lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, POETA DE LA SOLEDAD

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ,
POETA DE LA SOLEDAD

                              Berthy Ríos


                                               Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez,
                                               son los dos polos en torno a los
                                               cuales gira toda la poesía
                                               contemporánea.

                                                                      Federico de Onís.

E

l cable trajo la noticia:
         El Premio Nobel de Literatura 1956 le acaba de ser otorgado al poeta español Juan Ramón Jiménez “por ser un idealista soñador, el tipo de escritor que Alfred Nobel hubiera querido premiar”.
         Anders Oesterling, Secretario de la Academia Sueca de Literatura, al decir esto, añadió con certeza:
         “Juan Ramón Jiménez representa la gran tradición lírica de España”.
         El autor de Platero y Yo queda consagrado definitiva y universalmente a los setenticinco años de edad, más de cincuenta de los cuales ha dedicado al quehacer absorbente de las letras.
         Pero las nubes del dolor eclipsan en estos momentos la alegría del poeta.
         En un sanatorio de San Juan de Puerto Rico, donde el poeta refugia las errancias de su vida, acaba de ser liquidada por el cáncer, su fiel compañera de cuarenta años, Zenobia Camprubí Aymar, la admirable mujer que el mismo bardo ha reconocido como su guía moral y material.
         Literata ella también, compartió la gloria del vate desde 1916, cuando en Estados Unidos cambió el Comercio por el Amor, y para él fue el estímulo constante en el inquieto devenir de su existencia.
         En Juan Ramón se premia el esfuerzo de un creador de belleza.
         Su tono poético, nuevo y exquisito, fundador de escuela, es una feliz conjunción del modernismo rubendariano y el sentimentalismo becqueriano, matizado con una elocuencia propia, que es la quintaesencia de la espiritualidad poética.
         Influencias de Verlaine, Heredia y el mismo autor de Prosas Profanas, no lograron deformar su estro, que si bien en un principio fue música y color, en su orientación definitiva no tuvo por norte sino la “música callada” del espíritu.
         Y es que Juan Ramón Jiménez no puede separar la fuerza moral de su creación poética de su concepto del ya superado modernismo.
         Para él, el nuevo sentido de la poesía que nace en América y va a España a través de Varela y Martínez Sierra, “era el encuentro de nuevo con la Belleza, sepultada durante el siglo XIX por un tono general de poesía burguesa”.
         En su obra cumplió este postulado.
         Y si por modernismo se entiende, como el mismo Jiménez lo define, “un movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza”, ninguno mejor que él supo encarnar esa premisa con mayor sensibilidad poética.
         Su voz, no fue una postura más. No fue una de esas voces falsas en las que no se atrevía a creer Unamuno, por no haber en ellas pasión ni tomar como un sacerdocio la función social del poeta.
         Y esta emoción, viva en su juventud y superviva en su vejez, no ha sido capaz de malograrla nada; ni sus convicciones políticas, que lo hicieron dejar su patria, cuando la barbarie franquista ahogó en sangre y fuego la República, ni sus males físicos, que lo han hecho huésped obligado de clínicas y sanatorios, colocándolo al borde del suicidio.
         De aquí ese tono doloroso de algunos de sus libros, tal como se advierte en Soledad Sonora, Baladas de Primavera, Sonetos Espirituales y Piedra y Cielo.
         Cierto misticismo indio, cierto fatalismo oriental, una belleza y una delicadeza a lo Tagore, se trasluce en sus pasajes de mayor emotividad.
“Platero” es un asnillo hermoso, descrito con la prosa tagoreana, y esa ternura que emana de toda la obra, no es el reflejo sino de una humanidad universal del poeta, hecha música al contacto de los seres y las cosas.
         Tal vez, el binomio más alto de la poética actual de España (la España de las grandes tradiciones literarias) lo forman Juan Ramón Jiménez, el Poeta de la Soledad, y León Felipe, el Poeta del Combate y la Protesta.
         Jiménez es la Canción, León Felipe, es el Grito.
         Jiménez es la Voz de la Intimidad, Felipe, es la Voz de la Libertad.
         Entre el autor de “El Viento y Yo”, y el autor de “Platero y Yo”, hay una diferencia abismal, pero en ambos está España, la España-Cristo, crucificada y doliente, clavada en la cruz de angustia, como un cuerpo exánime, que agoniza lentamente; la grandeza de ambos, es la grandeza y la dignidad de la España Errante, la España del Viento y de la Luz, la España admirable del Espíritu.
         Y este dolor, el dolor del poeta en el destierro, lejos de la geografía amorosa de la patria, es grande ahora, frente a la muerte de la compañera de su vida, y la recepción de un codiciado galardón universal.
         El poeta ha llorado.
         El río subterráneo ha desbordado los cauces interiores, y se ha asomado al sol, como queriendo mostrar al desnudo los jirones sentimentales del alma del poeta.
         ¿Qué más sinceridad puede pedírsele a un hombre, en una hora suprema de su vida?
         No hallaréis medida con que mensurar el llanto de un poeta, porque el llanto se resuelve en él, o en una carcajada tempestuosa como en León Felipe, o en una tristeza lírica, como en Juan Ramón.
         No hay media sombra, no hay media tinta, no hay término medio.
         El poeta, como los antípodas, permanece siempre en los extremos.
         El dolor en él es una tempestad o una lágrima.
         Es el puño que amenaza o la frente que se abate.
         Y es en el fondo de este abatimiento, donde está toda la tragedia actual del autor de “Eternidades”.
         Ahora, frente al cadáver de su esposa, recordará los versos de sus dieciocho años:

                               Hace un frío tan horrible

                               que hasta el cielo se ha vestido
                               con la ropa más compacta...

         Y recordará sus luchas literarias, cuando en el Madrid finisecular, al lado de Villaespesa, Rueda, Martínez Sierra y Miró, libraba sus combates frente a las huestes de Ferrari, por abrir los caminos de su propia superación.
         Y recordará su “Diario de un poeta recién casado”, punto de partida de su moderna afirmación lírica, escrito en la luna de miel de su juventud y de su amor, allí, ante los cielos y el mar de su querida España, y la mirada amorosa de su Zenobia amada...
         Y evocará las noches en que junto a ella traducía los poetas del patriarca de Jarasanco, y se refugiaba en su gabinete de trabajo mientras, ella, dinámica y amante, se entregaba a la atención de su negocio de antigüedades en el barrio de Salamanca.
         Luego, la explosión de fuego.
         El éxodo...
         Francia, Estados Unidos, Cuba, Méjico, América del Sur, Puerto Rico...
         Su salud delicada, sus internamientos periódicos en los sanatorios de América y la progresión del cáncer que lentamente minaba la salud de su esposa...
         Y finalmente, el premio, el Premio Nobel, que lo encuentra ante el adiós definitivo de su esposa, y el cansancio fatigante de los años.
         Ahora, sus palabras no pueden ser más resignadas:
         “Doy las gracias a todos los que han contribuido a este inmerecido premio. Por la grave enfermedad de mi esposa (entonces moribunda) el Premio Nobel me entristece profundamente. En cuanto a mí, nada tengo que decir”.
         ¿Qué más tiene que decir el poeta, luego de haberlo dicho todo en su vida y en su obra?
         Acaso, llorar en silencio la tristeza de no poder compartir la alegría del Premio Nobel con la esposa de su corazón y hermana de su arte, y sentirse más lejos aún del abrazo maternal de su España mártir.
         ¡Lejos, hasta las lágrimas, de su hermosa Soledad Sonora!






(Panorama, 30-10-56, p. 2).

                                    


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