PLATERO Y NOSOTROS
Ida Gramcko
L |
a poesía y el cuento para niños se
liberan del mundo establecido que no es el cotidiano ya que de la cotidianidad
extrae la fábula su material más fáustico y más pleno. Ambas creaciones se
emancipan de lo vulgar y de lo rutinario, aunque de muy distinto modo. El poema
constata, en una certidumbre, revela una libertad de relaciones, una
comunicación entre seres y cosas, es un acto de fe, una palabra idéntica a su
hecho. El cuento de hadas, en cambio, adivina, intuye, siempre está de
puntillas, es una posibilidad, sospechando, olfateando. En cualquier cuento -de
Grimm, de Perrault, de Andersen- la inspiración con el único control de su
capacidad receptiva y no de su desarrollo metafórico a ultranza, crea un género
que no puede llamarse estructura, sino más bien idioma, prosa errante y corrida
que apresa, pero suelta lo apresado, que está en el hurto y la sorpresa.
Mientras un poema instaura un nuevo hallazgo, el cuento sólo dice tesoro, y se
queda todo pálido y trémulo. El cuentecillo no tiene conciencia de su pánico,
está menos curado de espantos. En el poema actual, contemporáneo hay un claro
reconocimiento de la fragilidad y ya no hay casi azar sino la constante de la
revelación, el oficio de vivir siendo expuesto. El poema construye; el cuento,
avizora o inventa. Es una evasión, una ilusión, y por lo mismo, es un refugio;
huele a hogar y a chimenea aldeana, a medida que la poesía, que ya no es un
lugar íntimo sino un abierto espacio, se hace horizonte o intemperie.
La
gracia que el poema estricto conduce a alquilatada exaltación vive por sí sola
en la prosa poética que separa conservar el halo de canturria o de crónica
oral. El solaz con que se realice depende de la sencillez, de la naturalidad,
del instinto con que se otorgue lo contado. En el cuento, no se rescata una
realidad objetiva de armonía y belleza sino que se desatan las energías
orgánicas de la belleza viva, se abre la válvula que lleva en sí toda leyenda.
Desatar
es tan intrincado como recoger, pues lo que se descarga en la prosa infantil
–he aquí lo complicado de las cosas sencillas- no puede ser nunca lo trivial,
lo bobalicón o lo doméstico neto. ¿Cómo se logra este carácter? Acaso siendo el
don, la dádiva inicial y originaria, que si no entraña disciplina acarrea una
dificultad a maduros y jóvenes: la de volver a ser ingenuos.
Legítimos
innatos son escasos en el mundo. Muy pocos recuperan, después de estar
crecidos, el ala azul o el pico rosa, o los confunden con pichones mecánicos...
y burgueses. La legitimidad del cuento de hadas es, acaso, la de la vida misma,
y si la atmósfera está cargada de falsas inventivas, lo más probable es que
hasta los fieles espontáneos sean víctimas del silencio y la duda. No es muy
fácil creer, en un ambiente que deforma y adultera el mito, que exista el
cuento verdad verdad, y hasta los más propicios se hallan a la defensa. Y es
que desde los verdaderos cuentos mágicos a los últimos arabescos de Walt Disney
o de cualquier película “para niños” media un espacio pródigo en errores, un
colorido supermercado, una astracanada de lo mítico, pajes príncipes y pinches
de opereta. Los grandes exteriores han hecho peligrar la zona oculta. Charles
Chaplin lo supo y siempre utilizó el blanco y negro.
A
través de esas figuras rígidas y acartonadas, humorísticas nadie sabe por qué
pues el niño creador de lo cómico, es afortunadamente incapaz de amargura y de
humor y a través de la silueta adulta de un perro que recuerda dibujos de Dali,
porque ha perdido gravedad y empaque y ha ganado un aspecto chistoso, a muchos
no les queda otro camino que exclamar: todo aquello... ¡eran cuentos! ¿Pero lo
eran? ¿lo eran en el sentido despectivo, en el sentido de mentira? Que se lo
pregunten a quienes dicen que esos cuentos han pasado “de moda”, los falsos
encantadores que vistieron a Peter Pan con un modelo Christian Dior,
arrancándole su blusa pintada de ojuelos como un hongo y su ceñida faja de
corteza. Ya es hora de indagar qué es lo que quita y lo que añade a lo más
inalterable del ensueño del hombre, aunque turbe un momento su perspectiva
mágica, una Cenicienta en tecnicolor o en cinemascope, probándose la zapatilla
de la quinta avenida llena de reflejos eléctricos. Estamos en el momento justo
de inquirir si la pesadilla comercial impedirá el paso a los “cuatrocientos
elefantes” de Darío. Porque un burrito mágico, ya atado tristemente al cordel
de la gloria, ha sido pomposamente condecorado en la hora más amarga e
interior, en el día de luto de su dueño. El dolor del amo, el poeta más tierno
que nos ha sido dado conocer, no significó trabas ni barreras para su
eternidad. Él, más allá de autor, de su congoja humana, es un símbolo eterno.
Porque Juan Ramón le devolvió a los niños aquel halo múltiple y misterioso con
que se revestía el viejo cuento.
No
se quiere decir que “Platero y Yo”, libro de cien menudas páginas en donde
habita el asno, sea simplemente un cuento de hadas. No hizo narración sino
perfección del relato.
Lo
impuro, lo casual no está donado como fuego fatuo sino como alta y depurada
estrella. El asno, en sí, es un ente lírico, sin añadiduras de esplendor. La
magia desciende de los frutos que ya no son de ágata sino de monda y dulce
miel. Las hojas, los ríos, los senderillos trotadores, las criaturas que asoman
al encuentro del hombre que conduce al borrico plateado –ya el oro no es
imprescindible- son, en sí mismos, sortilegio.
Para
los hacedores de mitos, después de tanta feria chilena, Juan Ramón se declara y
delata mundialmente como la vía más segura. Nadie puede aspirar a su tamaño de
nigromante parco, a su alquimia tan sobria, a su piedra filosofal tan radiante
y serena. Pero sigue siendo una suerte de salvación con su ayuda, podríamos
revivir los ropajes que pertenecieron a la fresca liturgia pagana, esas sedas
surcadas por endriagos y estampas, con su guía, resucitar aquellas habitaciones
almenadas en donde cada promontorio de críptico cristal se alza como una
estalactita o aquellos cofres envueltos en moho y en orín con las cerraduras
desvencijadas, que no están en las casas de antigüedades sino en el bosque
helado o en la tórrida selva.
“Platero
y Yo” que con toda la vasta obra de Juan Ramón Jiménez acaba de recibir el
Premio Nobel, es un cerrado círculo donde se agudiza y resume la multiforme
brujería infantil, y un campo constelado y fecundo para los que no pueden
realizar ese colmo, ese albo y marfilino castillete. “Platero y Yo” es un
cierre y a la vez un umbral. Nos entregó la espiga exacta con lumbrera
estilística, y todos los inventores, tocados por la espiga, hallan de nuevo
ante sus ojos un frenesí fosfórico, afán de fuego y fuga, anillos y abalorios
en el heno.
Y
aunque Juan Ramón Jiménez no escribió alardes mitológicos, aunque sólo encontró
la aguja reluciente en el pajar, habremos dado un paso a su lado. Las mariposas
que invadirán con su policromía no serán las mariposas blancas o doradas que
buscaban las suaves orejas de Platero, pero tampoco serán mariposas de aire
acondicionado sino de brisa de campiña. El hechizo ya no se recargará de
novedad sino de irisación ancestral, de lumbre atávica; la bruja no podrá
emerger de una refrigeradora y los ladrones de Alí Babá nose convertirán en
“gangsters” llamados Bill o Mister Jeffrey. En suma, el cuentecillo no podrá
volverse subrrealista ni rebajarse a “modernidad”. Siguiendo las huellas del
burrito habremos dado vuelta hacia lo antiguo. Pues ¿qué es precisamente la
tarea de lo fabuloso sino devolver un tiempo extraño e intocado, tiempo oscuro,
solemne, subterráneo, que no huele a pulido ni a demasiado higiénico?
Los
autores de cuentos infantiles fueron siempre hombres añorantes. Preparan una
caja de papel, un librito, en donde puedan encerrar lo ido como a un sonoro y
lucido juguete. El hombre añorante anhela su niñez, porque en ella gozó de
paradisíaca y acaso excesiva libertad. Arranca las hojas de su calendario para
toparse con aquel extremo candor, con aquella hora habitada no por axiomas ni
por leyes sino por seres mínimos y frágiles: dioses, deidades, duendes. Desea
rescatar su rota condición de “lejano” pues el niño que fue y todos los niños,
siempre han tenido lejanía. El niño, aunque tenga un muñeco a la mano, forja
siempre lo extraño, lo alado, lo virtual o lo etéreo. Cuando el niño dice “esto
es mío” es como si quisiera agarrar algo a toda esa inefable provocación que lo
circunda. Tanto a los niños como a los añorantes, los caracteriza una falta
absoluta de propiedad. Para ambos, la posesión siempre es un sueño. La única
deferencia es que el adulto añora se dedica contar “había una vez un rey”, y al
niño le gusta simplemente que le cuenten. Y lo que se cuenta, o se escucha de
manera contada, contiene un curioso temblor. Los cuentos se nos dan en
narración, a distancia. Es tiempo relatado, embrujado; no es tiempo poseído.
Grimm, Perrault y Andersen escribieron sus cuentos desde la contemplación, no
desde la posesión. El estilo del cuento se parece mucho a una piedad, es como
un velo malva y estriado con perlas diminutas que pasa sobre aquello que
sucedió y se pierde. Desde que se comienza a leer o a oír un cuento, la amenaza
se cierne sobre la criatura y el paisaje. Tiemblan la planta, el animal, el ser
humano. Habitan y parpadean en su reino. Toda la prosa mágica va encarnando la
búsqueda o el “complejo” compacto del tesoro. Y la reverberación se dona por el
medio más indefenso; una prosa anecdótica, o sea por un medio increíble,
inverosímil. Lo único que se defiende es el fulgor, lo cromático, la chispa, el
colorido. El dramatismo de estos libros reside en la lucha emprendida entre lo
cabalístico y lo fugitivo. El tiempo no ha sido encadenado; ha sido solamente
encantado. Una varita de virtudes no tiene las mismas propiedades que un
cerebro. El rescate impalpable percibe su realismo enemigo. Raigambre angélica
y jamás analítica, se impregna de pavor ante el riesgo.
Si
para el poema el descubrimiento viene ya custodiado por un celo o conocimiento
de asechanzas, si en el poema todo se encamina, defendiéndose, cuando se añora
no hay preparativos. Se está a merced de lo providencial. Todo poeta, desde
luego, contiene ese germen de lo añejo o de lo reminiscente, pero de una manera
abarcante. Lo pasado es un aspecto auxiliar, aunque muy jugoso, para el poema.
En el poema, sin sucesos, todos los tiempos van unidos. Lo que rige es la línea
de enlace, la desaparición de todo instante desligado y libérrimo. Detenerse en
una etapa dada, por más deslumbrante que parezca, sería impedir el logro más
total. Con los cuentos mágicos, que es otro cantar, ocurre lo contrario. No
vemos un tiempo global, ayer, actualidad y noción de porvenir a través de la
imagen o el concepto. Vemos “aquello”, “lo que estaba allá”... Pero, entonces,
¿por qué “Platero y Yo” fue escrito o conjugado en tiempo presente? Eso fue una
treta singular. A mi modo de ver, Juan Ramón Jiménez, no añorante sino añoranza
pura, quiso “presencializar”, actualizar un tiempo mágico. El niño, después de
leer “Platero y Yo”, necesitará esforzarse para que el mundo sea milagro. Lo
inmemorial ha pasado a un terreno inmediato. Lo lejano, lo mítico, lo ideal, se
concreta. Juan Ramón Jiménez escribió su libro en tiempo presente acaso para
aligerar al niño de esfuerzos comparativos, para propiciarlo y favorecerle la
inventiva, pues si para recordar a una princesa de Perrault quizás el niño
necesita algún objeto que se le relacione, un objeto, un retazo de seda, para
recordar a Platero necesitará apenas de lo elemental. Una princesa de Perrault
es una hermosísima criatura barroca: luce bucles como virutas, chaleco con
pedruscos y por su falda de anchas orlas rojas vuelan los gnomos y los elfos.
Platero es mucho menos elaborado. No tiene su humildad, su ternura, su felpa
palpitante, su paciencia. Platero está mucho más cercano para verificar su
doble condición de lejanía plateada. Platero es un burrito, aunque un burrito
incandescente. El niño podría hallarle en medio a su acontecer cotidiano.
¿Acaso no surge el burrito del carro de legumbres, parado ante el jardín,
hundiendo la cabezota de onix en los macizos de las flores silvestres?
No
hay verdadera separación entre “Platero y Yo” y el mundo mágico, porque éste
dice: había una vez un rey, y aquél decide: hay un burrito de plata. La
diferencia es de matiz, no de actitud. De otra forma, no se hubiesen elegido
los elementos que lo componen con tal exactitud. Su material está siempre
formado por entes substantivos, por fenómenos cotidianos pero capaces de
remontarse en vuelo lírico: gentes, huertos, follajes, estrellas... Ni un solo
desliz de lo civilizado hay en Platero. La civilización, oposición a lo
salvaje, es casi siempre lo engreído. Ni una sola vanidad en Platero, todo
modestia al irradiar, todo lejanía presente. Si el cuento de hadas ponía
piedras preciosas en las ramas, ahora el nimbo se ha vuelto más claro y
familiar: rodea una pelambre grisácea... Todo burrito tiene aureola. Se ilumina
lo más anónimo. Se humaniza y diviniza lo más humilde. Se hace plata borrega.
Su mensaje se lee sin esfuerzo, pero con la misma enriquecedora, imprecisa e
intensa emoción con que se lee un cuento de hadas, porque parece darnos una
aguda y sonora esencialidad de lo que es y lo que ha sido la imposible verdad
de un encantamiento.
Siguiendo
sus andanzas, nos vemos trasplantados a una época mansa en que todo se hacía
locura de color, de sabor y de olor. Platero trae el pretérito perdurable, lo
trae en su lomo gris, lo trae por medio de una prosa encantada en la que sí
caben los instantes; aquella hora de sol, aquella oscuridad bajo la
enredadera... Todos los que de verdad fueron niños verán algo distinto, algo
suyo, en medio a ese apacible llamado heterogéneo. Vemos súbitamente el burrito
de metal, dije colgante de una tarjeta de bautizo o el pollino de celuloide con
que jugamos. Platero trae lo anónimo pero también los nombres. Vemos los
detalles, los gestos, los objetos. Los burritos desfilan, unos cargados de
hortalizas, otros de golosinas o pedrerías. Burritos frutales, reverberantes
bajo el sol. Cada quien tiene el suyo, Platero, camellito cargado de yerbas con
pequeñas margaritas, puede ser aquel burro que dejaba al pasar monedas de oro, y
también el del cuento “Piel de Asno” que regaló su piel a una princesa. Acaso,
para alguien, Platero fue forjado en una inquieta y honda nochebuena. Estaba
cabeceando entre las bombas multicolores de un árbol encendido o entrando al
cobertizo, al rescoldo tostado del pesebre. Platero puede ser el burrito
bíblico, el oscuro viandante silencioso que cruzaba entre muros ulcerados,
túnicas de aro iris, densos sicomoros y sombrías higueras.
Pero
Platero siguen siendo arquetípico, ideal. De su criatura, parte su alma. De su
acontecer, parte su espíritu. No hay futuro ni ahora en Platero. Hay sólo
infancia sin edad. Es lo anecdótico sublime o la suprema esencia de la
anécdota.
Platero
toca lo individual para seguir siendo popular. Platero y Yo o Platero y nosotros.
Pues así como desde un Quijote, una novela de hombres y de búsquedas, de polvo,
criaturas y caminos, cualquier jamelgo consumido pero jamás exhausto se llamó
Rocinante, desde que un poeta con cara de santo de retablo escribió su libro
prodigioso todos los burros gordezuelos y tiernos se llaman y se llamarán
Platero.
(Papel Literario de El Nacional, 13-12-56, pp. 1 y 6).
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