lunes, 14 de septiembre de 2015

EL TRIUNFO DE LA POESÍA

EL TRIUNFO DE LA POESÍA

                         José Boada Alvins


Y

el milagro se hizo. Mientras en todas partes se habla de la destrucción, de sangre derramada, de tenebrosos artilugios que sintetizan y dirigen contra el mismo hombre las más avanzadas conquistas materiales de la ciencia. Mientras se sabe y se dice de la amenaza de derrumbe, de la crisis del espíritu, esos magníficos sedimentos de residencia que siempre se albergan en los más hondos y misteriosos resquicios de la vitalidad humana de pronto han emergido, se han deslizado hacia la corteza de nuestra expresión universal, y se han traducido en la otorgación del Premio Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez, el poeta por excelencia, el poeta-poeta de este siglo. Parece una paradoja, es cierto. Parece un producto de extremadas inferencias utópicas que, dentro de esta ardiente circunferencia de congestionadas turbideces, de angustiosas confusiones, de desorientaciones, que rodea y confina al hombre en su pequeña zona de triunfos técnicos y mecánicos, las agencias cablegráficas hayan transmitido, con vasto despliegue de recursos explicativos, la noticia acerca del dispensamiento de este galardón de proyecciones mundiales a un escritor de la talla, del valor emocional de Juan Ramón Jiménez. Empero, afortunadamente, con júbilo de cosa hallada, es verdad. Y acaso más que nunca se puede hoy agradecer al inventor de la dinamita, a sus sucesores y a los integrantes del jurado al que corresponde conferir el encumbrado premio, por la adjudicación del mismo al humanísimo poeta español
         Aún recordamos, hechizados por la emoción, las primeras páginas de Juan Ramón Jiménez, que leímos cuando, con deslumbramiento de navegante neófito, la arcanidad poética impulsábanos por entre los brumosos y alucinantes boscajes de la lírica inquietud. Habíamos oído, en el umbral de nuestra mocedad, hablar del ilustre bardo de Huelva. Y se nos aparecía entonces, dentro de esa tumultuosa urdimbre de percepciones y tendencias que constituye la fase orgánica de nuestros primeros años juveniles, como el superlativo mentor de hervores poéticos durante las últimas décadas, ubicado en la misma categoría de Walt Whitman, Vladimir Maiakovskij, y Rafael Alberti, Pablo Neruda, César Vallejo, Federico García Lorca. Para nosotros, entre las palpitantes nebulosidades que nos circundaban, el nombre y la obra de Juan Ramón Jiménez simbolizaba el más alto desiderátum,  el más subyugante clamor surgido en las frondas del entusiasmo lírico. Porque Juan Ramón Jiménez, solitario, impenitente, aislado como un habitante de faro, aunque dentro de su soledad también el más ferviente intérprete de la presencia humana, extraño en esos livianos caudales melancólicos a través de los cuales se vierte su inspiración, una de las más hondas y emotivas experiencias poéticas en lo que va de este siglo.
         Pero, aún soslayando su nutridísima producción en versos, en la cual se revela con toda su intensidad luminosa la fina sensibilidad del artista, bastaría acaso con habernos regalado esa dulce fuente de primores líricos, ese perenne remanso de siempre prístinas emociones, que es su delicado “Platero y Yo”, para que infinitamente tuviéramos que recordar a Juan Ramón Jiménez como un elevadísimo exégeta y realizador de la belleza. Por otra parte, aún marginando la elevada calidad de su obra poética, no podríamos menos que tener una expresión de homenaje para quien, sustrayéndose, aunque en parte, de esos copiosos contenidos disolventes derramados por los acaeceres históricos durante todos estos decenios, haya podido continuar alimentando, cada vez con más fervor, su devoto culto a la poesía, al ejercicio estético que más genuinos atributos ofrece como manifestación de viva y latente esencia humana.
         Desde que Alfredo Bernardo Nobel en su testamento del 27 de noviembre de 1895 determinó la creación de los famosos premios, en cuanto se relaciona con la literatura aquéllos han sido concedidos a prestigiosas figuras de las letras universales. Federico Mistral, José Echegaray, Henrik Sienkiewicz, Rudyard Kipling, Selma Lagerlof, Maurice Maeterlinck, Rabindranath Tagore, Romain Rolland, Knut Hamsum, Anatole France, Jacinto Benavente, George Bernard Shaw, Sinclair Lewis, John Galsworthy, Luigi Pirandello, Eugene O’ Neill, Gabriela Mistral, André Gide, William Faulkner y Ernest Hemingway, entre la totalidad, constituyen muchos de los autores famosos que han sido favorecidos con ese galardón de características y proyecciones mundiales, pero sinceramente dudamos de que su otorgación haya tenido resonancias emotivas tan destacadas como en esta oportunidad en que le ha tocado a Juan Ramón Jiménez. Y es que, como apuntamos con anterioridad, ciertamente reconforta el espíritu saber que, en mitad de las circunstancias de turbulencia, de confusión y de continuas vicisitudes, que  vive el mundo en la actualidad, se haya decidido conferir este año el Premio Nobel de Literatura a un poeta y, sobre todo, a un poeta de la categoría humana del señero escritor andaluz.



(El Heraldo, 29-10-56, p. 2).

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