JUAN RAMÓN JIMÉNEZ,
POETA DE LA SOLEDAD
Berthy Ríos
Rubén Darío y
Juan Ramón Jiménez,
son los dos polos en torno a los
cuales
gira toda la poesía
contemporánea.
Federico de Onís.
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E
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l cable trajo la
noticia:
El Premio Nobel de Literatura 1956 le
acaba de ser otorgado al poeta español Juan Ramón Jiménez “por ser un idealista
soñador, el tipo de escritor que Alfred Nobel hubiera querido premiar”.
Anders
Oesterling, Secretario de la
Academia Sueca de Literatura, al decir esto, añadió con
certeza:
“Juan Ramón
Jiménez representa la gran tradición lírica de España”.
El autor de Platero y Yo queda consagrado definitiva y universalmente a los
setenticinco años de edad, más de cincuenta de los cuales ha dedicado al
quehacer absorbente de las letras.
Pero las nubes del dolor eclipsan en
estos momentos la alegría del poeta.
En un sanatorio de San Juan de Puerto
Rico, donde el poeta refugia las errancias de su vida, acaba de ser liquidada
por el cáncer, su fiel compañera de cuarenta años, Zenobia Camprubí Aymar, la
admirable mujer que el mismo bardo ha reconocido como su guía moral y material.
Literata ella también, compartió la
gloria del vate desde 1916, cuando en Estados Unidos cambió el Comercio por el
Amor, y para él fue el estímulo constante en el inquieto devenir de su
existencia.
En Juan Ramón se premia el esfuerzo de
un creador de belleza.
Su tono poético, nuevo y exquisito,
fundador de escuela, es una feliz conjunción del modernismo rubendariano y el
sentimentalismo becqueriano, matizado con una elocuencia propia, que es la
quintaesencia de la espiritualidad poética.
Influencias de Verlaine, Heredia y el
mismo autor de Prosas Profanas, no
lograron deformar su estro, que si bien en un principio fue música y color, en
su orientación definitiva no tuvo por norte sino la “música callada” del
espíritu.
Y es que Juan Ramón Jiménez no puede
separar la fuerza moral de su creación poética de su concepto del ya superado
modernismo.
Para él, el nuevo sentido de la poesía
que nace en América y va a España a través de Varela y Martínez Sierra, “era el
encuentro de nuevo con la
Belleza , sepultada durante el siglo XIX por un tono general
de poesía burguesa”.
En su obra cumplió este postulado.
Y si por modernismo se entiende, como el
mismo Jiménez lo define, “un movimiento de entusiasmo y libertad hacia la
belleza”, ninguno mejor que él supo encarnar esa premisa con mayor sensibilidad
poética.
Su voz, no fue una postura más. No fue
una de esas voces falsas en las que no se atrevía a creer Unamuno, por no haber
en ellas pasión ni tomar como un sacerdocio la función social del poeta.
Y esta emoción, viva en su juventud y
superviva en su vejez, no ha sido capaz de malograrla nada; ni sus convicciones
políticas, que lo hicieron dejar su patria, cuando la barbarie franquista ahogó
en sangre y fuego la
República , ni sus males físicos, que lo han hecho huésped
obligado de clínicas y sanatorios, colocándolo al borde del suicidio.
De aquí ese tono doloroso de algunos de
sus libros, tal como se advierte en Soledad
Sonora, Baladas de Primavera, Sonetos Espirituales y Piedra y Cielo.
Cierto misticismo indio, cierto
fatalismo oriental, una belleza y una delicadeza a lo Tagore, se trasluce en
sus pasajes de mayor emotividad.
“Platero”
es un asnillo hermoso, descrito con la prosa tagoreana, y esa ternura que emana
de toda la obra, no es el reflejo sino de una humanidad universal del poeta,
hecha música al contacto de los seres y las cosas.
Tal vez, el binomio más alto de la
poética actual de España (la
España de las grandes tradiciones literarias) lo forman Juan
Ramón Jiménez, el Poeta de la
Soledad , y León Felipe, el Poeta del Combate y la Protesta.
Jiménez es la Canción , León Felipe, es
el Grito.
Jiménez es la Voz de la Intimidad , Felipe, es la Voz de la Libertad.
Entre el autor de “El Viento y Yo”, y
el autor de “Platero y Yo”, hay una diferencia abismal, pero en ambos está
España, la España-Cristo ,
crucificada y doliente, clavada en la cruz de angustia, como un cuerpo exánime,
que agoniza lentamente; la grandeza de ambos, es la grandeza y la dignidad de la España Errante , la España del Viento y de la Luz , la España admirable del
Espíritu.
Y este dolor, el dolor del poeta en el
destierro, lejos de la geografía amorosa de la patria, es grande ahora, frente
a la muerte de la compañera de su vida, y la recepción de un codiciado galardón
universal.
El poeta ha llorado.
El río subterráneo ha desbordado los
cauces interiores, y se ha asomado al sol, como queriendo mostrar al desnudo
los jirones sentimentales del alma del poeta.
¿Qué más sinceridad puede pedírsele a
un hombre, en una hora suprema de su vida?
No hallaréis medida con que mensurar el
llanto de un poeta, porque el llanto se resuelve en él, o en una carcajada
tempestuosa como en León Felipe, o en una tristeza lírica, como en Juan Ramón.
No hay media sombra, no hay media
tinta, no hay término medio.
El poeta, como los antípodas, permanece
siempre en los extremos.
El dolor en él es una tempestad o una
lágrima.
Es el puño que amenaza o la frente que
se abate.
Y es en el fondo de este abatimiento,
donde está toda la tragedia actual del autor de “Eternidades”.
Ahora, frente al cadáver de su esposa,
recordará los versos de sus dieciocho años:
Hace un frío tan horrible
que hasta el
cielo se ha vestido
con la ropa más
compacta...
Y recordará
sus luchas literarias, cuando en el Madrid finisecular, al lado de Villaespesa,
Rueda, Martínez Sierra y Miró, libraba sus combates frente a las huestes de
Ferrari, por abrir los caminos de su propia superación.
Y recordará su “Diario de un poeta
recién casado”, punto de partida de su moderna afirmación lírica, escrito en la
luna de miel de su juventud y de su amor, allí, ante los cielos y el mar de su
querida España, y la mirada amorosa de su Zenobia amada...
Y evocará las noches en que junto a
ella traducía los poetas del patriarca de Jarasanco, y se refugiaba en su
gabinete de trabajo mientras, ella, dinámica y amante, se entregaba a la
atención de su negocio de antigüedades en el barrio de Salamanca.
Luego, la explosión de fuego.
El éxodo...
Francia, Estados Unidos, Cuba, Méjico,
América del Sur, Puerto Rico...
Su salud delicada, sus internamientos
periódicos en los sanatorios de América y la progresión del cáncer que
lentamente minaba la salud de su esposa...
Y finalmente, el premio, el Premio
Nobel, que lo encuentra ante el adiós definitivo de su esposa, y el cansancio
fatigante de los años.
Ahora, sus palabras no pueden ser más
resignadas:
“Doy las gracias a todos los que han
contribuido a este inmerecido premio. Por la grave enfermedad de mi esposa
(entonces moribunda) el Premio Nobel me entristece profundamente. En cuanto a
mí, nada tengo que decir”.
¿Qué más tiene que decir el poeta,
luego de haberlo dicho todo en su vida y en su obra?
Acaso, llorar en silencio la tristeza
de no poder compartir la alegría del Premio Nobel con la esposa de su corazón y
hermana de su arte, y sentirse más lejos aún del abrazo maternal de su España
mártir.
¡Lejos, hasta las lágrimas, de su
hermosa Soledad Sonora!
(Panorama,
30-10-56, p. 2).
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