lunes, 14 de septiembre de 2015

NOBEL PARA JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

NOBEL PARA JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ

Neftalí Noguera Mora



L

a noticia aparecida en los diarios sobre la candidatura del poeta Juan Ramón Jiménez para el Premio Nobel de Literatura tendrá en las instituciones culturales y academias de Hispanoamérica el más apasionado estímulo.
         No es por capricho como me refiero al mundo Iberoamericano y a sus institutos y academias. En efecto, creo entender que es a éstas a las que concierne la presentación o el apoyo de figuras sobresalientes que hayan de ser sometidas al gran Jurado de Estocolmo. Y, en lo que se refiere a nuestro Continente, es aquí, en tierra indoespañola, donde la obra de Jiménez ha tenido la más profunda resonancia y donde ha dejado las más imperecederas influencias.

La generación del 98 español, a la que pertenece Juan Ramón se dejó sentir en nuestros pueblos por su gran calidad creadora y por su actitud simple y humana. Y llegó hasta la sensibilidad de las nuevas promociones finiseculares, prolongándose en ellas y cruzándose en sus proyecciones. Como en España, en América cunde el empeño de llevar al idioma a expresar lo fundamental en la escritura con el término preciso. En lugar de abusar del adjetivo, los grandes escritores que insurgen en esos días preferirán sugerirlo en la elegancia de la frase desnuda. Esa generación peninsular de Jiménez, que atesora glorias como las de Miguel de Unamuno, Ramón del Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, José Ortega y Gosset (sic), Ramón Menéndes (sic) Pidal, Ramón Pérez de Ayala, Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, Jacinto Benavente y Antonio y Manuel Machado, se acompasa con Venezuela, por ejemplo con inteligencias de la calidad de Urbaneja Achepol (sic), Eloy González, Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona, Pedro Emilio Coll, Pedro César Dominici, Rafael Cabrera Malo, Laureano Vallenilla Lanz, José Gil Fortoul, César Zumeta y Andrés Mata. Y en todo el panorama de la literatura de Hispanoamérica aparecerán en aquellos días nombres y obras, que la historia literaria recoge ya como los sobresalientes a través de la vida de nuestras nacionalidades. Si en Venezuela, se los llama la generación de “El Cojo Ilustrado”, por el nombre de la revista donde tuvo más duradera expresión, en los pueblos del nuevo Mundo suele decírseles los centenaristas o finiseculares. Basta solamente con leer un poco las publicaciones de los últimos veinte años del siglo pasado y los primeros veinte del actual para darse cuenta cabal de la vinculación personal que tuvieron, a más de la escrita, los integrantes de este verdadero neo-renacimiento literario de España y América.

Y el nombre y la obra del maestro Juan Ramón Jiménez ocupan en la conciencia literaria de Hispanoamérica un lugar básico y llenan un cometido substancial. Fueron como el dedo que señaló nuevos horizontes a la expresión de la belleza y la magia que llevó hasta el límite de la perfección la sencillez en el decir y el escribir. Es por ejemplo, la maravilla de su “Platero y yo”, escrito para que lo disfrutaran los niños y lo interpretaran los adultos.
Después del Premio para Gabriela Mistral, la gran Maestra de América, no nos sentimos desfraudados (sic) en la inteligencia de la raza, si el Premio Nobel le es discernido a Don Juan Ramón Jiménez, gloria del idioma de Castilla, en su vieja Patria y Madre y en el mundo que le dio Colón.







(La Calle, 23-10-56).

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