JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN MOGUER
José Luis Cano
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A
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hora que está muerto Juan Ramón
Jiménez, que su cuerpo yace, junto al de su mujer, Zenobia, en el pequeño
cementerio de Moguer, el blanco pueblecito andaluz donde nació el poeta, cara al
Atlántico, se me viene a la memoria el poema que el gran poeta que acabamos de
perder dedicó a la muerte de Rubén Darío, hace cuarenta y dos años. Y del
poema, estos dos versos:
Todo lo hizofronda bella su lira
Con
esas mismas palabras habría que recordar hoy la poesía de Juan Ramón Jiménez,
que tanta belleza y pureza prestó a las cosas y a las almas. No podemos olvidar
lo que para nosotros... para jóvenes de España y Latinoamérica, el encuentro,
apenas llegados a la adolescencia, con la poesía de Juan Ramón Jiménez, con
Platero y yo, con los Sonetos espirituales, con la Segunda Antología
Poética, que por aquellos años –1927-1928- se podía adquirir, en la modesta
Colección Universal de Espasa Calpe, por la insignificante suma de dos reales.
Un
nutrido grupo de poetas españoles ha acompañado al cadáver de Juan Ramón desde
Madrid –adonde llegó en avión desde San Juan de Puerto Rico hasta el pueblo de
Moguer. A su paso por Sevilla, algunos poetas sevillanos se unieron al fúnebre
cortejo, que alcanzó al fin su destino: la blanca maravilla de Moguer, como
gustaba de decir Juan Ramón. Nunca la olvidaría el poeta en sus veinte años de
destierro americano. Como no la olvidó tampoco en Madrid, adonde llegó Juan Ramón,
adolescente de 19 años, en la primavera de 1900, en busca de la gloria. Rubén
Darío y Francisco Villaespesa, que eran ya amigos suyos por correspondencia, le
habían llamado a Madrid, para “luchar por el modernismo”. Y Juan Ramón recordó
más tarde la emoción que esta llamada le produjo: “Rubén Darío ¡ Mi casa blanca
y verde se llenó toda, tan grande, de extraños espejismos y ecos mágicos. El
patio de mármol, el de las flores, los corrales, las escaleras, la azotea, el
mirador, el largo balcón de quince metros, todo vibraba con el nombre de Rubén
Darío. Era para mí como si el sol grana que yo veía romper cada aurora en mi
caballo galopante, los blancores crudos y mates de los pinos de mi Fuentepiña,
se me hubieran metido en la cabeza”. Pero cuando llegó a Madrid y se encontró
con una ciudad sucia y lluviosa, Juan Ramón reaccionó contra ella, y anheló
volverse, en el ómnibus mismo que le recogió en la estación, a su Moguer natal,
a su Moguer “de mármol, hojas verdes, cal, tejas amarillas con flores, sol rubio
en todo”. Y es que allí, en aquel lejano pueblo andaluz, amaneció Juan Ramón
Jiménez a la poesía. Allí escribió sus primeros poemas, pronto olvidados, de un
primer libro, Nubes, que nunca llegó
a publicar; allí nació Platero, el burrillo de plata de su finca de Fuentepiña,
en las afueras de Moguer, por donde también paseó uno de sus primeros amores
con su prima Blanca Hernández Pinzón.
Sobre
Moguer en Juan Ramón se podría escribir un libro entero, que se nutriría en
parte de los muchos poemas que Juan Ramón dedicó a su pueblo. Algunos de ellos
los escribió al despedirse de Moguer, antes de tomar el barco para Nueva York,
donde iba a casarse con Zenobia. Entonces dedicó el poeta su ciudad un bello
madrigal, que termina con este piropo: ¡Andaluz del cielo! Pero fue sobre todo
en su segunda estancia en América, desterrado voluntario de España con motivo
de la guerra civil, cuando la nostalgia de la blanca maravilla de su pueblo se
le encendió más hincada que nunca. Entonces volvió a soñar mucho con Moguer, y a
sentirla de nuevo en su poesía. Algunos romances que había escrito en 1898 los
revivió en 1950, enviándolos para que se publicaran en revistas españolas de
poesía. He aquí el comienzo y el final de uno de ellos:
Cuando yo era el niñodiós,
era Moguer, este pueblo,
una blanca
maravilla:
la luz con
el tiempo dentro.
...........................................
¡Quién pudiera no
caer,
no, no, no
caer de viejo;
ser de nuevo
el alba pura,
vivir con el
tiempo entero,
morir siendo el niñodiós
en mi
Moguer, este pueblo!
El
destino ha hecho que Juan Ramón muera, no en su blanco pueblo de Moguer, sino
muy lejos de él, en un hospital de San Juan de Puerto Rico, la isla en la que
vivía desde hacía años y en la que estaba enterrada Zenobia. Pero si no murió
en Moguer, su cuerpo yace hoy bajo su luz blanquísima, en el mismo cementerio
que evoca Juan Ramón en este poema de 1916:
Moguer. Madre y hermanos...
el niño limpio y cálido...
¡Qué sol y qué
descanso
de cementerio
blanqueado!
.............................................
¡Aquí estoy bien clavado!
¡Aquí morir es
sano!
¡Este es el
fin ansiado
que huía en el
ocaso!
Moguer.
¡Despertad santo!
Moguer. Madre
y hermanos.
Al
mismo cementerio, donde está ahora enterrado junto con Zenobia, se refiere Juan
Ramón en una interesante carta que dirigió en 1954 a la revista malagueña
de poesía Caracola. De esa carta es este párrafo:
“Lo
único que me queda aquí en Moguer permanentemente es la sepultura de los míos
en un blanco cementerio, que era mi paseo favorito cuando yo vivía en Moguer de
muchacho, y no por romanticismo enfermo, sino, al contrario, por la contagiosa
alegría que flotaba en su limpio recinto, lugar grato de descanso, lleno todo
de árboles y abejas, pájaros y flores. El cementerio de Moguer fue siempre
tónico para mí, pero no me sería posible vivir todavía con mi mujer en un
nicho”.
Ya
están eternamente juntos, Juan Ramón Jiménez y Moguer. Su tumba humilde de
poeta será siempre oreada por la brisa blanca y fresca de aquellos árboles y
pájaros cuya música acarició, en tiempos, su alma adolescente.
Madrid, 1958.
(Papel Literario de El Nacional, 10-7-58, p. 8).
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