
“¿Tienes,
joven amigo, ceñida la corona
para empezar, valiente, la divina pelea?
¿Has visto si resiste el
metal de tu idea,
la furia del mandoble y el
peso de la maza?
¿Te sientes con la
sangre de la celeste raza
que vida con los números pitagóricos
crea?
¿Y, como el fuerte
Herakles al león de Nemea,
a los sangrientos tigres
del mal darías caza?
¿Te estremece el azul de
una noche tranquila?
¿Escuchas pensativo el
sonar de la esquela
Cuando el Ángelus dice el
alma de la tarde?
¿Tu corazón las voces
ocultas interpela?
Sigue entonces tu rumbo
de amor. Eres poeta.
La belleza te cubra de
luz y Dios te guarde.
El
poeta ha cumplido el mandato del poeta, con exigencia, con perfección y con
pureza, y ha confesado:
“¡Oh,
pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para
siempre!”
Por
eso, la belleza suya, “razón de amor” cubrió de luz a todos. “Ha tendido –al
decir de Guillermo de Torre- a una elevación de niveles, conseguida desde
arriba, no desde abajo, por los peldaños del espíritu”.
Vayan
hoy en su pensar y en gloria esta reflexión y este consuelo. Junto a él se
hallan todos los peregrinos de
España, porque él les ha enseñado a creer en una lealtad del ideal y en una persistencia
de la conducta, las cuales podrán unir a quienes sientan ese dolor de España en
un amor fecundo, de honda raíz y fruto generoso.
El
saberlo será, para Juan Ramón Jiménez el verdadero “premio divino de su largo
duelo”....
Caracas noviembre 1956.
(Cultura Universitaria,
Noviembre-Diciembre de 1956, pp. 69-76).
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