lunes, 14 de septiembre de 2015

¡ADIÓS, ZENOBIA! (pequeña elegía)

                                                   Escrito sobre el aire
¡ADIÓS, ZENOBIA!
(pequeña elegía)
                                                    Antonio Aparicio

E

n San Juan de Puerto Rico se le ha ido para siempre a Juan Ramón Jiménez la que durante cuarenta años le había dado, en silencio de amor verdadero, los más altos dones que puede regalar el corazón humano: cariño, compañía, comprensión, fe en el otro, ternura. Como un personaje más de Platero y Yo, como una flor más de los prados andaluces de Platero y Yo, Zenobia dio, en un apasionado instante que duró largos años, todo lo mejor que su ser encerraba: luz, color, alegría. Y después, también como aquellos personajes y aquellas flores –rosas bajo el rocío, claveles bajo el furor meridiano del sol, violetas de la tarde en fuga, jazmines dialogando con estrellas- se fue muriendo poco a poco hasta morir del todo con el mismo gesto con que había vivido: en silencio profundo. Encontré a Platero –se lee al final del libro inmortal- echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fui a él, lo acaricié, hablándole, y quise que se levantara. No pudo Zenobia levantarse, no pudo levantar la voz y apenas se levantó un poco los párpados vencidos cuando tres días antes llegaba hasta su cabecera de moribunda la noticia del gran Premio que el mundo ponía en manos de su compañero. Decía la verdad Juan Ramón: el Premio debieran habérselo dado a ella. Y a ella se lo ha dado mientras subían la cuesta de los años de trabajo, de estrecheces, de soledad incomprendida por los otros. Aquí estaba el reconocimiento de todos. España, madrastra siempre de sus hijos mejores, le había vuelto la espalda, pero la obra de ambos era ya gloria en el corazón de miles de hombres.
        Ya podía cerrar los ojos para siempre aquella que había contribuido a la obra con lo más recatado de ésta. Zenobia había dado a la vida del escritor aquello, imprescindible, que pocas veces el artista encuentra, como una última alegría, ya en la puerta del trance último. ¿No habían soñado, juntos, con algo así: existencia, paz, silencio, soledad tranquila? Como un ángel de la guarda humana Zenobia amuralló la vida de Juan Ramón llenándola pródigamente de silencio hondo, de paz reconfortante, de soledad creadora.
        Ahora se ha ido, cumplida ya su misión, para siempre. Los dos que fuimos uno, en mi han quedado, escribía Juan Ramón hace años, con su escritura de vaticinadora constante que se adelantaba al tiempo.
        ¡Adiós, Zenobia, novia que pasó callada dándolo todo, como una flor puesta por el destino bueno en la mano de un hombre merecedor de esa merced sin precio¡ Algún día, lejano o cercano pero inevitable, llevaremos tu recuerdo hasta aquellos aires de la Andalucía atlántica donde Moguer -¡Cañada de las Brujas!- ¡Pino de la Corona! ¡Corral de San Francisco! –donde Juan Ramón hubiera querido vivir su vejez; donde tú, Zenobia, hubieras querido- para juntar tu tumba a la cima de él, en un abrazo ya para siempre eterno- vivir la muerte que te ha llegado.








(El Nacional, 30-10-56, p. 4).

                        

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