lunes, 14 de septiembre de 2015

OLVIDANZAS Y LAS HOJAS VERDES

OLVIDANZAS Y LAS HOJAS VERDES

                                    R. Díez-Canedo


I

NMEDIATAMENTE después de las maravillosas Elegías Puras, el poeta Juan Ramón Jiménez ha publicado esta primera parte de una obra que titula Olvidanzas. Quedan aún inéditos otras tres partes: Las rosas de Setiembre, que serán como una continuación de los Jardines dolientes; El libro de los títulos, y los Versos accidentales, que, según explica el autor, son versos “para”. Despréndese de todo esto el carácter adjetivo que Olvidanzas representa en la totalidad de su obra.
         Para explicar Las Hojas verdes nada mejor que transcribir las palabras del poeta, que son á manera de un prólogo lírico:
         “Yo hice aquellos ramos de flores?... Escogí las rosas blancas, los jazmines, las adelfas, las violetas, las celindas. Entonces quedaron las hojas verdes.
         “Menos fragancia, más frescura. Las hojas verdes están despiertas, tienen agua, brillan, son las primeras que vieron el cielo azul y que oyeron la música de los nidos. No son para los pechos, ni para las penas, ni para las estancias con piano. –Quedó, tal vez, entre ellas, una rosa marchita?
         “Hojas verdes, que cantásteis con el viento é hicísteis una sombra! Juventud de las hojas secas!”.
         Sí; entre las hojas verdes quedaron aún rosas fragantes, como la Serenata triste á la luna de Francia; delicadísimos capullos, como Pastoral romántica, y dalias tan opulentas y vistosas, como esta soberbia Marina de ensueño... Y, con remitir á los lectores á una nota muy reciente sobre las Elegías puras, daría por terminada mi tarea, sino encontrara en el libro de Jiménez, á más de una verdadera y honda poesía, otras particularidades que me parecen muy dignas de alguna atención. Refiérense todas á la técnica.
         Juan Ramón Jiménez es, en lo técnico, un poeta que se da cuenta de lo que hace. En la sencillez de sus romances ó de sus cuartetos octosílabos hay más sabiduría que en los alejandrinos y endecasílabos de muchos poetas nuestros de los más señalados. Pero esta sabiduría es toda interior, y es de la que procede por simplificaciones, no por alardes. Ahora bien; el libro que motiva estas notas es un libro de alardes. Veamos uno:

O dame fuerza para tener es-

                                              te dolor,
                                 ò deja que me estrelle, en un traspiés
                                           del amor.
                                
                         (Ramo de dolor.)

         Y otros, en el mismo orden:

Tú, que entre la noche bruna,
                               en una torre amari-
                               lla, eres como un punto ¡oh luna!
                                          sobre una i.
                   
                                   (Otra balada á la luna.)

Tengo un libro de Francis Jammes
                            bajo una rosa de la tar-
                            de. El agua llora en mi cristal.
                            Tarde de invierno, lluvia en paz.

(XV Sin título).

y otros aún, en los que se vale, para la rima, no de la terminación de una palabra, sino de una sílaba central. La innovación es peligrosa, y el mismo Jiménez, que conoce el valor técnico de palabras y sílabas, llega á claudicar en alguna ocasión. Pero si es peligrosa, no es inadmisible, porque significa, bien empleada, aumento de riqueza; ni es inusitada, porque desde las simplísimas divisiones de Fray Luis de León hasta las más complicadas de otros poetas nuestros, casi siempre para lograr un efecto cómico, se ha venido practicando, aunque no en la medida y alcance que en Jiménez presenta; y tampoco es exclusiva de nuestra literatura, y á esto quería yo venir á parar. Uno de los más grandes poetas de estos tiempos Giovanni Pascoli, hombre versadísimo en literatura de las lenguas madres, mantenedor en Italia de una tradición clásica, y figura que muchos contraponen á la de Gabriel D’Annunzio, ha usado, en su idioma, estas divisiones de palabras; pero las ha presentado de modo distinto. Pascoli nunca divide tipográficamente las palabras; él cuenta con el oído del lector y escribe toda entera la palabra que aconsonanta por la mitad, sin importarle que el renglón resultante no parezca verso; limítase, no más, á dejar en el comienzo del siguiente un espacio en blanco, que es el correspondiente á la parte que se ha quedado prendida en el anterior. Por ejemplo, de uno solo de sus libros, el de los Cauti di Castelvecchio, ha recogido, entre otras muchas, las siguientes estrofas:
...E si, prese
la nonna, la prese lasciandole
vívere il bimbo. Si tese
quel capo in un brivido blande,
nell’ ultimo si.

       (La Nonna.)

Non far piangere piangere
(ancora!) chi tanto soffri!
Il tue pane, prega el tue angelo
che te lo porti...Zvani...

           (La Voce.)

Don...Don... E mi dicono. Dormi!
mi cantano, Dormi! Sussurrano,
Dormi! bisbigliano, Dormi!
Lá, voci di tenebra azzurra...

                  (La Mia Sera)

         He indicado, subrayándolas, aquellas partes de las palabras divididas que riman con palabras enteras, también subrayadas. Como se ve, en el segundo ejemplo, la división es doble. Juan R. Jiménez  no se ha atrevido á deshacer el verso y ha optado por la división tipográfica de las palabras; acaso no confiaba en el oído de los lectores y ha pensado que era necesaria la vista para una cabal comprensión de su teoría.
         Pero si en esta innovación, que por tal puede tenerse, ya que los ejemplos españoles son rudimentarios y con las maneras de Pascoli sólo existe cierta analogía, porque Pascoli no divide más que palabras esdrújulas (véanse los ejemplos), el otro alarde que vamos á citar es indiscutible y de él sería fácil deducir toda una teoría, que yo llamo de los semiconsonantes.
         Hay palabras que, siendo en realidad asonantes (por constar en su terminación de vocales iguales y consonantes distintas), ofrecen otro valor á causa del parentesco fonético de las consonantes que las forman, ó de cierta aliteración. Son, pues, más que asonantes, tanto que en una composición aconsonantada, el empleo de ellas no destruye la armonía. Juan Ramón Jiménez, en una estrofa de Lluvia de otoño, composición de las más hermosas entre las de Las hojas verdes, ha escrito:

...El agua lava la hiedra,
  rompe el agua verdinegra
                                     el agua lava la hiedra...

         La palabra verdinegra  está, con relación á las otras dos consonantes, en el caso que hacíamos notar. Y al leer esta composición vino á mi recuerdo un pareado de Lope de Vega, que presentaba el mismo caso y que me propuse citar al escribir estas notas. Buscándolo entre las obras de aquel peregrino ingenio, en quien cada día podemos aprender algo nuevo, di, no sólo con los versos buscados, sino con otros ejemplos que corroboraron mi opinión, ahora practicada por Juan Ramón Jiménez. Dice Lope de Vega en el libro II de La Arcadia:

Ya queman vuestros árboles

                                      y hará ceniza los helados mármoles.

y en el canto alternado de la misma novela pastoril, hacia el final del mismo libro II, estos dos tercetos:

LEVIANO. ¡Cuántos reinos ahora están estériles
              en Asia, Europa, América y en África,
             por unos ojos y unas manos débiles¡

                  GALAFRON. ¡Quién pudiera contar la historia trágica,
                                      ayudado de Apolo y de Calíope,
                                      de aquella de Jasón, hermosa mágica!

nos ofrecen otros dos ejemplos en apoyo de nuestra tesis (estériles y débiles, África con trágica y mágica). Y no se crea que sólo en estas palabras esdrújulas la practica Lope, como por casualidad y por falta de consonantes: en una letrilla de La Dorotea llega á escribir, como para dejar un ejemplo de esto que muchos llamarán licencia y que es legítimo recurso revelador de una finura de percepción musical extraordinaria.

Si todo lo acaba el tiempo,
                                 ¿cómo dura mi tormento?

         No es Lope de Vega el único en seguir esta suerte de rima, que, si buscásemos, á poca costa encontraríamos entre otros poetas del siglo de oro y en alguno moderno.
         Ocasión se nos presentará de volver sobre éstas al parecer menudencias del oficio, que bien estudiadas pueden ser fecundísimas y enriquecer fácilmente el campo de la versificación española.











(El Cojo Ilustrado, 15-4-1909).


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