lunes, 14 de septiembre de 2015

LA VOZ DE JIMÉNEZ

Los Perdidos Borradores
LA VOZ DE JIMÉNEZ

             Enrique Castellanos



J

uan Ramón Jiménez consagró toda su vida al ejercicio poético. Es una entrega definitiva que va llenando sus horas, sus delgados días, o su rozagante primavera teñida con el tornasolado polvillo que se desprende de las alas de las mariposas, o bien el declinante otoño, cuando apenas si se alimenta del hueso de los árboles y las hojas, desvaídas, han caído en el hondón del pozo. Comprende que a esta doncella de los pies alados es necesario, sin quiebra de rumbos, darse por entero –en esa encendida pasión sólo expirable con la muerte. Así, bajo estas rigurosas condiciones, cumple su destino.
         Rubén Darío lo recibe y saluda con el vibrar intermitente de sus pífanos; lo consideraba su discípulo; sin embargo, el poeta andaluz reacciona a lo que había sido la dominante de la poesía del indio chorotega y sus seguidores: o sea la música primero que todo. Esta fue la consigna de Paul Verlaine –el pobre Lelian de la Canción de Otoño.
         Juan Ramón Jiménez utiliza otra técnica, maneja otros metros, mete dentro de la poesía los colores desvaídos, los grises azulados; en él los colores adquieren una fuerza intensa; la melancolía, por otra parte, aflora acompasada por un verbo que se trasciende y se limita a lo que es; ver en lo que es, como ya predicaba Stendhal; es por ello que está desposeída de náyades, faunos, trasgos; no surgen en su decir mármoles del Parthenón, ni pastores latinos, ni ánforas griegas, ni estilizados cisnes. Esta poesía era, para gusto de los muchos de la época, rodeada casi siempre de un aire pompadour, indudablemente grande en su progenitor, pero que perdía su gracia en todos aquellos que de manera esclava estaban sujetos a la imitación irrestricta de Darío. Las brillantes perlas, alucinantes esmeraldas,  o los dorados arreos, sorprendentes en las manos mágicas de Rubén, no habrán de atraer al poeta andaluz, pues va a hacer su propia poesía, a lograr su propia voz, tan encendida y alta.
         Juan Ramón Jiménez inicia su periplo personal. Busca el propio sentido de su voz, trabaja su barro con la paciencia del escogido, y lentamente, sin que nada ni nadie altere su misión, se ejercita en la depuración de su mensaje, que alto y fidelísimo alcanza proyecciones insospechables en su expresión poética.
         Su poesía es casi aire; de tan leve se filtra, descalza, sin el atavío barroco, por todos nuestros zaguanes interiores. Su delgada partesana va despertando los mágicos sueños, las insospechadas e imponderables profundidades del alma. Oigámoslo:
                                       
                    Dolorido y con flores
                    voy, como un héroe de poesía mía,
                    por los desiertos corredores
                    que despertaba ella con su blanco paso...
                    ¡Qué goce triste este
                    de hacer todas las cosas como ella las hacía.
        
Sin darle tregua al tiempo trabaja, pule, depura su lenguaje; su lirismo alcanza un densidad sorprendente; su fuerza, radicada en ese aire ingrávido que nos penetra, es oro diluido en rosas, en símbolos, en poesía definitiva.
        
Valles fantasmagóricos, de una vaga dulzura,
                    tienen, entre la niebla, rebaños indecisos.

         Poesía de insospechable decir en el más alto minarete de todos los tiempos. La destrucción no llega hasta la verde y fresca sombra de su árbol.








(El Nacional, 22-10-66).



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