lunes, 14 de septiembre de 2015

MARGINALES “LA COLINA DE LOS CHOPOS” DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

MARGINALES
LA COLINA DE LOS CHOPOS”

DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


                        Fernando Paz Castillo

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NA vez más, como viene acaeciendo puntualmente desde hace tiempo ya, el correo no obstante me sorprendió con un nuevo-viejo libro de Juan Ramón Jiménez, remitido desde Madrid por Francisco H. Pinzón, sobrino del poeta: “Andaluz Universal”, según el mismo se llamó, con el acontecimiento unánime de quienes a la sazón le conocían en intimidad y admiración cordial de sus asiduos lectores distantes.
         Los libros vienen siempre prologados, con gran conocimiento de ellos, por Ricardo Gullón o Francisco Garfias, celosos comentadores de la –poesía y vida-, de Jiménez, ya que ambas se confunden, en realidad, dentro del dilatado panorama de su creación estética. Porque pocas veces se ha dado, entre los hombres, poeta de mayor cercanía con su obra, ni de tanta unidad sentimental desde sus primeros versos de “Arias Tristes” hasta “Animal de Fondo” y desde “Platero y Yo” hasta esa matritense, “Colina de los Chopos”, formada con piezas poéticas de diferentes épocas, publicadas o no, pero que sin embargo tienen una gran semejanza entre sí. Un fondo ingénito común, o proyecciones lejanas que no vacilo en calificar de místicas. En veces ascéticas, en veces panteístas o franciscanas y siempre con rebordes de paganía, muy propias de un sevillano.
         He aquí una frase de Juan Ramón, reveladora de su poesía, aun en los comienzos modernistas de ella, y la cual tomo del prólogo de Garfias a este último libro suyo. “Yo había leído mucho –escribe Jiménez- en mis siete años de campo moguereño a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa, a Fray Luis de León, poetas de espacio y tiempos generales, y castellanos naturales, sin decirlo; y ellos eran los que influían más en mi cambio tan favorable”.
         Por donde se ve que este poeta, andaluz de la tierra de Platero, paciente y trotante, y asiduo lector de Bécquer, amó desde temprano –desde cuando se aman las cosas de veras-, los poetas de Castilla, y sobre todo los de inconfundible expresión castiza o mística de la planura, como lo fueron, por la forma y por la esencia, la Santa, “andariega y fundadora”, como alguien la llamó; el nostálgico de su “noche oscura” y el enamorado de “la escondida senda”.
         Escondida, pero generosa, como tiene que ser toda buena poesía. La cual ni se esquiva ni se entrega, sino que permanece como nexo fecundo –como escondida senda- entre el espíritu y el hombre. Nexo que permite a éste, no siendo extraño a él, comprender cómo hay, en cada palabra, por hermosa que haya sido en su circunstancia, algo más de lo que ella misma pudo expresar. Y que sólo completa, en ciertos espíritus agudos de misterio, el diálogo de soledad, de que se suelen rodear, para mejor escucharse a sí mismos.
         Por ello Juan Ramón, poeta pastoral en su juventud, y fiel al campo en todo el decurso de su existencia, amó la reclusión. Por los años primeros de este siglo, cuando lo conoció Díaz Rodríguez, que bien supo apreciarlo desde temprano, se retira, después de un infructuoso viaje por Francia, al Sanatorio del Rosario, al cual se refiere en este libro, entre otros recuerdos, y con el nombre de Sanatorio del Retraído. En aquel apacible encierro de juventud, sin embargo urgida, escribió "Arias Tristes”, de las cuales son los versos siguientes, cuyo sentimiento se repite, en formas diversas por toda la extensa obra del poeta:
         “¡Qué ternura tiene el último/ sol para las hojas secas!/ Una armonía sin fin/ Vaga por godas las sendas,/ lenta, eterna sinfonía/ de música y de esencias,/ que dora el jardín de una/ más divina primavera.
         “Y esa luz de bruma y oro,/ que pasa las hojas secas,/ irisa en mi corazón/ no sé qué ocultas bellezas”.
         Como se ve, este es un sentimiento nostálgico, mas no de lo conocido, sino de algo que está más allá, pero que sin pertenecerle, fue suyo; y sin haberlo nunca tenido, en plenitud, echa de menos.
         Después de este primer retiro, y de su vida mundana, entre poetas y aplausos, regresa, hacia el año 1915 a otro retiro, a otro como convento laico, la Residencia de Estudiantes, situada en El Alto del Hipódromo. Con el bullicioso Madrid de un lado y en el fondo el Guadarrama oscuro y nevado con ribetes de sal. Vive entre intelectuales, y al parecer rodeado de mimos. Huyendo del Madrid, que es; y pensando en otro que puede ser. A ratos fugitivo de sí mismo, como lo dicen o sugieren sus versos, pero siempre perdiéndose y reencontrándose por nuevos caminos líricos, que, en no pocas ocasiones, anuncian el encuentro con el Dios deseado y deseante.
         De este modo escribe Juan Ramón Jiménez, del Sanatorio del Rosario, cuando lo visita, después de muchos años de haber estado en él, para ver a un amigo –explicación que, en realidad, no tenía necesidad de hacer:- “Y de pronto toda una vida, casi arrinconada en mi memoria, se ha levantado imperiosamente”... ¡Y quién no tiene una vida, grata o ingrata, o las dos cosas a un tiempo, arrinconadas e insinuantes en la memoria de lo visto o de lo sospechado en la realidad o en el asunto!...
         Hermoso es asimismo, por otro aspecto, el poema que copio a continuación, cuyo título, “El Color del Mundo”, dice mucho por cuanto se refiere a la actitud poética del autor:
         “¿Qué es el ser ante el color del mundo?/ El color del mundo es mayor que el sentimiento del hombre/ ¿Yo he nacido para sentir y expresar el color del mundo?/ Me tachan del color del mundo, pues, ¿qué es el mundo más que color (luz, color, color y sombra, forma y color?)/ Cuando yo digo color, digo espíritu./ Ante el color del mundo desaparezca todo lo demás./ Color del mundo y silencio”.
         Ello es, que todo, sin dejar de ser, porque infunde color al color, que es espíritu, desaparezca, pero rodeado de su silencio ínsito, el cual es también espíritu. Ya que todo lo demás –lo que no es poesía-, tiene que desaparecer también, claro está, en la vida poética, o mejor, del poema. Y asimismo en la del hombre que ha logrado, al menos en el momento de la creación, colocar su mente en un espacio que se encuentre por sobre la realidad, pero sin olvidarla.
         Uno de los compañeros del paisaje habitual, a que Jiménez ha sido más fiel en su poesía, es el chopo. Árbol solitario, por su estructura, o fuerza íntima, aun cuando se le contemple en otros. Siempre limitado por su verde, por su oro y por su cielo, al cual quiere llegar con sus hojas oscuras. Y es, para Jiménez, como el símbolo de la vida del poeta. Porque en medio del desolado paisaje castellano tiene la apariencia de un asceta, circuido, en hojas y viento, de su propio misterio.
         Juan Ramón Jiménez lo describe así: “Yo lo veía ya en mis hondos sueños de adolescente, doblado, como un indómito arco de fuego, por el viento grande del vehemente crepúsculo de otoño –desde esos cortos, ácidos, únicos, casi falsos, que levantan hasta su sorda negación al cenit-; como un prodigioso meteoro de la tarde - súbito mártir secreto, arraigado sólo a su misterio errante-, derramado inútilmente en el potro de la alta soledad sus chispas bellas, gotas de roja luz, divinas hojas de oro.
         “¡Terrible, triste, ardiente chopo español solitario!”.
         Se comprende que este chopo es Jiménez mismo. También él se sintió, principalmente en la juventud, siempre solo. Su poesía está llena, por eso, de soledad. De una soledad si en veces dolorosa, complacida, dentro del “misterio errante, hacia el cual constantemente tiende, como las ramas del chopo símbolo, hacia la interrogación fugitiva de la brisa.
         Y confirma este pensamiento este otro paisaje suyo: “No se sabe si estos chopos de fresca luz alta están delante o detrás el cielo”. Es decir, si son nuestros, con su fino verdor alto, o son ya estáticos contempladores de la muda belleza de Dios. Y este sentimiento religioso de la naturaleza, que le hizo ver un día, en su juventud, que “Dios estaba azul”, pausadamente lo llevó a “Animal de Fondo”, libro del cual tomo, del poema “Tal como estabas”, la estancia siguiente:
         “Entre aquellos geranios, bajo aquel limón,/ junto aquel pozo, con aquella niña,/ tú luz estabas a mi lado,/ dios deseado,/ pero no había entrado todavía en mí”.
         Ello es, que todavía en la plenitud de su obra sintió la angustia de la belleza distante y suya; y de la soledad, la cual llegó a amar entre los hombres; confortado el espíritu “con mirar y ver”, lo grande y lo pequeño en torno suyo, como fuente de su propia actividad poética.
         La llegada de un libro de Juan Ramón Jiménez siempre es grata, como un recuerdo, así contenga, como esta “Colina de los Chopos” –tan apretada de menudas intimidades- muchas cosas nuevas o desconocidas.








(El Nacional, 8-2-69).
        
        





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