lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Valores Universales
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

E

n un bellísimo pueblo andaluz de nombre Moguer nació el 23 de diciembre de 1881, Juan Ramón Jiménez, uno de los grandes poetas de la lengua castellana. Fueron sus padres Víctor Jiménez y María de la Purificación Mantecón, gente sencilla, honorable y preocupada por la educación del niño. El amor de Juan Ramón Jiménez por sus padres es un ejemplo digno de imitarse. A él lo recordaba siempre como “un hombre alto, blanco y rubio, de ojos profundos y azules”. Lo llamaba papá Víctor y acompañaba siempre en sus visitas y paseos por el pueblo, principalmente por las bodegas de vino que tanto lo ilusionaban. De su madre dijo que era una mujer alta, de gran dignidad, muy bella y con los ojos negros; muy honrada, trabajadora, generosa, modelo de madre y esposa.
         La mejor biografía de sus primeros años la escribió el mismo Juan Ramón en uno de sus libros. Recuerda su pueblo blanco y poblado de niños, donde estaba su casa de grandes salones y rodeada de verdes patios. “De estos dulces años –escribe- las solemnidades, las visitas, las iglesias, me daban miedo. Mi mayor placer era hacer campitos y pasearme por el jardín, por las tardes, cuando volvía de la escuela y el cielo estaba rosa lleno de mariposas”. A los once años fue enviado al Colegio de los Jesuitas en el Puerto de Santa María, en la Provincia de Cádiz. Para entonces tenía una letra clara y bonita y por este motivo su padre lo utilizaba como amanuense y cuando lo vio partir se sintió triste. Pero el futuro gran poeta debía continuar sus estudios iniciados en Moguer. El colegio, como él mismo lo ha descrito, estaba sobre el mar rodeado de grandes parques y cerca de su dormitorio había una ventana que daba a la playa y por donde las noches de primavera se veía el cielo profundo y dormido sobre el agua. Como no fue nunca amigo de los paisajes tristes a cada momento recordaba la luminosidad de su pueblo, en contraste con las lluvias frecuentes que desde su ventana de colegial veía por los lados de Cádiz con “la luz triste de su faro”.
         Al salir del colegio, ya un adolescente, conoció a la que más tarde debería ser su esposa, la extraordinaria Zenobia Camprubí, la verdadera musa del poeta, a quien se debe sin duda la realización de su fina obra literaria por los desvelos constantes que Zenobia mantuvo durante toda su vida. El matrimonio poco después en Sevilla y a partir de ese momento la inteligente esposa se dio cuenta del espíritu delicado, de la gran imaginación y la sensibilidad de Juan Ramón. Fueron inseparables compañeros y cuando este escribía ella vigilaba los movimientos de la casa para que los ruidos no perturbaran el trabajo de su esposo. Cuando se trasladaron a Madrid el poeta se hizo construir una habitación especial tapizada de corcho para aislarse aún más del mundo exterior. En esta ciudad conoció a los intelectuales más destacados de su tiempo y entre ellos a nuestro compatriota Rufino Blanco Fombona quien no creyó mucho en su genio literario. Dijo Rufino que un día se presentó a su hotel un joven pálido, un poco tímido, autor de unos versos tan pálidos como él. Esto no pasó de ser una frase irónica del venezolano y el tiempo demostró todo lo contrario.
         Se ha escrito que el carácter de Juan Ramón era un poco huraño, pero si estudiamos su vida comprobaremos que poseía una infinita ternura y un gran amor no solamente por su familia sino también por su  pueblo y por todos los seres de la creación. De su hermano mayor, Eustaquio, escribió unas páginas ejemplares por la sinceridad que puso en ellas; decía que él había heredado la rectitud y los rasgos físicos de su madre; era “alto, esbelto, educado, respetuoso, afable y querido de todos. Sólo su afán de exactitud le hacía caer constantemente en la desgracia de los falsos. Muy distinto a otros señoritos andaluces no se casó con ninguna de las muchachas ricas que lo asediaron sino con una muchacha bella y pobre”. A su hermana Victoria la recuerda con ternura cuando ambos eran niños y salían de paseo, a pie o a caballo, por los bellísimos pinares que rodean a Moguer. Fue su compañera de lecturas y ella lo contemplaba cuando él, niño, se dedicaba a pintar por largas horas en el jardín lleno de flores de su casa solariega. Juan Ramón Jiménez, como acertadamente ha dicho su sobrino Francisco Hernández Pinzón, fue “en su familia el hijo predilecto y con ese ritmo se desenvolvió su vida familiar. Entre su madre y su hermano Eustaquio llevan ese cariño y preferencia hasta la veneración”.
         Esa ternura, ese amor sin límites por todos los seres de la creación, le inspiró uno de los libros de literatura infantil más bellos y ejemplares escritos en lengua castellana: “Platero y Yo”. Elegía Andaluza, como gustaba llamarla, fue publicada por primera vez en 1916 y es la historia del burrito Platero, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”. Erróneamente se ha dicho que Juan Ramón Jiménez, después de haber escrito otros libros no le agradaba mucho que se dijera que “Platero” era su obra más destacada. Esta afirmación se desmiente con las mismas palabras del poeta cuando dijo que “Platero y Yo” ha quedado “para cuantos vuelvan sus ojos a esa edad de oro de la infancia isla espiritual del hombre, ante la que nada puede el fragor tumultuoso de vivir”.
         El libro está compuesto por un conjunto de poemitas en prosa, el estilo sencillo y lírico, donde el poeta evoca con honda ternura todos los amigos de la infancia, quienes no solamente eran los niños del pueblo, sino también el simpático burrito, el loro herido en el coto de Doñana por la escopeta vieja de un furtivo cazador; las golondrinas, las mariposas blancas, el día de San Juan, el perro callejero, en fin, la vida de todos esos seres humildes e inofensivos que en los días de su infancia se acercaban ansiosos de su cariño. Ese amor sincero y desbordado hasta el lirismo lo sintetiza el poeta en la dedicatoria –ofrenda a “Platero” en el cielo de Moguer. Ya para concluir el libro le canta así a su burrito querido: “Dulce Platero trotón, burrito mío, que llevaste mi alma tantas veces –¡sólo mi alma!- por aquellos hondos caminos de nopales, de malvas y de madreselvas: a ti este libro que habla de ti, ahora que puedes entenderlo. Va a tu alma que ya pace en el Paraíso, por el alma de nuestros paisajes moguereños, que también habrá subido al cielo como la tuya; lleva montada en su lomo de papel a mi alma, que caminando entre zarzas en flor de su ascensión, se hace más buena, más pacífica, más pura cada día. Sí. Yo sé que, a la caída de la tarde, cuando entre las oropéndolas y los azahares llego lento y pensativo por el naranjal solitario al pino que arrulla tu muerte, tú, Platero feliz en su prado de rosas eternas, me verás detenerme ante los lirios amarillos que han brotado de tu descompuesto corazón”.
         Juan Ramón Jiménez comenzó a escribir siendo todavía muy joven. Su primer libro titulado “Rimas de Sombra” lo publicó a los 19 años y hasta 1917 que dio a conocer su “Diario de un poeta recién casado”, existe en él un sentimiento melancólico refinado, con predominio de lo musical. Como en su infancia había tenido afición por la pintura, los paisajes que describe en sus versos están matizados de colores: el violeta y el amarillo: Desde 1918, fecha en que comienza su segunda etapa, aparece una modalidad nueva: la predilección por el mar que identifica con su propia alma. Esto quiere decir que el poeta se hace cada vez más íntimo y personal. Sin embargo, es necesario aclarar que jamás perdió la refinada calidad lírica de sus primeros años: siempre en sus versos están presentes los colores, la luz y los recuerdos de paisaje andaluz. Es por lo tanto un poeta que partiendo de lo nacional se hace universal; por ello sus composiciones han sido traducidas a todos los idiomas modernos.
         En 1939 realizó un viaje a América y posteriormente se residenció en Puerto Rico. Llegó a Cuba y el contacto con el paisaje tropical, lleno de luz y de color, como el de su nativa Andalucía, enriqueció su inspiración poética. Publicó sus versos en las revistas literarias de la isla, fomentó tertulias en su casa y asistió a reuniones sociales. Fue una como transformación en su vida, que sus amigos comentaban con satisfacción. También, como los cubanos, vestía ligeras ropas tropicales y parecía que los ruidos ya no le aturdían tanto como sucedía en Madrid. Visitó los Estados Unidos y en Miami cuenta un escritor amigo que lo visitó allí escribía en una habitación abierta sin las paredes tapizadas de corcho. Firmemente se instaló en Puerto Rico y la Universidad de Río Piedras lo recibe efusivamente. Fue nombrado Doctor Honoris Causa de la Facultad de Letras y desempeñó además una cátedra de literatura; ante numeroso público compuesto por su mayoría de estudiantes y profesores, explicaba poesía. Lo acompaña siempre su fiel esposa Zenobia y todas las mañanas se le veía conduciendo un pequeño automóvil para llevarlo a la Universidad. El rector Benítez hacía todo lo posible para que Juan Ramón estuviera satisfecho. Su casa pequeña, un chalet blanco y limpio con vista a los horizontes marinos y a los verdes esmeraldinos de borínquen, le recordaba su pueblo de Moguer. Agreguemos que Moguer es un pueblo andaluz de la Provincia de Huelva, también blanco y poblado de niños. Cuando se visita los niños escoltan a uno por las calles como si se tratara de una alegre comparsa musical en día de vacaciones. En la picardía y en los gestos se parecen a los que viven en las páginas de “Platero y Yo”: Anita, la Manteca; Arreburra, el Aguador; Pepe, el Pollo.
         Los años pasaron y el poeta era un hombre feliz hasta el día de la enfermedad de Zenobia. Por aquella fecha de 1956 llegó la noticia de habérsele concedido el Premio Nobel de Literatura por la Academia Sueca. Es éste el más alto galardón que existe hoy para los escritores que han alcanzado la cumbre de la fama. En esos días de la noticia Juan Ramón estaba muy triste por la enfermedad gravísima de su esposa y no era el momento propicio para celebrar entre los dos con alegría el galardón obtenido.
         Cuando desapareció su esposa aquel año, Juan Ramón Jiménez no volvió a escribir poesías. Su querida musa de tanto tiempo había dejado de existir y él no sobreviviría mucho. Así fue. Falleció en 1958, dos años después, y entonces sus cuerpos fueron trasladados a Moguer conde duermen el eterno sueño tranquilo, que merecen unos que han sido buenos y útiles en la tierra.
         En la Casa-Museo de Juan Ramón y Zenobia, en Moguer, el visitante puede leer en las paredes una frase original del poeta que sintetiza maravillosamente lo que fue su vida; dice: “Amor y poesía cada día”. Eso y no otra cosa fue su existencia, limpia y noble, digna de ser imitada por todos aquellos que aspiran la inmortalidad.










(Tricolor, enero de 1969, pp. 13-14).

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