MURIÓ AYER
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
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A
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los setenta y seis años de edad y a los veintidós de
exilio, ha muerto el poeta Juan Ramón Jiménez. Lo que esta muerte supone como
fecha de luto para la literatura de lengua española y para las letras
universales, es más de lo que puede decirse en una síntesis periodística de
condolencia. El glorioso autor de Platero y Yo, ocupaba desde la muerte de
Antonio Machado un cierto rectorado de la poesía hispanoamericana que ambos,
Machado y él, habían heredado el día que desapareció Rubén Darío. Cuando en
1956 se otorga a Juan Ramón Jiménez el Premio Nobel de Literatura, más que una
distinción suponía la confirmación oficial de una celebridad y de un prestigio
de amplitud universal que el poeta había conquistado ya a lo largo de no menos
de cincuenta años de incansable y fervoroso quehacer lírico.
Vida
propiamente sin biografía, ya que la dedicación a la obra descartó todo
episódico y anecdótico, esta existencia a cuyo fin asistimos hoy estuvo
compuesta por veinte años de infancia y de juventud en la Andalucía natal
–nacimiento en Moguer, primeros estudios en Puerto de Santa María, Universidad
en Sevilla-; treinta y tantos años en Madrid, desde los días modernistas de
principios de siglo hasta que en 1936 las tropas moras y la Legión Cóndor
alemana al servicio de Franco cercan por tierra y cielo la capital republicana
de España, y, finalmente, veintidós años de destierro, principalmente en Puerto
Rico, que el poeta bautizó como “la
Isla de la
Simpatía Humana ”.
A su muerte, Juan Ramón
Jiménez deja como preciado legado una vasta obra que acaso sobrepasa la
cantidad de cincuenta libros. En esta obra está toda la Estética juanramoniana,
hecha de un culto a la Belleza ,
y toda su Filosofía, hecha de exaltación del Amor. Profundamente intelectual,
elaborador paciente y exigente de cada palabra y de cada verso, su poesía toda
estuvo siempre empapada de humanidad, de puro y ancho amor a los hombres dentro
de las más rigurosas exigencias líricas.
Ha muerto Juan Ramón en el
destierro, subrayando así, como anteriormente lo hicieran Antonio Machado y
Manuel de Falla, el infranqueable abismo que media entre la España espiritual y popular
y la dictadura cuyo fin, cercano a estas horas, Juan Ramón no alcanzó a
presenciar.
(El Nacional, 30-5-58).
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