lunes, 14 de septiembre de 2015

Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

  Carta de España
SOLEDAD Y TERNURA
DEL POETA
                                 
                            Luis Augusto Arcay

E

 L 22 de agosto de 1936, huyendo de los horrores de la guerra española, Juan Ramón Jiménez cruzó el Atlántico y se aposentó en Puerto Rico. Veintidós años después, en la madrugada del 29 de mayo de 1958, en la habitación Nº 11 de la Clínica “Miniya”, un edificio blanco, puesto bajo la advocación de la Virgen del Rocío, se extinguió serenamente su vida. En dos palabras, las últimas que brotaron de sus labios armoniosos, quedó sintetizada su infinita ternura de poeta: “Madre...Moguer”. Madre, la madre de Dios, palabra que inunda de claridad su agonía, junto al de su verdadera madre, doña Pura, y la nostalgia, mojada por el llanto de la ausencia de su nativa Moguer, con las campanas de su torres sonándole en el pecho, y los azadones de labranza, y el arbolado, y “la muchacha en camisa que se peina” y la cuadra de “Platero”, el dulce “asnillo plateado de ojos negros azabaches en cuyos cristales se copia la soledad de los campos...”.


         Y en aquella madrugada de soledad y paz, aromada por las voces en oración del piadoso párroco Cabrera, de los médicos Hoyo y Batle, del rector de la universidad y de su sobrino Francisco ¿qué dulcísimas visiones en su fatiga última, en su última congoja ante la muerte? ¿Acaso, como una palpitación de despedida –aroma de flor, de camino, de niños, de sol, humedecidos en la fragancia de las rosas y en la hoja verde y oro de la primavera-, aquel paisaje donde se divisa el río y la Rábida y la sierra de Huelva y el cielo, amparado de azul de su Moguer...? ¿La alegría de los viñedos sumergidos en la blanca paz del pueblo en los días de su infancia? ¿Acaso el padre castellano, de ojos claros y de muchos señoríos, gozoso de su alto olivar, de sus jacas y sus tierras, y aquella casita de Arreburra, donde el niño poeta veía, trepado a un árbol, las tapias de Huelva y las cabezas del Conquero?
         Días de la infancia iluminada de recónditas promesas. La escuela de don Carlos, el dulce caballero barbado. Y el Colegio de los Jesuitas de Santa María, donde hizo el Bachillerato, entre sueños y olvidos y las disciplinas de las declinaciones, la capilla y el mar. Un paréntesis moguereño y, en Sevilla, el amor de Rosalina que le brinda, en su adolescencia precoz, mieles de ternura. Aparecen los primeros ángeles malva y, entre lo lírico y lo plástico y en Sevilla –él lo dice- se hace pintor, “visitando los estudios coloristas y fandangueros”. Pero pronto queda atrás la pintura y le envuelve la luz frenética de la poesía. Sus versos tienen un sabor romántico “lloran en el Guadalquivir”. Torna a Moguer. Publica en Madrid su poema “Nocturno” y, un poco después, va a la ciudad filipina a pontificar, con Darío y Villaespesa, en la arrolladora lírica del Modernismo.
         Es la primavera de 1900 cuando, un Viernes Santo lluvioso, llega a la Villa. Dentro de aquella exaltación y énfasis poético constante, fue su compañero Villaespesa, en cuya casa leían, cantaban, gritaban Elisa, su mujer; Leonor, la bella y, de vez en cuando, “una muchacha radiante de cabello de oro, irisada de aureola”. Fuentes, bosquecillos de la Moncloa, y andar y desandar calles, plazas, iglesias y recitar, cantar. Así –dice el mismo Juan Ramón-, “cuando el blando gris azul del cielo de Oriente caía sobre la Puerta del Sol, la calle de Alcalá, la Red de San Luis, la madrugada nos endulzaba el cuerpo y el alma y nos llevaba a dormir”.
         Moguer otra vez. La muerte del padre y la estancia en Francia en el sanatorio de Le Bouscat. Retorna a Madrid. Época de los Machado, de Martínez Sierra, de Benavente. La pz del campo. El poeta a sus versos: Elejías Pastorales, Jardines lejanos, Baladas de primavera, canciones llenas de chopos, de amapolas, de violetas, y aquel dulce amigo “pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón...”. Otra vez Madrid, con la vecindad explosiva de Gómez de la Serna. Y el hallazgo glorioso de Zenobia. “¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
         Nueva York, Cádiz, Madrid. Vida ordenada, vida fecunda y armoniosa. Zenobia, diligente, Zenobia, emprendedora y él, laminando gota a gota su poesía que es arroyo, es cristal, es transparencia, hasta que, en plena orgía roja salen Zenobia y el poeta camino de París. De Cherburgo a los Estados Unidos. Atrás queda España, con sus muertos y sus lágrimas. Puerto Rico. La odisea de la América del Sur y el retorno antillano.


         El 25 de noviembre de 1956, el Premio Nobel, el milagro poético y la gloria, recibidos cuando sollozaba al lado de su Zenobia agonizante. El rector de la universidad, Jaime Benítez, encargado de entregarle el mensaje, escribió: “Nos abrazamos. Zenobia hizo un esfuerzo y lo comprendió. Sus ojos brillaron un momento y comenzó a llorar”. Cuatro años días después se cerraron para siempre. Desde aquel día el poeta comenzó a morirse hasta que, a poco más de un años, en plena primavera, fue a acompañar a su tierna ausente. ¿No se apoyaba su tristeza en la alegría de Zenobia? Y ya no le era posible, ni siquiera, la tristeza.
         Los restos del poeta y de su esposa volvieron a España. El 4 de junio llegaron a Barajas. Con un pregón de jazmines en flor, Sevilla y Huelva les miraron pasar. Y en Moguer, “con la luz del tiempo dentro” y “Aguedilla y aquella niña que no podía ver con sus ojos negros”, Juan Ramón otra vez en su tierra, donde lo más suyo que le quedaba y para siempre, era la inmortalidad y su “blanco cementerio, lleno de árboles y abejas, de pájaros y flores...”.
Madrid, 1967.







(Índice Literario de El Universal, 13-8-67).

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