lunes, 2 de octubre de 2023

LA TERESA DE JUAN RAMÓN

 

 

 

 

FRANCISCO JAVIER PÉREZ

La Teresa de Juan Ramón (1)

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Nota de vida en la hora de su muerte. Así lo quiere Juan Ramón Jiménez, en ese funesto 1936, cuando sabe que Teresa de la Parra ha muerto ya. Escribe, pues escribir es manifestación vivificadora; gesto que hace existir en la lengua lo que ya no existe. Es tan así, como dice el que tanto sabía decir, que la hace lenguaje y lengua (que es como decir facultad y posibilidad), tanto como lengua y habla (que es como decir sueño y realidad), con apenas una visión una y única, y con más que apenas unas cuantas palabras que dibujan (a lo Mallarmé) la verdad de su palabra terrenal de espacios sin espacio y que hacen sonar (a lo Whitman) la música celeste de su tiempo tan sin tiempo.

La visión primera y única del poeta es la de la muerte misma que lo mira: “Sólo vi una vez a Teresa de la Parra. Vino muy abrigada en pieles, exhalando tibieza retenida; con los ojos azules grises verdes brillándonos transparentemente dulzura y finura. Estaba, ¿cómo decirlo?, «delicada». Su voz envuelta con seda hablada, cerca o lejos, desde la muerte”.  

Texto para el lamento, lo hace lamentando no haberla podido visitar en el sanatorio antituberculoso de la Fuenfría, que había inaugurado Alfonso XIII unos años antes en el agreste paraíso de la sierra de Guadarrama, donde la novelista escribe sin horas ya, como queriendo así ganarle la partida a la fatídica consumación de su vida, su largo y nunca concluido estudio sobre la Emancipación americana, tema siempre tan querido por enigmático y por lúgubre (esa ruptura impostergable que no nos dejó sino el hábito de la ruptura impostergada). Un avance de lo que quería fueron esas preciosas conferencias que fue diciendo en la América tropical (en Cuba y en México como centros de sus operaciones espirituales) para reparar en el papel determinante cumplido por la mujer en el proceso libertario. Ocurre cuando ella, alma profundamente libre, se hunde en la cárcel profundísima de su negra enfermedad: “Yo creía que aquella muerte que hablaba por su vaga voz iba a quedarse en esos desvanes del ser donde todos tenemos siempre tanta muerte, tanto muerto; que las islas mejores de su cuerpo resistirían indefinidamente el asedio de los venenos peores del río de su sangre. No ha sido así. Venció a lo grande bello lo venenoso feo y pequeño, como ocurre tantas veces en la vida”.

Ahora, el escritor entiende que ya ella no está. Se ha ido esta española de tres mundos nacida en Venezuela y vale en su recuerdo por lo que vale su español, el de su voz que ya no está y el de su palabra que estará siempre. Aprovecha, para lograr el boceto de esta personalidad (llama caricaturas a estas nobles páginas), una reflexión que vindica la lengua de Teresa al vindicar la lengua regional de América y de España; la mejor de las lenguas, el sueño de un español sin trabas salido del paraíso mismo del albedrío liberado: “En su expresión poética narrativa se funden lo lírico y lo irónico en una delicada y graciosa lengua natural, suelta airosamente toda traba; uno de esos encantadores españoles que han quedado en tales ciudades de América, como en capitales de provincia de España, paraísos grandes del otro lado del mar, en cuyo color, cuyas horas, cuyos seres yo he soñado desde niño, tal vez más que en los de estos mismos paraísos de la junta España”.

Juan Ramón encuentra allí a Teresa. La encuentra en su lengua, que lo es también la del lírico andaluz; una, caracterizada por el recuerdo, el cariño y el deseo de una España que más que “una” España es todas las Españas en esta o en la otra orilla de la gran España: “Seguramente yo la había conocido, soñando, en algún rincón del Paraíso inmenso español, y gocé oyéndola hablar su lengua fluida, mi lengua una hora del tiempo relativo (aquella hora que pasó seguramente también a nuestro lado, tan suave, tan agradable, tan sencilla) como se goza oyendo a una antigua amiga inolvidable”. La lengua de Teresa y la lengua de Juan Ramón siendo y haciéndose una sola lengua.

 

 

 

La Teresa de Juan Ramón (2)

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Coincidencia cronológica o concertación espiritual, hace ochenta años, un 23 de abril, moría Teresa de la Parra en Madrid, a pocos meses del comienzo de la guerra civil. Dama mayor de la literatura venezolana, el poeta de Huelva se fijaría en ella y fijaría su mirada de compleja auscultación en la escritora que está “delicada”; que está a un paso de la muerte, que para ella era la eternidad.

Escribe el de Moguer en la hora fúnebre en la que Teresa sucumbe a la tuberculosis, tras habitar por años los más exquisitos sanatorios de Francia y Suiza, lugares de consuelo y no de curación, perdiendo la batalla del cuerpo enfermo, ella que siempre había sido una triunfadora en las peleas del alma saludable. Y, entonces, el de Moguer escribe una nota vivificadora destinada a su interminablemente hermoso libro Españoles de tres mundos(volumen 38 de la edición de sus Obras, trabajada por Visor Libros, en 2009; edición de Javier Blasco, Francisco Díaz de Castro y Francisco Silvera, con prólogo de José Manuel Caballero Bonald); según él, caricaturas de notables y notados del viejo mundo, del mundo nuevo y del otro mundo.  

La autora ocupa lugar de prestigio entre el selecto grupo de los escritores americanos. Con ella están, Rubén Darío, José Asunción Silva, José Martí, José Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Pablo Neruda y Dulce María Loynaz, con quien comparte la exclusividad de ser “escritores” entre los escritores. De ellos dice Juan Ramón: “De los americanos, he escrito aquí en América varias, y me propongo escribir otras cuando vaya conociendo personalmente al sujeto y cuando se me ocurra escribirlas”.

Muere la venezolana firmando solo dos libros de estimación incalculable (las novelas Ifigenia y Las memorias de mamá blanca), unos escasos relatos, tres conferencias sobre las mujeres en la historia de la independencia y esa reveladora y palpitante correspondencia que sostiene con familiares y amigos, pues Teresa no tuvo tiempo para más porque la vida se le escatimó y tuvo que gastarla toda en escribir rápidamente sus primeras y últimas felicidades, tanto como sus primeras y últimas desventuras. Espíritu social, hizo de la literatura una forma para acercarse al mundo que la enfermedad le estrechaba y le prohibía; una manera de vivirlo desde su internado interior.

Conquistada por los viajes hacia sí misma, volvió en su literatura a su mundo local desde el cosmos europeo. Después de muerta, sus exégetas han pretendido devolverla a los ámbitos patriarcales que le fueron tan queridos; puro y noble intento por bautizarla de universalidad a ella que sólo quiso nombrarse con los sonidos afectuosos de su tierra nutricia.

Nutricia y apegada a los orígenes, se hace emblema de aquello que la escritura más venezolana tenía de nutrición y de conquista originaria. Para ello no se creyó obligada a someterse a los ecos de ficticias criollerías ni a los lugares trajinados de nacionalismos mal habidos. Todo es autenticidad y por ello obra y figura ya no conocen de épocas apáticas o amigas, sino que toda ella y su escritura resultan voces de perpetuidad de lo venezolano permanente. Un único dictado producido por un corazón que sólo transitó los caminos propios y cuya pretensión jamás fue guiada por la mentira de la vida mentirosa o por la falsedad de una escritura falsaria. Tan venezolana como universal, Teresa es la escritora más universal dentro del país y la más venezolana fuera de él.

Juan Ramón Jiménez recuerda a Lydia Cabrera, la amada amiga y la amiga amante, la escritora cubana de prodigios todavía por descubrirse, la autora del libro coral El Monte. Fiel y fidedigna (la dignificada por la fidelidad), queda testificada en su dedicación largamente amorosa por el prosista crítico que la encuentra allí, junto al tálamo de una Teresa que está muriendo o que ya está muerta. Se le debe a ella el relato de esos últimos momentos de vida en la hora mortuoria de Teresa: “Nos ha contado Lydia Cabrera, la madrugada antes de morir Teresa de la Parra, estando Lydia velándola, hizo un poco de café. Y le preguntó si no quería probar un poquito. Teresa de la Parra (yo, recordando su voz, me imajino bien su acento de aquel instante) le contestó: «Yo comeré una poquita de tierra»”. Jiménez ata una reflexión anafórica en torno a la gesta final de todo hombre que debe comer de la tierra antes de pertenecer para siempre a ella; la conversión de los hombres en un aperitivo de tierra antes de hacerse tierra misma.    

Reflexión sensible o alta filosofía, para el poeta Teresa de la Parra se ha quedado en España por decisión de la eternidad (“Tú te quedas ahora con nosotros”), haciendo de ese “ahora” un “para siempre”; tiempo de ficción que ensancha en días los instantes, en meses los días y en años los meses. Coda del prosista poeta venerando la espiritual belleza del espíritu potente, presente, envolvente y perdurable: “No estás muerta aquí, femenina presencia viva todavía de una tarde. Estás detenida, retenida por el centro de la tierra madre de España, que te había oído hablar, buena y lenta, con voz de ella, en su alto aire”. Detenida y retenida, no estás muerta. Estás en el centro de España, la tierra madre. Presencia viva de una tarde, Teresa eterna de Juan Ramón. 

lunes, 14 de septiembre de 2015

VERSIÓN TEATRAL DE “PLATERO Y YO”

VERSIÓN TEATRAL DE “PLATERO Y YO”

 


    (Madrid, (ANSA) El Teatro Español de Juventudes “Los Títeres” patrocinado por la Delegación Nacional de la Sección Femenina del Movimiento y la Dirección General de Espectáculos, pondrá en escena

en el salón de actos de la “Epo-Juventud” de esta ciudad una versión teatralizada de “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez. La versión es de José Hierro. Dicha obra alcanzó un resonante éxito durante la pasada temporada cuando se representó en el Teatro María Guerrero de Madrid.











(Suplemento Cultural de Últimas Noticias, 2-9-73).

VEINTIRÉS AÑOS DE LA MUERTE DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

VEINTIRÉS AÑOS DE LA MUERTE
DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Rodulfo González


  V

eintitrés años del fallecimiento de Juan Ramón Jiménez, el egregio poeta moguereño que en 1956 fuera honrado con el Premio Nobel de Literatura acaba de cumplirse el 29 de mayo. Desde joven obsesionado por la muerte, murió sin embargo a la edad de 77 años en la Clínica Niniya, de Santurce, San Juan de Puerto Rico. País donde había fijado su residencia definitiva desde mayo de 1951.
          Al morir don Víctor, el padre, en 1901, empezó en Juan Ramón este miedo a la muerte que no le abandonaría jamás. “La muerte de mi padre –reconocerá- inundó mi alma de una preocupación sombría; de pronto, una noche, sentí que me ahogaba y caía al suelo; este ataque se repitió en los siguientes días; tuve un profundo temor a una muerte repentina; sólo me tranquilizaba la presencia de un médico”. Este médico lo será por un tiempo el doctor Rafael Almonte, amigo de la familia. “Una noche –relata M. Hispano- Juan Ramón sintió el frío de la muerte. Se aterrorizó al saber tan lejano al médico, -allá en la finca de Nazaret- e incapaz de dominarse se echó una manta por los hombros y corrió por los campos hasta la casa del médico, donde todos duermen y reina el silencio. Juan Ramón, no atreviéndose a llamar a la puerta, pero incapaz de alejarse de aquella casa, se acurrucó en el umbral de la puerta y allí permaneció hasta que lo encontraron a la mañana siguiente”. El próximo médico lo será el doctor Simarro y luego Luis López Rueda, casado con una prima suya. Le aterra tanto la muerte que consigue que el médico duerma por las noches en su casa. Más adelante será él quien vaya a vivir a la casa del doctor López al cual acompaña en sus visitas domiciliarias.
         Juan Ramón había nacido el 23 de diciembre de 1881. Murió el 29 de mayo de 1958, dos años después de que muriera Zenobia Camprubí de Jiménez, su compañera y guardiana de toda la vida, con quien contrajo nupcias en Nueva York el 2 de marzo de 1916.


(EN ÓRBITA, Porlamar, mayo-junio de 1981, p. 18).






Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

TRIGO DEL BUEN COSTAL
R.A.

 H

a sido dado el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez. El galardón quizá nunca fue concedido en literatura con mayor acierto. De su poesía, el más alto elogio, es que, como excepción confirma la creencia, no recordamos, si de Valencia o Lugones, que la lírica occidental nunca alcanzó la finura, la delicadeza de Oriente. Las traducciones de los poetas chinos e hindúes dicen la justeza de la observación. Juan Ramón Jiménez, en nuestro pensar puede figurar sin desdoro entre los pares de Li Tai Pe. Nada agregamos en justificación de nuestro aserto. ¿Qué podía decir nuestra torpe prosa, que no fuera pálido y desvaído al lado del sentimiento de los fragmentos de la obra del insigne español que llena esta página, que hoy merece ciertamente su título, “Trigo del Buen Costal”?
      A quien tanto merece, le llega uno de los reconocimientos más preciados a cuantos se ocupan de arte y ciencias, en una hora infausta: la esposa, amante colaboradora en su obra, y compañera fidelísima en el exilio voluntario del poeta, agoniza en este día. Son inescrutables los designios del Azar; refugiemos en esto la esperanza, de que una injusticia más de lo inconocible, y en esta hora que tan alto tributo paga a lo artificial no hiera en los que Dios dota con igual exquisita sensibilidad, el impulso para expresar lo bello en la forma natural y pura de la verdadera originalidad.







(Diario de Occidente, Maracaibo, 28-10-56, p. 5).






Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

  Carta de España
SOLEDAD Y TERNURA
DEL POETA
                                 
                            Luis Augusto Arcay

E

 L 22 de agosto de 1936, huyendo de los horrores de la guerra española, Juan Ramón Jiménez cruzó el Atlántico y se aposentó en Puerto Rico. Veintidós años después, en la madrugada del 29 de mayo de 1958, en la habitación Nº 11 de la Clínica “Miniya”, un edificio blanco, puesto bajo la advocación de la Virgen del Rocío, se extinguió serenamente su vida. En dos palabras, las últimas que brotaron de sus labios armoniosos, quedó sintetizada su infinita ternura de poeta: “Madre...Moguer”. Madre, la madre de Dios, palabra que inunda de claridad su agonía, junto al de su verdadera madre, doña Pura, y la nostalgia, mojada por el llanto de la ausencia de su nativa Moguer, con las campanas de su torres sonándole en el pecho, y los azadones de labranza, y el arbolado, y “la muchacha en camisa que se peina” y la cuadra de “Platero”, el dulce “asnillo plateado de ojos negros azabaches en cuyos cristales se copia la soledad de los campos...”.


         Y en aquella madrugada de soledad y paz, aromada por las voces en oración del piadoso párroco Cabrera, de los médicos Hoyo y Batle, del rector de la universidad y de su sobrino Francisco ¿qué dulcísimas visiones en su fatiga última, en su última congoja ante la muerte? ¿Acaso, como una palpitación de despedida –aroma de flor, de camino, de niños, de sol, humedecidos en la fragancia de las rosas y en la hoja verde y oro de la primavera-, aquel paisaje donde se divisa el río y la Rábida y la sierra de Huelva y el cielo, amparado de azul de su Moguer...? ¿La alegría de los viñedos sumergidos en la blanca paz del pueblo en los días de su infancia? ¿Acaso el padre castellano, de ojos claros y de muchos señoríos, gozoso de su alto olivar, de sus jacas y sus tierras, y aquella casita de Arreburra, donde el niño poeta veía, trepado a un árbol, las tapias de Huelva y las cabezas del Conquero?
         Días de la infancia iluminada de recónditas promesas. La escuela de don Carlos, el dulce caballero barbado. Y el Colegio de los Jesuitas de Santa María, donde hizo el Bachillerato, entre sueños y olvidos y las disciplinas de las declinaciones, la capilla y el mar. Un paréntesis moguereño y, en Sevilla, el amor de Rosalina que le brinda, en su adolescencia precoz, mieles de ternura. Aparecen los primeros ángeles malva y, entre lo lírico y lo plástico y en Sevilla –él lo dice- se hace pintor, “visitando los estudios coloristas y fandangueros”. Pero pronto queda atrás la pintura y le envuelve la luz frenética de la poesía. Sus versos tienen un sabor romántico “lloran en el Guadalquivir”. Torna a Moguer. Publica en Madrid su poema “Nocturno” y, un poco después, va a la ciudad filipina a pontificar, con Darío y Villaespesa, en la arrolladora lírica del Modernismo.
         Es la primavera de 1900 cuando, un Viernes Santo lluvioso, llega a la Villa. Dentro de aquella exaltación y énfasis poético constante, fue su compañero Villaespesa, en cuya casa leían, cantaban, gritaban Elisa, su mujer; Leonor, la bella y, de vez en cuando, “una muchacha radiante de cabello de oro, irisada de aureola”. Fuentes, bosquecillos de la Moncloa, y andar y desandar calles, plazas, iglesias y recitar, cantar. Así –dice el mismo Juan Ramón-, “cuando el blando gris azul del cielo de Oriente caía sobre la Puerta del Sol, la calle de Alcalá, la Red de San Luis, la madrugada nos endulzaba el cuerpo y el alma y nos llevaba a dormir”.
         Moguer otra vez. La muerte del padre y la estancia en Francia en el sanatorio de Le Bouscat. Retorna a Madrid. Época de los Machado, de Martínez Sierra, de Benavente. La pz del campo. El poeta a sus versos: Elejías Pastorales, Jardines lejanos, Baladas de primavera, canciones llenas de chopos, de amapolas, de violetas, y aquel dulce amigo “pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón...”. Otra vez Madrid, con la vecindad explosiva de Gómez de la Serna. Y el hallazgo glorioso de Zenobia. “¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
         Nueva York, Cádiz, Madrid. Vida ordenada, vida fecunda y armoniosa. Zenobia, diligente, Zenobia, emprendedora y él, laminando gota a gota su poesía que es arroyo, es cristal, es transparencia, hasta que, en plena orgía roja salen Zenobia y el poeta camino de París. De Cherburgo a los Estados Unidos. Atrás queda España, con sus muertos y sus lágrimas. Puerto Rico. La odisea de la América del Sur y el retorno antillano.


         El 25 de noviembre de 1956, el Premio Nobel, el milagro poético y la gloria, recibidos cuando sollozaba al lado de su Zenobia agonizante. El rector de la universidad, Jaime Benítez, encargado de entregarle el mensaje, escribió: “Nos abrazamos. Zenobia hizo un esfuerzo y lo comprendió. Sus ojos brillaron un momento y comenzó a llorar”. Cuatro años días después se cerraron para siempre. Desde aquel día el poeta comenzó a morirse hasta que, a poco más de un años, en plena primavera, fue a acompañar a su tierna ausente. ¿No se apoyaba su tristeza en la alegría de Zenobia? Y ya no le era posible, ni siquiera, la tristeza.
         Los restos del poeta y de su esposa volvieron a España. El 4 de junio llegaron a Barajas. Con un pregón de jazmines en flor, Sevilla y Huelva les miraron pasar. Y en Moguer, “con la luz del tiempo dentro” y “Aguedilla y aquella niña que no podía ver con sus ojos negros”, Juan Ramón otra vez en su tierra, donde lo más suyo que le quedaba y para siempre, era la inmortalidad y su “blanco cementerio, lleno de árboles y abejas, de pájaros y flores...”.
Madrid, 1967.







(Índice Literario de El Universal, 13-8-67).

Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

SOBRE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                                 Juan Marinello


A

hora que ha muerto Juan Ramón Jiménez se abalanzarán sobre su obra críticos y amadores. La polémica será larga, porque el poeta fue una cifra cambiante y difícil, ambiciosa e insaciada. El autor de Eternidades es una encrucijada en vilo, una pugna inacabable entre las resonancias viejas y novísimas y su vitalicio ademán de cazador furtivo. J.R.J. atrae y rechaza por mil puntas aceradas, y transmitirá a su posteridad la pelea agónica que fue su nota cardinal.
         Una de las cuestiones que saldrá a la plaza, en el balance a que toda muerte invita, será la de su comunicación con el Modernismo, con el rubendarismo, mejor. El nexo existe, pero con mucha entraña polémica y diferencial. Fue obligado que los grandes poetas españoles de comienzo de siglo, forzados, urgidos a cambiar de ruta, quedaran deslumbrados por el luciente criollo. Darío no les mostraba sólo su impresionante maestría sino también la encarnación gentil de los capitanes franceses más en boga. Como otros escritores de su tiempo. J.R.J. se conmueve ante una orquestación inusitada, aunque ofrecida con idioma legítimo. Cuando aquel duende urticante, impaciente, que siempre le anduvo por dentro, le exigió sendas exclusivas, fue distinto del nicaragüense, aunque siempre recordándole la cuota.
         Pero si su acercamiento al Modernismo fue en J.R.J. un recodo para salirse del trillo cansado –y no la razón de ser de su poesía-, bien claro queda que fue a sus aguas porque en ellas encontraba satisfacción placentera a su inquebrantable definición aristocrática. En ello reside que hasta sus últimos días guardase reverencia incambiable por el autor de Cantos de vida y esperanza. Con ejemplar lealtad, reconocía la ascendencia, el parentesco, la línea. Interlocutor de minorías – más o menos inmensas-, fue de la familia de Rubén, aunque resonancias peculiares, y nacionales, le lanzaron por otros predios.
         Siempre hemos creído que su distancia del Modernismo, dentro de un acatamiento de esencias, dibuja una de las más firmes magnitudes de J.R.J. Porque parece innegable que lo que conduce al poeta de Belleza a una parcela distinta y obstinada en su fidelidad de raíz a la tradición española. Pero para que esto quede bien claro hay que decir de inmediato qué tipo de rumor tradicional suena en sus versos. Unas relevantes palabras del propio poeta nos darán el emboque certero. Durante su escala cubana escribió en la Revista Cubana (marzo de 1937, páginas 72 y 73), comentando unas conferencias de Don Ramón Menéndez Pidal: “La poesía, literatura en general ha seguido, (creo yo, Don Ramón) dos líneas constantes y seguras” desde sus comienzos: una popular, colectiva, impulsiva: (Poema del Cid, Arcipreste Hita, una parte del Romancero, Marqués de Santillana, Santa Teresa, Lope, Cervantes, Espronceda, Unamuno Valle-Inclán, García Lorca, por ejemplo); otra minoritaria, individualista, estática: (Berceo, Auto de los Reyes Magos, Garcilaso, Fray Luis de León, Herrera, Góngora, Quevedo, Calderón, Gracián, Duque de Rivas, Rubén Darío, Gabriel Miró, por ejemplo)”. La distinción es de mucho jugo y perspicacia, con todas las quiebras de las generalizaciones apresuradas.
         Lo primero que hay que decir es que J.R.J. debió haber puesto su claro nombre en el final de la segunda línea destacada; fue en verdad su exaltación y remate contemporáneos. Y que no debió omitir, entre sus parientes de más vuelo, a San Juan de la Cruz. Por otra parte, la clasificación –que responde a muy hondas razones y es por ella válida-, padece de errores de enfilamiento, como enseguida veremos.
         Que de una parte está lo directo, lo popular, lo impulsivo (lo impulsivo, ¡qué bien dicho!), y de la otra lo estático, es verdad en todas las literaturas, y la cesura es más violenta y tajante en la española. No debemos olvidar que en ella cuentan lo más realista –pensemos en el Arcipreste- y lo más etéreo; pensemos en los místicos, como San Juan. La “fermosa cobertura”, que decía Don Iñigo López de Mendoza, mirando de frente a la poesía de calderos y adobes de Santa Teresa. Los que esperan y desesperan, en suma; por lo que en ninguna literatura como en la peninsular se ha esperado mejor, ni se ha desesperado tan gallardamente. Desde luego que cada autor tiene su preferencia, su cauce maestro; pero algunos pusieron las plantas en los dos campos. Santillana, que J.R.J. sitúa entre los impulsivos, fue, cierto, “el Marqués de los proverbios”, el poeta de las serranillas y decires, pero también el docto aduanero de lo francés en la mocedad y el artífice de los sonetos “fechos al itálico modo” en la madurez . García Lorca casa la voluntad de estilo con la lealtad popular. Y en Quevedo hay impulso y taraceo, sangre y arabesco.
         La clasificación saldría mejor afinada y más segura si se atendiese no tanto al impulso como a la intención; más a la resonancia que al gesto. Si así se hace, no quedarían Valle-Inclán y Darío –que vieron la realidad a través de la literatura- en los predios distintos en que J.R.J. los sitúa. Si a ello se atendiese, la progenie juanramoniana quedaría destacada nítidamente,  y mejor entendido su caso. Se vería entonces que el poeta de Piedra y Cielo es un caso sorprendente –y exacto-, de lealtad al costado estático de las letras españolas. En el arranque está Bécquer y hasta la porción colectiva del Romancero que a veces resucita; pero al alzar el vuelo se le enrarece el aire, y en su obra madura, cuajada esencial, queda hijo de Góngora. Algunos críticos, con ligereza culpable, deducen, del ascendente hermetismo juanramoniano, que es un disidente de lo tradicional español, un escritor ganado por aires extranjeros, por nubes universales. Olvidan lo que no olvidó el poeta: la persistente línea enrarecida que nunca abandona el curso de su literatura maternal. Pero la confusión es explicable. Lo minoritario estorba la afiliación porque soslaya la sustancia identificable en que todos se dan las manos. La parábola encubridora, disparada hacia lo abstracto, que es la obra de J.R.J., nace de una voluntad aristocrática que tiene en su tierra obstinada persistencia. El santo y seña pudo darlo Gracián, desde su solio de San Sebastián conceptista.
-2-
         No puede escribirse el nombre de Juan Ramón Jiménez sin que venga al recuerdo el de Antonio Machado, su gran contemporáneo. Se integran frente a las mismas inquietudes estéticas y cuajan hacia el mismo tiempo. Son dos eminentes renovadores de una lírica que había perdido hacía tiempo su carga de sorpresas. Es interesante recordar, ahora que los dos se han ido, cómo J.R.J. reconoce en 1940 el maestrazgo de ambos en la poesía hispánica contemporánea. A Machado y a sí mismo atribuye el florecimiento “de la conciencia poética de España en lo más íntimo, delicado, profundo o alto, en lo más ideal o espiritual del ser español”. Y con introspección cruzada de luces lancinantes, dice allí de sí mismo que “acaso por su amor a la invención y al cambio, por su inquietud y su entusiasmo creadores, por su acción constante particular y ajena de enamorado de la poesía, ejerció influencia más extensa y visible, y sigue y seguirá arrepentido y discutido siempre por los demás y sobre todo por él mismo. Cada día estima menos lo suyo”. En estas palabras anda la distancia en su compañero de gloria.
         Juan Ramón Jiménez es, en efecto, un enamorado de la poesía como hallazgo y como arte poética. Antonio Machado es un servidor de su ministerio lírico. Cuando se ha leído la obra de los dos escritores extraordinarios, queda más claro que Machado fue un resignado y J.R. un atormentado. En 1937 decía el autor de Platero y Yo: “Voy a cumplir 56 años en La Habana, a fines de este diciembre. Después de 40 años de fervorosa pasión lírica de mi instinto y mi conciencia, sigo seguro, como a los 45, a los 35, a los 25, a los 15 años de no haber logrado nada a mi gusto en idea, sentimiento ni palabra. Lo que quiero expresar, ¡qué lejos se queda de lo que expreso! Más lejos cada vez, en el fondo eterno, negro o dorado, del camino de luz y sombra. Me sorprende cada vez más extrañamente, cuando oigo a otro poeta, joven o viejo, jactarse satisfecho de sus conquistas estéticas”. “Poeta, creador oculto de un astro no aplaudido”, escribí una vez una noche española ya lejana. No puede hacerse, en verdad, mejor retrato. Lo dominante en J.R.J. es esta pasión concéntrica, alimentada de la propia entraña, conquista inusitada a la que se entrega la vida. Si no se da con lo impar, la vida se pierde. Lo mismo que en Góngora, lo mismo que en Gracián. En Machado, hijo de Santa Teresa y de Cervantes, la expresión es un oficio andador, y en definitiva gozoso. En todos, lo español, pero en sus puntas encontradas. La voz del pueblo encuentra eco en J.R.J. contra su mismo desvelo arisco pero, en lo más, se interpone su dramática ansiedad, su afán nunca cumplido de obra desnuda e inasible.
         Esta distinción de entraña fuerza al paralelo y a la preferencia. Ya sabemos que por mucho tiempo se mostrarán, frente a ella, las posturas distintas: los ladeados a la expectación, darán su voto a uno; los inclinados a la impaciencia, lo darán al otro. Pero llegará un día en que la votación será del todo favorable a Antonio Machado, gran ilusionador de la sangre cercana. ¿Es que acaso no lo está diciendo la misma clasificación secular que Juan Ramón nos entrega? El fallo del tiempo cae, no hay dudas, del lado de los impulsivos, porque de ellos nace una corriente de aguas profundas y calientes que a todos nos llega, alimenta y conforta. El nombre -¡qué nombre!- de Cervantes, situado con máximos derechos en la lista humanada, es el argumento concluyente, incontestable. Habrá que hablar aquí de nuevo (¡qué remedio!) de la leche de la bondad humana; es decir, de la resonancia generosa, confluente en que toda criatura toca un poco de sí misma. Claro que no nos llegaría el gusto consanguíneo sino lo asistiese la superior maestría; pero es que ella se alcanza por virtud de la disposición del creador que pone los ojos singulares en la circundante ansiedad.
-3-
         No conocimos bastante a J.R.J. Algunas conversaciones, algunas carta y una consideración honrosa y fiel. Tal relación bastaba para ver al hombre consustanciado con el poeta. Su presencia física –sus ojos, sobre todo-, daban la singularidad ansiosa y el desarraigo trágico. Nos tocó conocer a los dos líricos primordiales sobre el mismo telón de fondo: sobre la dura guerra de liberación de su pueblo. La circunstancia histórica entregaba, como ningún otro hecho, el ser de los dos escritores. Porque a veces necesita el hombre que una realidad decisoria lo dibuje del todo. Españoles radicales, el desgarramiento del regazo maternal los conmovía dramáticamente, pero con drama distinto.
         A Antonio Machado lo conocí en charlas muy llanas y libres en su casita de Rocafort, cerca de la Valencia sitiada y maltrecha. A J.R.J., en el exilio digno, en sus días habaneros. Vivía el poeta peregrino la lucha de su tierra; la vivía en carne viva, en el desasosiego creciente, en el soterrado tormento. Pero no hay mucha literatura en decir que J.R.J. le dolía el dolor de España, que el propio dolor se le volvía conflicto y amargura, como a Quevedo. Entre el amor al pueblo en armas –hondo y legítimo-, y su adhesión militante, se alzaba su desollada singularidad, se interponían los reparos con nombres y apellidos; el recodo ingrato le impedía contemplar la magnitud del panorama; el árbol dañado, la erguidez del bosque. Su fórmula era ésta: -Sí; pero... La de Machado fue siempre: -Sí; a pesar de todos... Dos hombres, dos ademanes, dos literaturas. A quien les conociera la obra, la distinta postura no podía sorprenderle. Machado fue, durante toda la guerra, un combatiente entusiasmado, entregado, ejemplar: sobre la pelea fabulosa de su pueblo escribió sus mejores páginas. Sólo la identificación activa, a todo riesgo, podía inspirarlas. J.R.J. siempre fiel a su España, no pudo romper su cerco encarnizado.
         Tenemos muy presente la última visita a Antonio Machado. Nos despedimos en el soportal minúsculo de su refugio valenciano. Los aviones alemanes apuntalaban aquella tarde, con su desesperante rumor, al final de la defensa heroica. Sabía el poeta que ya no se podía resistir. Miraba al cielo largamente y después musitaba: -Terrible, pero a la larga inútil... Y allí se estuvo, hasta la hora de una emigración que sabía sin retorno. Fue, hasta el final, fiel a su humanidad y a su poesía. También lo fue J.R.J. pero dentro de su obre espinado y lejano. Amó también a sus gentes, pero minoritario, individualista, estático” (volvamos a sus palabras), no dio nunca con el puente que lo comunicase, que lo hundiese, con el querer inmediato del pueblo. Su obra es una escala que asciende hacia sí mismo; la de Machado una senda hacia el corazón de cada criatura digna de su amor. El vuelo de J.R.J. fue siempre aventura desolada. El de Antonio Machado, viaje en compañía, ilusión serenada. Por eso los ojos de uno y de otros eran tan distintos. Juan Ramón Jiménez miraba desde su altar, la pupila dolorosa, pero imperiosa en su dolor, desvelada en una como soltería dramática. Así debió mirar Góngora. Antonio Machado miraba con una tristeza sonreída, con la pupila temblorosa de pequeñas luces benévolas, buscando el árbol en que prender su esperanza. Así debió mirar aquel “temprano amigo del hombre” que fue Miguel de Cervantes.

La Habana, 1958.









(Papel Literario de El Nacional, 5-7-58, pp. 1 y 6).

                  


Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA


PREMIO NOBEL
SAINT JOHN PERSE
COMPITE CON
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ 
P.P.

C

ompetidor con el gran poeta Juan Ramón Jiménez, español universal, es el francés Saint John Perse, que oculta bajo seudónimo su verdadero nombre: Alex Leger.


Desde luego, tenemos, como nuestros lectores, predilecciones y simpatías. Y así también nosotros aspiramos a que Juan Ramón Jiménez, el poeta y el hombre, reciba el Premio Nobel. Sin embargo no podemos negarle méritos a Saint John Perse...
         Por cierto la obra de Saint John Perse satisface a poetas y escritores de la calidad de Ida Gramcko, J.A. Escalona-Escalona, Guillermo Sucre, Benito Raúl Losada, Adriano González León. Creemos que posiblemente estas personas citadas se encuentran en una disyuntiva: ¿Juan Ramón Jiménez o Saint John Perse?


         Sin embargo, en última instancia, todos estos intelectuales venezolanos si pudiesen votar, se inclinarían por el autor de "Platero y Yo”. Mas, hay que dejar constancia que Saint John Perse para nosotros criollos tiene un interés muy particular: el de haber nacido en el Caribe.
            -Sí, en la isla de Guadalupe- nos decía Adriano González León- Saint John Perse junto con Aimme Cesaire representa ese caso desconcertante de lenguaje y maravilla que las colonias francesas de América ofrecen al mundo de la poesía, enriqueciéndolo con los matices y las fosforescencias que los misterios del trópico ofrecen. Quizás muy pocos poetas como Perse hayan logrado una expresión tan personal y elocuente, tan cargada de fuerza y de delirio cosmogónico. Sin duda, es uno de los más grandes poetas de nuestros tiempos; eso sí, no supera a Juan Ramón Jiménez.
            -¿Su voto entonces?
            -Para Juan Ramón...



(El Nacional, 25-10-56, p. 16).