Escrito sobre el aire
ESE GESTO DE JUAN RAMÓN
Antonio Aparicio
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S
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i de mi baja lira tanto pudiese el son
que en un momento... Si una voz, una, tuya, lector, mía, si una sola voz
tuviera peso en las decisiones de la Academia de esos graves suecos que tienen sobre
sí la pesada carga de equivocaciones sistemáticamente, año tras año, con
algunas excepciones, en otorgar el Premio Nobel de Literatura, yo les hubiera
pedido el premio para Juan Ramón Jiménez no ya por su obra escrita, no ya por
su Piedra y Cielo, su Platero y Yo, sus Eternidades, sus Españoles de Tres
Mundos, sus Romances de Coral Gables, sino por ese gesto de infinita hondura y
aristocracia de espíritu que le hace decir ahora, a sus setenta y cinco años,
retomando toda la frescura de su voz más moceril, esa frase de reconocimiento,
de homenaje sencillo, de amor hecho de tiempo y de poemas sin dedicatoria para
su Zenobia Camprubí: "En realidad -ha dicho en San Juan de Puerto Rico- el
premio debiera ser para Zenobia, mi mujer, que ha sido mi inspiración en la
mayor parte de mi labor”.
Un
gesto... ¿Qué es, en último término, lo que queda de los hombres sino un gesto,
cuando la distancia, la muerte, el olvido los alejan? El gesto es síntesis del
espíritu y sólo un espíritu grande, claro y profundo puede ofrecerlos a nuestra
mirada. ¡Aquel desdén supremo de un Sócrates en la hora de la verdad, aquella
leve inclinación, respetuosa, caballeresca, de su Spinola recogiendo las llaves
de Breda de manos del enemigo derrotado, aquel callar elevado de un Miranda
vencido! Comprensión del mundo, compasión de lo humano, sabiduría callada,
aristocracia de sentir y de hacer en la que hay no poca dejación de lo menor,
trivial, deleznable y pequeño, de las posiciones, restituciones, esplendores...
“En realidad –y lo dice Juan Ramón después de habernos dado tantos libros
perdurables- en realidad el Premio debiera ser para Zenobia...”.
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