MARGINALES
“LA COLINA DE LOS CHOPOS”
DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Fernando Paz Castillo
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NA vez más, como viene acaeciendo
puntualmente desde hace tiempo ya, el correo no obstante me sorprendió con un
nuevo-viejo libro de Juan Ramón Jiménez, remitido desde Madrid por Francisco H.
Pinzón, sobrino del poeta: “Andaluz Universal”, según el mismo se llamó, con el
acontecimiento unánime de quienes a la sazón le conocían en intimidad y
admiración cordial de sus asiduos lectores distantes.
Los
libros vienen siempre prologados, con gran conocimiento de ellos, por Ricardo
Gullón o Francisco Garfias, celosos comentadores de la –poesía y vida-, de
Jiménez, ya que ambas se confunden, en realidad, dentro del dilatado panorama
de su creación estética. Porque pocas veces se ha dado, entre los hombres,
poeta de mayor cercanía con su obra, ni de tanta unidad sentimental desde sus
primeros versos de “Arias Tristes” hasta “Animal de Fondo” y desde “Platero y
Yo” hasta esa matritense, “Colina de los Chopos”, formada con piezas poéticas
de diferentes épocas, publicadas o no, pero que sin embargo tienen una gran
semejanza entre sí. Un fondo ingénito común, o proyecciones lejanas que no
vacilo en calificar de místicas. En veces ascéticas, en veces panteístas o franciscanas
y siempre con rebordes de paganía, muy propias de un sevillano.
He
aquí una frase de Juan Ramón, reveladora de su poesía, aun en los comienzos
modernistas de ella, y la cual tomo del prólogo de Garfias a este último libro
suyo. “Yo había leído mucho –escribe Jiménez- en mis siete años de campo
moguereño a San Juan de la Cruz ,
a Santa Teresa, a Fray Luis de León, poetas de espacio y tiempos generales, y
castellanos naturales, sin decirlo; y ellos eran los que influían más en mi
cambio tan favorable”.
Por
donde se ve que este poeta, andaluz de la tierra de Platero, paciente y
trotante, y asiduo lector de Bécquer, amó desde temprano –desde cuando se aman
las cosas de veras-, los poetas de Castilla, y sobre todo los de inconfundible
expresión castiza o mística de la planura, como lo fueron, por la forma y por
la esencia, la Santa ,
“andariega y fundadora”, como alguien la llamó; el nostálgico de su “noche
oscura” y el enamorado de “la escondida senda”.
Escondida,
pero generosa, como tiene que ser toda buena poesía. La cual ni se esquiva ni
se entrega, sino que permanece como nexo fecundo –como escondida senda- entre
el espíritu y el hombre. Nexo que permite a éste, no siendo extraño a él,
comprender cómo hay, en cada palabra, por hermosa que haya sido en su
circunstancia, algo más de lo que ella misma pudo expresar. Y que sólo
completa, en ciertos espíritus agudos de misterio, el diálogo de soledad, de
que se suelen rodear, para mejor escucharse a sí mismos.
Por
ello Juan Ramón, poeta pastoral en su juventud, y fiel al campo en todo el
decurso de su existencia, amó la reclusión. Por los años primeros de este
siglo, cuando lo conoció Díaz Rodríguez, que bien supo apreciarlo desde
temprano, se retira, después de un infructuoso viaje por Francia, al Sanatorio
del Rosario, al cual se refiere en este libro, entre otros recuerdos, y con el
nombre de Sanatorio del Retraído. En aquel apacible encierro de juventud, sin
embargo urgida, escribió "Arias Tristes”, de las cuales son los versos
siguientes, cuyo sentimiento se repite, en formas diversas por toda la extensa
obra del poeta:
“¡Qué
ternura tiene el último/ sol para las hojas secas!/ Una armonía sin fin/ Vaga
por godas las sendas,/ lenta, eterna sinfonía/ de música y de esencias,/ que
dora el jardín de una/ más divina primavera.
“Y
esa luz de bruma y oro,/ que pasa las hojas secas,/ irisa en mi corazón/ no sé
qué ocultas bellezas”.
Como
se ve, este es un sentimiento nostálgico, mas no de lo conocido, sino de algo
que está más allá, pero que sin pertenecerle, fue suyo; y sin haberlo nunca
tenido, en plenitud, echa de menos.
Después
de este primer retiro, y de su vida mundana, entre poetas y aplausos, regresa,
hacia el año 1915 a
otro retiro, a otro como convento laico, la Residencia de
Estudiantes, situada en El Alto del Hipódromo. Con el bullicioso Madrid de un
lado y en el fondo el Guadarrama oscuro y nevado con ribetes de sal. Vive entre
intelectuales, y al parecer rodeado de mimos. Huyendo del Madrid, que es; y
pensando en otro que puede ser. A ratos fugitivo de sí mismo, como lo dicen o
sugieren sus versos, pero siempre perdiéndose y reencontrándose por nuevos
caminos líricos, que, en no pocas ocasiones, anuncian el encuentro con el Dios
deseado y deseante.
De
este modo escribe Juan Ramón Jiménez, del Sanatorio del Rosario, cuando lo
visita, después de muchos años de haber estado en él, para ver a un amigo
–explicación que, en realidad, no tenía necesidad de hacer:- “Y de pronto toda
una vida, casi arrinconada en mi memoria, se ha levantado imperiosamente”... ¡Y
quién no tiene una vida, grata o ingrata, o las dos cosas a un tiempo,
arrinconadas e insinuantes en la memoria de lo visto o de lo sospechado en la
realidad o en el asunto!...
Hermoso
es asimismo, por otro aspecto, el poema que copio a continuación, cuyo título,
“El Color del Mundo”, dice mucho por cuanto se refiere a la actitud poética del
autor:
“¿Qué
es el ser ante el color del mundo?/ El color del mundo es mayor que el
sentimiento del hombre/ ¿Yo he nacido para sentir y expresar el color del
mundo?/ Me tachan del color del mundo, pues, ¿qué es el mundo más que color
(luz, color, color y sombra, forma y color?)/ Cuando yo digo color, digo
espíritu./ Ante el color del mundo desaparezca todo lo demás./ Color del mundo
y silencio”.
Ello
es, que todo, sin dejar de ser, porque infunde color al color, que es espíritu,
desaparezca, pero rodeado de su silencio ínsito, el cual es también espíritu.
Ya que todo lo demás –lo que no es poesía-, tiene que desaparecer también,
claro está, en la vida poética, o mejor, del poema. Y asimismo en la del hombre
que ha logrado, al menos en el momento de la creación, colocar su mente en un
espacio que se encuentre por sobre la realidad, pero sin olvidarla.
Uno
de los compañeros del paisaje habitual, a que Jiménez ha sido más fiel en su
poesía, es el chopo. Árbol solitario, por su estructura, o fuerza íntima, aun
cuando se le contemple en otros. Siempre limitado por su verde, por su oro y
por su cielo, al cual quiere llegar con sus hojas oscuras. Y es, para Jiménez,
como el símbolo de la vida del poeta. Porque en medio del desolado paisaje
castellano tiene la apariencia de un asceta, circuido, en hojas y viento, de su
propio misterio.
Juan
Ramón Jiménez lo describe así: “Yo lo veía ya en mis hondos sueños de adolescente,
doblado, como un indómito arco de fuego, por el viento grande del vehemente
crepúsculo de otoño –desde esos cortos, ácidos, únicos, casi falsos, que
levantan hasta su sorda negación al cenit-; como un prodigioso meteoro de la
tarde - súbito mártir secreto, arraigado sólo a su misterio errante-, derramado
inútilmente en el potro de la alta soledad sus chispas bellas, gotas de roja
luz, divinas hojas de oro.
“¡Terrible,
triste, ardiente chopo español solitario!”.
Se
comprende que este chopo es Jiménez mismo. También él se sintió, principalmente
en la juventud, siempre solo. Su poesía está llena, por eso, de soledad. De una
soledad si en veces dolorosa, complacida, dentro del “misterio errante, hacia
el cual constantemente tiende, como las ramas del chopo símbolo, hacia la
interrogación fugitiva de la brisa.
Y
confirma este pensamiento este otro paisaje suyo: “No se sabe si estos chopos
de fresca luz alta están delante o detrás el cielo”. Es decir, si son nuestros,
con su fino verdor alto, o son ya estáticos contempladores de la muda belleza
de Dios. Y este sentimiento religioso de la naturaleza, que le hizo ver un día,
en su juventud, que “Dios estaba azul”, pausadamente lo llevó a “Animal de
Fondo”, libro del cual tomo, del poema “Tal como estabas”, la estancia
siguiente:
“Entre
aquellos geranios, bajo aquel limón,/ junto aquel pozo, con aquella niña,/ tú
luz estabas a mi lado,/ dios deseado,/ pero no había entrado todavía en mí”.
Ello
es, que todavía en la plenitud de su obra sintió la angustia de la belleza
distante y suya; y de la soledad, la cual llegó a amar entre los hombres;
confortado el espíritu “con mirar y ver”, lo grande y lo pequeño en torno suyo,
como fuente de su propia actividad poética.
La
llegada de un libro de Juan Ramón Jiménez siempre es grata, como un recuerdo,
así contenga, como esta “Colina de los Chopos” –tan apretada de menudas
intimidades- muchas cosas nuevas o desconocidas.
(El Nacional, 8-2-69).
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