lunes, 14 de septiembre de 2015

ESE GESTO DE JUAN RAMÓN

Escrito sobre el aire
ESE GESTO DE JUAN RAMÓN

Antonio Aparicio


S

i de mi baja lira tanto pudiese el son que en un momento... Si una voz, una, tuya, lector, mía, si una sola voz tuviera peso en las decisiones de la Academia de esos graves suecos que tienen sobre sí la pesada carga de equivocaciones sistemáticamente, año tras año, con algunas excepciones, en otorgar el Premio Nobel de Literatura, yo les hubiera pedido el premio para Juan Ramón Jiménez no ya por su obra escrita, no ya por su Piedra y Cielo, su Platero y Yo, sus Eternidades, sus Españoles de Tres Mundos, sus Romances de Coral Gables, sino por ese gesto de infinita hondura y aristocracia de espíritu que le hace decir ahora, a sus setenta y cinco años, retomando toda la frescura de su voz más moceril, esa frase de reconocimiento, de homenaje sencillo, de amor hecho de tiempo y de poemas sin dedicatoria para su Zenobia Camprubí: "En realidad -ha dicho en San Juan de Puerto Rico- el premio debiera ser para Zenobia, mi mujer, que ha sido mi inspiración en la mayor parte de mi labor”.
         Un gesto... ¿Qué es, en último término, lo que queda de los hombres sino un gesto, cuando la distancia, la muerte, el olvido los alejan? El gesto es síntesis del espíritu y sólo un espíritu grande, claro y profundo puede ofrecerlos a nuestra mirada. ¡Aquel desdén supremo de un Sócrates en la hora de la verdad, aquella leve inclinación, respetuosa, caballeresca, de su Spinola recogiendo las llaves de Breda de manos del enemigo derrotado, aquel callar elevado de un Miranda vencido! Comprensión del mundo, compasión de lo humano, sabiduría callada, aristocracia de sentir y de hacer en la que hay no poca dejación de lo menor, trivial, deleznable y pequeño, de las posiciones, restituciones, esplendores... “En realidad –y lo dice Juan Ramón después de habernos dado tantos libros perdurables- en realidad el Premio debiera ser para Zenobia...”.
        
        


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