PARA JUAN R. JIMÉNEZ
Manuel Díaz Rodríguez
Apenas
te conozco, y sé que eres mi hermano. Desde muy atrás lo presumía: ahora estoy
seguro. Lo presumía leyendo tus Almas de
violeta; contemplando, grabada en el comienzo de tus Ninfeas, tu enjuta efigie de adolescente doloroso; y sobre todo,
recordando aquella carta en que tu alma, deshecha en quejas, me pintaba el
infierno de amarguras de cierto medio literario. Cuando escribías esa carta, ya
le dabas la espalda á la gran ciudad española en donde padeciste mucho, y
caminabas de regreso al mediodía, hacia donde, ebria de sol, se mira en el
cristal de la onda mediterránea la blanca maravilla de tu pueblo. Entonces, tal
vez creías terminado tu viacrucis. En realidad, apenas tus ilusiones empezaban
entonces á deshojarse, pétalo a pétalo; apenas unos pocos de
Los pétalos melancólicos
de la rosa
de tu alma
quedaban detrás de ti, caídos en el
fango de la gran ciudad enemiga, respondiendo á la inexorable hostilidad
ambiente con la nobleza de su aroma.
Cuando abandonaste por la ciudad tu
radioso pueblo mediterráneo, blanco y azul, creías en la omnipotencia de la
gloria y en el valor de los aplausos. Te entregaste, de seguro, confiadamente á
la embriaguez del primer elogio. Lo creíste de buena ley, hecho con oro ingenuo
como el oro de tu espíritu, cuando en verdad es obra de oro vano. De ahí quizás
tu primer dolor... Aprendiste á no ver en el más espontáneo homenaje sino
vaciedad y frío; á percibir, bajo la más dulce lisonja, un venero de
asechanzas; y á mirar en las loas, en apariencia derechamente enderezadas á ti,
saetas mortales para el pecho de un tercero. Poco á poco, si bien demasiado á
prisa para tu ingenuidad, la más reacia de las lepras comenzó á revelársete
bajo la más joyante de las púrpuras. Al salir de tu pueblo, rumbo á la ciudad,
esperabas hallar en los hombres el mismo prestigio de belleza con que tu alma
de catecúmeno del arte empavesaba las palabras de escritor, poeta y artista. Y
otra vez la ilusión huyó de ti con vuelo de paloma... Entre los más altos
elegidos de la Belleza ,
descubriste los hombres más prosaicos. Muy pocos hallaste suficientemente ricos
para embellecer por igual su vida y su obra. Los más de ellos invertían toda su
belleza interior en la obra de arte, y quedaba exhaustos de belleza. No
reservaban para sí propios ni una chispa. Eran, en el mejor de los casos, como
odres hueros. Los más jóvenes iban llenos de envidia ó petulancia, en tanto que
los más viejos, aquellos que llevaban un manto de púrpura, aquellos á quienes
las canas prestaban su armiño más suave, eran como sepulcros por de fuera
cándidos y por dentro colmados de tenebrosa inmundicia.
Al hallazgo de esa verdad, quizás la
apretarías contra tu seno, tratándola de sofocar bajo tu capa, como hizo con
otra pequeña verdad el gran Zarathustra. Tenla bien bajo tu capa, de modo que
sus gritos no se escuchen; que de otra suerte, más de un buen maestro quedaría
en una postura lamentable.
Tus versos eran entonces los de un
adolescente que buscaba su vía. Tanteabas. Andabas en persecución de rimas
nobles y de un ritmo nuevo. Simpatizabas con los poetas recién venidos que en
América lograron reducir y enternecer el indómito verso español, hasta hacerlo
dócil cauce de la más fina música. Y esa tu simpatía no se manifestó sin
provocar en un mismo punto la antipatía de los dómines patrioteros. Implacable,
como el odio del impotente, fue á tu olorosa aldea lejana á herirte en forma de
calumnia. Después de romper contra los más excelsos poetas americanos, el
forjador de las calumnias te representaba, perdido para las letras, vil pavesa
de humanidad abandonada por la vida á la playa más lúgubre, en el patio del
manicomio. Dos veces vi editada la calumnia. Esta, según parece, no es
criminal: no la rechazan, antes la acogen como un bien del cielo cuando la
inventa alguno so color de crítica.
A los dolores que debiste de padecer
como artista en ese tiempo, se sumaron los dolores más graves del hombre. Viste
caer á tu padre como un árbol en el surco. También viste quizás caer en el
surco á tu novia como una espiga tronchada...
Y cuando yo te creía perdido sin
remedio para el arte, para siempre vencido, hé aquí que te apareces, volviendo
del fondo de tu soledad como un fantasma volviendo de la lóbrega playa del
manicomio a donde te había arrojado la calumnia, con un libro de rimas en la
mano, á castigar con tus Rimas, como
con un gajo de almendro en flor, la boca del criticastro irreverente. En el
silencio, trabajabas. Trabajabas, como la sangre del hombre y como la sangre
del árbol, en un silencio lleno de ritmo. De tus dolores, exprimías vino y miel
con que llenar el cáliz de la estrofa.
Tristes, blancas, tiernas, tus Rimas van, dispuestas en harmoniosa
gradación, á condensarse en aquella lágrima que brilla sobre la palabra fin, cerrando el libro como un diamante
puro.
El corazón de que os hablo
Es mi amigo, y
sabe bien
Que mi vida es
una lágrima
Que no acaba
de caer.
De cada estrofa, de cada verso, hasta
esa lágrima del fin, surge una tristeza noble, exquisita y suave: natural
fragancia de unos versos que son flores. Porque ya en tu último libro no tanteas,
ni con sabia paciencia te consumes en trabajo de orfebrería. Como un prado,
floreces. Tus versos brotan, sin grandes extremos de cultura, como las
margaritas de los campos. Cuando los destinas al vuelo de la saeta, con el rubí
de tu sangre les enjoyas las puntas. Cuando nó, les das el molde sutil de una
caña vaporosa
en donde viertes el áureo manzanilla de tus lágrimas. Pero siempre, ya rebosen
en la púrpura de tu sangre ó en el vino rubio de tus lágrimas, llevan ajustada
á su frágil cuerpo sonoro la coraza de los lirios. En tu libro, todo, todo es
blanco. En él son blancas las flores; jazmines, flores del almendro florecido
en medio al último llanto invernal, rosas de nieve; en él son blancas las
niñas: las predestinadas á caer, como hojas muertas, al suspiro del otoño, y
las que cantas como el epílogo azul del
invierno; blancas las vírgenes muertas, y blancas las cruces que en el
cementerio clavaron sobre sus tibios despojos; blancos los inconscientes
retozos de los niños en el sillón vacío por la muerte de tu padre; y blanca,
del blancor de la nieve, la cajita en que llevaron á enterrar á la novia
difunta.
Lo que
tú querrías, en tu amor infinito, hacer con el mundo, yo lo he hecho con tu
libro candoroso, delicado y candoroso como un manojo de azucenas:
¡Ah, si el mundo fuera
siempre
Una tarde
perfumada,
Yo lo elevaría al cielo
En el cáliz de
mi alma!
Pero, sobre la inverosímil blancura de
tu libro pasa la más dulce y melancólica obsesión de la muerte. Como un breve
ataúd blanco es tu libro. Apenas, entre la nieve de las flores y la nieve del
ataúd, florece discretamente una rosa de sangre:
En la cajita nevada
Lleváronla al cementerio;
Manaba
un hilo de sangre
De la
herida de su pecho.
¿Has querido enterrar, en esa caja, tu juventud, ó tu
ilusión de poeta, ó el amor de tus veinte años? No lo sé. Tan solamente sé que
ese ataúd exige tributo de la albas flores. Por eso, apretándolo contra mi
pecho lo llevé á donde florecen todavía, en el secreto de mi alma, los jardines
de mi adolescencia: lo llevé por un sendero escondido al cerdo y á la hiena de
la literatura; y sobre la tapa de tu breve ataúd blanco deshojé todo el candor
de mis jardines. Con más puro sacrificio no podía celebrar, éste tu hermano
mayor que ya dio un paso más allá de la funesta linde de los treinta, el advenimiento
de la blanca y dolorosa primavera de sus veinte años.
¿Has
querido con las blancuras de tu primavera amortajar tu ilusión, ó tu juventud,
ó el amor de tu juventud? ¿O bien has querido entretejer con flores de nieve tu
propia mortaja? ¿La dulce y melancólica obsesión de la muerte que pasa por
entre las Rimas como un calofrío,
será el presentimiento de tu propia muerte próxima? Así me lo dan á entender
algunos de tus versos que parecen cantar la canción de la despedida. Así me lo
da á entender la dirección de tu tarjeta, con su tremendo laconismo: Sanatorio del Rosario.
Oh
¡nunca! nunca! ¡ Que el presentimiento cierre su boca despiadada! ¡Que la tisis
no plante sus pensiles de violeta en tus párpados de soñador, ni manaba la
tersura de tu rostro con sus pálidas lises crueles! ¡Que la albura de tu
primavera sea como la albura del azahar: promesa de pomos de oro! ¡ Que sean
todas tus flores como las blancas estrellas fragantes del naranjero de tu país,
de aquellos naranjeros que, una vez, en tierra sevillana, me dieron la
bendición de su perfume! Tu destino es florecer: florece. Alza tu lira, y
muéstrala, toda blanca de flor, como un tirso. Y que siga cumpliéndose la
palabra con que bendijo tus primeros pasos un gran poeta, maestro y amigo tuyo:
1902.
(El Cojo Ilustrado, 1-1-1903, pp. 12-13).
No hay comentarios:
Publicar un comentario