lunes, 14 de septiembre de 2015

EL PREMIO NOBEL A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

EL PREMIO NOBEL A
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

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no de esos tardíos reconocimientos a las letras hispánicas –que no disponen del inmenso aparejo publicitario de las inglesas, norteamericanas o francesas- ha sido la concesión del Premio Nobel al gran poeta Juan Ramón Jiménez. Jiménez no es precisamente una gloria del “Times” magazine, que como va la mecanización del mundo se ha trocado en la suma medida de valor de nuestros días. Aún en el siglo XIX los grandes críticos literarios- Sainte Beuve, SAINTSBURY, de Sanctis, Braude, Menéndez y Pelayo- podrían contribuir a la orientación del gusto público. En nuestros días, hasta la gacetilla de un periódico de gran circulación mercantil para inflar o bajar los valores literarios. Que se hayan acordado de un gran poeta que ahora hace vida solitaria en la isla de Puerto Rico y en cuya biografía no ha habido otra aventura que la de su pulcritud y quintaesencia poética honra a los distintos Mecenas del Premio Nobel.
         Casi sesenta años de muy serio trabajo artístico abarca la obra más depurada que extensa, de Juan Ramón Jiménez. Desde 1900 su nombre se asocia a uno de los más afortunados momentos de la poesía española. Epígono del Modernismo pero que llevaba a aquella corriente artística una música más coordinada, más “debusiana -provoca decir- que los brillantes cobres Wagnerianos de “Prosas Profanas” desde sus iniciales “Arias Tristes” a los depuradísimos poemas de la madurez, toda la obra de Jiménez representa un inmenso y alquitarado esfuerzo hacia la autenticidad de la poesía. “No la toques no más, que así es la rosa”, dijo alguna vez. Y la frase significaba cómo un nuevo credo para depurar a la poesía de todo vano ornamento, de palabras o anécdotas superfluas para lograr transfigurar ya en sustantivo, en fenómeno único e irrepetible, el milagro poético. Y en su afán de perfección, Jiménez ha luchado hasta con las rutinas sintácticas y ortográficas. Quitarle peso y elocuencia al verso español para conseguir profundidad e ingravidez, ha sido una parte de su admirable hazaña. Un libro que superando los ya gastados símbolos decorativos de la poesía anterior para introducirse briosamente en la sensibilidad del mundo moderno como su “Diario de un poeta recién casado” (1916), marca fecha y señal memorable en la historia poética del español.
         Como es habitual, el “Premio Nobel” encuentra a Juan Ramón Jiménez anciano, un poco refunfuñón y fatigado en su retiro insular de Puerto Rico. Más de seis décadas de trabajo poético es la cosecha de su vida. En sus versos juveniles ya se despedía lánguidamente de la existencia que le ha permitido vivir tres cuartos de siglo entre las crisis y desgarramientos de nuestra edad. Es uno de los grandes españoles de la “España peregrina”. Ha sido también, humildemente, un poeta de los niños como era de los adultos y acongojados, y su “Platero y Yo” equivale en la literatura infantil española a la más tierna fábula de Hans Cristian Andersen. Es nuestro conmovido “patito feo”.
         A su retiro de Puerto Rico se dirige ahora el corazón de millares y millares de lectores a felicitarle y a agradecer este premio tardío. “El Papel Literario” que ha contado al gran poeta entre sus más ilustres colaboradores se suma con entusiasmo al universal homenaje.




















(Papel Literario de El Nacional, 1-11-56).

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