ASI
VIERON A JUAN RAMÓN
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J
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uan Ramón Jiménez, que estaba de mal humor, escribió aquel día un
artículo cargado de violencia. Todos los poetas de habla española –o casi
todos- quedaban mal parados. La mujer del poeta, entre dulce y persuasiva,
aconsejaba al patriarca irascible:
-Tú eres un hombre
glorioso, Juan Ramón. El mundo entero te quiere y admira. ¿Por qué te empeñas
en seguirte echando enemigos?
Él, excitado, replicó
al instante:
-Los escritores nunca
han escrito para expresar las opiniones de sus esposas.
Y agregó burlón:
-Si William
Shakespeare lo hubiera hecho, escribiría como Alberto Insúa.
Alejo Carpentier, que
refiere la anécdota, cometió una vez la osadía de contarla ante un grupo de
señoras.
En el grupo hubo una
señora que no rió, no. Alejo Carpentier fue informado poco después:
-¡Buena la has hecho!
Esa señora que no se rió es la hermana de Alberto Insúa.
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Juan Ramón Jiménez y
Mariano Picón Salas se encontraron en los caminos cruzados de sus mutuas
peregrinaciones. El venezolano recordaba anoche, medio en tertulia, su
encuentro con el español: “Antes de conocerle, me había dicho que era un hombre
refunfuñón, un poco parecido físicamente y tan sarcástico como nuestro Enrique
Tejera”. Mariano Picón Salas recuerda una escena: “En Washington me convidó a
comer en su casa con mi hija, que entonces tenía cinco años. Descubrí entonces
en Juan Ramón una extraordinaria fantasía y la más benévola ternura para
entretener a los muchachos. Era auténticamente el autor de Platero y Yo. Eso no
le impidió hablar después, en despiadada forma enigmática, sobre algunos poetas
que él llamaba pedagogos”.
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Rafael Pineda conoció
la voz clamante del poeta en el invierno de 1950, confundido con la de la nieve
que pastoreaba un rebaño espeso y centelleante en las afueras de Washington,
donde Juan Ramón residía. Pastor él mismo –“barba tejida con feraz hilo
bíblico, tez amarillenta, ojos absortos ante el misterio”- también daba voces
de angustia a la poesía: “Cuídate, oveja, que viene la muerte”.
-Moriré pronto, moriré
pronto- fueron sus palabras textuales.
Rafael Pineda cuenta
cómo Zenobia, la comprensiva y paciente Zenobia “ofrecía refugio en sus brazos
al temor de la Nada
que asaltaba a su esposo con fúnebre desolación”.
-No hace otra cosa que
hablar de esto. Tiene que perdonarlo- le dijo a Rafael Pineda, queriendo darle
a comprender que el poeta no estaba para otra cosa que no fuera su hábito de
desvivir para vivir.
Sin embargo, cuando la
borrasca se cubrió un poco dentro del poeta, como afuera la nieve, confió a
Pineda:
-Yo no soy un poeta.
Nada de lo que he hecho vale la pena.
La humilde y sabia
grandeza de semejante declaración del maestro- recordaba el joven escritor
nuestro- le permitió comprender desde entonces por qué su voz es la que
apacienta a la poesía castellana entre los riscos, tormentas y amenazas del
tiempo. “Es la voz del hombre, que ensaya permanentemente las fuerzas más puras
de su espíritu a la luz o la sombra del mundo”.
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-Es satisfactorio que
Juan Ramón haya recibido el Premio Nobel para los poetas en 1956.
Habla ahora la voz sabia de
Augusto Pi Suñer.
Fue uno de los poetas
mayores de la Nueva
España , cuando todo era entusiasmo, alrededor de 1920.
Pi Suñer recuerda los
tiempos de la Junta
para Ampliación de Estudios, presidida por Santiago Ramón y Cajal y regido por
José Castillejo. Y los de la
Residencia de Estudiantes, en Madrid, con Jiménez Frau, de
Director. De aquella Residencia alegre de estudios y de laboratorios. Los
tiempos de Institut d’ Estudes Catalans, en Barcelona. De las Fundaciones
Pedagógicas y de Investigación creadas por Prat de la Riba.
-¡Aquellos fueron
tiempos de grandes esperanzas porque lo fueron también de grandes
realizaciones!
Ante la prueba de Juan
Ramón Jiménez, divulgada ayer al mundo entero, Pi Suñer levanta su
reconocimiento emocionado:
-Él se distinguió
pronto por su alta poesía ultrasensible que le acercaba a Mallarmé, a Rilke, a
Paul Valéry. Tipo del poeta que excede el lenguaje. Poeta de su tiempo, y aún
de tiempo por venir.
-¡Fue grande!- resume.
Y concluye:
-Es de toda justicia
la atribución del Premio Nobel que acaba de hacérsele y debemos de ello
congratularnos.
(El Nacional, 26-10-56).
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