lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

A 8 AÑOS DE SU MUERTE
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                                      Claudia Nazoa


E

n la literatura española dos personajes cabalgan por la eternidad: Don Quijote a lomos de su flaco caballo –el personaje de ficción-, Don Juan Ramón Jiménez a lomos de “Platero” borriquillo de acero y algodón, el personaje de la realidad y de la poesía.
         Hace ya ocho años lo escueto del cable trajo la noticia: el 29 de mayo murió Juan Ramón Jiménez. Sobrevivió poco tiempo a su Zenobia, la fina traductora de Tagore que fuera su musa y su amor por espacio de cuarenta y tres años. El Premio Nobel de Literatura –que le llegó en tardío reconocimiento- encontró anciano y cansado, aguardando en la sala de una clínica de San Juan de Puerto Rico, que la muerte llegara de una vez y le arrebatara a su esposa, muerte que se produjo tres días después, sumiendo al poeta en la más profunda pena, y en un aislamiento que abandonó sólo para reunirse con ella en una sencilla tumba.
EL POETA Y SU OBRA
         Vida prácticamente sin biografía, dedicada en su totalidad, durante sesenta años a cultivar en silencio su amor por la belleza. Vía luminosa recogida en la intimidad de artista, Juan Ramón Jiménez revela en sus primeros libros la influencia del Modernismo y especialmente de su máxima figura, el gran poeta nicaragüense Rubén Darío. Pero el espíritu de Juan Ramón, su toque vaporoso ligero, la desnudez esencial para expresar la belleza, lo distinguen del lujo formal que caracteriza a esta escuela.
         Juan Ramón, discípulo de Darío, se convierte a su vez en maestro e influye poderosamente en los llamados poetas de vanguardia. “De su obra están ausentes las ideas y las realidades exteriores y es toda, como la de los místicos, expresión en palabras de puras e inefables realidades interiores”, ha dicho con justicia Federico de Onís.
         A través de más de sesenta años dedicados íntegramente a la poesía, produjo arte sutil y musical, en un anhelo de sencillez y espontaneidad a la que alude en la carta-prólogo a su “Segunda Antología Poética (1898-1918) publicada en 1922: “La perfección en arte- dice, es la espontaneidad, la sencillez del espíritu cultivado”.
         Sus libros más característicos son: “Almas de Violeta” (1900); “Ninfeas” (1902); “Rimas” (1902); “Arias Tristes” (1903); “Jardines Lejanos” (1904); “Elegías Puras” (1908); “Elegías Intermedias” (1909); “Olvidanzas” (1909); “Elegías Lamentables” (1910); “Baladas de Primavera” (1910); “La Soledad Sonora” (1911); “Pastorales” (1911); “Melancolía” (1912); “Laberinto” (1913); “Sonetos Espirituales” (1917); “Diario de un Poeta Recién Casado” (1917); “Eternidades” (1918); “Piedra y Cielo” (1919); “Belleza” (1923); “Poesía” (1923); “Unidad” (1925); “Sucesión” (1932). En prosa escribió Platero y yo, en 1914, la más famosa de sus obras. Y en el género de la crítica “Españoles de Tres Mundos”.
         Dirigió las revistas “Sí”, “Índice” y “Ley” y escribió un diario poético en 1927.
         Lo mejor de su obra poética está recogido en una Antología realizada por el propio poetas: “Poesías Escogidas de Juan Ramón Jiménez” (1922).
PLATERO PLATERILLO
        En Andalucía, todos los borriquillos se llaman Platero, en honor del compañero manso y dulce que llevó a cuestas la humanidad transida del poeta “por aquellos caminos de nopales, madreselvas y malvas”. Más que un libro para niños Platero es, en la literatura universal el canto a la ternura primaria, la comunión de un hombre con alma de fuente y de un animal-niño. De ojos “como escarabajos obscuros”.
         Platero... Platerillo... Platerete... que lleva al poeta por los caminos de Andalucía, Platero que muere: “La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo y sus patas rígidas y descoloridas se elevaban al cielo... Por la cuadra en silencio, escondiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una mariposa de tres colores. Platero, el borriquillo gris que hacía exclamar a los gitanos: “tié acero”. Platero, el borriquillo cuya alma “pace en el Paraíso, en un prado de rosas eternas”. El mismo prado de rosas eternas en donde está Juan Ramón, su dueño.
JUAN RAMÓN, EL EXILADO
         Juan Ramón dejó España durante la guerra civil y su tragedia fue el exilio. Perdió a Moguer, a la tierra y al cielo de Andalucía.
         No quiso volver, no pudo. No podía su sensibilidad soportar el desgarramiento de ese crimen absurdo que fue la Guerra Civil Española.
         La Guardia Mora de Franco, la División Cóndor de los alemanes, espantaron a Platero de su tierra florida... y espantaron a su dueño hacia el peregrinaje eterno, siempre con España... Siempre esperó volver a Andalucía a su cielo “azul por sobre todas las cosas”. Su nostalgia le hacía decir del cielo de Nueva York:

“como tu nombre es otro,
                                    cielo, y tu sentimiento
                                    no es mío aún, no eres
                                                                 cielo”.

         Bajo su cielo de Moguer, tan amado, reposa al fin Juan Ramón Jiménez. Junto a los prados donde, hoy y siempre, un borriquillo llamado Platero trota entre las flores.











(Últimas Noticias, 29-5-66).



         

No hay comentarios:

Publicar un comentario