A 8 AÑOS DE SU MUERTE
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Claudia Nazoa
|
E
|
n la literatura española dos personajes
cabalgan por la eternidad: Don Quijote a lomos de su flaco caballo –el
personaje de ficción-, Don Juan Ramón Jiménez a lomos de “Platero” borriquillo
de acero y algodón, el personaje de la realidad y de la poesía.
Hace
ya ocho años lo escueto del cable trajo la noticia: el 29 de mayo murió Juan
Ramón Jiménez. Sobrevivió poco tiempo a su Zenobia, la fina traductora de
Tagore que fuera su musa y su amor por espacio de cuarenta y tres años. El
Premio Nobel de Literatura –que le llegó en tardío reconocimiento- encontró
anciano y cansado, aguardando en la sala de una clínica de San Juan de Puerto
Rico, que la muerte llegara de una vez y le arrebatara a su esposa, muerte que
se produjo tres días después, sumiendo al poeta en la más profunda pena, y en
un aislamiento que abandonó sólo para reunirse con ella en una sencilla tumba.
EL POETA Y SU OBRA
Vida
prácticamente sin biografía, dedicada en su totalidad, durante sesenta años a
cultivar en silencio su amor por la belleza. Vía luminosa recogida en la
intimidad de artista, Juan Ramón Jiménez revela en sus primeros libros la
influencia del Modernismo y especialmente de su máxima figura, el gran poeta
nicaragüense Rubén Darío. Pero el espíritu de Juan Ramón, su toque vaporoso
ligero, la desnudez esencial para expresar la belleza, lo distinguen del lujo
formal que caracteriza a esta escuela.
Juan
Ramón, discípulo de Darío, se convierte a su vez en maestro e influye
poderosamente en los llamados poetas de vanguardia. “De su obra están ausentes
las ideas y las realidades exteriores y es toda, como la de los místicos,
expresión en palabras de puras e inefables realidades interiores”, ha dicho con
justicia Federico de Onís.
A
través de más de sesenta años dedicados íntegramente a la poesía, produjo arte
sutil y musical, en un anhelo de sencillez y espontaneidad a la que alude en la
carta-prólogo a su “Segunda Antología Poética (1898-1918) publicada en 1922:
“La perfección en arte- dice, es la espontaneidad, la sencillez del espíritu
cultivado”.
Sus
libros más característicos son: “Almas de Violeta” (1900); “Ninfeas” (1902);
“Rimas” (1902); “Arias Tristes” (1903); “Jardines Lejanos” (1904); “Elegías
Puras” (1908); “Elegías Intermedias” (1909); “Olvidanzas” (1909); “Elegías
Lamentables” (1910); “Baladas de Primavera” (1910); “La Soledad Sonora ”
(1911); “Pastorales” (1911); “Melancolía” (1912); “Laberinto” (1913); “Sonetos
Espirituales” (1917); “Diario de un Poeta Recién Casado” (1917); “Eternidades”
(1918); “Piedra y Cielo” (1919); “Belleza” (1923); “Poesía” (1923); “Unidad”
(1925); “Sucesión” (1932). En prosa escribió Platero y yo, en 1914, la más
famosa de sus obras. Y en el género de la crítica “Españoles de Tres Mundos”.
Dirigió
las revistas “Sí”, “Índice” y “Ley” y escribió un diario poético en 1927.
Lo
mejor de su obra poética está recogido en una Antología realizada por el propio
poetas: “Poesías Escogidas de Juan Ramón Jiménez” (1922).
PLATERO PLATERILLO
En Andalucía,
todos los borriquillos se llaman Platero, en honor del compañero manso y dulce
que llevó a cuestas la humanidad transida del poeta “por aquellos caminos de
nopales, madreselvas y malvas”. Más que un libro para niños Platero es, en la
literatura universal el canto a la ternura primaria, la comunión de un hombre
con alma de fuente y de un animal-niño. De ojos “como escarabajos obscuros”.
Platero...
Platerillo... Platerete... que lleva al poeta por los caminos de Andalucía,
Platero que muere: “La barriguilla de algodón se le había hinchado como el
mundo y sus patas rígidas y descoloridas se elevaban al cielo... Por la cuadra
en silencio, escondiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la
ventanilla, revolaba una mariposa de tres colores. Platero, el borriquillo gris
que hacía exclamar a los gitanos: “tié acero”. Platero, el borriquillo cuya
alma “pace en el Paraíso, en un prado de rosas eternas”. El mismo prado de
rosas eternas en donde está Juan Ramón, su dueño.
JUAN RAMÓN, EL EXILADO
Juan
Ramón dejó España durante la guerra civil y su tragedia fue el exilio. Perdió a
Moguer, a la tierra y al cielo de Andalucía.
No
quiso volver, no pudo. No podía su sensibilidad soportar el desgarramiento de
ese crimen absurdo que fue la
Guerra Civil Española.
“como
tu nombre es otro,
cielo, y tu
sentimiento
no es mío
aún, no eres
cielo”.
Bajo
su cielo de Moguer, tan amado, reposa al fin Juan Ramón Jiménez. Junto a los
prados donde, hoy y siempre, un borriquillo llamado Platero trota entre las
flores.
(Últimas Noticias, 29-5-66).
No hay comentarios:
Publicar un comentario