IMÁGENES Y MOMENTOS DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Guillermo de Torre
“¿Cómo era, Dios mío, cómo era...?”
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E
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ste verso famoso de Juan Ramón
Jiménez, que inicia una de sus más bellas poesías, viene ahora a mi memoria,
cambiando su destinatario, cuando intento recomponer una visión total del
poeta, uniendo imágenes de muy distintos momentos de su vida, captas en lugares
y circunstancias históricas que separan años y climas espirituales. La dualidad
y aun la multiplicidad de imágenes se aumenta cuando dejando a un lado, hasta
cierto punto, la obra, queremos evocar en su realidad viva al hombre, porque si
la primera, su poesía –imperecederamente viva, inmune al tránsito mortal- era
pura, el hombre era humano, a trechos “demasiado humano”...
No
se trata, empero, de sumar menudas anécdotas ni de contar una vez más el fraude
de Georgina Hûbner... La anécdota, el episodio pintoresco, aun por expresivos
que parezca, siempre, en última instancia, resultan empequeñecedores, suponen
cierto falseamiento de lo esencial. Tampoco de limitarse los rasgos externos,
propios de la biografía “oficial”. En este aspecto el libro de Graciela Palau
de Nemes cumple su misión, si bien es sensible que la autora no haya podido
vitalizar, iluminar por dentro la extraordinaria cantidad de documentos que
manejó por falta de experiencia directa sobre los medios y la época literaria
que describe. Y es eso lo que resta por hacer: fundir la obra del poeta con su
verdadero contorno físico y espiritual, deducido no de los libros o testimonios
de la época sino de la realidad cercanamente vivida. A este fin responden las
apuntaciones que siguen: testimonio personal –libre, espontáneo, tan lejos de
la cortesanía como de la indiscreción irrespetuosa-, contado inevitablemente en
primera persona de singular.
Mi
primera imagen de Juan Ramón Jiménez remonta muy atrás. Se confunde con los
años de mi adolescencia. Le reveo en una casa madrileña, a la entrada del
barrio de Salamanca, cerca de las frondas del Retiro. A Juan Ramón, que nunca
iba a los cafés y tertulias, sólo era posible encontrarle allí en su casa,
previa cita e invitación. Y aquel muchacho, aprendiz de literato, había tenido
la fortuna de que le llegara cierto día una carta de estímulo, arábigamente
caligrafiada. Era la respuesta al envío de una hoja-manifiesto tan críptica en
su expresión como clara en sus intenciones subversivas, renovadoras. Porque
esto sucedía en los años subsiguientes a la primera guerra europea, cuando
había una prodigiosa voluntad de cambio y creación en todas las artes y el arte
estaba lleno de gérmenes. Juan Ramón Jiménez, por su parte, era uno de los
pocos, entre los mayores, dentro del panorama literario español, que sentían
análoga voluntad de transformación. Disconforme con los modernistas de su
generación, buscaba la aproximación de los más jóvenes.
Y
de allí, en aquel departamento, donde todo se volvía silencioso, con muebles de
estilo, abigarramiento de libros y rincones en penumbra, estaba yo aquella
tarde, conversando con el autor del “Diario de un poeta recién casado”. Su
atmósfera y su persona coincidían con cierta frase o consejo de su carta:
“Orden en lo exterior, inquietud en el espíritu”. Acentuaban lo primero su
presencia grave, su barba entonces negrísima, la voz profunda que en los agudos
se hacía algo desgarrada como un quejido de guitarra. Le dije mi proyecto de
una revista inminente (“Reflector”), que preparaba con un amigo todavía más
joven que yo, el malogrado José de Ciria y Escalante. Me dio su completa
adhesión, reiterada pocos días después con el envío de unos poemas inéditos y
una carta que también insertamos en el primer –y único- número de aquella
revista. “Entre ustedes –me decía- me siento más a gusto que entre mis
compañeros de generación secos, pesados, alicaídos”. Actitud que poco después
cristalizaría en uno de los aforismos de su “Ética Estética”: “Alentar a los
jóvenes, exigir, castigar a los maduros, tolerar a los viejos”.
Recuerdo
también que en cierto momento, como respondiendo a una muda interrogación de mi
mirada, detenida en un alto de cajas de cartón, apiladas sobre el suelo, que
alcanzaban casi la talla de una persona, Juan Ramón me explicaba: “Todo esto
son originales, son los manuscritos de mis libros inéditos y en los que trabajo
diariamente”. Asombro. ¿Luego este hombre, que parece no ignorar nada del mundo
exterior, es un enclaustrado vivo? Se aísla, huye del mundo (años después
llegaría a forrar su cuarto con corcho aislador), se aplica a su Obra –que él
escribe así, con mayúscula, convirtiéndola en un absoluto, como Mallarmé -, con
una asiduidad de forzado y un recogimiento de monje. Precisamente entonces
encuentra en Goethe –a través de Ortega y Gasset- su divisa: “Como la estrella,
sin precipitación y sin tregua”.
---ooo---
“Cultivamos ante todo la
voluntad de rechazar”.
J.R.J.
Un
enclaustrado. Y sin embargo... He aquí la contradicción, que en otras visitas
posteriores pude ir advirtiendo con mayor claridad, y que me indujo a marcar
ciertas distancias, sin querer plegarme a sus caprichos y sus fobias. Porque la
realidad es que este gran poeta, tan superior, tan aislado y remoto de toda
contingencia, comprende su hipersensibilidad en causas y episodios mínimos del
mundillo literario en torno. Su ideal de pureza se trueca así por momentos en
una caricatura de puritanismo. Fiscaliza, juzga, sentencia, con aire
inapelable, hechos o gentes que merezcan o no la pena, en nada fundamental le
afectan. Hay en él dulzura y dureza extrañamente conjugadas. Todo ello, por
supuesto –importa no olvidarlo-, sin perder nunca su señoría, su aristocracia
no precisamente de “intemperie” –como escribirá años después- sino muy
resguardada; su cortesía de gran señor andaluz antiguo. Pero la amistad con él
–también hay que decirlo- no es cómoda. Yo prefiero para no quebrarla, en los
años que siguen, hasta nuestra salida de Madrid con la guerra, mantenerla casi
siempre por correspondencia. Eso me ha dispensado de ser víctima del encono
violento que dispensó al círculo de poetas (Salinas, Guillén, en primer
término), durante ciertos años muy ligados a él y a sus revistas “Índice”,
“Sí”, “Ley”... Título este último revelador como ninguna otra palabra del
espíritu normativo y punitivo que Juan Ramón Jiménez quisiera imponer en el
mundo de las letras. Y como quiera que éste, por definición, ha sido siempre
una República ingobernable...
...ooo...
Saltemos
otras etapas. Llegamos al momento humano más feliz, radiante y jubiloso de Juan
Ramón Jiménez: su permanencia en Buenos Aires durante el invierno y primavera
de 1948. Es exactamente el 4 de agosto. Una mañana fría, un sol tardío. En la
dársena estamos esperando la llegada del vapor, que trae desde Nueva York a
Zenobia y Juan Ramón, un grupo de amigos, encabezado por Sara Durán de Ortiz
Basualdo, directora de los “Anales de Buenos Aires”, merced a cuya generosa
invitación se realiza el viaje. Ya al desembarcar, y luego mientras le
acompañamos en automóvil al hotel, observo maravillado al nuevo, al “mejor”
(para decirlo con una expresión de reminiscencia ánglica que él emplea mucho para
los demás) Juan Ramón que ahora nos llega. Abierto, luminoso, benévolo, sin
sombra de maledicencias ni desdenes. Al divisar una pared donde su nombre, en
un cartel anunciador de las conferencias, resalta con grandes letras, observo
en él un gesto de risueño disgusto: “¡Qué exageración! ¡Ni que yo fuera un
torero¡”.
Su
temple bienhumarado crece en los días siguientes. Culmina al comprobar el
positivo interés con que un público cuantioso sigue sus conferencias en el
Teatro Politeama; son cinco bajo el nombre común de “Poesía y vida” y
tituladas: “Límites del progreso”, “La razón heroica”, “Aristocracia de
intemperie”, “Poesía abierta y cerrada” y “El trabajo gustoso”.
Sin
embargo, por encima de esta acogida ¿cuál es la razón fundamental de su
complacencia, de su penetración simpática con el medio argentino? Muy sencilla:
el gusto de oír hablar español, de sentirse envuelto en la atmósfera idiomática
propia. En efecto, la tortura de su exilio –políticamente voluntario, moral, ideológicamente forzoso- reside para él en
vivir inmerso dentro de un ámbito lingüístico que no es el suyo. Le ha sucedido en Washington, en Riverdale,
en la Florida. En
contraste, sus temporadas gozosas en La Habana y Puerto Rico. Y ello no por menosprecio o
ignorancia del otro idioma, del inglés –que conoce hasta en sus más íntimos
secretos, según muestran sus traducciones de Elliot, Yeats, Pound y otros
poetas- sino tal vez por cierto temor de perderse o desnaturalizarse,
desnudando –que no vistiendo, según aclaraba Unamuno- su pensamiento en una
lengua extraña a su sangre. Inclusive la fonética y los giros criollos que le
suenan ajenos, como a los castellanos, sino fraternalmente andaluces.
De
ahí que en vez de rehuir las gentes, como hacía en Madrid, diríamos que las
busca. Acude a todas partes donde le invitan, recibe a sus espontáneos, prodiga
generosidades y estímulos a los poetas jóvenes. Particularmente las poetisas
han montado en torno a él una especie de guardia de honor. Ésta se refuerza el
día de su despedida. Lo comprueba al llegar al hotel: un grupo en el vestíbulo,
dos en el pasillo, otros dos en la puerta de la habitación... Apoteosis.
Ello
explica su nostalgia porteña y los deseos que mantuvo largos meses después de
regresar para afincarse en algún pueblo de los alrededores de Buenos Aires. Al
no realizar este proyecto se libró de previsibles desilusiones: porque eran los
años en que la Argentina
se hundía en una sombra negra...
“Y yo me iré. Y se quedarán los
pájaros cantando”.
J.R.J.
Último
encuentro. Octubre de 1956. Llego a Puerto Rico en el avión de La Habana. En el
aeródromo, la primera noticia que me da Jaime Benítez, Rector de la Universidad , es ésta:
“Zenobia está muy grave. Agoniza desde hace mes y medio. ¡Pobre Juan Ramón!”.
¡Extraña ironía del destino! –pienso. He aquí que el hombre aparentemente
débil, que ha vivido desde la adolescencia acosado por el espectro imaginario
de una muerte repentina, se mantiene en pie, mientras ella, la mujer fuerte,
que desde hace cuarenta años estaba a su lado, sirviéndole (“con su espíritu,
su bondad y su alegría”, según escribió el poeta en la dedicatoria a Zenobia
del libro Canción) de sostén y
estímulo animoso, cae ahora víctima de un manotazo ciego.
Pocos
días después los sones del alegre cariflón musical, echados a volar desde la Torre del campus
universitario, convocan al homenaje que en el aula magna, ante más de un millar
de estudiantes, rendimos a Juan Ramón Jiménez. Acaban de concederle el Premio
Nobel y es un día de fiesta, no sólo para esta “isla de simpatía” y para esta
universidad con donde Juan Ramón está como “poeta residente” desde hace cinco
años, sino para todos los países de habla hispánica. Mientras tanto, Zenobia
agoniza y hay un invisible, pero cierto, ondear de crespones negros, como
presagios de luto, entre la esmeralda vida de los flamboyanes antillanos.
En
estas circunstancias ¿iré a ver a Juan Ramón? Por lo pronto, dedico una mañana
a visitar la “Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez”, abierta en la Biblioteca de la Universidad , con
cuadros y libros donados por ambos; escucho la voz del poeta recogida, con
varias conferencias, en la cinta electromagnética. Pero al final de una tarde,
venciendo mi perplejidad, Federico de Onís (“áspero y dulce como un paisaje de
piedra y cielo”, según lo llamó el poeta en la dedicatoria de Sonetos Espirituales”) me insta a
acompañarle, junto con Harriet de Onís...
Esperamos unos momentos bajo un porche. Llega poco después, tras haber
pasado el día con la mujer agonizante. Le encuentro derrumbado, definitivamente
envejecido, como una sombra del Juan Ramón que vimos en Buenos Aires, sin voz y
sin mirada apenas. Nos estrechamos las manos en silencio. Sé, no obstante, que
Zenobia ha alcanzado hoy aún a conocer la fausta noticia y a escuchar estas
palabras de su marido: “El Premio Nobel es tuyo; lo has ganado tú...”.
Mientras
regresamos a la
Ciudad Universitaria , surcando el crepúsculo, viene a mi
recuerdo esta canción de fidelidad, de primacía erótica que Juan Ramón Jiménez
compuso muchos años antes:
“Renaceré yo
piedra
y aún te
amaré mujer a ti.
Renaceré
yo viento
y aún te amaré
mujer a ti.
Renaceré
yo ola
y aún te
amare mujer a ti.
Renaceré
yo fuego
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré
yo hombre
Y aún te
amaré mujer a ti”.
Buenos Aires, 1958.
(Papel Literario de El Nacional, 26-6-58, pp. 1 y 6).
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