Mirador
juan ramón
era de vidrio
Germán Arciniegas
C |
OMO
Juan Ramón era de vidrio, no pudo hallar sitio más adecuado para pasar sus
últimos años y morir que San Juan de Puerto Rico. Algún día se preguntarán sus
asombrados biógrafos cómo pudo una vez entrar con su burrito, a la universidad
y figurar en las listas académicas. Lo explica la manera como le abrió las
puertas el rector Jaime Benítez. “Este campo es suyo, le dije a Ramón: Camine
por donde le dé la gana, entre cuando quiera, haga lo que le parezca, diga lo
que se le antoje, y no se preocupe más por su burrito; si se pasea por los
jardines y se come las rosas, que se las coma”. Cervantes inventó un Licenciado
de vidrio, obra maestra de su exclusiva imaginación. Juan Ramón, de veras, era
de vidrio, y Jaime Benítez lo comprendió. Sabía que al más leve descuido se le
podría quebrar, y por eso se cuidó mucho de evitar que pudiera rompérsele tan
divino juguete. Cuando fui a San Juan visité a Juan Ramón en su casa, es decir,
el manicomio.
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Juan
Ramón no podía separarse del doctor García, su médico. Si el doctor García iba
a cine, a cine iba Juan Ramón. Si salía al campo, al campo iba Juan Ramón. Juan
Ramón pensaba que de un momento a otro podría reventársele el hilo de la vida,
y era indispensable tener al lado al médico para que a toda prisa pudiera
anudarlo. Mientras el doctor García vivió en la casa de las hermanas Rodrigo,
todo fue simple; pero cuando le dieron el puesto de médico del manicomio, y le
hicieron obligatorio vivir en la casa del director –un pabelloncito rodeado de
pabellones de locos-, Juan Ramón siguió al doctor y pasó a vivir donde él
vivía. Por ahí desfilamos todos sus amigos, que no eran muchos. Juan Ramón era
muy hablado, y por nada arruinaba hasta
las más viejas y fraternales relaciones.
Ángel del Río me contaba cosas
singularísimas de aquellas tertulias en el manicomio. Entre los profesores de
Río Piedras había uno a quien J.R. consideraba
muy pavoso, de aquellos que son eternos portadores de la mala suerte. J.R. se
estremecía sólo de pensar encontrarse con él. Por suerte, el hombre había
salido en viaje de vacaciones y se hallaba en Nueva York. En la tertulia se
estaba hablando tranquilamente de Góngora y Boscán, se revoloteaba por la
floresta de otros siglos y una rara placidez dominaba el poético coloquio,
cuando de pronto J.R. comenzó a aguzar el olfato e impuso el silencio
extendiendo en el aire sus manos transparentes. Frunció el entrecejo, y dijo
con voz de espanto: “¡Se nos vino el hombre!”. Sonrieron todos sin atreverse a
contradecirlo: Ninguna noticia autorizaba a pensar en el regreso del pavoso.
Pero J.R. insistió: “Claro que sí: Ya está bajando el avión y el hombre estará
a veinte kilómetros cuando más...”. Poco faltó para que volcara una tacita de
té. La conversación se reanudó con dificultad: ya nadie sabía en qué parte del
tema se había quedado el coloquio.
Pasaron diez minutos, y J.R. volvió a
la carga: “¡Ya tomó el taxi, y se nos vino!”. Un gesto de impotencia le bañó el
rostro desconsolado y dejó caer las manos transparentes. Ya entonces la vuelta
a la conversación se hizo difícil. Todos sabían que estaban delante del hombre
de vidrio. Pasaron cinco, diez, veinte minutos difíciles, hasta que de pronto
alguien tocó a la puerta. Se abrió. Y avanzó, sonriente, el pavoso...
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.J.R. tenía el sexto sentido. El caso
más notable que recordaba Ángel del Río ocurrió también en Puerto Rico. Convino
J.R. en aceptar una cena en cierta casa amiga, a distancia de una hora de San
Juan. Se prolongó la reunión bastante más allá de la media noche, y el regreso
ocurrió en medio de una tremenda borrasca. Tuvieron que cerrar bien las
ventanillas del automóvil
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