lunes, 14 de septiembre de 2015

PARA JUAN R. JIMÉNEZ

PARA JUAN R. JIMÉNEZ

                                                                  Manuel Díaz Rodríguez

Apenas te conozco, y sé que eres mi hermano. Desde muy atrás lo presumía: ahora estoy seguro. Lo presumía leyendo tus Almas de violeta; contemplando, grabada en el comienzo de tus Ninfeas, tu enjuta efigie de adolescente doloroso; y sobre todo, recordando aquella carta en que tu alma, deshecha en quejas, me pintaba el infierno de amarguras de cierto medio literario. Cuando escribías esa carta, ya le dabas la espalda á la gran ciudad española en donde padeciste mucho, y caminabas de regreso al mediodía, hacia donde, ebria de sol, se mira en el cristal de la onda mediterránea la blanca maravilla de tu pueblo. Entonces, tal vez creías terminado tu viacrucis. En realidad, apenas tus ilusiones empezaban entonces á deshojarse, pétalo a pétalo; apenas unos pocos de

Los pétalos melancólicos

                                    de la rosa de tu alma

quedaban detrás de ti, caídos en el fango de la gran ciudad enemiga, respondiendo á la inexorable hostilidad ambiente con la nobleza de su aroma.
         Cuando abandonaste por la ciudad tu radioso pueblo mediterráneo, blanco y azul, creías en la omnipotencia de la gloria y en el valor de los aplausos. Te entregaste, de seguro, confiadamente á la embriaguez del primer elogio. Lo creíste de buena ley, hecho con oro ingenuo como el oro de tu espíritu, cuando en verdad es obra de oro vano. De ahí quizás tu primer dolor... Aprendiste á no ver en el más espontáneo homenaje sino vaciedad y frío; á percibir, bajo la más dulce lisonja, un venero de asechanzas; y á mirar en las loas, en apariencia derechamente enderezadas á ti, saetas mortales para el pecho de un tercero. Poco á poco, si bien demasiado á prisa para tu ingenuidad, la más reacia de las lepras comenzó á revelársete bajo la más joyante de las púrpuras. Al salir de tu pueblo, rumbo á la ciudad, esperabas hallar en los hombres el mismo prestigio de belleza con que tu alma de catecúmeno del arte empavesaba las palabras de escritor, poeta y artista. Y otra vez la ilusión huyó de ti con vuelo de paloma... Entre los más altos elegidos de la Belleza, descubriste los hombres más prosaicos. Muy pocos hallaste suficientemente ricos para embellecer por igual su vida y su obra. Los más de ellos invertían toda su belleza interior en la obra de arte, y quedaba exhaustos de belleza. No reservaban para sí propios ni una chispa. Eran, en el mejor de los casos, como odres hueros. Los más jóvenes iban llenos de envidia ó petulancia, en tanto que los más viejos, aquellos que llevaban un manto de púrpura, aquellos á quienes las canas prestaban su armiño más suave, eran como sepulcros por de fuera cándidos y por dentro colmados de tenebrosa inmundicia.
         Al hallazgo de esa verdad, quizás la apretarías contra tu seno, tratándola de sofocar bajo tu capa, como hizo con otra pequeña verdad el gran Zarathustra. Tenla bien bajo tu capa, de modo que sus gritos no se escuchen; que de otra suerte, más de un buen maestro quedaría en una postura lamentable.
         Tus versos eran entonces los de un adolescente que buscaba su vía. Tanteabas. Andabas en persecución de rimas nobles y de un ritmo nuevo. Simpatizabas con los poetas recién venidos que en América lograron reducir y enternecer el indómito verso español, hasta hacerlo dócil cauce de la más fina música. Y esa tu simpatía no se manifestó sin provocar en un mismo punto la antipatía de los dómines patrioteros. Implacable, como el odio del impotente, fue á tu olorosa aldea lejana á herirte en forma de calumnia. Después de romper contra los más excelsos poetas americanos, el forjador de las calumnias te representaba, perdido para las letras, vil pavesa de humanidad abandonada por la vida á la playa más lúgubre, en el patio del manicomio. Dos veces vi editada la calumnia. Esta, según parece, no es criminal: no la rechazan, antes la acogen como un bien del cielo cuando la inventa alguno so color de crítica.
         A los dolores que debiste de padecer como artista en ese tiempo, se sumaron los dolores más graves del hombre. Viste caer á tu padre como un árbol en el surco. También viste quizás caer en el surco á tu novia como una espiga tronchada...
         Y cuando yo te creía perdido sin remedio para el arte, para siempre vencido, hé aquí que te apareces, volviendo del fondo de tu soledad como un fantasma volviendo de la lóbrega playa del manicomio a donde te había arrojado la calumnia, con un libro de rimas en la mano, á castigar con tus Rimas, como con un gajo de almendro en flor, la boca del criticastro irreverente. En el silencio, trabajabas. Trabajabas, como la sangre del hombre y como la sangre del árbol, en un silencio lleno de ritmo. De tus dolores, exprimías vino y miel con que llenar el cáliz de la estrofa.
         Tristes, blancas, tiernas, tus Rimas van, dispuestas en harmoniosa gradación, á condensarse en aquella lágrima que brilla sobre la palabra fin, cerrando el libro como un diamante puro.

El corazón de que os hablo

                                 Es mi amigo, y sabe bien
                                 Que mi vida es una lágrima
                                 Que no acaba de caer.

         De cada estrofa, de cada verso, hasta esa lágrima del fin, surge una tristeza noble, exquisita y suave: natural fragancia de unos versos que son flores. Porque ya en tu último libro no tanteas, ni con sabia paciencia te consumes en trabajo de orfebrería. Como un prado, floreces. Tus versos brotan, sin grandes extremos de cultura, como las margaritas de los campos. Cuando los destinas al vuelo de la saeta, con el rubí de tu sangre les enjoyas las puntas. Cuando nó, les das el molde sutil de una caña vaporosa en donde viertes el áureo manzanilla de tus lágrimas. Pero siempre, ya rebosen en la púrpura de tu sangre ó en el vino rubio de tus lágrimas, llevan ajustada á su frágil cuerpo sonoro la coraza de los lirios. En tu libro, todo, todo es blanco. En él son blancas las flores; jazmines, flores del almendro florecido en medio al último llanto invernal, rosas de nieve; en él son blancas las niñas: las predestinadas á caer, como hojas muertas, al suspiro del otoño, y las que cantas como el epílogo azul del invierno; blancas las vírgenes muertas, y blancas las cruces que en el cementerio clavaron sobre sus tibios despojos; blancos los inconscientes retozos de los niños en el sillón vacío por la muerte de tu padre; y blanca, del blancor de la nieve, la cajita en que llevaron á enterrar á la novia difunta.
         Lo que tú querrías, en tu amor infinito, hacer con el mundo, yo lo he hecho con tu libro candoroso, delicado y candoroso como un manojo de azucenas:

¡Ah, si el mundo fuera siempre
                               Una tarde perfumada,

                               Yo lo elevaría al cielo

                                En el cáliz de mi alma!

         Pero, sobre la inverosímil blancura de tu libro pasa la más dulce y melancólica obsesión de la muerte. Como un breve ataúd blanco es tu libro. Apenas, entre la nieve de las flores y la nieve del ataúd, florece discretamente una rosa de sangre:

En la cajita nevada

                                                        Lleváronla al cementerio;
                                        Manaba un hilo de sangre
                                        De la herida de su pecho.

         ¿Has querido enterrar, en esa caja, tu juventud, ó tu ilusión de poeta, ó el amor de tus veinte años? No lo sé. Tan solamente sé que ese ataúd exige tributo de la albas flores. Por eso, apretándolo contra mi pecho lo llevé á donde florecen todavía, en el secreto de mi alma, los jardines de mi adolescencia: lo llevé por un sendero escondido al cerdo y á la hiena de la literatura; y sobre la tapa de tu breve ataúd blanco deshojé todo el candor de mis jardines. Con más puro sacrificio no podía celebrar, éste tu hermano mayor que ya dio un paso más allá de la funesta linde de los treinta, el advenimiento de la blanca y dolorosa primavera de sus veinte años.
         ¿Has querido con las blancuras de tu primavera amortajar tu ilusión, ó tu juventud, ó el amor de tu juventud? ¿O bien has querido entretejer con flores de nieve tu propia mortaja? ¿La dulce y melancólica obsesión de la muerte que pasa por entre las Rimas como un calofrío, será el presentimiento de tu propia muerte próxima? Así me lo dan á entender algunos de tus versos que parecen cantar la canción de la despedida. Así me lo da á entender la dirección de tu tarjeta, con su tremendo laconismo: Sanatorio del Rosario.
         Oh ¡nunca! nunca! ¡ Que el presentimiento cierre su boca despiadada! ¡Que la tisis no plante sus pensiles de violeta en tus párpados de soñador, ni manaba la tersura de tu rostro con sus pálidas lises crueles! ¡Que la albura de tu primavera sea como la albura del azahar: promesa de pomos de oro! ¡ Que sean todas tus flores como las blancas estrellas fragantes del naranjero de tu país, de aquellos naranjeros que, una vez, en tierra sevillana, me dieron la bendición de su perfume! Tu destino es florecer: florece. Alza tu lira, y muéstrala, toda blanca de flor, como un tirso. Y que siga cumpliéndose la palabra con que bendijo tus primeros pasos un gran poeta, maestro y amigo tuyo:
La Belleza te cubra De luz y Dios te guarde.
1902.
(El Cojo Ilustrado, 1-1-1903, pp. 12-13).

 


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