lunes, 14 de septiembre de 2015

MIGUEL HERNÁNDEZ Y JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

MARGINALES
MIGUEL HERNÁNDEZ
Y JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
                 
                            Fernando Paz Castillo

H


E aquí dos nombres que, no obstante la distancia aparente del tiempo, se unen en el ámbito literario de España –la modernista y la de ahora-, por la intimidad del sentimiento campesino y por la raíz permanentemente clásica de sus poesías.
         Por lo que no estoy, en todo, de acuerdo con Luis Cernuda cuando dice, refiriéndose a Miguel Hernández, en el artículo que le consagra en su libro “Estudios Sobre Poesía Española Contemporánea”, Colección Guadarrama, Madrid 1957. “De todos modos había en Hernández, y hasta en exceso, todos los dotes primario que indican al poeta; le faltaban los que constituyen el artista; y no creemos que de haber vivido, los hubiese adquirido”.
         A pesar de los variados razonamientos con que prosigue Cernuda a lo largo del capítulo, a fin de justificar con agudas observaciones sus reiterados puntos de vista al respecto, las anteriores afirmaciones no dejan de parecer, por algunos de sus aspecto, un poco precipitadas.
         Sobre todo, porque condiciones de artista, intuitivas, cuando menos, fruto maduro de una herencia acendrada de siglos, revela Hernández desde el augural momento de su libro “Perito en Lunas”, escrito bajo el influjo inmediato de Góngora, que nunca habrá de desaparecer en su poesía, y publicado en Murcia hacia el año de 1933, precisamente en la época de la reaparición, en “Espasa Calpe” de la “Segunda Antología Poética” de Juan Ramón Jiménez, que, como se verá más adelante, causó una honda impresión en el joven pastor y poeta de Orihuela, cuyo despertar poético parece, por lo que puede inferirse de su estilo, acaeció en la sombra tutelar de Azorín y de Gabriel Miró, el de “El Humo Dormido”.
         Y ello permite pensar que Cernuda esta vez –como tantos poetas, jóvenes o viejos, que contemplan la poesía ajena con pasión, noble; pero desde su propio y limitado huerto-, exagera en su juicio, acaso más de lo que la prudencia aconseja, según, a mí entender, lo muestran las siguientes palabras, tomadas del mismo estudio y libro citados:
         “... Porque era un tipo de poeta que suele darse en España: fogoso y de retórica pronta, el cual en el entusiasmo inspirado que lo posee, concierta de instinto ambas cualidades, fogosidad y retórica, hallando así el camino franco hacia su auditorio, tan entusiasta como él. Zorrilla, Rueda, Villaespesa, y acaso Lorca, cada uno de manera distinta, fueron poetas del tiempo indicado; y el último en esa línea, Miguel Hernández”.
         No es posible pasar por alto en esta crítica la valoración de un poeta por otro poeta, esta frase de la cita anterior: “hallando así el camino franco hacia un auditorio tan entusiasta como él”. Con la cual parece decirse que el entusiasmo es ajeno a la poesía. Lo que no podría aceptarse de un modo general. Puesto que no es el entusiasmo en sí –indispensable, desde luego, en toda poesía-, lo reprochable, sino el mal uso que pueda hacerse de él. Y éste no es, en modo alguno, el caso de Lorca, de Hernández; ni aún del viejo y romántico Zorrilla, a quien el propio y aún malhumorado Cernuda, reconoce, cuando en su libro trata de Salvador Rueda, “dominio del idioma”. Labor paciente del artista; pero que, sin embargo, no aminora entusiasmos ni impide comunicarse con el público.
         Y conviene también recordar aquí, a manera de ejemplo de lo que pueden las costumbres en el pensamiento de los críticos, que si el arte de Zorrilla no es todo del agrado de Cernuda, a quien no se le pueden negar condiciones exquisitas de artista y de poeta, en cambio si lo fue, en su hora, de escritor tan perspicaz, honesto y franco, como don Leopoldo Alas –Clarín-, que llega a decir en uno de sus inolvidables Paliques, y no por puro entusiasmo sino por reflexiva convicción sincera, que “Don Juan Tenorio es grande, como lo son la mayor parte de las creaciones de Shakespeare, de un modo muy desigual y a pesar de la desigualdad”.
         Del espíritu del párrafo anterior se deduce que el fino Clarín, agudo crítico y novelista ingenioso, fue capaz de entusiasmarse, en el teatro, con el entusiasmo de Zorrilla, y con el de las manos suaves y corazones románticos que entonces lo aplaudían. Pero también con la meditación de su arte, -“desigual y grande”-, al amparo de los claustros silenciosos de su vieja, fría y un poco desamparada, para la fecha, Universidad de Oviedo.
         En este mismo “Palique” uno de los más bellos suyos, porque está lleno de afecto y emoción de juventud, añade Clarín este singular elogio al bardo de los “Cantos del Trovador”; al poeta predestinado del romanticismo español, que nació a la fama en un instante, “como una flor de jaramago”, según propia expresión, a la orilla recién abierta de la tumba de Larra: “Para Taine –afirma Clarín-, Zorrilla, si pudiera conocerlo, sería el poeta por excelencia a juzgar por lo que dice el crítico francés del poeta inglés antiguo que más lleno de poesía le parece”.
         El tiempo une el panorama político de una nación con nudos invisibles e inesperados, muchos de los cuales tal vez no existieron en la apariencia de la realidad coetánea; pero que no obstante tienen un profundo sentido espiritual. Así, por ejemplo, la coincidencia de la aparición de “Perito en Lunas” de Hernández, con esta “Segunda Antología Poética” de Jiménez, en la cual figura también la carta dirigida por éste, en 1919 –cuando Hernández tenía apenas nueve años-, a don Manuel G. Morente, a la sazón director de la “Colección Universal”. Carta en la cual expone Jiménez sus conceptos fundamentales acerca de “lo sencillo y espontáneo en poesía”.
         Para la fecha de esta “Segunda Antología Poética”, Hernández, nacido en 1910, tiene veintitrés años. Pasados los más de ellos en el campo alicantino, pastoreando sus cabras y sus versos. Y su lectura le inspiró la hermosa carta que entonces dirige Jiménez, con el sabor todavía áspero, en sus palabras, de la miel recién cogida en los panales:
         “Venerable poeta: -le dice- Sólo conozco a usted por su “Segunda Antología Poética” que –créalo- ya he leído cincuenta veces, aprendiéndome algunas de sus composiciones”.
         Las anteriores palabras sugieren, cuando menos, la confesión sincera de un poeta cautivado por el arte de otro poeta mayor. Y en camino, si no lo es ya, de convertirse, gracias al ejemplo recibido, en artista de su propia obra. Porque nadie puede buscar, con interés parecido, cosa alguna que no tenga asiento seguro en su mente y en su corazón.
         Luego siguen estas palabras fervorosas de Hernández, que debieran complacer sosegadamente al amante de “la sencillez del espíritu cultivado”, cuyo fruto visible fue, para la fecha, la “Segunda Antología”.
         “¿Sabe usted dónde he leído tantas veces su libro? Donde son mejores todos: en la soledad, a plena naturaleza y en la silenciosa, misteriosa, llorosa hora del crepúsculo yendo por antiguos senderos empolvados y desiertos entre sollozos y esquilas”...
         Esto es, por entre una tradición que viene de muy lejos, con mucho arte acumulado, que también renovaron en su hora –con el alma de su tiempo- Garcilaso, Góngora y Villegas, poetas de quienes está muy cerca Hernández, con un saber ingénito de poesía que trascienden sus palabras:
         “No le extrañe lo que dicho, admirado maestro; es que soy pastor. No mucho poético como los que usted canta pero sí un poquitín poeta. Soy pastor de cabras desde mi niñez. Y estoy contento con serlo, porque habiendo nacido en casa pobre, pudo mi padre darme otro oficio y me dio éste que fue de dioses paganos y héroes bíblicos”.
         Y, después de decir cosas bellas de artista labrado en silencio, como las anteriores, concluye con el inesperado candor de estos pensamientos:
 “Soñador, como tantos, pienso ir a Madrid. Abandonaré las cabras –¡Ah, sus esquilas en la tarde!;- y con el escaso cobre que puedan darme mis padres tomaré el tren de aquí a una quincena de días para la Corte.
         ¿Podrá usted dulcísimo don Juan Ramón recibirme en casa y leer lo que le lleve?...
         “¿Podría enviarme unas letras diciéndome lo que cree bien?
         Hágalo por este pastor un poquito poeta que se lo agradecerá eternamente?
         ¿Lo hizo Juan Ramón?...
         ¡La poesía es siempre misteriosa!...Y los poetas también... Pero, debo la emoción de la lectura de esta carta, recién publicada, a la cortesía del amigo Francisco H. Pinzón Jiménez, sobrino de Juan Ramón y vigilante jardinero de su huerto andaluz y universal.





(El Nacional, 9-8-64, p. A-4).



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