RUMBOS
DE
JUAN RAMÓN
Alfonso Rumazo González
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D
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efinió así su trayectoria Juan Ramón Jiménez, hoy sin
Zenobia, hoy con Premio Nobel: “1.- Influencia de la mejor poesía española.
Soledad.- 2.- Influencia de Rubén Darío. Soledad.- 3.- Reacción brusca hacia
una poesía nueva. Soledad.- 4.- Influencias generales, con baja de Francia.
Soledad.- 5.- Anhelo creciente de totalidad. Soledad.- 6.- Y siempre, angustia
dominadora de eternidad. Soledad”.
Este
ritornelo desesperante de la
Soledad parecería a los sabedores de su profundo nexo amoroso
con su esposa Zenobia una actitud contradictoria. Stefan Zweig también amaba
hondamente a su segunda esposa, como durante años a la primera. Sin embargo,
por soledad interior, terminó suicidándose; y ella, la frágil y buena
compañera, le acompañó en el tremendo desenlace. Otro Premio Nobel, Francois
Mauriac, hace cuatro años, pronunció en Estocolmo esta sentencia: “Las obras
que permanecen vivas en la memoria de los hombres, son las que han resumido
todo el drama humano y que no se han sustraído a la evidencia de la soledad”. Y
Unamuno, ese solitario intenso, llegó a decir que la cruz no había sido y era
sino un duro trino de soledad.
No es que el
hombre de suficiente poderío espiritual padezca de vencimiento ante la vida, a
pesar de sus amoríos, de sus éxitos. Zweig era muy rico y pocos le superaban en
fama. No está ahí el germen para que se sepa solo. Tampoco rige en esas almas
ninguna persistente tristeza capaz de derribar la ciclópea columna de su obra.
Aquella
soledad quemante procede de otras fuentes, que Santayana redujo a dos: la
conciencia de la limitación humana, y la decepción progresiva mientras mejor se
conoce a los hombres. En verdad, la segunda no debería constar entre esas
causas. Por axiomática, se calla. Si encontramos total descontento espiritual
en nosotros mismos, muy en lo recóndito de la conciencia, ¿qué no habremos de
hallar en los demás, a cuya verdadera intimidad jamás penetraremos? Una mujer
se entrega por amor, y lo hace hirviente, sin reservas; mas ¿qué mujer ha dado
así totalmente también, su alma? Ninguna; ni las torpes. Algo se reservan, y
ese algo va acumulándose; crece.
El grito que
verdaderamente condense y rija la causa de esa soledad en los hombres capaces
de sentirla –el mediocre, por inteligente que sea, está libre de ella- es aquel
de Goethe: “Que no puedas llegar: he ahí tu tormento”. Uno busca realizar la
poesía perfecta; va de un punto a otro; se somete a influencias y se redime de
ellas; se inflama hasta dar en soberbios estallidos y, como Juan Ramón, no
encuentra en todo campo sino soledad. Solo, tiene que buscar la solución de su
problema solo, combatir para romper sombras; solo, entender y llevar su propio
destino. Otro, trata de dominar el mundo, para rehacerlo según su pensar, y da
en un miserable Waterloo, antesala de Santa Elena. Un pensador concurre con
todas sus fuerzas a tratar de saberlo todo; y mientras más avanza en
conocimiento, mayores novedades se le presentan, a tal punto que se ve forzado
a exclamar: ¡sólo sé que nada sé! Y alguno, de más allá, un Carlos V,
sobrecargado de remordimientos, en medio de tanta grandeza, de tanto poderío,
se hunde en un claustro, cortándose así mismo las únicas alas que llevaba;
ellas no le daban vuelo para reprimir la sencilla voz que le acusaba de un
yerro y otro yerro, desde la orden suya de eliminar a los “comuneros”. Tales
espíritus sobresalientes vienen a ser la realización reiterada de la leyenda
griega de Prometeo. Hizo éste el primer hombre, de barro, y para darle vida
quiso robar fuego del cielo; Júpiter le condenó a que un buitre le devorase el
hígado. Encadenado Prometeo, veía crecer su víscera, y cuando entraba ésta a la
normalidad, reaparecía el buitre. Tal es el exacto símbolo; para dar perennidad
a lo que hacemos, queremos robar fuego; cuando creemos que ha sido robado, un
buitre nos devora el hígado, y nos vemos encadenados, incapaces de lograr
plenamente aquello que buscábamos. Casanova, a los cuarenta años, después de
haber amado tanto, repetía insistentemente, en su lecho de enfermo: ¿Qué es el
amor? ¿Existe el amor? ¿No es sino un impacto fugaz, hermoso, condenado de por
sí a la muerte?
No es esta soledad íntima,
inenarrable, la que ha caído como sombra en mitad del alma de Juan Ramón
Jiménez, al morirse su compañera; su gran compañera. Es otra: la del corazón,
humilde y sencilla, que golpea a cualquier humano. Para esta segunda hay
paliativo lento: el tiempo. La otra, sigue creciendo, imperturbable, hasta el
final. A veces comienza demasiado pronto.
(Últimas Noticias, 30-10-56, p. 4).
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