EN PUERTO RICO
HACE NUEVE AÑOS MURIÓ
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Rodulfo González
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L
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os cables de la
U.P .I., se encargaron de transmitir, a todos los rincones de
la tierra, la infausta noticia: Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura,
creador del mito moderno de la ternura, el afortunado autor de “Platero y Yo”,
ha muerto a las cuatro de la madrugada de hoy. Era el 29 de mayo de 1958.
Juan
Sabater, su médico de cabecera, nos explica así sus últimos momentos: “El poeta
estaba en un estado de semi-estupor desde el día antes de su muerte. Se
debilitó cada vez más hasta que su corazón se detuvo aparentemente agotado”.
En realidad
el poeta había muerto mucho antes, cuando Zenobia, la compañera de siempre se rendía
a la muerte el 25 de octubre de 1956, tres días después que Juan Ramón recibía
el tardío reconocimiento universal de su obra: el Premio Nobel de Literatura.
EN MOGUER: ALMA DE VINO Y PAN
Los datos
sobre su nacimiento son narrados por el propio poeta: “Nací en Moguer
–Andalucía- la noche de Navidad de 1881. Mi padre era castellano y tenía los ojos
azules; mi madre es andaluza y tiene los ojos negros. La blanca maravilla de mi
pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios.
De estos dulces años recuerdo bien que jugaba muy poco y que era muy amigo de
la soledad; las solemnidades, las visitas, las iglesias, me daban miedo”. Aún
en Juan Ramón adulto encontramos esta aversión hacia todo lo que significara
formalismo. Así, para excusarse ante Paul Valéry por no asistir a los actos en
honor del gran vate francés se realizara en Madrid con motivo de su visita a
España, escríbele: “razones de ética-estética españoles actuales- que no pueden ni deben tener significación
para un poeta de fuera, pasajero para España-, me impiden asistir a sus
conferencias y a los actos organizados en su honor estos días de usted en
Madrid. Nunca asisto “aquí” -alguna vez que lo hice quedé asqueado para
siempre- a conferencias ni comidas y, en general, a ningún acto colectivo”.
JUAN RAMÓN VISTO POR VENEZOLANOS
Mariano Picón Salas fue uno de los
venezolanos que conoció al poeta. Sobre él refiere: “Antes de conocerle, me
había dicho que era un hombre refunfuñón, un poco parecido físicamente y tan sarcástico
como nuestro Enrique Tejera...En Washington me convidó a comer en su casa con
mi hija, que entonces tenía cinco años. Descubrí entonces en Juan Ramón una
extraordinaria fantasía y la más benévola ternura para entretener a los
muchachos...”.
Rafael
Pineda, otro de los venezolanos que conoció a Juan Ramón, refiere que en la
oportunidad de su visita en el invierno de 1950, el poeta le confió: “Yo no soy
un poeta. Nada de lo que he hecho vale la pena”. La humildad de semejante
declaración, conduce al escritor venezolano a señalar: “Es la voz del hombre
que ensaya perennemente las fuerzas más puras de su espíritu a la luz o la
sombra del mundo”.
Habla ahora
la voz de Augusto Pi Suñer: “Fue uno de los poetas mayores de la Nueva España ”.
LA ÚLTIMA VOLUNTAD DE JUAN RAMÓN
“Si yo muero antes de morir
Zenobia, dejó escrito el poeta en su testamento, ruego a Ud. querido doctor que
haga envolver mi cuerpo en una de las sábanas de mi cama. El ataúd sea modesto
y liso, de madera sin forrar ni pintar; el entierro de pobre. No se avise a
nadie, ni se moleste a quien no sea necesario para dicho acto. Amo a Cristo,
pero no quiero nada con la
Iglesia. Que se entierre en lugar cercano al de mi muerte y
que se deje al lado de mi fosa otra, por si mi querida Zenobia quiere, cuando
muera, venir a mi lado. Si no quede vacía para siempre. En la lápida o losa que
debe ser sencilla se pondrá nada más
Juan Ramón
de Zenobia
Se dirá a mi
familia que he muerto recordándolos. También a mis amigos. Lo que posea y lo
que pueda poseer por mis libros, sea todo para Zenobia, de quien fue y será
siempre mi corazón. Gracias a quien se haya tenido que molestar por mi muerte.
Perdono a mis enemigos. Juan Ramón”.
FLORES AMARILLAS PARA SU TUMBA
Hoy, a nueve años de su muerte, su
tumba, en el cementerio de Moguer, blanco, solitario y luminoso, será cubierta
de flores amarillas, de las que tanto gustaban a Juan Ramón. Los niños que
vigilan la sepultura donde reposa el poeta con su fiel Zenobia, se vestirán de
limpio, lavarán sus caritas sucias y se pondrán sus zapatos domingueros para
reposar, sonrientes junto a los turistas y amigos que se darán cita en Moguer,
pueblo que parece haber sido copiado de la Biblia , para rendir culto a Juan Ramón. ¿Acaso
tanto ruido no despertará el sueño del poeta?
(La
República , 29-5-67).
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