BRÚJULA
Guillermo José
Schael
Caracas, julio
1958
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L
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a elegía al asno fue uno de los poemas de mayor ternura y
que al mismo tiempo dio más fama en el mundo de la literatura contemporánea al
gran poeta Juan Ramón Jiménez. Su muerte constituye una baja irreparable para
las letras.
En la
presentación de tan espiritual trabajo, hay una nota que dice: “Dedicatoria. A
la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras
y claveles”.
Transcurrió
sus últimos años en Puerto Rico, isla para la cual fue invitado hace algún
tiempo el autor de “Antolojías Poéticas” con el propósito de que dictara unos
cursos de literatura en la
Universidad. El escritor, nacido en España en 1881, había
alcanzado máxima popularidad a raíz de la edición de su “Platero y Yo” obra en
la cual con indecible elegancia y sentido literario, describe las peripecias de
un asno, símbolo de mansedumbre y de la siempre incomprendida devoción al
trabajo, desde el momento de su nacimiento a la muerte.
A manera de prólogo el escritor
extinto consagraba estas enternecedoras líneas a la memoria del jumento
idealizado: “Platero amigo, si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo
y llevas sobre tus lomos peludos a los ángeles adolescentes ¿me habrás quizá
olvidado? Platero, dime... Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa
blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma,
de lirio en lirio”.
Algunos
escritores clericales de Madrid consideraron al principio los diálogos del asno
en este ingenuo trabajo de Jiménez como una irreverencia. Con el tiempo, sin
embargo, la impresión desapareció y del precioso libro, intencionalmente
dedicado al principio por el autor “a los niños” se hicieron ediciones
adecuadas con profusa circulación en Hispano-América, dedicada efectivamente a
la gente menuda. El escritor Luis Nueda, en juicio crítico al respecto,
expresa: “Es una obra de honda espiritualidad –nada infantil- que hace sentir
la más pura emoción estética y de tal modo se adueña de nosotros la simpatía
por el pobre borriquillo, que cuando muere le lloramos con el poeta, y
acompañamos a éste a visitar la sepultura de su amigo”.
Nueda
llorará ahora a los dos.
(El Universal, 30-5-58, p. 28).
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