lunes, 14 de septiembre de 2015

PLATERO EN LA FERIA

PLATERO EN LA FERIA

                 Hernando  Téllez


D

e la misma manera que sobre los poemas más populares de García Lorca –“y yo me la llevé al río creyendo que era mozuela”, Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de Camborios”-, confesamos esa vergonzante sospecha, una duda clandestina sobre el poema en prosa de Juan Ramón Jiménez “Platero y Yo”. Es ésta: algo corruptible, algo demasiado fácil debe existir en esta famosa creación del poeta para que élla reciba el sufragio entusiasmado del vulgo, de la inmensa masa de la cursilería. En la Biblia no está escrita, pero tal vez se pueda construir esta sentencia: Por sus admiraciones los conoceréis. Platero, con su carga de palabras, es llevado y traído, desde hace muchos años, como paciente asnillo de la literatura para realizar tareas menesterosas y ordinarias. Lo pasean ahora, con motivo de la muerte de su dueño, por todos los lugares de la feria cotidiana: prensa, radio, televisión. La pedagogía que presume de ilustrada lo recomienda al conocimiento de los niños; recitadores tienen a flor de labios las palabras del poeta: “mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes...”; las mayorías se apoderan de él, lo admiran, lo cobijan, lo cuidan como cosa propia, como semoviente patrimonial de su heredad. No le dejan respiro. Es la pequeña bestia doméstica de una mitología literaria para grandes masas, para grandes consumos de admiración.
         En otro extremo de la línea española de la poesía, están Antoñito el Camborio y La Casada Infiel. Idéntico fenómeno. E idéntica sospecha sobre la calidad, la autenticidad de los valores. ¿Estaremos incurriendo en el feo pecado del sacrilegio y la profanación? La retórica de Camborio y de La Casada Infiel, y la anécdota que narra el poeta en cada caso, son seductoras. Pero esa seducción ¿no es demasiado fácil? ¿No es demasiado previsible? ¿No está despojada de todo misterio verdadero? ¿No hay en el Camborio y en La Casada Infiel una utilería verbal eficasísima para el uso vulgar? La inmensa popularidad de estos dos poemas, y la que sigue también a Platero como una sombra ¿no serán prueba de que más allá de la finura de Jiménez, de la destreza de García Lorca, hay un elemento literariamente falso que adula y satisface el gusto mediocre de la multitud?
         El sentimentalismo de Platero, en medio de la belleza que acumula el poeta, parece ser la nota baja que captura la devoción popular y disminuye la categoría del poema. Más austero, más sobrio, más recóndito, tendría probablemente menos blanduras y la estructura sería más dura y más esbelta. Y así, el prestigio popular de este poema, tal vez no existiría. Y, desde luego, el Platero “de algodón, que no lleva huesos”, no estaría recomendado, como lo está absurdamente, para ser leído por los niños. Platero, según lo conocemos, es una criatura de felpa en torno de la cual el poeta prodigó algunos materiales estéticamente discutibles o cuando menos inadecuados para obtener un diseño más riguroso de su creación.
         Los dioses del prestigio y de la popularidad que organizan y mantienen la gloria y la fama de Platero, ya legendarias, acaso nos perdonen la confesión pública de esta sospecha.
         Continúa el autor, refiriéndose a la obra de García Lorca:
         -La adhesión de la masa, en el orden estético, no autentifica los valores ni es garantía de ellos mismos. Casi siempre es signo vehemente de que algo equívoco se encuentra depositado, como germen bastardo, en la obra que sirve de alimento espiritual a la multitud.
         Luego señala respecto a la obra de Juan Ramón Jiménez:
         -En cuanto al Platero de Jiménez, esa misma adhesión popular, por las razones indicadas, lo vuelve sospechoso. Sería un milagro –y no lo excluimos- que la masa hubiera escogido, esta vez, con acierto estético, a pesar de que fundara su estimación del poema en la nota falsa del mismo, es decir, en esa blandura sentimental en que se pierde el perfil verdaderamente poético de la creación de Jiménez. Que ello es así, lo demuestra el hecho de que el grácil y lírico asno, tranquilo devorador de flores en los prados de Moguer, ha sido la bestia sufrida de simpatías y admiraciones que matan. Pobre Platero, literariamente tan puro en muchos de los pases de su elegía. Tan insignificantes en la interpretación y la exaltación de tantos de sus apologistas. Criatura indecisa entre la perfección y la imperfección literarias, criatura ambigua, oscilante entre el cielo estético y la tierra de los hombres, acaso fuera merecedora de una posteridad impopular y difícil, contraria a la que padece. Una posteridad ajena a la fácil impudicia y a la tosca confianza con que le acarician el lomo los filisteos entusiasmados.
Bogotá, 1958.

(Papel Literario de El Nacional, 17-7-58, p. 1).


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