JUAN RAMÓN Y SU PLATERO
Fedro Guillén
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U
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nas líneas enviadas por el Alcalde de
Moguer a un muy querido amigo nuestro, nos ha removido la sinfonía menor de
“Platero”, borrico que ha andado mundo en alas de la poesía Tal Alcalde, Juan
de Gorostidi, ha sido entusiasta de todo lo relativo al poeta que vino a morir
a Puerto Rico y que vio en sus manos el laurel del Premio Nobel allá por 1956,
según creemos.
Por aquellos años se adquirió la casa en
la cual Juan Ramón pasara el túnel de la adolescencia, instalándose una
biblioteca en la planta baja. La calle de esa casa lleva hoy el nombre del
poeta.
Para celebrar la inauguración se hizo un
homenaje que alcanzó a la tierra de Fuentepiña donde, a la sombra de uno de los
pinos citados por Rubén, duerme Platero el sueño de los justos.
Moguer, ciudad de muros enjalbegados, vio
aquel día hasta un centenar de poetas en el homenaje. La marcha a Fuentepiña se
hizo a lomo de borricos, primos de Platero –y demás parientes- brindándose una
estampa grata a la campiña.
Recordamos que en el homenaje habló Jorge
Mañach y que estuvieron gentes de varias partes de las Américas, como dicen
algunos.
En la casa-biblioteca “Juan Ramón
Jiménez” está la cuadra de Platero, burro prócer. ¿Quién no ha leído las páginas
miríficas del libro más famoso del poeta? Se deslizan bajo los ojos, crean una
atmósfera de cántico, acercan a la imagen del cuadrúpedo galopante hasta amarlo
con ternura que contradice el señalamiento que se ha hecho a su especie;
difamación de tontos de capirote, que deberían ventilarse en juzgado...
(Con un búho por juez,
de ser posible¡)
Alrededor de la aventura con Platero está
la vida encantadora, melancólica, parsimoniosa de los lares pequeños. Lo que se
hace lejos de hervideros urbanos, la que abunda en hidalgos de gran dormir y
mejor amanecer, hermanos de la tierra, confidentes de aves y de flores, fuertes
de corazón sin los ácidos que propagan las urbes.
Ahí, pasear con el borrico es hacer ejercicios de espíritu, es dejarse
llevar por las praderas con el ademán del que dice un aleluya. Sobre el humo y
la resina del atardecer, saludar al labriego que regresa con sus armas al
hombro pensando amorosamente en el puchero, en donde, lo dijo Santa Teresa,
está Dios.
Hombre no muy comunicativo, Juan Ramón, a
lomos de Platero habrá sentido el lenguaje de esperantos misteriosos: el mudo
reproche del árbol herido o la desolación del pájaro lastimado por niños
traviesos o... la dicha en los hogares más humildes de nuestros campesinos. Los
de allá y los de acá.
Prosa bruja la del libro con el
estremecimiento de un cuento que estalla con metáforas de pólvora china. Hasta
alcanzar la frase última en que Platero se entrega al sueño definitivo y dan
ganas de guardar luto como no lo provocan muchos mortales.
Moguer será siempre Juan Ramón y será
también Platero, príncipe zoológico, si a los animales importara un bledo el
tratamiento. Los años pasarán y las gentes seguirán visitando el pino a cuyo
pie está enterrado, mientras se apaga la memoria de algunos hombres encumbrados
por la marca de la política.
En una ley de amor que recorre el mundo
desde la primera noche las cenizas de Platero y las raíces del pino se han
anudado indisolublemente. Es lo que no se destruye, lo que pasa frecuentemente
sobre el tiempo a salto de gloria.
Rindamos atributo provincial a Platero
mientras cambian los tiempos y una hermosa mañana de libertad para España
podamos estar en Moguer, en la casa del gran poeta, en la biblioteca donde hay
un pergamino de nuestra Universidad Mayor, en la cuadra olorosa a heno y junto
al pino que cubre fraternalmente al borrico dormido como lirón.
Ese tributo será con dalias mexicanas y
con la simplicidad de los actos sencillos y perdurables.
México, 1968.
(Papel Literario de El Nacional, 8-9-68).
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