El Tranvía de los Domingos
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Manuel Rodríguez Cárdenas
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E
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n hora terrible llega el Premio Nobel a Juan Ramón
Jiménez. Zenobia Camprubí, la novia del “Diario de un Poeta Recién Casado”,
aquélla del 1916 en las murallas de Cádiz,
¡Tan
finos como son tus brazos,
son más fuertes que el mar!
muere ahora a su lado. El poeta, débil como la hoja
madura, pende del tallo, en la oscilante claridad de la luna.
Cuando le
dieron, al alba, la noticia, se levantó llorando del rincón en que velaba.
Desnudas paredes del hospital, manecillas del reloj sobre la mesa, pasos
apresurados en los pasillos.
El poeta,
distinguido con el más alto galardón que dan los hombres, hizo una declaración
escrita. Y dijo lo que tal vez nadie ha dicho hasta ahora en semejante ocasión:
“El premio me llena de tristeza”. Jaime Benítez, rector de la Universidad , fue el
encargado de comunicarle la nueva. Y pintó después la escena: los rasgos en
piedra del poeta, húmedos de lágrimas; la esposa moribunda iluminándose con la
última ternura.
La vida de
Juan Ramón Jiménez se ha deslizado toda bajo el signo de la melancolía y de la
soledad, que ha sabido volver fecundas. Muchos de quienes le conocieron en sus
días de mayor acción, le censuraban el cortante ingenio, la inadaptibilidad, la
frase de punzante ironía. Intelectuales o gentes del pueblo. Recuerdo lo que me
decía un barbero puertorriqueño de la calle 112 en Nueva York. Y lo que
comentaba Luis Beltrán Guerrero de regreso de un viaje a Buenos Aires. Advierto
que Guerrero fue conmigo, en los días más luminosos de la juventud, admirador
apasionado de Juan Ramón; lectores de madrugar comentándolo... Juan Ramón se
apartó de todos, quizás para encontrarse a sí mismo. Y de la coincidencia en la
soledad nace su obra. Pura, límpida. Sencilla, espontánea y perfecta, como tal
vez le agradaría que la llamasen.
Me
correspondió conocer al gran poeta en San Juan de Puerto Rico. En la Universidad de Río
Piedras, donde el poeta enseña literatura oí a los estudiantes, para él y su
esposa, las palabras más puras. Me llevaron a ver su biblioteca donada la Universidad. Decían
“Juan Ramón y Zenobia” en términos inseparables y compactos, íntimos y
cordiales. Esto explica el mensaje del Rector a los estudiantes, cuando les
invita a leer de nuevo, bajo la sombra de los tranquilos árboles que pueblan el
parque, y con ocasión del premio, los versos ya sabidos del poeta. Y es que
Puerto Rico está orgulloso de su serena presencia.
Sereno hoy y
triste como siempre. Muy viejecito, blanca la barba que puntiaguda fue y
famosa, caídos los mostachos sobre el acartonado semblante, Juan Ramón Jiménez
parece ya fuera de toda realidad, lejos de las preocupaciones inmediatas. La
voz es fina, muy opaca, la palabra lenta, el pulso trémulo. A los costados de
la frente espaciosa le caen mechones ralos y negros, sobre las cejas negras, en
contraste con la barba que allá, abajo, prolonga con el mentón, la aguda línea
de la nariz. Habla frecuentemente de su quebrantada salud pero no pierde la
norma de tiempo equilibrio que le imponen las buenas maneras. No puedo decir
que conocí al comentado Juan Ramón de las ironías y el mal carácter. Por el
contrario vi y hablé a un hombre fin,
ausente de la pasión –odio o amor- que el hombre engendra. A su lado, como una
sombra, pero cubriéndole como madre, la exquisita Zenobia Camprubí.
La ocasión
en que le encontré por primera vez fue para mí causa de verdadera sorpresa. Yo
conocía las ideas estéticas del poeta. Su insistente inclinación a “la minoría”.
Me sabía de memoria aquello de “No creo
en un arte popular exquisito –sencillo y espontáneo... No hay arte popular,
sino tradición popular del arte”. Lo había leído y meditado muchas veces. Por
eso me admiró saber que entraba al Teatro “Tapia” de San Juan, donde se
presentaba con gran éxito el “Retablo de Maravillas”, para conocer el folklore
y los bailes populares de Venezuela. Su visita, muy extraña porque una reciente
gravedad había multiplicado su aislamiento, debía suponer gran esfuerzo por
parte del poeta. Tomó asiento en un palco acompañado por Zenobia. A un lado su
médico. Yo sentía, junto con todos los venezolanos, el teatro lleno por la fina
presencia del poeta. Alguien advirtió que no hiciésemos alusión a su visita
porque podría molestarse. Hasta las fotografías que debían perpetuar para
nosotros aquella gentileza tan honrosa, las tomamos con sumo cuidado, dadas las
sugestiones de algunos amigos. No obstante, cuando fuimos a su palco en el
entreacto, parecía complacido. Fue muy agradable y cordial. Se mostró
agradecido por nuestras atenciones. Nosotros nos retiramos satisfechos de haber
podido registrar aquella inaudita presencia frente a las hermosas tradiciones
de nuestro pueblo.
Hoy,
cubierto para siempre por el reconocimiento de los hombres, entrado a la fama
universal y asomado a la lengua de todos los países, Juan Ramón Jiménez marcha
con sus últimos pasos bajo el aire de la inmortalidad. Hace mucho tiempo que
tenía en nuestros corazones americanos y españoles un propicio rincón. Yo le imagino,
ahora, inclinado sobre la blanca sábana donde se muere su novia. Por el aire de
bromuro y calofrío cruzará como yedra la lejana remembranza:
Se
quejaba.
No le
preguntes: “¿Qué tienes?”.
Como de
luna, alumbraba
la
belleza de sus sienes...
(El Nacional, 28-10-56, p. 4).
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