lunes, 14 de septiembre de 2015

LA AMISTAD RUBÉN DARIO JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

LA AMISTAD RUBÉN DARIO

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


                               Gastón Figueira



  I. MADRID, 1900

P

recedido por la notoriedad que le habían dado los tan certeros elogios de Don Juan Valera –hoy repetidos en todas las innumerables ediciones de Azul...-llegó Rubén Darío por vez primera a Madrid en 1892, como delegado de la república de Nicaragua a la Exposición Histórico-Americana realizada en la capital de España para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América. Fue aquella una inolvidable reunión de intelectuales, a la que también concurrió, representando al Perú, Ricardo Palma. Mi padre, el educacionista y paleontólogo José H. Figueira, delegado de su patria uruguaya, me refirió más de una vez la óptima impresión que le deparó el conocimiento personal de Rubén Darío, no sólo por la sencillez y sencillez y simpatía de su trato, sino también por cierta aura de bondad y comprensión que lo circundaba. Tanto en las calles y palacios de Madrid, como en su retiro del “Hotel de las Cuatro Naciones”, Darío interesaba por la fineza y elocuencia de su palabra fraterna.

         De regreso a América, Rubén enviudó de su primera esposa, Rafaela Contreras, a fines de 1892. Tres meses más tarde contrajo nupcias con Rosario Murillo. Fue en diciembre de 1898 que el poeta realizó su segundo viaje a España, a donde entró por la hermosa puerta de Barcelona, iniciando una larga estada en Europa (España, Francias, Italia, Bélgica, Alemania, Austria). Durante ese segundo viaje se inició su amistad con Juan Ramón Jiménez, quien, en ocasión de aquella primera visita de Rubén a España, en 1892, sólo contaba diez años de edad. Cuando, exilado voluntario en Estados Unidos, en 1944, Juan Ramón pronunció unas bonitas palabras con motivo de la botadura del “fletero de la Libertad Rubén Darío”. Recordó esa etapa de su vida, en que “invitado poéticamente por Rubén, subió de Andalucía a Madrid”. El Madrid- agreguemos- de 1900, ya algo fatigado de las ingenuas familiaridades líricas de Campoamor, como de las grandilocuencias rimadas de Núñez de Arce; el Madrid en que despertaba – a manera de las primeras rayas de luz de un alba primaveral- la llamada “generación del 98”; el Madrid al que había llegado o estaba por llegar, un tomito de tapa verde aceituna en que debajo de una inscripción de “La Vida Nueva .III” se leía en tinta roja la palabra (luego tan popularizada) “Ariel” y –nuevamente en tinta negra- “por José Enrique Rodó”.

         Juan Ramón traía muchos versos bajo el brazo y muchas ilusiones en su frente de dieciocho años. Y una leal admiración por Darío. En ese mismo año de 1900 publicó sus dos primeros libros –de poemas naturalmente- titulados, respectivamente Almas de Violeta y Ninfeas. El primer título le fue dado por Darío, a quien conoció personalmente por aquella época en Madrid. Valle Inclán le alcanzó el título Ninfeas.  Agreguemos que Juan Ramón muy pronto olvidó esas obras, de las que no le gustaba que le hablaran. Sin embargo, esta es la oportunidad de detenernos un poco en sus páginas. Almas de Violeta lleva un “atrio” en prosa, firmado por Francisco Villaespesa, expresando sus ideas acerca de las entonces “modernas tendencias literarias”. Es un pequeño tomo impreso en tinta violácea. Su lirismo resulta bastante confuso y convencional, con exageraciones muy románticas. Sin embargo, en medio de ese caos, ya apunta algo de aquel tono de “canción” que luego daría tanta personalidad al autor. Así, por ejemplo, este pasaje: “¡Tengo una tristeza/ dentro de mi alma!/ ¡Siento unos deseos/ de ahogarme en mis lágrimas!”, que en un sentimentalismo excesivamente espontáneo, tiene, no obstante, pureza de expresión, en una época en que el modernismo era todavía algo muy apegado a lo decorativo, exceptuando, claro está, sus mejores momentos.

         Ninfeas, obra más voluminosa que Almas de Violeta –consta de 128 páginas, en noble papel ilustración- está impreso en tinta verde. Presenta en su cubierta un dibujo sin firma, en que aparece la efigie del adolescente poeta, con breve bigote, con una melancolía impresionante en la mirada. En general, la obra es verbalista en exceso. No se reconocería en esos extensos poemas (La Canción de los Besos, Mis Demonios, Tétrica, Quimérica) al finísimo poeta que es Juan Ramón. Aunque, como hemos dicho, él olvidó ese libro, al seleccionar su primera antología (1917) insertó dos poemas de Ninfeas y un fragmento aprovechable de la vasta “canción de los besos”. En su segunda antología y en las posteriores incluyó dos poesías más de Ninfeas, muy corregidas, re-creadas. Y sobre todo, Ninfeas luce un pórtico escrito por Rubén –a insistente pedido del autor- un soneto alejandrino a Juan Ramón, cuyo mejor pasaje es –a nuestro parecer- el final:

¿Te enternece el azul de la noche tranquila?
                     ¿Escuchas pensativo el sonar de la esquila
                     cuando el Angelus dice el alma de la tarde
                    
                     Y las voces ocultas su razón interpreta?*
                     Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta.
                     La Belleza te cubra de luz y Dios te guarde.

         En su nutrida recopilación de El Archivo de Rubén Darío (Buenos Aires, 1943) Alberto Ghiraldo recogió –por primera vez en un libro- la carta relacionada con ese soneto, en que Juan Ramón (Moguer, 2 de junio de 1900) envía a Rubén las pruebas de imprenta de Ninfeas solicitándole el prólogo (“no deje de hacerlo, que colmará de ese modo mi ilusión de muchos días. En la imprenta está suspendida la tirada del libro, esperando el prólogo, para imprimir las primeras páginas y el índice”). Y más adelante, luego de hablar de un libro en preparación, Besos de oro (que nunca publicó, que confesó haber destruido en sus originales) Juan Ramón afirma algo que resultó cierto: “De hoy en adelante, mis libros no llevarán prólogos; quiero que el de Vd. En Ninfeas sea solamente mi presentación”.





·        Ignoramos por qué razón presenta Fogelquist el verso 12 de este soneto como “¿Tu corazón las voces ocultas interpreta”?, ya que nuestro ejemplar –uno de los pocos que quedan en el mundo- de Ninfeas (Madrid, 1900, Tipografía Moderna), presenta, en la página XIII (sin foliar), ese soneto, con el verso 12, tal vez como aquí lo publicamos. Por lo demás, la única reimpresión de Ninfeas, incluida en Primeros Libros de Poesía (de J.R.J.), Biblioteca Premios Nobel, de la Editorial Aguilar (Madrid, 1959) , reproduce dicho soneto de Darío, en la página 1464, en versión igual a la nuestra. ¿Habrá que pensar que la variante es una corrección realizada por Rubén?



II.- COLOQUIO ENTRE POETAS

Siempre hemos de agradecer a Donald F. Fogelquist el haber reunido y dado a conocer la correspondencia entre Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez, desde esa carta de 1900, hasta una, muy breve, de Darío, fechada en su querido París, once años más tarde. La obra de Fogelquist, editada en 1956, es un modelo de orden y de erudición, exacta en sus anotaciones y acompañada de una bibliografía en que se recuerda cuanto de significativo se ha publicado acerca de ambos poetas. Sólo hemos de lamentar que el hecho de tratarse de una edición oficial (publicada por la University of Miami Press, de Coral Gable, Florida, Estados Unidos) no haya sido posible encontrarla en las librerías de América Latina y sean pocos los que en estos países han tenido la fortuna de leerla. Nos parece oportuno, pues, en este homenaje que la Revista Nacional de Cultura rinde al maestro del modernismo, hojear un poco estas cartas que no son todas, pues el compilador advierte que varias se extraviaron. He aquí, por ejemplo, aquélla en que Darío habla de “viajes y agitaciones en este París tremendo” afirmando que, no obstante, “jamás olvida a uno de los espíritus jóvenes más nobles, más brillantes y más puro que ha conocido”. Y el agregado: “Me apena que usted esté enfermo. Hay que tener voluntad de vivir y voluntad de sanar, y uno vence a todo. ¿Por qué no se viene usted a curar a Francia?”. (Sin duda, fue este consejo el que indujo a Juan Ramón a residir en un sanatorio de Burdeos).

Más adelante, una carta de Juan Ramón: “¿Por qué está usted triste? Verdaderamente –pienso todos los días- hizo usted mal en irse de Madrid. Ahora me toca a mí consolarle”. Y hacia el final de la carta: “Antonio Machado es un gran poeta. Yo hice un largo artículo sobre Soledades. ¿Lo vio usted?”:

Y, desde París, la respuesta del nicaragüense: “Su artículo es noble, valiente. Me afirma en mi creencia: todo poeta escribe bella prosa”.

La melancolía de ambos poetas halla en la correspondencia mutuos alivios. Así, mientras Rubén dice a Juan Ramón: “Yo creo que está Ud. enfermo de tristeza. Eso no está bien. Hay que reaccionar y vencer a la vida, viviendo y luchando”, no por eso deja de agregar en una carta siguiente: “Mientras le escribo largamente sobre mi tristeza y su última carta y le envío las Prosas y varios versos nuevos,”, etc.

Otra carta de Darío: “Estoy enfermo del entendimiento, de la memoria, de la voluntad. A Ud., querido amigo, le recuerdo y leo siempre, con creciente placer”. Y en otra, también de París, se refiere nuevamente a su dolencia: “Es una neurastenia del demonio. A Málaga me voy porque cada invierno me amenaza una congestión pulmonar. Voy por el sol”. Y luego, una referencia interesante, del propio autor, acerca de sus libros: “Mi primer libro, primera manera, que se llama Primeras notas, muy español, muy clásico y todo y Zorrillesco y Nuñezdearciano. Luego un tomito publicado en Chile, Abrojos y luego Azul... y lo demás. Un librito en prosa, A. de Gilbert publicado en San Salvador. Yo no tengo ninguno!” (Hay también, naturalmente, una referencia a Los Raros). Y el consejo final a Juan Ramón: “Cuídese y sea el admirable poeta que es”. Y más adelante, una de las tarjetas de Málaga: “Málaga me es la Pascua. El mar y el cielo están alegres. Yo no escribo un solo verso. Estoy un poco triste y otro poco decepcionado. Hay odios y miserias entre las letras”. Y la respuesta del poeta andaluz: “Si yo estuviera bien, iría con Ud. para estar juntos al lado de la mar de España en estos días de enero tan llenos de solo por ahí y tan helados, tan grises en esta ciudad. Pero Ud. no está triste: ya sabe que no pasan, ni su obra ni su corazón”.

Más adelante, Rubén anuncia a Juan Ramón la publicación, en “La Nación” de Buenos Aires, de aquel magnífico ensayo sobre Arias Tristes, luego recogido en su libro Tierras Solares y en que tan fina y agudamente penetra en el lirismo del andaluz, reconociéndole el poeta español más personal desde Bécquer y el que cumplió cabalmente el precepto verlainiano: de la musique avant toute chose.

Otra carta de Darío, de regreso de Hungría, de Italia, de Austria, dice a Juan Ramón lo mucho que le evocó en aquellos hermosos lugares y agrega: “y no pierdo la esperanza de que algún día hemos de recorrer juntos estas tierras”. Más adelante, desde París, esta palabra profética para Platero y Yo: “Su libro en prosa será exquisito, porque la prosa de Ud. es hermana de sus versos”.

La última carta de Juan Ramón trae esta confesión: “Me habla Ud. de mi aislamiento. ¡Mi aislamiento! Yo he sido siempre, como Ud. sabe, un aislado; como que la soledad es buena amiga de la bondad y de la belleza. Ahora bien, la cuestión es esta: ¿dónde debe un aislarse? ¿En un pueblo como Moguer? Hay paz, hay silencio...relativo. Se reciben libros, revistas, cartas; pero no puede ir uno a un museo, a un concierto, a un parque monumental. ¿En una gran ciudad, como París? En el ambiente de una gran ciudad existe todo, pero, por lo mismo, falta la nostalgia. En fin, el asunto es soñar, pensar y cantar de un modo o de otro, pues que en todas las direcciones puede encontrarse la belleza absoluta”.

En su documentada obra, el profesor D.F. Fogelquista transcribe el denso poema de Juan Ramón con motivo de la muerte de Darío. Pero no menciona –quizá por desconocerla, ya que en 1956 no se había reimpreso obra tan poco difundida –la dedicatoria a Darío de Melancolía (1912) designándole, en la página 7 (sin foliar) de la edición original, “melancólico” capitán de la gloria”.

III. FRATERNAL AMISTAD

El estudio de la correspondencia cambiada entre Juan Ramón y Rubén resulta interesantísimo para reconstruir un capital importante de la biografía espiritual de ambos artistas. Pero tanto o más que ese matiz sicológico, nos interesa otro: la perfecta comprensión, la total lealtad de ambos poetas, su amistad verdadera. Ya Juan Ramón nos había expresado, en Montevideo y en Washington, que esa amistad no fue empañada por el más mínimo resentimiento: estas cartas lo confirman. En ellas hay pasajes en que Rubén habla, con nombres propios, de deslealtades, de ingratitudes. En una afirma: “Yo, que he perdido muchas simpatías y que me hecho (sic) enemigos por no escribir cartas, escribo a Ud. más que voluntariamente”. Y más adelante: “Veo en Ud. un poeta verdadero, que tiene el corazón sano”. Sin duda, veía Rubén en Jiménez la salud de su propio corazón. No hubo entre ellos rivalidades, a pesar de haber vivido y publicado en la misma época. Debemos pensar –y alegrarnos, como un estímulo contra los derrotismos- que no siempre son exactas las famas de incomprensiones personales entre escritores, entre artistas. Sobre todo, cuando, como en este caso, ellos poseen eso que todo lo salva: un auténtico señorío espiritual.

(Revista Nacional de Cultura, Nov-Dic de 1966, pp. 53-57).




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