LA AMISTAD RUBÉN DARIO
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Gastón Figueira
I. MADRID, 1900
|
P
|
recedido por la notoriedad que le habían dado los tan
certeros elogios de Don Juan Valera –hoy repetidos en todas las innumerables
ediciones de Azul...-llegó Rubén Darío por vez primera a Madrid en 1892, como
delegado de la república de Nicaragua a la Exposición
Histórico-Americana realizada en la capital de España para
conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América. Fue aquella una
inolvidable reunión de intelectuales, a la que también concurrió, representando
al Perú, Ricardo Palma. Mi padre, el educacionista y paleontólogo José H.
Figueira, delegado de su patria uruguaya, me refirió más de una vez la óptima
impresión que le deparó el conocimiento personal de Rubén Darío, no sólo por la
sencillez y sencillez y simpatía de su trato, sino también por cierta aura de
bondad y comprensión que lo circundaba. Tanto en las calles y palacios de
Madrid, como en su retiro del “Hotel de las Cuatro Naciones”, Darío interesaba
por la fineza y elocuencia de su palabra fraterna.
De regreso a
América, Rubén enviudó de su primera esposa, Rafaela Contreras, a fines de
1892. Tres meses más tarde contrajo nupcias con Rosario Murillo. Fue en
diciembre de 1898 que el poeta realizó su segundo viaje a España, a donde entró
por la hermosa puerta de Barcelona, iniciando una larga estada en Europa
(España, Francias, Italia, Bélgica, Alemania, Austria). Durante ese segundo
viaje se inició su amistad con Juan Ramón Jiménez, quien, en ocasión de aquella
primera visita de Rubén a España, en 1892, sólo contaba diez años de edad.
Cuando, exilado voluntario en Estados Unidos, en 1944, Juan Ramón pronunció
unas bonitas palabras con motivo de la botadura del “fletero de la Libertad Rubén
Darío”. Recordó esa etapa de su vida, en que “invitado poéticamente por Rubén,
subió de Andalucía a Madrid”. El Madrid- agreguemos- de 1900, ya algo fatigado
de las ingenuas familiaridades líricas de Campoamor, como de las grandilocuencias
rimadas de Núñez de Arce; el Madrid en que despertaba – a manera de las
primeras rayas de luz de un alba primaveral- la llamada “generación del 98” ; el Madrid al que había
llegado o estaba por llegar, un tomito de tapa verde aceituna en que debajo de
una inscripción de “La Vida
Nueva .III” se leía en tinta roja la palabra (luego tan
popularizada) “Ariel” y –nuevamente en tinta negra- “por José Enrique Rodó”.
Juan Ramón
traía muchos versos bajo el brazo y muchas ilusiones en su frente de dieciocho
años. Y una leal admiración por Darío. En ese mismo año de 1900 publicó sus dos
primeros libros –de poemas naturalmente- titulados, respectivamente Almas de Violeta y Ninfeas. El primer título le fue dado por Darío, a quien conoció
personalmente por aquella época en Madrid. Valle Inclán le alcanzó el título Ninfeas.
Agreguemos que Juan Ramón muy pronto olvidó esas obras, de las que no le
gustaba que le hablaran. Sin embargo, esta es la oportunidad de detenernos un
poco en sus páginas. Almas de Violeta
lleva un “atrio” en prosa, firmado por Francisco Villaespesa, expresando sus
ideas acerca de las entonces “modernas tendencias literarias”. Es un pequeño
tomo impreso en tinta violácea. Su lirismo resulta bastante confuso y
convencional, con exageraciones muy románticas. Sin embargo, en medio de ese
caos, ya apunta algo de aquel tono de “canción” que luego daría tanta
personalidad al autor. Así, por ejemplo, este pasaje: “¡Tengo una tristeza/
dentro de mi alma!/ ¡Siento unos deseos/ de ahogarme en mis lágrimas!”, que en
un sentimentalismo excesivamente espontáneo, tiene, no obstante, pureza de
expresión, en una época en que el modernismo era todavía algo muy apegado a lo
decorativo, exceptuando, claro está, sus mejores momentos.
Ninfeas, obra más voluminosa que Almas de Violeta –consta de 128 páginas,
en noble papel ilustración- está impreso en tinta verde. Presenta en su
cubierta un dibujo sin firma, en que aparece la efigie del adolescente poeta,
con breve bigote, con una melancolía impresionante en la mirada. En general, la
obra es verbalista en exceso. No se reconocería en esos extensos poemas (La
Canción de los
Besos, Mis Demonios, Tétrica, Quimérica) al finísimo poeta que es
Juan Ramón. Aunque, como hemos dicho, él olvidó ese libro, al seleccionar su
primera antología (1917) insertó dos poemas de Ninfeas y un fragmento aprovechable de la vasta “canción de los
besos”. En su segunda antología y en las posteriores incluyó dos poesías más de
Ninfeas, muy corregidas, re-creadas.
Y sobre todo, Ninfeas luce un pórtico
escrito por Rubén –a insistente pedido del autor- un soneto alejandrino a Juan
Ramón, cuyo mejor pasaje es –a nuestro parecer- el final:
¿Te enternece el
azul de la noche tranquila?
¿Escuchas pensativo el sonar de la esquila
cuando el Angelus dice el alma de
la tarde
Y las voces ocultas su razón interpreta?*
Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta.
En su
nutrida recopilación de El Archivo de
Rubén Darío (Buenos Aires, 1943) Alberto Ghiraldo recogió –por primera vez
en un libro- la carta relacionada con ese soneto, en que Juan Ramón (Moguer, 2
de junio de 1900) envía a Rubén las pruebas de imprenta de Ninfeas solicitándole el prólogo (“no deje de hacerlo, que colmará
de ese modo mi ilusión de muchos días. En la imprenta está suspendida la tirada
del libro, esperando el prólogo, para imprimir las primeras páginas y el
índice”). Y más adelante, luego de hablar de un libro en preparación, Besos de oro (que nunca publicó, que
confesó haber destruido en sus originales) Juan Ramón afirma algo que resultó
cierto: “De hoy en adelante, mis libros no llevarán prólogos; quiero que el de
Vd. En Ninfeas sea solamente mi
presentación”.
·
Ignoramos por qué
razón presenta Fogelquist el verso 12
de este soneto como “¿Tu corazón las voces ocultas interpreta”?, ya que nuestro
ejemplar –uno de los pocos que quedan en el mundo- de Ninfeas (Madrid, 1900, Tipografía Moderna), presenta, en la página
XIII (sin foliar), ese soneto, con el verso 12, tal vez como aquí lo
publicamos. Por lo demás, la única reimpresión de Ninfeas, incluida en Primeros
Libros de Poesía (de J.R.J.), Biblioteca Premios Nobel, de la Editorial Aguilar
(Madrid, 1959) , reproduce dicho soneto de Darío, en la página 1464, en versión
igual a la nuestra. ¿Habrá que pensar que la variante es una corrección
realizada por Rubén?
II.- COLOQUIO ENTRE POETAS
Siempre hemos de agradecer a
Donald F. Fogelquist el haber reunido y dado a conocer la correspondencia entre
Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez, desde esa carta de 1900, hasta una, muy
breve, de Darío, fechada en su querido París, once años más tarde. La obra de
Fogelquist, editada en 1956, es un modelo de orden y de erudición, exacta en
sus anotaciones y acompañada de una bibliografía en que se recuerda cuanto de
significativo se ha publicado acerca de ambos poetas. Sólo hemos de lamentar
que el hecho de tratarse de una edición oficial (publicada por la University of Miami
Press, de Coral Gable, Florida, Estados Unidos) no haya sido posible
encontrarla en las librerías de América Latina y sean pocos los que en estos
países han tenido la fortuna de leerla. Nos parece oportuno, pues, en este homenaje
que la Revista Nacional de Cultura rinde al maestro del
modernismo, hojear un poco estas cartas que no son todas, pues el compilador
advierte que varias se extraviaron. He aquí, por ejemplo, aquélla en que Darío
habla de “viajes y agitaciones en este París tremendo” afirmando que, no
obstante, “jamás olvida a uno de los espíritus jóvenes más nobles, más
brillantes y más puro que ha conocido”. Y el agregado: “Me apena que usted esté
enfermo. Hay que tener voluntad de vivir y voluntad de sanar, y uno vence a
todo. ¿Por qué no se viene usted a curar a Francia?”. (Sin duda, fue este
consejo el que indujo a Juan Ramón a residir en un sanatorio de Burdeos).
Más adelante, una carta de Juan
Ramón: “¿Por qué está usted triste? Verdaderamente –pienso todos los días- hizo
usted mal en irse de Madrid. Ahora me toca a mí consolarle”. Y hacia el final
de la carta: “Antonio Machado es un gran poeta. Yo hice un largo artículo sobre
Soledades. ¿Lo vio usted?”:
Y, desde París, la respuesta
del nicaragüense: “Su artículo es noble, valiente. Me afirma en mi creencia:
todo poeta escribe bella prosa”.
La melancolía de ambos poetas
halla en la correspondencia mutuos alivios. Así, mientras Rubén dice a Juan
Ramón: “Yo creo que está Ud. enfermo de tristeza. Eso no está bien. Hay que
reaccionar y vencer a la vida, viviendo y luchando”, no por eso deja de agregar
en una carta siguiente: “Mientras le escribo largamente sobre mi tristeza y su
última carta y le envío las Prosas y
varios versos nuevos,”, etc.
Otra carta de Darío: “Estoy
enfermo del entendimiento, de la memoria, de la voluntad. A Ud., querido amigo,
le recuerdo y leo siempre, con creciente placer”. Y en otra, también de París,
se refiere nuevamente a su dolencia: “Es una neurastenia del demonio. A Málaga
me voy porque cada invierno me amenaza una congestión pulmonar. Voy por el
sol”. Y luego, una referencia interesante, del propio autor, acerca de sus
libros: “Mi primer libro, primera manera, que se llama Primeras notas, muy español, muy clásico y todo y Zorrillesco y
Nuñezdearciano. Luego un tomito publicado en Chile, Abrojos y luego Azul... y
lo demás. Un librito en prosa, A. de
Gilbert publicado en San Salvador. Yo no tengo ninguno!” (Hay también,
naturalmente, una referencia a Los Raros).
Y el consejo final a Juan Ramón: “Cuídese y sea el admirable poeta que es”. Y
más adelante, una de las tarjetas de Málaga: “Málaga me es la Pascua. El mar y el
cielo están alegres. Yo no escribo un solo verso. Estoy un poco triste y otro
poco decepcionado. Hay odios y miserias entre las letras”. Y la respuesta del
poeta andaluz: “Si yo estuviera bien, iría con Ud. para estar juntos al lado de
la mar de España en estos días de enero tan llenos de solo por ahí y tan
helados, tan grises en esta ciudad. Pero Ud. no está triste: ya sabe que no
pasan, ni su obra ni su corazón”.
Más adelante, Rubén anuncia a
Juan Ramón la publicación, en “La
Nación ” de Buenos Aires, de aquel magnífico ensayo sobre Arias Tristes, luego recogido en su
libro Tierras Solares y en que tan
fina y agudamente penetra en el lirismo del andaluz, reconociéndole el poeta
español más personal desde Bécquer y el que cumplió cabalmente el precepto
verlainiano: de la musique avant toute
chose.
Otra carta de Darío, de regreso
de Hungría, de Italia, de Austria, dice a Juan Ramón lo mucho que le evocó en
aquellos hermosos lugares y agrega: “y no pierdo la esperanza de que algún día
hemos de recorrer juntos estas tierras”. Más adelante, desde París, esta
palabra profética para Platero y Yo:
“Su libro en prosa será exquisito, porque la prosa de Ud. es hermana de sus
versos”.
La última carta de Juan Ramón
trae esta confesión: “Me habla Ud. de mi aislamiento. ¡Mi aislamiento! Yo he
sido siempre, como Ud. sabe, un aislado; como que la soledad es buena amiga de
la bondad y de la belleza. Ahora bien, la cuestión es esta: ¿dónde debe un
aislarse? ¿En un pueblo como Moguer? Hay paz, hay silencio...relativo. Se
reciben libros, revistas, cartas; pero no puede ir uno a un museo, a un
concierto, a un parque monumental. ¿En una gran ciudad, como París? En el
ambiente de una gran ciudad existe todo, pero, por lo mismo, falta la
nostalgia. En fin, el asunto es soñar, pensar y cantar de un modo o de otro,
pues que en todas las direcciones puede encontrarse la belleza absoluta”.
En su documentada obra, el
profesor D.F. Fogelquista transcribe el denso poema de Juan Ramón con motivo de
la muerte de Darío. Pero no menciona –quizá por desconocerla, ya que en 1956 no
se había reimpreso obra tan poco difundida –la dedicatoria a Darío de Melancolía (1912) designándole, en la
página 7 (sin foliar) de la edición original, “melancólico” capitán de la
gloria”.
III. FRATERNAL AMISTAD
El estudio de la
correspondencia cambiada entre Juan Ramón y Rubén resulta interesantísimo para
reconstruir un capital importante de la biografía espiritual de ambos artistas.
Pero tanto o más que ese matiz sicológico, nos interesa otro: la perfecta
comprensión, la total lealtad de ambos poetas, su amistad verdadera. Ya Juan
Ramón nos había expresado, en Montevideo y en Washington, que esa amistad no
fue empañada por el más mínimo resentimiento: estas cartas lo confirman. En
ellas hay pasajes en que Rubén habla, con nombres propios, de deslealtades, de
ingratitudes. En una afirma: “Yo, que he perdido muchas simpatías y que me
hecho (sic) enemigos por no escribir cartas, escribo a Ud. más que
voluntariamente”. Y más adelante: “Veo en Ud. un poeta verdadero, que tiene el
corazón sano”. Sin duda, veía Rubén en Jiménez la salud de su propio corazón.
No hubo entre ellos rivalidades, a pesar de haber vivido y publicado en la
misma época. Debemos pensar –y alegrarnos, como un estímulo contra los
derrotismos- que no siempre son exactas las famas de incomprensiones personales
entre escritores, entre artistas. Sobre todo, cuando, como en este caso, ellos
poseen eso que todo lo salva: un auténtico señorío espiritual.
(Revista Nacional de Cultura, Nov-Dic de
1966, pp. 53-57).
No hay comentarios:
Publicar un comentario