HACE 18 AÑOS MURIÓ EL POETA
ESPAÑOL JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Rodulfo González
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E
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l 29 de mayo de 1958, hace justamente
18 años, murió en la clínica “Miniya” de Puerto Rico el glorioso poeta español
Juan Ramón Jiménez, autor de la elegía andaluza “Platero y yo”, obra de
juventud que el vate moguereño dedicara a “Aguedilla, la pobre loca de la calle
del Sol que me enviaba moras y claveles”.
Aunque autor de cerca de medio centenar de libros y folletos de poesía
en verso y en prosa, sería, sin embargo, con esta obrita poética constante de
140 páginas y considerado como el libro más bello escrito en lengua castellana,
como crecería su fama en todo el universo, porque de este pequeño volumen,
quizás el único que no sufrió los rigores de la depuración a que sometía todos
sus libros, se harían ediciones en diversos idiomas: inglés, holandés, hebreo,
francés, italiano, alemán, etc., amén de ediciones especiales para ciegos y
aquellas publicadas sin autorización del autor.
BIOGRAFÍA
Nació el poeta en la calle la
Ribera , de Moguer, Provincia de Huelva, España, la Nochebuena de 1881,
precisamente en la casa que hoy ocupa el Cuartel de la Guardia Civil. Allí
viviría hasta los seis años, cuando sus padres Víctor Jiménez de Nestares y
María de la Purificación
de Casa Mantecón y López Parejo, se mudaron a una casa situada en la calle
Nueva “Porque los marineros andaban siempre navaja en mano porque los
chiquillos romían todas las noches la farola del zaguán y la campanilla y
porque en la esquina hacía siempre mucho viento”.
Ya para cumplir los nueve años, y aprendidas las primeras letras en
El colegio de don Carlos Girona y Mexía
y don Joaquín de la Oliva
y Lobo, ingresaría al Colegio de los Jesuitas del Puerto de Santa María, Cádiz,
a cursar bachillerato elemental, estancia que el poeta lamentaría después,
porque para esa fecha, como recordaría luego, comenzarían sus días de tristeza
y sus nostalgias. Comienza para entonces una cierta aversión hacia las
disciplinas religiosas. Dejaría el colegio, ya graduado en bachillerato, en
junio de 1896. De esa época el poeta recuerda que odiaba las clases de Historia
Natural, con sus “Vitrinas hediondas de animales embalsamados y su maestra
acatarrada, rasposo y amarillo”, cuyas palabras le parecían “un ojo de cristal,
un alambre de ala, un soporte de rama falsa”, según confiesa en “Platero y yo”,
libro que permite conocer rasgos de la adolescencia y juventud de Juan Ramón
Jiménez.
ZENOBIA UN GRAN AMOR
Zenobia Camprubí Aymar sería el gran amor de Juan Ramón Jiménez. Se
conocerían en 1922 en la
Residencia de Estudiantes de Madrid, donde vivía el poeta,
durante una conferencia que allí se dictaba sobre La Rábida.
-La atracción fue mutua –escribe Graciela Palau de Nemes, autora de uno
de los volúmenes mejor documentados sobre la vida y obra del poeta- el
reconcentrado Juan Ramón encontró bastantes tópicos de conversación y retuvo a
Zenobia por un par de horas, al cabo de los cuales le declaró su amor y, en
contra de los que todos se imaginarían de un poeta, lo hizo en bien prosaica
prosa:
-Ya ve usted lo que me ha pasado a mi ahora; usted decidirá. Se casaron
el 2 de marzo de 1916, en la iglesia de Saint Stephen de Nueva York.
GEORGINA HUBNER: UN AMOR
FICTICIO
Es el año 1904. Tiene el poeta 22 años y una bien ganada fama a raíz del
éxito alcanzado con su libro “Arias Tristes”. Comienza en esa época el romance
epistolar de Juan Ramón Jiménez y Georgina Hubner, dama que existe solamente en
la mente de varios jóvenes peruanos inclinados a las letras y deseosos de tener
los libros, cartas y autógrafos del poeta.
El poeta quiere conocer a su imaginaria novia de 20 años. Cuenta Ramiro
W. Mata, quien se refiere al incidente en su libro “La Generación del 98” , que Juan Ramón Jiménez,
luego de pedirle a Georgina que hiciera un viaje a España, le escribió una
carta: “¿Para qué esperar más? Tomaré el primer barco, el más rápido, el que me
lleve a su lado. No me escriba más. Me lo dirá usted personalmente, sentados
los dos frente al mar, o entre el aroma de su jardín, con pájaros y luna”.
El mismo día que leyeron la carta, los autores de la farsa se
reunieron y decidieron acabar con
Georgina matándola de “tisis galopante”. La noticia fue enviada por cable al
cónsul de Perú en España. Decía la comunicación: “Georgina Hubner ha muerto. Rogámosle
comunicar la noticia a Juan Ramón Jiménez. Nuestro pésame”.
Esta carta trágica le inspiraría uno de sus más bellos poemas, que
comienza:
“El cónsul del Perú me lo dice: Georgina Hubner ha muerto...
¡Has muerto! ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué día?
¿Cuál oro al despedirse de mi vida, un ocaso,
iba a rozar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente, sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?”.
De este triste episodio juvenil diría el poeta después: “Yo tuve una
gran ilusión y escribí un poema que me hizo famoso y que Neruda aprovechó
bastante en sus versos de aquella época y en otros después. Nada me pesa el
engaño, ya lo sabe Georgina Hubner, los que participaron en la farsa y la
exquisita escritora de las epístolas que tengo a su disposición”.
ZENOBIA: EL PREMIO NOBEL
Juan Ramón Jiménez recibiría el Premio Nobel el 26 de octubre de 1956,
tres días antes de la muerte de Zenobia, compañera de toda su vida e
inspiradora de gran parte de su obra. El propio poeta, al conocer la noticia,
reconocería que el alto galardón le correspondía a ella.
A Zenobia, en su lecho de enferma en la Clínica Miniya de
Puerto Rico, le habían llegado informaciones de que por primera vez, en enero
de ese año, la candidatura de su marido había sido propuesta formalmente a la Academia Sueca por
los catedráticos de lengua y literatura extranjeras de la Universidad de
Maryland, donde su obra era conocida y admirada. Por otra parte “Platero y yo”
había sido traducida al sueco y los suecos estaban estudiando la obra de Juan
Ramón. Ello le dio la fuerza suficiente para no morir hasta no conocer el
veredicto del Premio Nobel, pues durante toda su vida había ansiado este
reconocimiento universal para el poeta.
-Un sábado, cuatro días antes del anuncio oficial del Premio Nobel de
Literatura- expresa Graciela Palau de Nemes- Zenobia se puso muy mala, y
estando ya por dejar esta vida, llegó al hospital un periodista sueco a
entrevistar a Juan Ramón, que no se apartaba del lado de su enferma. Zenobia no
murió aquel día. El periodista regresó al siguiente. Entonces ella, atrayendo a
su marido hacia sí, le murmuró unas palabras al oído. Su recuperación fue
milagrosa, y cuatro días después llegó el cable del Secretario de la Academia Sueca ,
Andrés Certeling, comunicando que habían conferido a Juan Ramón el Premio Nobel
de Literatura del año 1956. Zenobia aún vivía para escucharlo emocionada y
retener el cable entre sus manos. Lúcida la mayor parte del tiempo, se enteró
de los mensajes de buena voluntad que les llegaron cuando ya la noticia oficial
corría por el mundo".
(El Sol, Porlamar, 31-5-76, p. 18).
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