lunes, 14 de septiembre de 2015

DESDE PLATERO TRISTE

DESDE PLATERO TRISTE
Ida Gramcko


  C

 

uando muere un poeta que ha sido amado, admirado, exaltado y creído por las generaciones que le siguen, es lógico que la prisa expresiva del dolor circunde su descenso en el homenaje y al tributo. Juan Ramón Jiménez tendrá en su despedida terrena todo un vibrante haz de póstumos elogios. Su actual silencio se llenará de voces que recuerden su vida, su poesía, su humanidad. Que nos sea permitido entonces, a los poetas en puro proceso y formación, acercarnos con distinto fervor a su muerte. Con un dolor callado. En nuestro caso, es demasiado grave y serio lo que lega un poeta para que el ditirambo empañe con su exaltación un sentido más hondo de justicia. Queremos la pena menos consolable de todas porque posee una precisión, porque sabe totalmente lo que ha perdido. Perdemos con entera y aguda exactitud.

         Ante su forma quieta y pálida, en el dramático momento, pensamos en lo que significa una vida dedicada de lleno, al ejercicio de la ardua, intrincada y áspera creación. Ese menester, vuelto paciencia, sistema cotidiano de hallazgos, queda en obra y en ejemplo. La obra, cabal en su momento, podemos discutirla sin dudar nunca de su objetiva calidad ni de su necesidad histórica. El ejemplo de constancia y labor que nos deja es válido para todo poeta y todo siglo.
         Juan Ramón Jiménez, como un Bécquer contemporáneo, mucho más abarcante e imaginativo, en los años de 1902, parecía devolverle a la poesía española su estremecimiento interior. Como si emergiera, poblado de tesoros, de un recóndito bosque impresionista, cogió un puñado de emociones para encontrarles bordes nuevos, cadencias, aspergeos, leves zonas sutiles. Descubrió el hoyuelo rosado en las presencias, la sombra de la rama con aroma en la sien. Su poesía no fue simplemente la manifestación de los subjetivo sino de los subjetivo secreto, oculto, imperceptible. Una intimidad rica, inagotable, misteriosa, casi una religión de intimidad, empujaba sus versos en pincelada alucinante y breve, reflejo de los que lo produjo: contemplación, destreza, acendramiento de lo anímico. Avezado en estos buceos interiores, ganaban en su voz acentos de una singularidad conmovedora.  Una caricia, en sus poemas, es un mundo de revelaciones. Cualquier asunto humano bulle de sus estrofas como una suavidad extraordinaria y por ello más fuerte e intensa; así, sus palabras de amor tiemblan como climas sorprendentes o rarezas delicadísimas.
         Este descubridor de lo íntimo oscuro, múltiple, casi esotérico, este incansable oficiante de la gama del sentir individual, de sus ciencias ocultas, en su gran ahora imprevisible, posee una inmensa importancia para la historia de la poesía. Todos lo sabemos aunque, a veces, no sepamos cuál es exactamente esa importancia. Toca pesarlo ahora. La subjetividad de Juan Ramón Jiménez no es arrolladora o estallante en el sentido elemental: es subjetividad experta, cabal, embelesante, plena ya de otra cosa, casi tránsito, subjetividad última y crítica. Aguzada sensibilidad, renovadora por su cierre perfecto y soberano, condensadora de una herencia sentimental y lírica, que se quebraría más tarde en nuevas expresiones.
         Los poetas que plantearon otra dimensión, fusión del objeto y el sujeto, como en la poesía de “Trilce” de Vallejo o en el “Cántico” de Jorge Guillén, seguramente calibraron ese manantial juanramoniano en que el hombre se ensanchaba a sabiendas o sin saberlo, a fuerza de penetrar y ahondar en el salsipuedes de su propia existencia. Se ha dicho muchas veces que el individuo, a medida que se interna en sus  ideas y sensaciones, topa una zona oscura, zona de expansión o unidad en que ya no puede actuar a solas. Allí se percata como caos o como un todo, como antigua e ilesa concordancia o como zozobra integral, como angustia creciente o como identidad sublime. Desde que ese sentir pasó a ser norma del poeta, las distancias entre cosa y personas fueron naturalmente rebasadas.
         Pues bien, esta dimensión correspondiente a líricos presentes y futuros estará siempre en deuda con la voz del poeta andaluz, la que yo llamaría síntesis de subjetividad, colmo y logro de un aspecto del hombre y esperanza de su nueva expresión.
         Juan Ramón Jiménez aporta un conocimiento profundo de toda la diversidad y la enjundia emotivas de la criatura trémula, frágil, cambiante, nostálgica, enamorada, tímida, huidiza. Acopio de internas, hondas iridescencias que ha sido cosecha indispensable para todo trabajo posterior. La poesía cuyo fundamento es la relación entre lo interno y lo subjetivo, el poema que no vive de la oposición tradicional entre presencia y muerte, pues muerte es forma y modo de la vida, nació también como estallante consecuencia de un proceso muy lento de conciencia, rigor y desarrollo sensible, mayor sensibilización. La poesía actual, por tanto, siendo tan diferente, no es ajena nunca al poeta español que acaba de morir. Es su aliada y a veces su fruto. Como sobre un ancestro, raiz y origen de muchas luchas recientes, nos inclinamos sobre las páginas del poeta que no muere en sus versos. Lo que nos fecundó es lo venerable. Y lo que se venera, este abolengo claro, es respaldo ilustre, vive como un redondo cumplimiento que brindó inmensa posibilidad.
         Buen padre, barbilla trémula, jadeante, antecesor heroico, patriarca generoso y eficaz, deposita su ofrenda, como una joya grávida, meollo de tanto resplandor vigente, entre los dedos plenos de sus hijos.









(Papel Literario de El Nacional, 5-6-58, p. 8).


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