lunes, 2 de octubre de 2023

LA TERESA DE JUAN RAMÓN

 

 

 

 

FRANCISCO JAVIER PÉREZ

La Teresa de Juan Ramón (1)

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Nota de vida en la hora de su muerte. Así lo quiere Juan Ramón Jiménez, en ese funesto 1936, cuando sabe que Teresa de la Parra ha muerto ya. Escribe, pues escribir es manifestación vivificadora; gesto que hace existir en la lengua lo que ya no existe. Es tan así, como dice el que tanto sabía decir, que la hace lenguaje y lengua (que es como decir facultad y posibilidad), tanto como lengua y habla (que es como decir sueño y realidad), con apenas una visión una y única, y con más que apenas unas cuantas palabras que dibujan (a lo Mallarmé) la verdad de su palabra terrenal de espacios sin espacio y que hacen sonar (a lo Whitman) la música celeste de su tiempo tan sin tiempo.

La visión primera y única del poeta es la de la muerte misma que lo mira: “Sólo vi una vez a Teresa de la Parra. Vino muy abrigada en pieles, exhalando tibieza retenida; con los ojos azules grises verdes brillándonos transparentemente dulzura y finura. Estaba, ¿cómo decirlo?, «delicada». Su voz envuelta con seda hablada, cerca o lejos, desde la muerte”.  

Texto para el lamento, lo hace lamentando no haberla podido visitar en el sanatorio antituberculoso de la Fuenfría, que había inaugurado Alfonso XIII unos años antes en el agreste paraíso de la sierra de Guadarrama, donde la novelista escribe sin horas ya, como queriendo así ganarle la partida a la fatídica consumación de su vida, su largo y nunca concluido estudio sobre la Emancipación americana, tema siempre tan querido por enigmático y por lúgubre (esa ruptura impostergable que no nos dejó sino el hábito de la ruptura impostergada). Un avance de lo que quería fueron esas preciosas conferencias que fue diciendo en la América tropical (en Cuba y en México como centros de sus operaciones espirituales) para reparar en el papel determinante cumplido por la mujer en el proceso libertario. Ocurre cuando ella, alma profundamente libre, se hunde en la cárcel profundísima de su negra enfermedad: “Yo creía que aquella muerte que hablaba por su vaga voz iba a quedarse en esos desvanes del ser donde todos tenemos siempre tanta muerte, tanto muerto; que las islas mejores de su cuerpo resistirían indefinidamente el asedio de los venenos peores del río de su sangre. No ha sido así. Venció a lo grande bello lo venenoso feo y pequeño, como ocurre tantas veces en la vida”.

Ahora, el escritor entiende que ya ella no está. Se ha ido esta española de tres mundos nacida en Venezuela y vale en su recuerdo por lo que vale su español, el de su voz que ya no está y el de su palabra que estará siempre. Aprovecha, para lograr el boceto de esta personalidad (llama caricaturas a estas nobles páginas), una reflexión que vindica la lengua de Teresa al vindicar la lengua regional de América y de España; la mejor de las lenguas, el sueño de un español sin trabas salido del paraíso mismo del albedrío liberado: “En su expresión poética narrativa se funden lo lírico y lo irónico en una delicada y graciosa lengua natural, suelta airosamente toda traba; uno de esos encantadores españoles que han quedado en tales ciudades de América, como en capitales de provincia de España, paraísos grandes del otro lado del mar, en cuyo color, cuyas horas, cuyos seres yo he soñado desde niño, tal vez más que en los de estos mismos paraísos de la junta España”.

Juan Ramón encuentra allí a Teresa. La encuentra en su lengua, que lo es también la del lírico andaluz; una, caracterizada por el recuerdo, el cariño y el deseo de una España que más que “una” España es todas las Españas en esta o en la otra orilla de la gran España: “Seguramente yo la había conocido, soñando, en algún rincón del Paraíso inmenso español, y gocé oyéndola hablar su lengua fluida, mi lengua una hora del tiempo relativo (aquella hora que pasó seguramente también a nuestro lado, tan suave, tan agradable, tan sencilla) como se goza oyendo a una antigua amiga inolvidable”. La lengua de Teresa y la lengua de Juan Ramón siendo y haciéndose una sola lengua.

 

 

 

La Teresa de Juan Ramón (2)

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Coincidencia cronológica o concertación espiritual, hace ochenta años, un 23 de abril, moría Teresa de la Parra en Madrid, a pocos meses del comienzo de la guerra civil. Dama mayor de la literatura venezolana, el poeta de Huelva se fijaría en ella y fijaría su mirada de compleja auscultación en la escritora que está “delicada”; que está a un paso de la muerte, que para ella era la eternidad.

Escribe el de Moguer en la hora fúnebre en la que Teresa sucumbe a la tuberculosis, tras habitar por años los más exquisitos sanatorios de Francia y Suiza, lugares de consuelo y no de curación, perdiendo la batalla del cuerpo enfermo, ella que siempre había sido una triunfadora en las peleas del alma saludable. Y, entonces, el de Moguer escribe una nota vivificadora destinada a su interminablemente hermoso libro Españoles de tres mundos(volumen 38 de la edición de sus Obras, trabajada por Visor Libros, en 2009; edición de Javier Blasco, Francisco Díaz de Castro y Francisco Silvera, con prólogo de José Manuel Caballero Bonald); según él, caricaturas de notables y notados del viejo mundo, del mundo nuevo y del otro mundo.  

La autora ocupa lugar de prestigio entre el selecto grupo de los escritores americanos. Con ella están, Rubén Darío, José Asunción Silva, José Martí, José Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Pablo Neruda y Dulce María Loynaz, con quien comparte la exclusividad de ser “escritores” entre los escritores. De ellos dice Juan Ramón: “De los americanos, he escrito aquí en América varias, y me propongo escribir otras cuando vaya conociendo personalmente al sujeto y cuando se me ocurra escribirlas”.

Muere la venezolana firmando solo dos libros de estimación incalculable (las novelas Ifigenia y Las memorias de mamá blanca), unos escasos relatos, tres conferencias sobre las mujeres en la historia de la independencia y esa reveladora y palpitante correspondencia que sostiene con familiares y amigos, pues Teresa no tuvo tiempo para más porque la vida se le escatimó y tuvo que gastarla toda en escribir rápidamente sus primeras y últimas felicidades, tanto como sus primeras y últimas desventuras. Espíritu social, hizo de la literatura una forma para acercarse al mundo que la enfermedad le estrechaba y le prohibía; una manera de vivirlo desde su internado interior.

Conquistada por los viajes hacia sí misma, volvió en su literatura a su mundo local desde el cosmos europeo. Después de muerta, sus exégetas han pretendido devolverla a los ámbitos patriarcales que le fueron tan queridos; puro y noble intento por bautizarla de universalidad a ella que sólo quiso nombrarse con los sonidos afectuosos de su tierra nutricia.

Nutricia y apegada a los orígenes, se hace emblema de aquello que la escritura más venezolana tenía de nutrición y de conquista originaria. Para ello no se creyó obligada a someterse a los ecos de ficticias criollerías ni a los lugares trajinados de nacionalismos mal habidos. Todo es autenticidad y por ello obra y figura ya no conocen de épocas apáticas o amigas, sino que toda ella y su escritura resultan voces de perpetuidad de lo venezolano permanente. Un único dictado producido por un corazón que sólo transitó los caminos propios y cuya pretensión jamás fue guiada por la mentira de la vida mentirosa o por la falsedad de una escritura falsaria. Tan venezolana como universal, Teresa es la escritora más universal dentro del país y la más venezolana fuera de él.

Juan Ramón Jiménez recuerda a Lydia Cabrera, la amada amiga y la amiga amante, la escritora cubana de prodigios todavía por descubrirse, la autora del libro coral El Monte. Fiel y fidedigna (la dignificada por la fidelidad), queda testificada en su dedicación largamente amorosa por el prosista crítico que la encuentra allí, junto al tálamo de una Teresa que está muriendo o que ya está muerta. Se le debe a ella el relato de esos últimos momentos de vida en la hora mortuoria de Teresa: “Nos ha contado Lydia Cabrera, la madrugada antes de morir Teresa de la Parra, estando Lydia velándola, hizo un poco de café. Y le preguntó si no quería probar un poquito. Teresa de la Parra (yo, recordando su voz, me imajino bien su acento de aquel instante) le contestó: «Yo comeré una poquita de tierra»”. Jiménez ata una reflexión anafórica en torno a la gesta final de todo hombre que debe comer de la tierra antes de pertenecer para siempre a ella; la conversión de los hombres en un aperitivo de tierra antes de hacerse tierra misma.    

Reflexión sensible o alta filosofía, para el poeta Teresa de la Parra se ha quedado en España por decisión de la eternidad (“Tú te quedas ahora con nosotros”), haciendo de ese “ahora” un “para siempre”; tiempo de ficción que ensancha en días los instantes, en meses los días y en años los meses. Coda del prosista poeta venerando la espiritual belleza del espíritu potente, presente, envolvente y perdurable: “No estás muerta aquí, femenina presencia viva todavía de una tarde. Estás detenida, retenida por el centro de la tierra madre de España, que te había oído hablar, buena y lenta, con voz de ella, en su alto aire”. Detenida y retenida, no estás muerta. Estás en el centro de España, la tierra madre. Presencia viva de una tarde, Teresa eterna de Juan Ramón.