JUAN RAMÓN, PREMIO NOBEL?
Pla y Beltrán
B |
AROJA –está
agonizando- no obtuvo el Nobel; Galdós no obtuvo el Nobel; tampoco lo
obtuvieron Valle-Inclán, Unamuno y Machado. ¿Lo obtendrá Juan Ramón?
Rumazo González, desde “Últimas Noticias”, acaba de
hacerse esta pregunta. Una pregunta agobiante, apasionada, casi angustiosa.
Porque Juan Ramón, aunque Eugenio de Nora lo haya calificado de “poeta de
estufa y cuarto cerrado, poeta de inmensa minoría”, es de lo poco que permanece
puro, inviolable, ni manchado ni contaminado sobre el haz de la tierra.
El autor de “Platero”, en
independencia, en esencialidad, en errabundez, en depuración lírica ¿no es
hermano de un Rilke?
Como Rilke, Juan Ramón es un fervor
sostenido hacia el hallazgo y el acento: la personalidad. No es un poeta frío.
Para èl la pasión es una forma del conocimiento. “Lo que indica pasión –ha
dicho-, indica conocimiento”. Y también ha dicho: “Dirán algunos: El arte es
vida. (Azorín: El arte es un trasunto de
la vida: no un arte sin vida). Sin duda. ¿Y por qué ha de ser más bella una
vida holgazana y descompuesta, que una vida plena y disciplinada?”. “Perfecto no es retórico, sino completo.
Clásico es, únicamente, vivo”. Y añade aún: ”No hay arte popular, sino
imitación, tradición popular del arte”. “No creo, en ningún caso, en un arte para la mayoría.
Ni importa que la minoría entienda del todo el arte; basta con que se llene de
su honda emoción”. En estas hermosas palabras se encierra toda la estética y
toda la concepción poética juanramoniana.
Desde “Primeras poesías” a “Animal de
fondo” y “Estación total”, Juan Ramón Jiménez ha perseguido, como a una gacela
inasible, un único objetivo: sencillez, espontaneidad, perfección. Y con tal
ánimo, una y otra vez vuelve, incansable, sobre el poema, hasta dejarlo en su
esencia, en su total estremecimiento, y entonces decir: “No lo toquéis ya más,
así es la rosa”.
“Cobré la rienda, di la vuelta al
caballo del alba; me entré, blanco, en la vida. ¡Oh, cómo me miraban, locas,
las flores de mi sueño, levantando los brazos a la luna!”.
Juan Ramón, si se exceptúa el siglo de
oro, ha sido el genio poético que más sensiblemente ha grabado e influido sobre
la más alta generación poética española; su huella está en los orígenes de
Salinas, Guillén, Dámaso, Gerardo y Aleizadre (sic).
Como caso curioso referiré que, hace
unos años, corrigiendo los pliegos de la revista “Corcel”, me topé con unos
originales de Aleixandre; pertenecían a su libro, inédito aún, “Sombra del
Paraíso”; observé en ellos dos palabras tachadas, o una misma palabra tachada
en dos versos: malva. Esta palabra –malva-
tan juanramoniana ella, la sustituía Aleixandre por bulto. O sea que Aleixandre, ya en su pleno fasto poético, luchaba
todavía por sacudirse la sombre del autor de “Platero”.
Pero... No subamos tan alto, corazón.
Bajemos a la tierra, corazón. Enfrentémonos con la realidad, con la posibilidad
de que al poeta de Moguer se le conceda este año el Premio Nobel de Literatura.
Todo no tiene que ser amargura e injusticia en el mundo. Abramos una ventana a
la esperanza. “Platero y yo” acaba de ser traducido al sueco. ¿No basta eso
para cargarnos de optimismo? Que Dios ilumine al jurado. Juan Ramón, ¡Premio
Nobel!!
(La Esfera , 22-10-56,
p. 4).
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