lunes, 14 de septiembre de 2015

LO POCO SABIDO EN JUAN RAMÓN

RUMBOS
LO POCO SABIDO
EN JUAN RAMÓN

                  Alfonso Rumazo González



A

nte todo, ha de saberse muy en firme que Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel, escribió para las minorías; sus poemas traen un pulimento y un sentido a veces tan recóndito, que se vuelven difíciles. En manos del pueblo no está sino “Platero y yo”, en prosa. ¡Y cuán superior es su poesía “Platero y yo”! Ese poder de síntesis y esa obsesión por alquitarar, comenzaron en él muy temprano, pero sin cabal acierto sino a partir de sus treinta y cinco años, al casarse. No sería injusto ni desacertado aseverar que su esposa, mentalidad de vuelo y firmemente valiosa en lo literario –hizo la traducción de todo Tagore- fue elemento capital en el forzarle al poeta a que abandonara por siempre toda influencia. Había empezado, según propia confesión, con Góngora, el Romancero y Bécquer; siguió con los grandes nombres que son Rilke, Mallarmé, Verlaine y Valéry, hasta dar con la fuente de oro de nuestro Darío en que bebió hasta la embriaguez. A partir del “Diario de un poeta recién casado”, que es el remache, ya no inquiere sino en lo suyo, íntimo, divorciado de todos. Ha aumentado su soledad, volviéndose pura; mas ha crecido al par, gigantescamente, la originalidad. El inconfundible Juan Ramón, el auténtico y fácilmente diferenciable, es el posterior a 1916, en punto a poemas. “Platero y yo” fue anterior; apareció en 1914, en coincidencia con el estallido de la primera guerra mundial, en que España fue neutral.


         La pasión estética suya por perfeccionarse a sí mismo, depurándose, en ejercicio de crisol, ha sido asociada directamente por su mujer Zenobia. Quien haya tomado alguna intimidad en ese hogar, habrá descubierto y sabido que nada o casi nada se publicaba sin la previa revisión suya, muy inteligente, muy minuciosa. No por obra de imperio femenino sobre el hombre, que en punto a orgullo pocos le superan a Juan Ramón, sino por esa pasión suya de amor intelectual que quiere para el gran poeta lo mejor siempre. No corrige ni enmienda: opina, hace ver hasta que desaparezca en cada línea y en cada estrofa una nimia imperfección o cualquier eco. Hubo, por ende, suma sinceridad cuando este varón extraordinario, al oír las primeras noticias de la posibilidad de su triunfo en Estocolmo, dijo que quien merecería el Nobel sería su compañera. En ellos el amor llegó a profunda comprensión, volviéndose colaboración e ímpetu de consonancia. Pocas veces una mujer preeminente ha servido más a un hombre de mayor preeminencia. Del campo literario, pasaba ella a otro, muy necesario para Juan Ramón: el de enfermera, para su alma y su cuerpo. El glorioso enfermo de soledad, triste y despótico, desalentado y rebosante en retos despectivos, padecía graves caídas espirituales y agudísimas neurosis largas. Hubo años en que no escribió casi nada; en otro tiempo, en Puerto Rico donde viven todavía, tomó la obsesión de la muerte como si fuese amenaza y persecución inminentes, inevitables. Ella lo ha redimido siempre, con esa abnegación gigante que desconcertaba al propio Wilde, en los años de su matrimonio. Zenobia, la garbosa mujer alta y rubia de otros tiempos, yace hoy en el lecho, aguardando el desenlace; el cáncer quiere llevársela ya, y el poeta se quedará ahora con más gloria, por el Nobel, y con más desolada soledad, que decía Unamuno. Sus ojos negros, intensos, la palidez de cera de su rostro, las enjutas carnes, todo se acentuará hasta el infinito dolor.
         Y le llega este golpe traidor, cuando tiene todavía, sobre sus más de treinta tomos publicados, mucha, muchísima producción inédita. Sus cajones llenos de originales todavía en desorden; aparte de eso, una colección de doce mil aforismos suyos –la tradicional filosofía de España constan en aforismos- , desconocidos casi todos. Lee tanto, que le suponen cercado de volúmenes en su escritorio; y así sucede. Sólo la lectura permanente puede salvar al hombre culto, impidiendo con ello su descanso. D’ Ors compadecía a quienes vivían lejos de los libros. “Está oxigenándoseles       la imagina-
nación”, escribía.
         ¿Volverá hoy a España, este sincerísimo republicano que salió de ella en 1936 por defender, con eso, sus convicciones? Hubo ese plan hará unos meses; la propia          Zenobia lo dio a conocer, y hasta se fijaba la primavera última para eso; primavera que ya pasó. El espíritu continental, el de nuestra América íntegra, se estremeció con aquel anuncio. ¿Juan Ramón retrocedía? Todo ha cambiado con los sucesos de estos días, y el futuro se vuelve ya incógnita mayor. Pero, quizás nunca cambió, y los informe de la noble mujer carecieron de verdadero asentimiento en el poeta. Este, hará un año, escribió a la revista malagueña “Caracola” una carta, para referirse al proyecto del Estado español de comprar la casa donde él naciera, bien para regalarla al ausente, bien para convertirla en museo juanramoniano. Ahí decía este decir profundo y casi cruel: “Si yo volviera a España con mi mujer, cosa difícil por nuestra situación actual, pues todas nuestras pertenencias particula-
res las dispersamos al salir, sería imposible rehacer nuestra vida a nuestra edad. Muertos nuestros padres, dos de mis hermanos, tres sobrinos, uno de ellos mi ahijado, que tanto queríamos y nos quería, la blanca maravilla de mi pueblo, la luz con el tiempo dentro, sería para mí un páramo de pena”.


         Quédesenos aquí, Juan Ramón, como va a quedarse Zenobia. Aquí, en América, nadie le discute; aquí, sólo aquí, su “Platero y yo” ha sido declarado de lectura obligatoria en más de una república; aquí, su inmensa poesía, destinada a las grandes “minorías” nos da enseñanza y nos impulsa a subir. Además, ¿cómo no hemos de amar intensamente a quien tomó, durante años, por maestro y guía, a nuestro Rubén, cuando tantos y tantos en la Península lo condenaban?









(Últimas Noticias, 28-10-56, p. 4).

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