lunes, 14 de septiembre de 2015

¿ESTÁ LOCO JUAN RAMÓN JIMÉNEZ?

¿ESTÁ LOCO JUAN RAMÓN JIMÉNEZ?
Oropeza-Ciliberto

 M...


i único objetivo en Puerto Rico es entrevistar al poeta Juan Ramón Jiménez. De niño había leído sus poemas, impregnados de una profunda sencillez. De hombre, había llegado a admirarle, por su obra portentosa y por su limpia vida ciudadana. Dispuesto a lograrlo, en la mañana, muy temprano, fui al barrio Puerto Nuevo en busca de Lito Peña, músico criollo para quien llevaba una carta de su cuñado Otto Berdiel. Es allí donde se me dice de lo imposible que es, actualmente, hablar con el inmortal autor de “Platero y Yo”. Se nos explica: Juan Ramón, desde que murió doña Zenobia, está muy mal de salud. Periodistas de diferentes naciones en vano han tratado de verlo.
     Aún así, no nos rendimos. Sabemos que desde hace meses no va a la Universidad ni sale a ninguna parte. Sólo lo ven dos personas: la Secretaria del Rector, que le sirve, a la vez, de Secretaria a él, y un psiquiatra español.
     -¿Un psiquiatra?- pregunto sorprendido.
     -Sí. Porque doloroso es decirlo, el poeta está casi loco.
     Y me cuentan en la Universidad que el poeta, al morir su abnegada esposa, ha enloquecido de dolor. No tiene voluntad para hacer nada. Ni siquiera para escribir, la otra gran pasión de su vida excepcional. Para corroborar lo que me informan, agregan que Pablo Casals, el mejor celista del mundo, amigo íntimo de Juan Ramón desde la juventud, y correligionario suyo, además, trató de verlo, para lo cual le escribió una amable esquela diciéndole sus deseos en ese sentido. La respuesta del poeta fue desconcertante, se negaba a recibir al ilustre artista “porque su pipa apesta demasiado”.
     Tratamos de ver a la Secretaria del Rector. Quizás ella nos conduzca ante el poeta. Pero la señorita no está. Entonces Peña me dice:
     -Mi esposa es trabajadora social. Ha hecho cursos de psiquiatría. Ella conoce mucho al médico de Juan Ramón. Es posible que por su intermedio llegues a entrevistarlo.
     Y nos fuimos en busca de la señora Thelma Berdiel de Peña. Ella, amable, llama al psiquiatra español y le anuncia la visita. Los tres nos vamos al Hospital Psiquiátrico de San Juan.
     El edificio del hospital es viejo y sucio. Unos locos, encerrados, se asoman por las rejas y gritan. Otros deambulan tranquilamente por los pasillos. Una viejita, con la cabeza blanca, la boca hendida y babosa, grita a nuestro paso:
     -Viva Albizu Campos! Abajo el vate! (En Puerto Rico llaman poeta al Gobernador Muñoz Marín).
     Luego de un continuo e impresionante abrir y cerrar puertas de hierro, llegamos hasta el despacho del doctor Jesús María García Madrid, Subdirector del Hospital Psiquiátrico.
      García Madrid es blanco, bajo, algo gordo. Tiene 13 años residiendo en la isla. Ahora es el único médico que trata a Juan Ramón. En realidad, al poeta sólo lo ven dos personas: la Secretaria del Rector y el psiquiatra.
      Al conocer nuestro propósito, el galeno dice que es imposible realizarlo. La salud del poeta es delicadísima. La muerte de doña Zenobia ha sido un golpe durísimo para él. No quiere escribir. No quiere hablar con nadie. No quiere salir. Sólo quiere “que lo dejen morir tranquilo...
     -¿Está loco, entonces?
     -No tanto así. Pero la verdad es que los desequilibrios de que padece actualmente, lo mantienen al borde de la locura. Además, no olvide que es ya un anciano...
     Y García Madrid contó –después de rogarle al periodista que no lo divulgara-, que el estado de salud de Juan Ramón es más delicado de lo que mucha gente cree. Es más: afirma que es difícil que el gran bardo vuelva a sus labores literarias y educacionales. En su opinión, el autor de “Platero y Yo” se ha ido definitivamente, aún sin morir...
     Quiso que lo confirmáramos y nos dio la dirección de la casa del poeta: Es la número 4-61 de la calle “Padre Barrio”, en Hato Rey. Hasta allá fuimos. En la puerta, un letrero grande: “No se reciben visitas. Déjenme morir en paz. Firma auténtica: Juan Ramón Jiménez”.
     No llegamos a llamar a la puerta. Las horas de honda dulzura que siempre nos han hecho vivir sus poemas, vinieron a nuestro recuerdo. Y nos alejamos de allí con la desgarrante sensación de que detrás de esa puerta, sólo estaba un hombre angustiado, malherido por la soledad, esperando ansiosamente la hora de hacer el viaje que lo reuna, entonces para la eternidad, con la dulce y santa mujer que fue doña Zenobia.
        Puerto Rico, 1957.

       










       (Margarita, Porlamar, abril de 1957, pp. 14-15).



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