DESDE PLATERO TRISTE
Ida Gramcko
C
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muere un poeta que ha sido amado, admirado, exaltado y creído por las
generaciones que le siguen, es lógico que la prisa expresiva del dolor circunde
su descenso en el homenaje y al tributo. Juan Ramón Jiménez tendrá en su
despedida terrena todo un vibrante haz de póstumos elogios. Su actual silencio
se llenará de voces que recuerden su vida, su poesía, su humanidad. Que nos sea
permitido entonces, a los poetas en puro proceso y formación, acercarnos con
distinto fervor a su muerte. Con un dolor callado. En nuestro caso, es
demasiado grave y serio lo que lega un poeta para que el ditirambo empañe con
su exaltación un sentido más hondo de justicia. Queremos la pena menos
consolable de todas porque posee una precisión, porque sabe totalmente lo que
ha perdido. Perdemos con entera y aguda exactitud.
Ante su
forma quieta y pálida, en el dramático momento, pensamos en lo que significa
una vida dedicada de lleno, al ejercicio de la ardua, intrincada y áspera
creación. Ese menester, vuelto paciencia, sistema cotidiano de hallazgos, queda
en obra y en ejemplo. La obra, cabal en su momento, podemos discutirla sin
dudar nunca de su objetiva calidad ni de su necesidad histórica. El ejemplo de
constancia y labor que nos deja es válido para todo poeta y todo siglo.
Juan Ramón Jiménez, como un Bécquer
contemporáneo, mucho más abarcante e imaginativo, en los años de 1902, parecía
devolverle a la poesía española su estremecimiento interior. Como si emergiera,
poblado de tesoros, de un recóndito bosque impresionista, cogió un puñado de
emociones para encontrarles bordes nuevos, cadencias, aspergeos, leves zonas
sutiles. Descubrió el hoyuelo rosado en las presencias, la sombra de la rama
con aroma en la sien. Su poesía no fue simplemente la manifestación de los
subjetivo sino de los subjetivo secreto, oculto, imperceptible. Una intimidad
rica, inagotable, misteriosa, casi una religión de intimidad, empujaba sus
versos en pincelada alucinante y breve, reflejo de los que lo produjo: contemplación,
destreza, acendramiento de lo anímico. Avezado en estos buceos interiores,
ganaban en su voz acentos de una singularidad conmovedora. Una caricia, en sus poemas, es un mundo de
revelaciones. Cualquier asunto humano bulle de sus estrofas como una suavidad
extraordinaria y por ello más fuerte e intensa; así, sus palabras de amor
tiemblan como climas sorprendentes o rarezas delicadísimas.
Este descubridor de lo íntimo oscuro,
múltiple, casi esotérico, este incansable oficiante de la gama del sentir
individual, de sus ciencias ocultas, en su gran ahora imprevisible, posee una
inmensa importancia para la historia de la poesía. Todos lo sabemos aunque, a
veces, no sepamos cuál es exactamente esa importancia. Toca pesarlo ahora. La
subjetividad de Juan Ramón Jiménez no es arrolladora o estallante en el sentido
elemental: es subjetividad experta, cabal, embelesante, plena ya de otra cosa,
casi tránsito, subjetividad última y crítica. Aguzada sensibilidad, renovadora
por su cierre perfecto y soberano, condensadora de una herencia sentimental y
lírica, que se quebraría más tarde en nuevas expresiones.
Los poetas que plantearon otra
dimensión, fusión del objeto y el sujeto, como en la poesía de “Trilce” de
Vallejo o en el “Cántico” de Jorge Guillén, seguramente calibraron ese
manantial juanramoniano en que el hombre se ensanchaba a sabiendas o sin
saberlo, a fuerza de penetrar y ahondar en el salsipuedes de su propia
existencia. Se ha dicho muchas veces que el individuo, a medida que se interna
en sus ideas y sensaciones, topa una
zona oscura, zona de expansión o unidad en que ya no puede actuar a solas. Allí
se percata como caos o como un todo, como antigua e ilesa concordancia o como
zozobra integral, como angustia creciente o como identidad sublime. Desde que
ese sentir pasó a ser norma del poeta, las distancias entre cosa y personas
fueron naturalmente rebasadas.
Pues bien, esta dimensión
correspondiente a líricos presentes y futuros estará siempre en deuda con la
voz del poeta andaluz, la que yo llamaría síntesis de subjetividad, colmo y
logro de un aspecto del hombre y esperanza de su nueva expresión.
Juan Ramón Jiménez aporta un
conocimiento profundo de toda la diversidad y la enjundia emotivas de la
criatura trémula, frágil, cambiante, nostálgica, enamorada, tímida, huidiza.
Acopio de internas, hondas iridescencias que ha sido cosecha indispensable para
todo trabajo posterior. La poesía cuyo fundamento es la relación entre lo
interno y lo subjetivo, el poema que no vive de la oposición tradicional entre
presencia y muerte, pues muerte es forma y modo de la vida, nació también como
estallante consecuencia de un proceso muy lento de conciencia, rigor y
desarrollo sensible, mayor sensibilización. La poesía actual, por tanto, siendo
tan diferente, no es ajena nunca al poeta español que acaba de morir. Es su
aliada y a veces su fruto. Como sobre un ancestro, raiz y origen de muchas
luchas recientes, nos inclinamos sobre las páginas del poeta que no muere en
sus versos. Lo que nos fecundó es lo venerable. Y lo que se venera, este
abolengo claro, es respaldo ilustre, vive como un redondo cumplimiento que
brindó inmensa posibilidad.
Buen padre, barbilla trémula, jadeante,
antecesor heroico, patriarca generoso y eficaz, deposita su ofrenda, como una
joya grávida, meollo de tanto resplandor vigente, entre los dedos plenos de sus
hijos.
(Papel Literario de El
Nacional, 5-6-58, p. 8).
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