lunes, 14 de septiembre de 2015

LA TERNURA DE “PLATERO Y YO”

BRÚJULA
LA TERNURA DE “PLATERO Y YO”

Guillermo José Schael
         Caracas, julio 1958

L

a elegía al asno fue uno de los poemas de mayor ternura y que al mismo tiempo dio más fama en el mundo de la literatura contemporánea al gran poeta Juan Ramón Jiménez. Su muerte constituye una baja irreparable para las letras.
         En la presentación de tan espiritual trabajo, hay una nota que dice: “Dedicatoria. A la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles”.
         Transcurrió sus últimos años en Puerto Rico, isla para la cual fue invitado hace algún tiempo el autor de “Antolojías Poéticas” con el propósito de que dictara unos cursos de literatura en la Universidad. El escritor, nacido en España en 1881, había alcanzado máxima popularidad a raíz de la edición de su “Platero y Yo” obra en la cual con indecible elegancia y sentido literario, describe las peripecias de un asno, símbolo de mansedumbre y de la siempre incomprendida devoción al trabajo, desde el momento de su nacimiento a la muerte.
         A manera de prólogo el escritor extinto consagraba estas enternecedoras líneas a la memoria del jumento idealizado: “Platero amigo, si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tus lomos peludos a los ángeles adolescentes ¿me habrás quizá olvidado? Platero, dime... Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio”.
            Algunos escritores clericales de Madrid consideraron al principio los diálogos del asno en este ingenuo trabajo de Jiménez como una irreverencia. Con el tiempo, sin embargo, la impresión desapareció y del precioso libro, intencionalmente dedicado al principio por el autor “a los niños” se hicieron ediciones adecuadas con profusa circulación en Hispano-América, dedicada efectivamente a la gente menuda. El escritor Luis Nueda, en juicio crítico al respecto, expresa: “Es una obra de honda espiritualidad –nada infantil- que hace sentir la más pura emoción estética y de tal modo se adueña de nosotros la simpatía por el pobre borriquillo, que cuando muere le lloramos con el poeta, y acompañamos a éste a visitar la sepultura de su amigo”.
            Nueda llorará ahora a los dos.

(El Universal, 30-5-58, p. 28).


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