Los Perdidos Borradores
Enrique Castellanos
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J
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uan Ramón Jiménez consagró toda
su vida al ejercicio poético. Es una entrega definitiva que va llenando sus
horas, sus delgados días, o su rozagante primavera teñida con el tornasolado
polvillo que se desprende de las alas de las mariposas, o bien el declinante
otoño, cuando apenas si se alimenta del hueso de los árboles y las hojas,
desvaídas, han caído en el hondón del pozo. Comprende que a esta doncella de
los pies alados es necesario, sin quiebra de rumbos, darse por entero –en esa
encendida pasión sólo expirable con la muerte. Así, bajo estas rigurosas
condiciones, cumple su destino.
Rubén Darío lo recibe y saluda con el vibrar intermitente de
sus pífanos; lo consideraba su discípulo; sin embargo, el poeta andaluz
reacciona a lo que había sido la dominante de la poesía del indio chorotega y
sus seguidores: o sea la música primero que todo. Esta fue la consigna de Paul
Verlaine –el pobre Lelian de la
Canción de Otoño.
Juan Ramón Jiménez utiliza otra técnica, maneja otros
metros, mete dentro de la poesía los colores desvaídos, los grises azulados; en
él los colores adquieren una fuerza intensa; la melancolía, por otra parte,
aflora acompasada por un verbo que se trasciende y se limita a lo que es; ver
en lo que es, como ya predicaba Stendhal; es por ello que está desposeída de
náyades, faunos, trasgos; no surgen en su decir mármoles del Parthenón, ni
pastores latinos, ni ánforas griegas, ni estilizados cisnes. Esta poesía era,
para gusto de los muchos de la época, rodeada casi siempre de un aire
pompadour, indudablemente grande en su progenitor, pero que perdía su gracia en
todos aquellos que de manera esclava estaban sujetos a la imitación irrestricta
de Darío. Las brillantes perlas, alucinantes esmeraldas, o los dorados arreos, sorprendentes en las
manos mágicas de Rubén, no habrán de atraer al poeta andaluz, pues va a hacer
su propia poesía, a lograr su propia voz, tan encendida y alta.
Juan Ramón Jiménez inicia su periplo personal. Busca el
propio sentido de su voz, trabaja su barro con la paciencia del escogido, y
lentamente, sin que nada ni nadie altere su misión, se ejercita en la
depuración de su mensaje, que alto y fidelísimo alcanza proyecciones
insospechables en su expresión poética.
Su poesía es casi aire; de tan leve se filtra, descalza, sin
el atavío barroco, por todos nuestros zaguanes interiores. Su delgada partesana
va despertando los mágicos sueños, las insospechadas e imponderables
profundidades del alma. Oigámoslo:
Dolorido y con flores
voy, como un héroe de
poesía mía,
por los desiertos
corredores
que despertaba ella con su
blanco paso...
¡Qué goce triste este
de hacer todas las cosas como ella las hacía.
Sin darle tregua al tiempo
trabaja, pule, depura su lenguaje; su lirismo alcanza un densidad sorprendente;
su fuerza, radicada en ese aire ingrávido que nos penetra, es oro diluido en
rosas, en símbolos, en poesía definitiva.
Valles
fantasmagóricos, de una vaga dulzura,
tienen, entre la niebla,
rebaños indecisos.
Poesía de insospechable decir en el más alto minarete de
todos los tiempos. La destrucción no llega hasta la verde y fresca sombra de su
árbol.
(El Nacional, 22-10-66).
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