lunes, 14 de septiembre de 2015

ASI VIERON A JUAN RAMÓN

ASI VIERON A JUAN RAMÓN
J


uan Ramón Jiménez, que estaba de mal humor, escribió aquel día un artículo cargado de violencia. Todos los poetas de habla española –o casi todos- quedaban mal parados. La mujer del poeta, entre dulce y persuasiva, aconsejaba al patriarca irascible:
            -Tú eres un hombre glorioso, Juan Ramón. El mundo entero te quiere y admira. ¿Por qué te empeñas en seguirte echando enemigos?
            Él, excitado, replicó al instante:
            -Los escritores nunca han escrito para expresar las opiniones de sus esposas.
            Y agregó burlón:
            -Si William Shakespeare lo hubiera hecho, escribiría como Alberto Insúa.
            Alejo Carpentier, que refiere la anécdota, cometió una vez la osadía de contarla ante un grupo de señoras.
            En el grupo hubo una señora que no rió, no. Alejo Carpentier fue informado poco después:
            -¡Buena la has hecho! Esa señora que no se rió es la hermana de Alberto Insúa.
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            Juan Ramón Jiménez y Mariano Picón Salas se encontraron en los caminos cruzados de sus mutuas peregrinaciones. El venezolano recordaba anoche, medio en tertulia, su encuentro con el español: “Antes de conocerle, me había dicho que era un hombre refunfuñón, un poco parecido físicamente y tan sarcástico como nuestro Enrique Tejera”. Mariano Picón Salas recuerda una escena: “En Washington me convidó a comer en su casa con mi hija, que entonces tenía cinco años. Descubrí entonces en Juan Ramón una extraordinaria fantasía y la más benévola ternura para entretener a los muchachos. Era auténticamente el autor de Platero y Yo. Eso no le impidió hablar después, en despiadada forma enigmática, sobre algunos poetas que él llamaba pedagogos”.
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            Rafael Pineda conoció la voz clamante del poeta en el invierno de 1950, confundido con la de la nieve que pastoreaba un rebaño espeso y centelleante en las afueras de Washington, donde Juan Ramón residía. Pastor él mismo –“barba tejida con feraz hilo bíblico, tez amarillenta, ojos absortos ante el misterio”- también daba voces de angustia a la poesía: “Cuídate, oveja, que viene la muerte”.
            -Moriré pronto, moriré pronto- fueron sus palabras textuales.
            Rafael Pineda cuenta cómo Zenobia, la comprensiva y paciente Zenobia “ofrecía refugio en sus brazos al temor de la Nada que asaltaba a su esposo con fúnebre desolación”.
-No hace otra cosa que hablar de esto. Tiene que perdonarlo- le dijo a Rafael Pineda, queriendo darle a comprender que el poeta no estaba para otra cosa que no fuera su hábito de desvivir para vivir.
            Sin embargo, cuando la borrasca se cubrió un poco dentro del poeta, como afuera la nieve, confió a Pineda:
            -Yo no soy un poeta. Nada de lo que he hecho vale la pena.
            La humilde y sabia grandeza de semejante declaración del maestro- recordaba el joven escritor nuestro- le permitió comprender desde entonces por qué su voz es la que apacienta a la poesía castellana entre los riscos, tormentas y amenazas del tiempo. “Es la voz del hombre, que ensaya permanentemente las fuerzas más puras de su espíritu a la luz o la sombra del mundo”.
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            -Es satisfactorio que Juan Ramón haya recibido el Premio Nobel para los poetas en 1956.
Habla ahora la voz sabia de Augusto Pi Suñer.
            Fue uno de los poetas mayores de la Nueva España, cuando todo era entusiasmo, alrededor de 1920.
            Pi Suñer recuerda los tiempos de la Junta para Ampliación de Estudios, presidida por Santiago Ramón y Cajal y regido por José Castillejo. Y los de la Residencia de Estudiantes, en Madrid, con Jiménez Frau, de Director. De aquella Residencia alegre de estudios y de laboratorios. Los tiempos de Institut d’ Estudes Catalans, en Barcelona. De las Fundaciones Pedagógicas y de Investigación creadas por Prat de la Riba.
            La Junta para Ampliación de Estudios y la Residencia de Estudiantes, derivaban de la Institución Libre de Enseñanza, obra de Francisco Giner de los Ríos. Al grupo de los poetas en relación con aquellas instituciones pertenecía Juan Ramón -¡gran poeta!- juntamente con Antonio Machado y Federico García Lorca, bastante más joven. Unamuno les tendía la mano. Cabe al Institut d’ Estudes Catalans Juan Maragall, José Camer y José Pijoán todavía. Pi Suñer, el sabio, se exalta:
            -¡Aquellos fueron tiempos de grandes esperanzas porque lo fueron también de grandes realizaciones!
            Ante la prueba de Juan Ramón Jiménez, divulgada ayer al mundo entero, Pi Suñer levanta su reconocimiento emocionado:
            -Él se distinguió pronto por su alta poesía ultrasensible que le acercaba a Mallarmé, a Rilke, a Paul Valéry. Tipo del poeta que excede el lenguaje. Poeta de su tiempo, y aún de tiempo por venir.
            -¡Fue grande!- resume.
            Y concluye:
            -Es de toda justicia la atribución del Premio Nobel que acaba de hacérsele y debemos de ello congratularnos.



(El Nacional, 26-10-56).

           


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