lunes, 14 de septiembre de 2015

juan ramón era de vidrio

Mirador
juan ramón
era de vidrio

                 Germán Arciniegas


C

 OMO Juan Ramón era de vidrio, no pudo hallar sitio más adecuado para pasar sus últimos años y morir que San Juan de Puerto Rico. Algún día se preguntarán sus asombrados biógrafos cómo pudo una vez entrar con su burrito, a la universidad y figurar en las listas académicas. Lo explica la manera como le abrió las puertas el rector Jaime Benítez. “Este campo es suyo, le dije a Ramón: Camine por donde le dé la gana, entre cuando quiera, haga lo que le parezca, diga lo que se le antoje, y no se preocupe más por su burrito; si se pasea por los jardines y se come las rosas, que se las coma”. Cervantes inventó un Licenciado de vidrio, obra maestra de su exclusiva imaginación. Juan Ramón, de veras, era de vidrio, y Jaime Benítez lo comprendió. Sabía que al más leve descuido se le podría quebrar, y por eso se cuidó mucho de evitar que pudiera rompérsele tan divino juguete. Cuando fui a San Juan visité a Juan Ramón en su casa, es decir, el manicomio.
- - - -
         Juan Ramón no podía separarse del doctor García, su médico. Si el doctor García iba a cine, a cine iba Juan Ramón. Si salía al campo, al campo iba Juan Ramón. Juan Ramón pensaba que de un momento a otro podría reventársele el hilo de la vida, y era indispensable tener al lado al médico para que a toda prisa pudiera anudarlo. Mientras el doctor García vivió en la casa de las hermanas Rodrigo, todo fue simple; pero cuando le dieron el puesto de médico del manicomio, y le hicieron obligatorio vivir en la casa del director –un pabelloncito rodeado de pabellones de locos-, Juan Ramón siguió al doctor y pasó a vivir donde él vivía. Por ahí desfilamos todos sus amigos, que no eran muchos. Juan Ramón era muy  hablado, y por nada arruinaba hasta las más viejas y fraternales relaciones.
         Ángel del Río me contaba cosas singularísimas de aquellas tertulias en el manicomio. Entre los profesores de Río Piedras había uno a quien J.R. consideraba muy pavoso, de aquellos que son eternos portadores de la mala suerte. J.R. se estremecía sólo de pensar encontrarse con él. Por suerte, el hombre había salido en viaje de vacaciones y se hallaba en Nueva York. En la tertulia se estaba hablando tranquilamente de Góngora y Boscán, se revoloteaba por la floresta de otros siglos y una rara placidez dominaba el poético coloquio, cuando de pronto J.R. comenzó a aguzar el olfato e impuso el silencio extendiendo en el aire sus manos transparentes. Frunció el entrecejo, y dijo con voz de espanto: “¡Se nos vino el hombre!”. Sonrieron todos sin atreverse a contradecirlo: Ninguna noticia autorizaba a pensar en el regreso del pavoso. Pero J.R. insistió: “Claro que sí: Ya está bajando el avión y el hombre estará a veinte kilómetros cuando más...”. Poco faltó para que volcara una tacita de té. La conversación se reanudó con dificultad: ya nadie sabía en qué parte del tema se había quedado el coloquio.
         Pasaron diez minutos, y J.R. volvió a la carga: “¡Ya tomó el taxi, y se nos vino!”. Un gesto de impotencia le bañó el rostro desconsolado y dejó caer las manos transparentes. Ya entonces la vuelta a la conversación se hizo difícil. Todos sabían que estaban delante del hombre de vidrio. Pasaron cinco, diez, veinte minutos difíciles, hasta que de pronto alguien tocó a la puerta. Se abrió. Y avanzó, sonriente, el pavoso...
- - - -

         .J.R. tenía el sexto sentido. El caso más notable que recordaba Ángel del Río ocurrió también en Puerto Rico. Convino J.R. en aceptar una cena en cierta casa amiga, a distancia de una hora de San Juan. Se prolongó la reunión bastante más allá de la media noche, y el regreso ocurrió en medio de una tremenda borrasca. Tuvieron que cerrar bien las ventanillas del automóvil

No hay comentarios:

Publicar un comentario