lunes, 14 de septiembre de 2015

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

POSTIGO
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

KALIFA


J

uan Ramón Jiménez, el más grande poeta español contemporáneo, acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura, correspondiente al presente año. La designación tan meritoria para estimular la consagración de una vida ilustre como ésta a la creación poética, es un acto de justicia que bien merece el aplaudido autor de “Platero y yo”. A los diez años de haber recibido Gabriela Mistral, igual distinción, este poeta andaluz de nacimiento, pero americano y universal por el sentimiento y el corazón, recibe ese preciado galardón, por su vida depurada y honesta, dedicada por entero, con vocación y fervor ejemplares, al cultivo de la poesía. Son más de cincuenta años ininterrumpidos puestos en esa espiritual labor humana y estética, limpia y profunda, hermosa y permanente. Por tan propicia circunstancia las letras españolas están de pláceme, porque Juan Ramón Jiménez, su poeta de mejor voz y acento lírico ha recibido otro lauro más, en reconocimiento a su verso que es por sí solo un himno de eterna belleza.
         Ubicado en el modernismo, Juan Ramón Jiménez, sigue en los inicios de su magnífico mensaje lírico los pasos de Rubén Darío. En esta etapa sus primeras creaciones poéticas aparecen signadas de esas huellas iluminadas, de ese preciosismo del poeta de “Azul”, de “Cantos de Vida y Esperanza” y de “Prosas Profanas”. En hermoso soneto, también Darío había enviado su salutación cordial, a este poeta, que tiene “sangre de celeste raza” y que “a los sangrientos tigres del mal darías caza”. Pero Juan Ramón Jiménez luego del eclipse de la poesía rubendariana, busca nuevos elementos, y empieza a ensayar, como lo dice Picón Salas, un arte nuevo de imágenes cada vez más liberadas, de más recogida música y que transmita metafóricamente las impresiones de un universo que no es ya el de los trianones y de las princesas del más divulgado rubendarismo. Es la que ahora cultiva, con devoción y fe, y que se llena por completo de cosas sencillas y elementales, que tiene un limpio caudal lírico en su Andalucía Atlántica, y es la que más admiramos en su libro “Baladas de Primavera”, en las cuales como lo dice su hermano espiritual Eduardo Carranza, hallamos un lirismo franco y lozano, rico en matices campestres, en alegre panteismo, en pánica exaltación de los ritmos aldeanos, en estilización de los viejos sones infantiles y populares.
         En esta poesía es donde aparece de cuerpo entero ese gran poeta, cuyo verso envuelto en aroma simple y emotiva, es el andaluz universal de que habla Federico de Onís. El ciclo lírico de su obra, desde sus primeros poemarios con influencia del Modernismo, su libro más difundido y comentado “Platero y Yo”, hasta el último mensaje estético “Diario de un Poeta Recién Casado”, que pronto circulará con modificación del nombre, pues ahora se llamará “Diario de Poeta y Mar”, comprende un mundo poético que se distingue por sus valores formales, por su signo permanente de hondura emocional, de fina humanidad y de virtudes limpias, que le han dado justo renombre y gran trascendencia a sus inmortales creaciones poéticas.
         Juan Ramón Jiménez, vive ahora en Puerto Rico, donde al lado de su esposa, la inseparable compañera Zenobia Camprubí, ha venido trabajando, sin interrupción, en sus creadoras actividades del pensamiento. A todos nos llenó de complacencia, la declaración que hizo el poeta, de que el premio le pertenecía más a Zenobia que a él. Y es que no  puede olvidar, no permitir que no se reconozca cual ha sido esa positiva y permanente actividad que su poesía ha realizado, para dar mayor prestigio y densidad a su nombre. Es un gesto digno y hermoso, que cabe muy bien en esa afable diafanidad espiritual que los liga a los dos, en la eterna obra de la poesía. Gana cada día en cariño y aprecio esa limpia vida del poeta, de honestidad cívica también, por la práctica y el ejercicio de principios republicanos y quien ahora, en medio de la admiración total recibe este galardón, por su fe, por su ejemplo y por la eterna belleza de sus versos inmortales.








(El Impulso, 27-10-56, p. 3).
         

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