POSADA AMERICANA PARA JUAN RAMÓN
JIMÉNEZ
Rafael Pineda
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A
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las “fiestas galantes” que el
Modernismo, destilando “mágicas fragancias” y “olímpicas ambrosías” –las cepas
abonadas por los madrigales y epigramas de Darío, el artífice- escenificaban en
jardines versallescos en cuyos promenades se confundían sátiros con marquesas y
ninfas con abates, bajo una nube cuajada de “papemores” y “bulbules”, las voces
espirituales que van a conformar la poesía de Juan Ramón Jiménez, para la época
adolescente aprendiz andaluz de la lírica, concurrieron recatadas por sombras
tan sutiles del Romanticismo, que se apartaron y desvanecieron pronto, en medio
de la orquestación báquica, para reunir sus murmullos, por oposición, con el
silencio pastoril y elegíaco, historiado en lo que el bardo llamó sus
“borradores silvestres”.
Sin
embargo, aún se discute –y la muerte, ocurrida la semana pasada, del autor de
“Piedra y Cielo”, reavivará seguramente la polémica- si el poco después
director de revistas que en España difundieron los triunfales ecos del
movimiento literario personificado en las “prosas profanas” de Darío, tuvo en
realidad con su obra participación y militancia inmediata en los sones
renovadores que restablecieron el señorío y la inventiva en la poesía
hispanoamericana, en la transición novecentista. Juan Ramón no le escamoteó
sino que, por el contrario, celebró en sí mismo la admiración en Darío,
dirigiéndose a él, tanto en su juventud como en su madurez gloriosa, como
“maestro”. Las “manos de marqués” del deslumbrante nicaragüense aceptaron el
homenaje, entrelazadas a una robusta copa que escanciaba la sed arqueológica de
los centauros y las náyades. El coro se dispersó, voraz, por boscajes latinos
congestionados de princesas y emperadores, a despertar la historia a la altura
de su frenesí, erguido como el cuello del cisne sobre las carnes húmedas,
rientes y voluptuosas de Leda.
En
Juan Ramón, simultáneamente, la fanfarria modernista operó por contraste su
consagración a la Soledad
con mayúscula (como lo ratificó, además de su obra vastísima, que es lo
irrecusable, un no menos y explícito decálogo de señeras motivaciones de
conciencia e ideales, fechado en 1932, que sintetizan en una “evolución... de
la personalidad íntima, fuera de las escuelas y tendencias), a la que
entroniza, como Bécquer al Romanticismo en los hierros patinados del balcón, en
“jardines lejanos” –título de uno de sus primeros libros- en que reinan a
porfía los oros crepusculares, la malva, las glicinas, los pétalos nupciales de
la luna, las aves quejosas, los plácidos ríos, las luces de la aldea, la miel
de un corazón lánguido, como recogido trasunto de un lenguaje propio. Esa
región personalísima habitada por Juan Ramón sirvió, a la larga, a manera de
filtro finísimo de la tumultuosa pasión del Modernismo, himno terrenal de vida
y esperanza al que él opuso, complementando así sus posibilidades, la pálida
estrella que el éxtasis enciende sobre las vicisitudes y reveses de llanto
inflamado por una realidad más directa: los hechos cotidianos, desasistidos del
lustre legendario y heroico, que conminan por lo mismo al espíritu que es
noble, como el del poeta andaluz, a replegar sus fuerzas al ahorro de la
alegría para robustecer la elegía y sus fueros. A esta indagatoria de las
cuitas de un sentimiento parco y mítico aludió Juan Ramón, con la luz
eliminatoria de su verdad lírica, en este poema:
Vino, primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropaje;
y la fui odiando, sin
saberlo.
Llegó a ser una reina
fastuosa de tesoros...
¡Qué iracundia de yel y
sin sentido!
...Mas se fue
desnudando.
Y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida,
poesía
desnuda, mía para
siempre!
La
“reina fastuosa de tesoros” no trascendió, como tal, a la penumbra insomne de la Soledad. La poesía de
Juan Ramón estaba espiritualmente copada por el ensueño, por el epílogo de la
ternura, para atender a otras galas que no fueran las que, en forma de lágrima,
huida o idilio... decantó así en la plenitud espiritual del poeta, disuadido de
la intemporalidad de la naturaleza. Juan Ramón, en todo caso, conservó la
serenidad que el Modernismo, exaltado por el despertar renacentista de los
sentidos (un Renacimiento, por otra parte, más universalizado en sus alcances
expresivos que la experiencia histórica particularizada) se le escapó para
apurar, como correspondía al momento, después de un largo asentimiento de
versificadores con la afectación, la rutina y la trivialidad, el optimismo de
la opulenta y sibarita comparsa encabezada por el revolucionario cosmopolitismo
del panida americano.
Ahora
ha muerto el acongojadísimo jinete de Platero, en un ostracismo de español que,
por todo lo que echó de menos al firmamento andaluz en el hambre hidalga,
termina en vianda servida por la paz como anfitrión, América. En la semblanza
en que registró la amistad y la lucida hora de la partida de Teresa de la Parra , Juan Ramón anticipó
su encuentro con esta nutrida exequia cuando dijo: “Sí, todos tenemos que comer
esa poquita de tierra- se refería a una frase de Teresa, cierta o inventada,
pero no por eso menos necesaria y válida para el crisol de la agonía-, y no
sabemos nunca, vivos, de dónde será, dónde estará esperándonos mezclada en el
aire esa poquita de tierra que comeremos, aperitivo de la gran comida, la
tierra que ya, hasta hacernos tierra misma, no nos faltará nunca al lado de
nuestra boca.
(Papel Literario de El
Nacional, 5-6-58, pp. 3 y 6).
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