OLVIDANZAS Y LAS HOJAS VERDES
R.
Díez-Canedo
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I
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NMEDIATAMENTE después de las
maravillosas Elegías Puras, el poeta
Juan Ramón Jiménez ha publicado esta primera parte de una obra que titula Olvidanzas. Quedan aún inéditos otras
tres partes: Las rosas de Setiembre,
que serán como una continuación de los Jardines
dolientes; El libro de los títulos,
y los Versos accidentales, que, según
explica el autor, son versos “para”. Despréndese de todo esto el carácter
adjetivo que Olvidanzas representa en
la totalidad de su obra.
Para
explicar Las Hojas verdes nada mejor
que transcribir las palabras del poeta, que son á manera de un prólogo lírico:
“Yo
hice aquellos ramos de flores?... Escogí las rosas blancas, los jazmines, las
adelfas, las violetas, las celindas. Entonces quedaron las hojas verdes.
“Menos
fragancia, más frescura. Las hojas verdes están despiertas, tienen agua,
brillan, son las primeras que vieron el cielo azul y que oyeron la música de
los nidos. No son para los pechos, ni para las penas, ni para las estancias con
piano. –Quedó, tal vez, entre ellas, una rosa marchita?
“Hojas
verdes, que cantásteis con el viento é hicísteis una sombra! Juventud de las
hojas secas!”.
Sí;
entre las hojas verdes quedaron aún rosas fragantes, como la Serenata triste á la luna de Francia;
delicadísimos capullos, como Pastoral
romántica, y dalias tan opulentas y vistosas, como esta soberbia Marina de ensueño... Y, con remitir á
los lectores á una nota muy reciente sobre las Elegías puras, daría por terminada mi tarea, sino encontrara en el
libro de Jiménez, á más de una verdadera y honda poesía, otras particularidades
que me parecen muy dignas de alguna atención. Refiérense todas á la técnica.
Juan
Ramón Jiménez es, en lo técnico, un poeta que se da cuenta de lo que hace. En
la sencillez de sus romances ó de sus cuartetos octosílabos hay más sabiduría
que en los alejandrinos y endecasílabos de muchos poetas nuestros de los más
señalados. Pero esta sabiduría es toda interior, y es de la que procede por
simplificaciones, no por alardes. Ahora bien; el libro que motiva estas notas
es un libro de alardes. Veamos uno:
O dame fuerza para tener es-
te dolor,
ò deja que me
estrelle, en un traspiés
del
amor.
(Ramo de dolor.)
Y otros, en el mismo orden:
Tú, que entre la noche bruna,
en una torre
amari-
lla, eres como
un punto ¡oh luna!
sobre
una i.
(Otra balada
á la luna.)
Tengo un libro de Francis Jammes
bajo una rosa de la
tar-
de.
El agua llora en mi cristal.
Tarde de invierno, lluvia en paz.
(XV Sin título).
y otros aún, en los que se vale,
para la rima, no de la terminación de una palabra, sino de una sílaba central.
La innovación es peligrosa, y el mismo Jiménez, que conoce el valor técnico de
palabras y sílabas, llega á claudicar en alguna ocasión. Pero si es peligrosa,
no es inadmisible, porque significa, bien empleada, aumento de riqueza; ni es
inusitada, porque desde las simplísimas divisiones de Fray Luis de León hasta
las más complicadas de otros poetas nuestros, casi siempre para lograr un
efecto cómico, se ha venido practicando, aunque no en la medida y alcance que
en Jiménez presenta; y tampoco es exclusiva de nuestra literatura, y á esto
quería yo venir á parar. Uno de los más grandes poetas de estos tiempos
Giovanni Pascoli, hombre versadísimo en literatura de las lenguas madres,
mantenedor en Italia de una tradición clásica, y figura que muchos contraponen
á la de Gabriel D’Annunzio, ha usado, en su idioma, estas divisiones de
palabras; pero las ha presentado de modo distinto. Pascoli nunca divide
tipográficamente las palabras; él cuenta con el oído del lector y escribe toda
entera la palabra que aconsonanta por la mitad, sin importarle que el renglón
resultante no parezca verso; limítase, no más, á dejar en el comienzo del
siguiente un espacio en blanco, que
es el correspondiente á la parte que se ha quedado prendida en el anterior. Por
ejemplo, de uno solo de sus libros, el de los Cauti di Castelvecchio, ha recogido, entre otras muchas, las
siguientes estrofas:
...E si, prese
la nonna, la prese lasciandole
vívere il bimbo. Si tese
quel capo in un brivido blande,
nell’ ultimo si.
(La Nonna. )
Non far piangere piangere
(ancora!) chi tanto soffri!
Il tue pane, prega el tue angelo
che te lo porti...Zvani...
(La Voce. )
Don...Don... E mi dicono. Dormi!
mi cantano, Dormi! Sussurrano,
Dormi! bisbigliano, Dormi!
Lá, voci di tenebra azzurra...
(La Mia Sera )
He
indicado, subrayándolas, aquellas partes de las palabras divididas que riman
con palabras enteras, también subrayadas. Como se ve, en el segundo ejemplo, la
división es doble. Juan R. Jiménez no se
ha atrevido á deshacer el verso y ha optado por la división tipográfica de las
palabras; acaso no confiaba en el oído de los lectores y ha pensado que era
necesaria la vista para una cabal comprensión de su teoría.
Pero
si en esta innovación, que por tal puede tenerse, ya que los ejemplos españoles
son rudimentarios y con las maneras de Pascoli sólo existe cierta analogía,
porque Pascoli no divide más que palabras esdrújulas (véanse los ejemplos), el
otro alarde que vamos á citar es indiscutible y de él sería fácil deducir toda
una teoría, que yo llamo de los semiconsonantes.
Hay
palabras que, siendo en realidad asonantes (por constar en su terminación de
vocales iguales y consonantes distintas), ofrecen otro valor á causa del parentesco
fonético de las consonantes que las forman, ó de cierta aliteración. Son, pues,
más que asonantes, tanto que en una composición aconsonantada, el empleo de
ellas no destruye la armonía. Juan Ramón Jiménez, en una estrofa de Lluvia de otoño, composición de las más
hermosas entre las de Las hojas verdes,
ha escrito:
...El agua lava la hiedra,
rompe el agua verdinegra
el agua
lava la hiedra...
La
palabra verdinegra está, con relación á las otras dos
consonantes, en el caso que hacíamos notar. Y al leer esta composición vino á
mi recuerdo un pareado de Lope de Vega, que presentaba el mismo caso y que me
propuse citar al escribir estas notas. Buscándolo entre las obras de aquel
peregrino ingenio, en quien cada día podemos aprender algo nuevo, di, no sólo
con los versos buscados, sino con otros ejemplos que corroboraron mi opinión,
ahora practicada por Juan Ramón Jiménez. Dice Lope de Vega en el libro II de La
Arcadia :
Ya queman vuestros
árboles
y hará ceniza los helados
mármoles.
y en el canto alternado de la misma novela pastoril,
hacia el final del mismo libro II, estos dos tercetos:
LEVIANO. ¡Cuántos
reinos ahora están estériles
en Asia, Europa, América y en África,
por unos ojos y unas manos
débiles¡
GALAFRON. ¡Quién pudiera contar la historia trágica,
ayudado
de Apolo y de Calíope,
de
aquella de Jasón, hermosa mágica!
nos
ofrecen otros dos ejemplos en apoyo de nuestra tesis (estériles y débiles, África con trágica y mágica). Y no se crea que
sólo en estas palabras esdrújulas la practica Lope, como por casualidad y por
falta de consonantes: en una letrilla de La Dorotea
llega á escribir, como para dejar un ejemplo de esto que muchos llamarán
licencia y que es legítimo recurso revelador de una finura de percepción
musical extraordinaria.
Si todo lo acaba el tiempo,
¿cómo dura mi
tormento?
No es Lope de Vega el único en seguir esta suerte de rima,
que, si buscásemos, á poca costa encontraríamos entre otros poetas del siglo de
oro y en alguno moderno.
Ocasión se nos presentará de volver sobre éstas al parecer
menudencias del oficio, que bien estudiadas pueden ser fecundísimas y
enriquecer fácilmente el campo de la versificación española.
(El Cojo
Ilustrado, 15-4-1909).
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