lunes, 14 de septiembre de 2015

IMÁGENES Y MOMENTOS DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ



             IMÁGENES Y MOMENTOS DE             JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                         Guillermo de Torre


“¿Cómo era, Dios mío, cómo era...?”


E

ste verso famoso de Juan Ramón Jiménez, que inicia una de sus más bellas poesías, viene ahora a mi memoria, cambiando su destinatario, cuando intento recomponer una visión total del poeta, uniendo imágenes de muy distintos momentos de su vida, captas en lugares y circunstancias históricas que separan años y climas espirituales. La dualidad y aun la multiplicidad de imágenes se aumenta cuando dejando a un lado, hasta cierto punto, la obra, queremos evocar en su realidad viva al hombre, porque si la primera, su poesía –imperecederamente viva, inmune al tránsito mortal- era pura, el hombre era humano, a trechos “demasiado humano”...


         No se trata, empero, de sumar menudas anécdotas ni de contar una vez más el fraude de Georgina Hûbner... La anécdota, el episodio pintoresco, aun por expresivos que parezca, siempre, en última instancia, resultan empequeñecedores, suponen cierto falseamiento de lo esencial. Tampoco de limitarse los rasgos externos, propios de la biografía “oficial”. En este aspecto el libro de Graciela Palau de Nemes cumple su misión, si bien es sensible que la autora no haya podido vitalizar, iluminar por dentro la extraordinaria cantidad de documentos que manejó por falta de experiencia directa sobre los medios y la época literaria que describe. Y es eso lo que resta por hacer: fundir la obra del poeta con su verdadero contorno físico y espiritual, deducido no de los libros o testimonios de la época sino de la realidad cercanamente vivida. A este fin responden las apuntaciones que siguen: testimonio personal –libre, espontáneo, tan lejos de la cortesanía como de la indiscreción irrespetuosa-, contado inevitablemente en primera persona de singular.
         Mi primera imagen de Juan Ramón Jiménez remonta muy atrás. Se confunde con los años de mi adolescencia. Le reveo en una casa madrileña, a la entrada del barrio de Salamanca, cerca de las frondas del Retiro. A Juan Ramón, que nunca iba a los cafés y tertulias, sólo era posible encontrarle allí en su casa, previa cita e invitación. Y aquel muchacho, aprendiz de literato, había tenido la fortuna de que le llegara cierto día una carta de estímulo, arábigamente caligrafiada. Era la respuesta al envío de una hoja-manifiesto tan críptica en su expresión como clara en sus intenciones subversivas, renovadoras. Porque esto sucedía en los años subsiguientes a la primera guerra europea, cuando había una prodigiosa voluntad de cambio y creación en todas las artes y el arte estaba lleno de gérmenes. Juan Ramón Jiménez, por su parte, era uno de los pocos, entre los mayores, dentro del panorama literario español, que sentían análoga voluntad de transformación. Disconforme con los modernistas de su generación, buscaba la aproximación de los más jóvenes.
         Y de allí, en aquel departamento, donde todo se volvía silencioso, con muebles de estilo, abigarramiento de libros y rincones en penumbra, estaba yo aquella tarde, conversando con el autor del “Diario de un poeta recién casado”. Su atmósfera y su persona coincidían con cierta frase o consejo de su carta: “Orden en lo exterior, inquietud en el espíritu”. Acentuaban lo primero su presencia grave, su barba entonces negrísima, la voz profunda que en los agudos se hacía algo desgarrada como un quejido de guitarra. Le dije mi proyecto de una revista inminente (“Reflector”), que preparaba con un amigo todavía más joven que yo, el malogrado José de Ciria y Escalante. Me dio su completa adhesión, reiterada pocos días después con el envío de unos poemas inéditos y una carta que también insertamos en el primer –y único- número de aquella revista. “Entre ustedes –me decía- me siento más a gusto que entre mis compañeros de generación secos, pesados, alicaídos”. Actitud que poco después cristalizaría en uno de los aforismos de su “Ética Estética”: “Alentar a los jóvenes, exigir, castigar a los maduros, tolerar a los viejos”.
         Recuerdo también que en cierto momento, como respondiendo a una muda interrogación de mi mirada, detenida en un alto de cajas de cartón, apiladas sobre el suelo, que alcanzaban casi la talla de una persona, Juan Ramón me explicaba: “Todo esto son originales, son los manuscritos de mis libros inéditos y en los que trabajo diariamente”. Asombro. ¿Luego este hombre, que parece no ignorar nada del mundo exterior, es un enclaustrado vivo? Se aísla, huye del mundo (años después llegaría a forrar su cuarto con corcho aislador), se aplica a su Obra –que él escribe así, con mayúscula, convirtiéndola en un absoluto, como Mallarmé -, con una asiduidad de forzado y un recogimiento de monje. Precisamente entonces encuentra en Goethe –a través de Ortega y Gasset- su divisa: “Como la estrella, sin precipitación y sin tregua”.

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         “Cultivamos ante todo la

         voluntad de rechazar”.
                  J.R.J.
         Un enclaustrado. Y sin embargo... He aquí la contradicción, que en otras visitas posteriores pude ir advirtiendo con mayor claridad, y que me indujo a marcar ciertas distancias, sin querer plegarme a sus caprichos y sus fobias. Porque la realidad es que este gran poeta, tan superior, tan aislado y remoto de toda contingencia, comprende su hipersensibilidad en causas y episodios mínimos del mundillo literario en torno. Su ideal de pureza se trueca así por momentos en una caricatura de puritanismo. Fiscaliza, juzga, sentencia, con aire inapelable, hechos o gentes que merezcan o no la pena, en nada fundamental le afectan. Hay en él dulzura y dureza extrañamente conjugadas. Todo ello, por supuesto –importa no olvidarlo-, sin perder nunca su señoría, su aristocracia no precisamente de “intemperie” –como escribirá años después- sino muy resguardada; su cortesía de gran señor andaluz antiguo. Pero la amistad con él –también hay que decirlo- no es cómoda. Yo prefiero para no quebrarla, en los años que siguen, hasta nuestra salida de Madrid con la guerra, mantenerla casi siempre por correspondencia. Eso me ha dispensado de ser víctima del encono violento que dispensó al círculo de poetas (Salinas, Guillén, en primer término), durante ciertos años muy ligados a él y a sus revistas “Índice”, “Sí”, “Ley”... Título este último revelador como ninguna otra palabra del espíritu normativo y punitivo que Juan Ramón Jiménez quisiera imponer en el mundo de las letras. Y como quiera que éste, por definición, ha sido siempre una República ingobernable...

...ooo...
         Saltemos otras etapas. Llegamos al momento humano más feliz, radiante y jubiloso de Juan Ramón Jiménez: su permanencia en Buenos Aires durante el invierno y primavera de 1948. Es exactamente el 4 de agosto. Una mañana fría, un sol tardío. En la dársena estamos esperando la llegada del vapor, que trae desde Nueva York a Zenobia y Juan Ramón, un grupo de amigos, encabezado por Sara Durán de Ortiz Basualdo, directora de los “Anales de Buenos Aires”, merced a cuya generosa invitación se realiza el viaje. Ya al desembarcar, y luego mientras le acompañamos en automóvil al hotel, observo maravillado al nuevo, al “mejor” (para decirlo con una expresión de reminiscencia ánglica que él emplea mucho para los demás) Juan Ramón que ahora nos llega. Abierto, luminoso, benévolo, sin sombra de maledicencias ni desdenes. Al divisar una pared donde su nombre, en un cartel anunciador de las conferencias, resalta con grandes letras, observo en él un gesto de risueño disgusto: “¡Qué exageración! ¡Ni que yo fuera un torero¡”.
         Su temple bienhumarado crece en los días siguientes. Culmina al comprobar el positivo interés con que un público cuantioso sigue sus conferencias en el Teatro Politeama; son cinco bajo el nombre común de “Poesía y vida” y tituladas: “Límites del progreso”, “La razón heroica”, “Aristocracia de intemperie”, “Poesía abierta y cerrada” y “El trabajo gustoso”.
         Sin embargo, por encima de esta acogida ¿cuál es la razón fundamental de su complacencia, de su penetración simpática con el medio argentino? Muy sencilla: el gusto de oír hablar español, de sentirse envuelto en la atmósfera idiomática propia. En efecto, la tortura de su exilio –políticamente voluntario, moral,  ideológicamente forzoso- reside para él en vivir inmerso dentro de un ámbito lingüístico que no es el suyo.  Le ha sucedido en Washington, en Riverdale, en la Florida. En contraste, sus temporadas gozosas en La Habana y Puerto Rico. Y ello no por menosprecio o ignorancia del otro idioma, del inglés –que conoce hasta en sus más íntimos secretos, según muestran sus traducciones de Elliot, Yeats, Pound y otros poetas- sino tal vez por cierto temor de perderse o desnaturalizarse, desnudando –que no vistiendo, según aclaraba Unamuno- su pensamiento en una lengua extraña a su sangre. Inclusive la fonética y los giros criollos que le suenan ajenos, como a los castellanos, sino fraternalmente andaluces.
         De ahí que en vez de rehuir las gentes, como hacía en Madrid, diríamos que las busca. Acude a todas partes donde le invitan, recibe a sus espontáneos, prodiga generosidades y estímulos a los poetas jóvenes. Particularmente las poetisas han montado en torno a él una especie de guardia de honor. Ésta se refuerza el día de su despedida. Lo comprueba al llegar al hotel: un grupo en el vestíbulo, dos en el pasillo, otros dos en la puerta de la habitación... Apoteosis.


Ello explica su nostalgia porteña y los deseos que mantuvo largos meses después de regresar para afincarse en algún pueblo de los alrededores de Buenos Aires. Al no realizar este proyecto se libró de previsibles desilusiones: porque eran los años en que la Argentina se hundía en una sombra negra...
        
         “Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando”.
                                                                                J.R.J.
         Último encuentro. Octubre de 1956. Llego a Puerto Rico en el avión de La Habana. En el aeródromo, la primera noticia que me da Jaime Benítez, Rector de la Universidad, es ésta: “Zenobia está muy grave. Agoniza desde hace mes y medio. ¡Pobre Juan Ramón!”. ¡Extraña ironía del destino! –pienso. He aquí que el hombre aparentemente débil, que ha vivido desde la adolescencia acosado por el espectro imaginario de una muerte repentina, se mantiene en pie, mientras ella, la mujer fuerte, que desde hace cuarenta años estaba a su lado, sirviéndole (“con su espíritu, su bondad y su alegría”, según escribió el poeta en la dedicatoria a Zenobia del libro Canción) de sostén y estímulo animoso, cae ahora víctima de un manotazo ciego.
         Pocos días después los sones del alegre cariflón musical, echados a volar desde la Torre del campus universitario, convocan al homenaje que en el aula magna, ante más de un millar de estudiantes, rendimos a Juan Ramón Jiménez. Acaban de concederle el Premio Nobel y es un día de fiesta, no sólo para esta “isla de simpatía” y para esta universidad con donde Juan Ramón está como “poeta residente” desde hace cinco años, sino para todos los países de habla hispánica. Mientras tanto, Zenobia agoniza y hay un invisible, pero cierto, ondear de crespones negros, como presagios de luto, entre la esmeralda vida de los flamboyanes antillanos.
         En estas circunstancias ¿iré a ver a Juan Ramón? Por lo pronto, dedico una mañana a visitar la “Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez”, abierta en la Biblioteca de la Universidad, con cuadros y libros donados por ambos; escucho la voz del poeta recogida, con varias conferencias, en la cinta electromagnética. Pero al final de una tarde, venciendo mi perplejidad, Federico de Onís (“áspero y dulce como un paisaje de piedra y cielo”, según lo llamó el poeta en la dedicatoria de Sonetos Espirituales”) me insta a acompañarle, junto con Harriet de Onís...  Esperamos unos momentos bajo un porche. Llega poco después, tras haber pasado el día con la mujer agonizante. Le encuentro derrumbado, definitivamente envejecido, como una sombra del Juan Ramón que vimos en Buenos Aires, sin voz y sin mirada apenas. Nos estrechamos las manos en silencio. Sé, no obstante, que Zenobia ha alcanzado hoy aún a conocer la fausta noticia y a escuchar estas palabras de su marido: “El Premio Nobel es tuyo; lo has ganado tú...”.
         Mientras regresamos a la Ciudad Universitaria, surcando el crepúsculo, viene a mi recuerdo esta canción de fidelidad, de primacía erótica que Juan Ramón Jiménez compuso muchos años antes:

                                         “Renaceré yo piedra
                                       y aún te amaré mujer a ti.
                                       Renaceré yo viento
                                       y aún te amaré mujer a ti.
                                       Renaceré yo ola
                                       y aún te amare mujer a ti.
                                       Renaceré yo fuego
                                       y aún te amaré mujer a ti.
                                       Renaceré yo hombre
                                       Y aún te amaré mujer a ti”.

                                                 Buenos Aires, 1958.


(Papel Literario de El Nacional, 26-6-58, pp. 1 y 6).




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