JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
“...
para darme tristeza”
A.A.A.
D |
e Sainz de Robles, que parece
mandado por la posteridad para reinventar los mitos del pensamiento intelectual
de España –y del mundo hispanoparlante- es la afirmación de que Juan Ramón
Jiménez es “tan decisivo” –o más- que Rubén Darío para la poesía contemporánea
española”. Eso dijo. También reconoció que la escritura poética de este hombre
tiene el alma de su Andalucía, la
Andalucía la Baja, que es donde ocurre la puesta sobre la
tierra de Juan Ramón Jiménez, en 1881.
Sainz
intenta el retrato del poeta de juventud con salud ni tan recia ni tan al borde
del acabamiento. Dice que vivió furtivamente es etapa. Allí hay ya un poeta o
un místico.
De
que se rebeló contra el Darío, “el cisne de Nicaragua” que le llama Sainz al
señor de aquí, y de que prefirió su camino riguroso –vuelto a la cita del
crítico- ya es cosa para ponerse de lado de este medio ascético personaje de la
pintura sacramental española, de bigote y barba, mirada dolorosa y la calvicie,
de aquel retrato tan nostálgico y bellísimo además, de 1916, junto a Zenobia
Camprubí, a quien hizo su mujer esos días; ella de sombrero en forma de
cacerola y una pluma de ave del paraíso cogida adelante a guisa de estandarte,
el traje con brillos de raso y plisados, abundante botoneadura, cuello y
muñequeras blancos, y una sonrisa como de compromiso.
Ponerse
a decir que juanramonjimenista a gritos, a toda capacidad de pulmón, pero
no-nunca, el de Platero, que ya está bien que se convenga en que resulta un
librito insulso, medio pueril y poco convincente como argumento de lectura
infantil. Una criatura de esas –y más si es recién parido- enternece tanto que
no ha menester de un cuento que a la postre acaba con las lágrimas.
A
Juan Ramón Jiménez, siempre temeroso de la muerte cuando siempre la tuvo tan
lejana y poco cortés con él, hasta un tiempo ya de la cercanía de los 80 años,
en que él mismo sale al patio de su casa de Puerto Rico a cortarle flores para
regalárselas, había que leerlo –y hallarlo- entre las páginas de su obra
vastísima –los cuarenta títulos- y entonces se apercibirá una alma hecha de
jugos vitales, esencialísima, llena de pasiones de ser vivo.
¡Y cómo huelen las flores
cuando una
mujer se ha ido,
cuando todo-alma,
jardín,
casa se
queda vacío!
O
aquella, que escribió desde Moguer a Madrid, a la madre:
¡Qué bien le viene al corazón
su primer
nido!
¡Con qué alegre
ilusión
torna, siempre
volando a él;
con qué
descuido
se echa en su
fresca ramazón,
rodeado de fe, de paz, de olvido!
O
estotro:
Te conocí, porque al mirar la huella
de
tu pie en el sendero,
me
dolió el corazón que me pisaste.
O su sentido de la
eternidad:
Sé bien que soy tronco
del árbol de lo eterno.
Sé bien que las estrellas
con mi sangre alimento.
Que son pájaros míos
todos los claros
sueños...
Sé bien cuando el hacha
de la muerte me tale,
se vendrá abajo el firmamento.
Zenobia se le fue el 28
de octubre de 1956, España entre su agonía, Juan Ramón Jiménez sale a
alcanzarla el 29 de mayo de 1958...
(El Nacional, 29-5-78, p. C-1).
No hay comentarios:
Publicar un comentario