MARGINALES
MIGUEL HERNÁNDEZ
Y
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Fernando Paz
Castillo
H |
E aquí dos nombres que, no
obstante la distancia aparente del tiempo, se unen en el ámbito literario de
España –la modernista y la de ahora-, por la intimidad del sentimiento
campesino y por la raíz permanentemente clásica de sus poesías.
Por
lo que no estoy, en todo, de acuerdo con Luis Cernuda cuando dice, refiriéndose
a Miguel Hernández, en el artículo que le consagra en su libro “Estudios Sobre
Poesía Española Contemporánea”, Colección Guadarrama, Madrid 1957. “De todos
modos había en Hernández, y hasta en exceso, todos los dotes primario que
indican al poeta; le faltaban los que constituyen el artista; y no creemos que
de haber vivido, los hubiese adquirido”.
A
pesar de los variados razonamientos con que prosigue Cernuda a lo largo del
capítulo, a fin de justificar con agudas observaciones sus reiterados puntos de
vista al respecto, las anteriores afirmaciones no dejan de parecer, por algunos
de sus aspecto, un poco precipitadas.
Sobre
todo, porque condiciones de artista, intuitivas, cuando menos, fruto maduro de
una herencia acendrada de siglos, revela Hernández desde el augural momento de
su libro “Perito en Lunas”, escrito bajo el influjo inmediato de Góngora, que
nunca habrá de desaparecer en su poesía, y publicado en Murcia hacia el año de
1933, precisamente en la época de la reaparición, en “Espasa Calpe” de la
“Segunda Antología Poética” de Juan Ramón Jiménez, que, como se verá más
adelante, causó una honda impresión en el joven pastor y poeta de Orihuela,
cuyo despertar poético parece, por lo que puede inferirse de su estilo, acaeció
en la sombra tutelar de Azorín y de Gabriel Miró, el de “El Humo Dormido”.
Y
ello permite pensar que Cernuda esta vez –como tantos poetas, jóvenes o viejos,
que contemplan la poesía ajena con pasión, noble; pero desde su propio y
limitado huerto-, exagera en su juicio, acaso más de lo que la prudencia
aconseja, según, a mí entender, lo muestran las siguientes palabras, tomadas
del mismo estudio y libro citados:
“...
Porque era un tipo de poeta que suele darse en España: fogoso y de retórica
pronta, el cual en el entusiasmo inspirado que lo posee, concierta de instinto
ambas cualidades, fogosidad y retórica, hallando así el camino franco hacia su
auditorio, tan entusiasta como él. Zorrilla, Rueda, Villaespesa, y acaso Lorca,
cada uno de manera distinta, fueron poetas del tiempo indicado; y el último en
esa línea, Miguel Hernández”.
No
es posible pasar por alto en esta crítica la valoración de un poeta por otro
poeta, esta frase de la cita anterior: “hallando así el camino franco hacia un
auditorio tan entusiasta como él”. Con la cual parece decirse que el entusiasmo
es ajeno a la poesía. Lo que no podría aceptarse de un modo general. Puesto que
no es el entusiasmo en sí –indispensable, desde luego, en toda poesía-, lo
reprochable, sino el mal uso que pueda hacerse de él. Y éste no es, en modo
alguno, el caso de Lorca, de Hernández; ni aún del viejo y romántico Zorrilla,
a quien el propio y aún malhumorado Cernuda, reconoce, cuando en su libro trata
de Salvador Rueda, “dominio del idioma”. Labor paciente del artista; pero que,
sin embargo, no aminora entusiasmos ni impide comunicarse con el público.
Y
conviene también recordar aquí, a manera de ejemplo de lo que pueden las
costumbres en el pensamiento de los críticos, que si el arte de Zorrilla no es
todo del agrado de Cernuda, a quien no se le pueden negar condiciones
exquisitas de artista y de poeta, en cambio si lo fue, en su hora, de escritor
tan perspicaz, honesto y franco, como don Leopoldo Alas –Clarín-, que llega a
decir en uno de sus inolvidables Paliques, y no por puro entusiasmo sino por
reflexiva convicción sincera, que “Don Juan Tenorio es grande, como lo son la
mayor parte de las creaciones de Shakespeare, de un modo muy desigual y a pesar
de la desigualdad”.
Del
espíritu del párrafo anterior se deduce que el fino Clarín, agudo crítico y
novelista ingenioso, fue capaz de entusiasmarse, en el teatro, con el
entusiasmo de Zorrilla, y con el de las manos suaves y corazones románticos que
entonces lo aplaudían. Pero también con la meditación de su arte, -“desigual y
grande”-, al amparo de los claustros silenciosos de su vieja, fría y un poco desamparada,
para la fecha, Universidad de Oviedo.
En
este mismo “Palique” uno de los más bellos suyos, porque está lleno de afecto y
emoción de juventud, añade Clarín este singular elogio al bardo de los “Cantos
del Trovador”; al poeta predestinado del romanticismo español, que nació a la
fama en un instante, “como una flor de jaramago”, según propia expresión, a la
orilla recién abierta de la tumba de Larra: “Para Taine –afirma Clarín-,
Zorrilla, si pudiera conocerlo, sería el poeta por excelencia a juzgar por lo
que dice el crítico francés del poeta inglés antiguo que más lleno de poesía le
parece”.
El
tiempo une el panorama político de una nación con nudos invisibles e
inesperados, muchos de los cuales tal vez no existieron en la apariencia de la
realidad coetánea; pero que no obstante tienen un profundo sentido espiritual.
Así, por ejemplo, la coincidencia de la aparición de “Perito en Lunas” de
Hernández, con esta “Segunda Antología Poética” de Jiménez, en la cual figura
también la carta dirigida por éste, en 1919 –cuando Hernández tenía apenas
nueve años-, a don Manuel G. Morente, a la sazón director de la “Colección
Universal”. Carta en la cual expone Jiménez sus conceptos fundamentales acerca
de “lo sencillo y espontáneo en poesía”.
Para
la fecha de esta “Segunda Antología Poética”, Hernández, nacido en 1910, tiene
veintitrés años. Pasados los más de ellos en el campo alicantino, pastoreando
sus cabras y sus versos. Y su lectura le inspiró la hermosa carta que entonces
dirige Jiménez, con el sabor todavía áspero, en sus palabras, de la miel recién
cogida en los panales:
“Venerable
poeta: -le dice- Sólo conozco a usted por su “Segunda Antología Poética” que
–créalo- ya he leído cincuenta veces, aprendiéndome algunas de sus
composiciones”.
Las
anteriores palabras sugieren, cuando menos, la confesión sincera de un poeta
cautivado por el arte de otro poeta mayor. Y en camino, si no lo es ya, de
convertirse, gracias al ejemplo recibido, en artista de su propia obra. Porque
nadie puede buscar, con interés parecido, cosa alguna que no tenga asiento
seguro en su mente y en su corazón.
Luego
siguen estas palabras fervorosas de Hernández, que debieran complacer
sosegadamente al amante de “la sencillez del espíritu cultivado”, cuyo fruto
visible fue, para la fecha, la “Segunda Antología”.
“¿Sabe
usted dónde he leído tantas veces su libro? Donde son mejores todos: en la
soledad, a plena naturaleza y en la silenciosa, misteriosa, llorosa hora del
crepúsculo yendo por antiguos senderos empolvados y desiertos entre sollozos y
esquilas”...
Esto
es, por entre una tradición que viene de muy lejos, con mucho arte acumulado,
que también renovaron en su hora –con el alma de su tiempo- Garcilaso, Góngora
y Villegas, poetas de quienes está muy cerca Hernández, con un saber ingénito
de poesía que trascienden sus palabras:
“No
le extrañe lo que dicho, admirado maestro; es que soy pastor. No mucho poético
como los que usted canta pero sí un poquitín poeta. Soy pastor de cabras desde
mi niñez. Y estoy contento con serlo, porque habiendo nacido en casa pobre,
pudo mi padre darme otro oficio y me dio éste que fue de dioses paganos y
héroes bíblicos”.
Y,
después de decir cosas bellas de artista labrado en silencio, como las
anteriores, concluye con el inesperado candor de estos pensamientos:
“Soñador, como tantos, pienso ir a Madrid.
Abandonaré las cabras –¡Ah, sus esquilas en la tarde!;- y con el escaso cobre
que puedan darme mis padres tomaré el tren de aquí a una quincena de días para la Corte.
¿Podrá
usted dulcísimo don Juan Ramón recibirme en casa y leer lo que le lleve?...
“¿Podría
enviarme unas letras diciéndome lo que cree bien?
Hágalo
por este pastor un poquito poeta que se lo agradecerá eternamente?
¿Lo
hizo Juan Ramón?...
¡La
poesía es siempre misteriosa!...Y los poetas también... Pero, debo la emoción
de la lectura de esta carta, recién publicada, a la cortesía del amigo
Francisco H. Pinzón Jiménez, sobrino de Juan Ramón y vigilante jardinero de su
huerto andaluz y universal.
(El Nacional, 9-8-64, p. A-4).
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