lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ “... para darme tristeza”

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
“... para darme tristeza”

A.A.A.

D

 e Sainz de Robles, que parece mandado por la posteridad para reinventar los mitos del pensamiento intelectual de España –y del mundo hispanoparlante- es la afirmación de que Juan Ramón Jiménez es “tan decisivo” –o más- que Rubén Darío para la poesía contemporánea española”. Eso dijo. También reconoció que la escritura poética de este hombre tiene el alma de su Andalucía, la Andalucía la Baja, que es donde ocurre la puesta sobre la tierra de Juan Ramón Jiménez, en 1881.
         Sainz intenta el retrato del poeta de juventud con salud ni tan recia ni tan al borde del acabamiento. Dice que vivió furtivamente es etapa. Allí hay ya un poeta o un místico.
         De que se rebeló contra el Darío, “el cisne de Nicaragua” que le llama Sainz al señor de aquí, y de que prefirió su camino riguroso –vuelto a la cita del crítico- ya es cosa para ponerse de lado de este medio ascético personaje de la pintura sacramental española, de bigote y barba, mirada dolorosa y la calvicie, de aquel retrato tan nostálgico y bellísimo además, de 1916, junto a Zenobia Camprubí, a quien hizo su mujer esos días; ella de sombrero en forma de cacerola y una pluma de ave del paraíso cogida adelante a guisa de estandarte, el traje con brillos de raso y plisados, abundante botoneadura, cuello y muñequeras blancos, y una sonrisa como de compromiso.
         Ponerse a decir que juanramonjimenista a gritos, a toda capacidad de pulmón, pero no-nunca, el de Platero, que ya está bien que se convenga en que resulta un librito insulso, medio pueril y poco convincente como argumento de lectura infantil. Una criatura de esas –y más si es recién parido- enternece tanto que no ha menester de un cuento que a la postre acaba con las lágrimas.
         A Juan Ramón Jiménez, siempre temeroso de la muerte cuando siempre la tuvo tan lejana y poco cortés con él, hasta un tiempo ya de la cercanía de los 80 años, en que él mismo sale al patio de su casa de Puerto Rico a cortarle flores para regalárselas, había que leerlo –y hallarlo- entre las páginas de su obra vastísima –los cuarenta títulos- y entonces se apercibirá una alma hecha de jugos vitales, esencialísima, llena de pasiones de ser vivo.

¡Y cómo huelen las flores
                                   cuando una mujer se ha ido,
                                   cuando todo-alma, jardín,
                                   casa se queda vacío!

         O aquella, que escribió desde Moguer a Madrid, a la madre:

¡Qué bien le viene al corazón
                                 su primer nido!
                                 ¡Con qué alegre ilusión
                                 torna, siempre volando a él;
                                 con qué descuido
                                 se echa en su fresca ramazón,
                                 rodeado de fe, de paz, de olvido!

         O estotro:

Te conocí, porque al mirar la huella

                            de tu pie en el sendero,
                            me dolió el corazón que me pisaste.

         O su sentido de la eternidad:

Sé bien que soy tronco

                                     del árbol de lo eterno.
                                     Sé bien que las estrellas
                                     con mi sangre alimento.
                                     Que son pájaros míos
                                     todos los claros sueños...
                                     Sé bien cuando el hacha
                                     de la muerte me tale,
                                     se vendrá abajo el firmamento.

         Zenobia se le fue el 28 de octubre de 1956, España entre su agonía, Juan Ramón Jiménez sale a alcanzarla el 29 de mayo de 1958...
(El Nacional, 29-5-78, p. C-1).


No hay comentarios:

Publicar un comentario