NOBEL PARA JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ
Neftalí Noguera Mora
L |
a noticia aparecida en los diarios
sobre la candidatura del poeta Juan Ramón Jiménez para el Premio Nobel de
Literatura tendrá en las instituciones culturales y academias de Hispanoamérica
el más apasionado estímulo.
No
es por capricho como me refiero al mundo Iberoamericano y a sus institutos y
academias. En efecto, creo entender que es a éstas a las que concierne la
presentación o el apoyo de figuras sobresalientes que hayan de ser sometidas al
gran Jurado de Estocolmo. Y, en lo que se refiere a nuestro Continente, es
aquí, en tierra indoespañola, donde la obra de Jiménez ha tenido la más
profunda resonancia y donde ha dejado las más imperecederas influencias.
La
generación del 98 español, a la que pertenece Juan Ramón se dejó sentir en
nuestros pueblos por su gran calidad creadora y por su actitud simple y humana.
Y llegó hasta la sensibilidad de las nuevas promociones finiseculares,
prolongándose en ellas y cruzándose en sus proyecciones. Como en España, en
América cunde el empeño de llevar al idioma a expresar lo fundamental en la
escritura con el término preciso. En lugar de abusar del adjetivo, los grandes
escritores que insurgen en esos días preferirán sugerirlo en la elegancia de la
frase desnuda. Esa generación peninsular de Jiménez, que atesora glorias como
las de Miguel de Unamuno, Ramón del Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, José
Ortega y Gosset (sic), Ramón Menéndes (sic) Pidal, Ramón Pérez de Ayala,
Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, Jacinto Benavente y Antonio y Manuel
Machado, se acompasa con Venezuela, por ejemplo con inteligencias de la calidad
de Urbaneja Achepol (sic), Eloy González, Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco
Fombona, Pedro Emilio Coll, Pedro César Dominici, Rafael Cabrera Malo, Laureano
Vallenilla Lanz, José Gil Fortoul, César Zumeta y Andrés Mata. Y en todo el
panorama de la literatura de Hispanoamérica aparecerán en aquellos días nombres
y obras, que la historia literaria recoge ya como los sobresalientes a través
de la vida de nuestras nacionalidades. Si en Venezuela, se los llama la
generación de “El Cojo Ilustrado”, por el nombre de la revista donde tuvo más
duradera expresión, en los pueblos del nuevo Mundo suele decírseles los
centenaristas o finiseculares. Basta solamente con leer un poco las
publicaciones de los últimos veinte años del siglo pasado y los primeros veinte
del actual para darse cuenta cabal de la vinculación personal que tuvieron, a
más de la escrita, los integrantes de este verdadero neo-renacimiento literario
de España y América.
Y el
nombre y la obra del maestro Juan Ramón Jiménez ocupan en la conciencia
literaria de Hispanoamérica un lugar básico y llenan un cometido substancial.
Fueron como el dedo que señaló nuevos horizontes a la expresión de la belleza y
la magia que llevó hasta el límite de la perfección la sencillez en el decir y
el escribir. Es por ejemplo, la maravilla de su “Platero y yo”, escrito para
que lo disfrutaran los niños y lo interpretaran los adultos.
Después
del Premio para Gabriela Mistral, la gran Maestra de América, no nos sentimos
desfraudados (sic) en la inteligencia de la raza, si el Premio Nobel le es
discernido a Don Juan Ramón Jiménez, gloria del idioma de Castilla, en su vieja
Patria y Madre y en el mundo que le dio Colón.
(La Calle ,
23-10-56).
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