EL PREMIO NOBEL A
JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ
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no de esos tardíos reconocimientos
a las letras hispánicas –que no disponen del inmenso aparejo publicitario de
las inglesas, norteamericanas o francesas- ha sido la concesión del Premio
Nobel al gran poeta Juan Ramón Jiménez. Jiménez no es precisamente una gloria
del “Times” magazine, que como va la mecanización del mundo se ha trocado en la
suma medida de valor de nuestros días. Aún en el siglo XIX los grandes críticos
literarios- Sainte Beuve, SAINTSBURY, de Sanctis, Braude, Menéndez y Pelayo-
podrían contribuir a la orientación del gusto público. En nuestros días, hasta
la gacetilla de un periódico de gran circulación mercantil para inflar o bajar
los valores literarios. Que se hayan acordado de un gran poeta que ahora hace
vida solitaria en la isla de Puerto Rico y en cuya biografía no ha habido otra
aventura que la de su pulcritud y quintaesencia poética honra a los distintos
Mecenas del Premio Nobel.
Casi
sesenta años de muy serio trabajo artístico abarca la obra más depurada que
extensa, de Juan Ramón Jiménez. Desde 1900 su nombre se asocia a uno de los más
afortunados momentos de la poesía española. Epígono del Modernismo pero que
llevaba a aquella corriente artística una música más coordinada, más “debusiana
-provoca decir- que los brillantes cobres Wagnerianos de “Prosas Profanas”
desde sus iniciales “Arias Tristes” a los depuradísimos poemas de la madurez,
toda la obra de Jiménez representa un inmenso y alquitarado esfuerzo hacia la
autenticidad de la poesía. “No la toques no más, que así es la rosa”, dijo
alguna vez. Y la frase significaba cómo un nuevo credo para depurar a la poesía
de todo vano ornamento, de palabras o anécdotas superfluas para lograr
transfigurar ya en sustantivo, en fenómeno único e irrepetible, el milagro
poético. Y en su afán de perfección, Jiménez ha luchado hasta con las rutinas
sintácticas y ortográficas. Quitarle peso y elocuencia al verso español para
conseguir profundidad e ingravidez, ha sido una parte de su admirable hazaña. Un
libro que superando los ya gastados símbolos decorativos de la poesía anterior
para introducirse briosamente en la sensibilidad del mundo moderno como su
“Diario de un poeta recién casado” (1916), marca fecha y señal memorable en la
historia poética del español.
Como
es habitual, el “Premio Nobel” encuentra a Juan Ramón Jiménez anciano, un poco
refunfuñón y fatigado en su retiro insular de Puerto Rico. Más de seis décadas
de trabajo poético es la cosecha de su vida. En sus versos juveniles ya se
despedía lánguidamente de la existencia que le ha permitido vivir tres cuartos
de siglo entre las crisis y desgarramientos de nuestra edad. Es uno de los
grandes españoles de la “España peregrina”. Ha sido también, humildemente, un
poeta de los niños como era de los adultos y acongojados, y su “Platero y Yo”
equivale en la literatura infantil española a la más tierna fábula de Hans
Cristian Andersen. Es nuestro conmovido “patito feo”.
A
su retiro de Puerto Rico se dirige ahora el corazón de millares y millares de
lectores a felicitarle y a agradecer este premio tardío. “El Papel Literario”
que ha contado al gran poeta entre sus más ilustres colaboradores se suma con
entusiasmo al universal homenaje.
(Papel Literario de El Nacional, 1-11-56).
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