lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN, PREMIO NOBEL?

JUAN RAMÓN, PREMIO NOBEL?

Pla y Beltrán


B

AROJA –está agonizando- no obtuvo el Nobel; Galdós no obtuvo el Nobel; tampoco lo obtuvieron Valle-Inclán, Unamuno y Machado. ¿Lo obtendrá Juan Ramón?
Rumazo González, desde “Últimas Noticias”, acaba de hacerse esta pregunta. Una pregunta agobiante, apasionada, casi angustiosa. Porque Juan Ramón, aunque Eugenio de Nora lo haya calificado de “poeta de estufa y cuarto cerrado, poeta de inmensa minoría”, es de lo poco que permanece puro, inviolable, ni manchado ni contaminado sobre el haz de la tierra.
         El autor de “Platero”, en independencia, en esencialidad, en errabundez, en depuración lírica ¿no es hermano de un Rilke?
         Como Rilke, Juan Ramón es un fervor sostenido hacia el hallazgo y el acento: la personalidad. No es un poeta frío. Para èl la pasión es una forma del conocimiento. “Lo que indica pasión –ha dicho-, indica conocimiento”. Y también ha dicho: “Dirán algunos: El arte es vida. (Azorín: El arte es un trasunto de la vida: no un arte sin vida). Sin duda. ¿Y por qué ha de ser más bella una vida holgazana y descompuesta, que una vida plena y disciplinada?”. “Perfecto no es retórico, sino completo. Clásico es, únicamente, vivo”. Y añade aún: ”No hay arte popular, sino imitación, tradición popular del arte”. “No creo,  en ningún caso, en un arte para la mayoría. Ni importa que la minoría entienda del todo el arte; basta con que se llene de su honda emoción”. En estas hermosas palabras se encierra toda la estética y toda la concepción poética juanramoniana.
         Desde “Primeras poesías” a “Animal de fondo” y “Estación total”, Juan Ramón Jiménez ha perseguido, como a una gacela inasible, un único objetivo: sencillez, espontaneidad, perfección. Y con tal ánimo, una y otra vez vuelve, incansable, sobre el poema, hasta dejarlo en su esencia, en su total estremecimiento, y entonces decir: “No lo toquéis ya más, así es la rosa”.
         “Cobré la rienda, di la vuelta al caballo del alba; me entré, blanco, en la vida. ¡Oh, cómo me miraban, locas, las flores de mi sueño, levantando los brazos a la luna!”.
         Juan Ramón, si se exceptúa el siglo de oro, ha sido el genio poético que más sensiblemente ha grabado e influido sobre la más alta generación poética española; su huella está en los orígenes de Salinas, Guillén, Dámaso, Gerardo y Aleizadre (sic).
         Como caso curioso referiré que, hace unos años, corrigiendo los pliegos de la revista “Corcel”, me topé con unos originales de Aleixandre; pertenecían a su libro, inédito aún, “Sombra del Paraíso”; observé en ellos dos palabras tachadas, o una misma palabra tachada en dos versos: malva. Esta palabra –malva- tan juanramoniana ella, la sustituía Aleixandre por bulto. O sea que Aleixandre, ya en su pleno fasto poético, luchaba todavía por sacudirse la sombre del autor de “Platero”.
         Pero... No subamos tan alto, corazón. Bajemos a la tierra, corazón. Enfrentémonos con la realidad, con la posibilidad de que al poeta de Moguer se le conceda este año el Premio Nobel de Literatura. Todo no tiene que ser amargura e injusticia en el mundo. Abramos una ventana a la esperanza. “Platero y yo” acaba de ser traducido al sueco. ¿No basta eso para cargarnos de optimismo? Que Dios ilumine al jurado. Juan Ramón, ¡Premio Nobel!!











(La Esfera, 22-10-56, p. 4).


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