lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

El Tranvía de los Domingos
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                Manuel Rodríguez Cárdenas


E

n hora terrible llega el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez. Zenobia Camprubí, la novia del “Diario de un Poeta Recién Casado”, aquélla del 1916 en las murallas de Cádiz,
                   ¡Tan finos como son tus brazos,
                    son más fuertes que el mar!
muere ahora a su lado. El poeta, débil como la hoja madura, pende del tallo, en la oscilante claridad de la luna.
         Cuando le dieron, al alba, la noticia, se levantó llorando del rincón en que velaba. Desnudas paredes del hospital, manecillas del reloj sobre la mesa, pasos apresurados en los pasillos.
         El poeta, distinguido con el más alto galardón que dan los hombres, hizo una declaración escrita. Y dijo lo que tal vez nadie ha dicho hasta ahora en semejante ocasión: “El premio me llena de tristeza”. Jaime Benítez, rector de la Universidad, fue el encargado de comunicarle la nueva. Y pintó después la escena: los rasgos en piedra del poeta, húmedos de lágrimas; la esposa moribunda iluminándose con la última ternura.
         La vida de Juan Ramón Jiménez se ha deslizado toda bajo el signo de la melancolía y de la soledad, que ha sabido volver fecundas. Muchos de quienes le conocieron en sus días de mayor acción, le censuraban el cortante ingenio, la inadaptibilidad, la frase de punzante ironía. Intelectuales o gentes del pueblo. Recuerdo lo que me decía un barbero puertorriqueño de la calle 112 en Nueva York. Y lo que comentaba Luis Beltrán Guerrero de regreso de un viaje a Buenos Aires. Advierto que Guerrero fue conmigo, en los días más luminosos de la juventud, admirador apasionado de Juan Ramón; lectores de madrugar comentándolo... Juan Ramón se apartó de todos, quizás para encontrarse a sí mismo. Y de la coincidencia en la soledad nace su obra. Pura, límpida. Sencilla, espontánea y perfecta, como tal vez le agradaría que la llamasen.
         Me correspondió conocer al gran poeta en San Juan de Puerto Rico. En la Universidad de Río Piedras, donde el poeta enseña literatura oí a los estudiantes, para él y su esposa, las palabras más puras. Me llevaron a ver su biblioteca donada la Universidad. Decían “Juan Ramón y Zenobia” en términos inseparables y compactos, íntimos y cordiales. Esto explica el mensaje del Rector a los estudiantes, cuando les invita a leer de nuevo, bajo la sombra de los tranquilos árboles que pueblan el parque, y con ocasión del premio, los versos ya sabidos del poeta. Y es que Puerto Rico está orgulloso de su serena presencia.
         Sereno hoy y triste como siempre. Muy viejecito, blanca la barba que puntiaguda fue y famosa, caídos los mostachos sobre el acartonado semblante, Juan Ramón Jiménez parece ya fuera de toda realidad, lejos de las preocupaciones inmediatas. La voz es fina, muy opaca, la palabra lenta, el pulso trémulo. A los costados de la frente espaciosa le caen mechones ralos y negros, sobre las cejas negras, en contraste con la barba que allá, abajo, prolonga con el mentón, la aguda línea de la nariz. Habla frecuentemente de su quebrantada salud pero no pierde la norma de tiempo equilibrio que le imponen las buenas maneras. No puedo decir que conocí al comentado Juan Ramón de las ironías y el mal carácter. Por el contrario vi y hablé  a un hombre fin, ausente de la pasión –odio o amor- que el hombre engendra. A su lado, como una sombra, pero cubriéndole como madre, la exquisita Zenobia Camprubí.
         La ocasión en que le encontré por primera vez fue para mí causa de verdadera sorpresa. Yo conocía las ideas estéticas del poeta. Su insistente inclinación a “la minoría”. Me sabía de memoria aquello  de “No creo en un arte popular exquisito –sencillo y espontáneo... No hay arte popular, sino tradición popular del arte”. Lo había leído y meditado muchas veces. Por eso me admiró saber que entraba al Teatro “Tapia” de San Juan, donde se presentaba con gran éxito el “Retablo de Maravillas”, para conocer el folklore y los bailes populares de Venezuela. Su visita, muy extraña porque una reciente gravedad había multiplicado su aislamiento, debía suponer gran esfuerzo por parte del poeta. Tomó asiento en un palco acompañado por Zenobia. A un lado su médico. Yo sentía, junto con todos los venezolanos, el teatro lleno por la fina presencia del poeta. Alguien advirtió que no hiciésemos alusión a su visita porque podría molestarse. Hasta las fotografías que debían perpetuar para nosotros aquella gentileza tan honrosa, las tomamos con sumo cuidado, dadas las sugestiones de algunos amigos. No obstante, cuando fuimos a su palco en el entreacto, parecía complacido. Fue muy agradable y cordial. Se mostró agradecido por nuestras atenciones. Nosotros nos retiramos satisfechos de haber podido registrar aquella inaudita presencia frente a las hermosas tradiciones de nuestro pueblo.
         Hoy, cubierto para siempre por el reconocimiento de los hombres, entrado a la fama universal y asomado a la lengua de todos los países, Juan Ramón Jiménez marcha con sus últimos pasos bajo el aire de la inmortalidad. Hace mucho tiempo que tenía en nuestros corazones americanos y españoles un propicio rincón. Yo le imagino, ahora, inclinado sobre la blanca sábana donde se muere su novia. Por el aire de bromuro y calofrío cruzará como yedra la lejana remembranza:
                                             Se quejaba.
                                      No le preguntes: “¿Qué tienes?”.
                                      Como de luna, alumbraba
                                      la belleza de sus sienes...










(El Nacional, 28-10-56, p. 4).



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