JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Y EL PREMIO NOBEL
|
E
|
L NOMBRE de Juan Ramón Jiménez, el
más alto poeta español entre los vivos, es uno de los candidatos con mayores
credenciales para obtener el Premio Nobel. La personalidad creadora de Juan
Ramón, por arriba de la tierra de nacimiento, ya tiene nacionalidad en las
letras universales. Como Ortega y Gasset, Pío Baroja, Unamuno y Azorín, todos
pertenecientes a la generación del 98, ha sabido entregar un mensaje de profunda
raíz creadora al mundo de nuestro tiempo.
De
aquí a la hora de definirnos, entre los candidatos que actualmente se mencionan
con posibilidades para obtener dicho premio, no dudamos que la figura de barba
nazarena, de cuerpo débil siempre –como en charla personal nos lo manifestó Don
Pío Baroja-, de palabra reposada, y por sobre todas las cosas terrenas un gran
poeta del idioma, será la más llamada a obtener el Premio Nobel.
Entre
otros candidatos, cuya obra también acusa aires de universalidad, se citan los
nombres del mejicano Alfonso Reyes, quien después de Andrés Bello es el más
notable humanista que dado Hispanoamérica; el de Saint John Perse, uno de los
poetas franceses más trascendentes de la hora actual. Y el de Camus, novelista
también de origen galo, cuyo solo libro “La Peste ” es suficiente para consagrarle entre los
maestros del género. De aquí, que al tomar el nombre del gran poeta andaluz, no
nos ha guiado ninguna valoración comparativa, sino el simple hecho humano de
que Juan Ramón Jiménez es el autor que más cerca ha estado de la poesía y la
vida americana del presente. Pues su influencia sobre el corazón de los niños
de América, por medio de las poéticas páginas de “Platero y Yo”, y de la obra
de gran cantidad de poetas jóvenes del continente, es reconocida hasta por
Pablo Neruda. Es decir, el gran lírico de los “20 Poemas de Amor”, “Residencia
en la Tierra ”
y “El Canto General”, también lo acepta al negarlo abiertamente, al tomarlo en
cuenta aunque sea en una forma no muy corriente de hacer elogios. Lo malo
hubiera sido que nunca, por su mente de consagrado demiurgo, hubiera pasado la
imagen de Juan Ramón. Por su parte, éste también le retribuye en la misma
forma.
Juan Ramón Jiménez, como poeta viene de las fuentes
del Modernismo, el primer movimiento literario que incorporó el continente americano
a las letras universales. Luego su obra, como la de cualquier escritor
verdadero, fue adquiriendo características propias, de innegable originalidad y
gran pureza idiomática, hasta convertirlo en el primer poeta español de la hora
presente. Es decir, la obra de Rubén Darío, por encima del juicio del señor
Díaz Plaja en su libro “Modernismo frente a 98” , escrito –sofísticamente- para negar la
influencia y la creación del movimiento modernista por parte del gran
nicaragüense, dio buena sombra a la obra inicial de Juan Ramón Jiménez y
Antonio Machado. Éste es otro argumento a favor de Juan Ramón Jiménez, por
parte de nosotros, para considerarlo el candidato de la tierra americana al
Premio Nobel. Por esto su padre es Rubén Darío y su madre España. Y como poeta
genial, a la hora de la verdad, por arriba del autor de “Cantos de Vida y
Esperanza” y el localismo que siempre acusa la obra profunda de Antonio
Machado, Juan Ramón ascendió hasta formas poéticas más puras, más estéticas,
más pobladas de universalidad. Por su parte, Juan Ramón Jiménez, desde hace
mucho tiempo en tierras americanas, y actualmente en Costa Rica (sic), al saber
que su nombre era uno de los que tenía mayor probabilidad para el Premio Nobel,
declaró al representante de una agencia noticiosa: “Creo que hay otros autores
españoles que merecen el honor más que yo, por ejemplo, Ramón Menéndez Pidal.
Pero si me concediesen ese honor, en realidad debería ser para mi mujer,
Zenobia, que ha sido mi inspiración en la mayor parte de mi labor”. Estas
declaraciones son nobles, hermosas, llenas de alto sentimiento y no cursi
sentimentalismo. Son dignas del grande y verdadero Juan Ramón, es decir, del
poeta. Ellas están por arriba del otro Juan Ramón, por el que injustamente,
pero perdonables por ser un hombre unamunesco, le ha dedicado palabras poco
cordiales a Pedro Salinas y Jorge Guillén, quienes son dos maestros también de
la poesía castellana.
Si
acaso le otorgasen el Premio Nobel, y así lo deseamos al escribir esta nota,
pues estamos pocos acostumbrados a escribir y afirmar lo que no sentimos,
esperamos que lo disfruten por igual: Doña Zenobia, el ilustre Juan Ramón
Jiménez y el alma sedosa y buena de Platero junto al hombro de una nube.
(La
Esfera , 26-10-56, p. 4).
No hay comentarios:
Publicar un comentario