MIS RECUERDOS DE
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Luis Alberto Sánchez
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M
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IS primeros recuerdos de Juan Ramón Jiménez datan de 1916;
mi conocimiento amistoso de él, sólo en 1951. Lo primero se lo debía a amigo
Eloy Espinoza Saldaña, con quien no he saldado aún tal cuenta; lo segundo, a mi
mujer.
En 1916,
estaba de moda el Paseo Colón, en Lima. Por la tarde, hacia la hora del
véspero, se poblaba de carruajes y peatones. Naturalmente, nosotros, los
estudiantes, estábamos entre los últimos. Cerca, como antesala, brindaba la
sombra de sus viejos ficus y sus bancos rústicos, en torno a un Neptuno
imbatible, el Parque de Neptuno. Allí se reunían Valdelomar y sus admiradores y
compañeros a cambiar frases ingeniosas, lecturas de cuentos y poemas, planear
revistas literarias y divulgar chismes políticos. Yo cursaba mi último año del
Colegio de los Sagrados Corazones, pero mis amigos estaban ya en la Universidad. Me
debatía en una intensa fiebre literaria. Leía como un desesperado, todo cuanto
caía entre mis manos. Eloy, hermano de Adán, que hizo famoso el seudónimo de
“Juan del Carpio”, nos llevaba la ventaja de disponer de la selectísima
biblioteca de aquél. Él fue quien nos dio a leer “Arias tristes” y “Jardines
lejanos”, en unas ediciones pulquérrimas, en cuyas páginas primeras páginas se
registraba una pieza musical. Ahí aprendimos el sortilegio de los “malvas”,
“resedas”, “parques”, “alamedas”, “lunas”, “pianos”, “boscajes”, que
alimentaban los ensueños de Juan Ramón. Era el año de la muerte de Rubén Darío,
de que nos alivió la presencia de Jiménez. No lo habría éste pedido mejor:
cruzarse en el camino de Darío, a quien amó tan tiernamente y a quien celó sin
duda. Desde entonces tuvo en los oídos y la retina la vaga música y los suaves
paisajes de Juan Ramón Jiménez.
En 1951,
profesaba yo en la
Universidad de Puerto Rico. El rector Benítez, el mismo que,
con fineza ejemplar me comunicó por cable el deceso de Zenobia, primero, y de
Juan Ramón, después, nos había anunciado como inminente la llegada del poeta.
Nos habíamos cruzado en Buenos Aires, sin vernos, dos años antes. Como Juan
Ramón era tan difícil, tan delicado y áspero a la vez, y como yo dispongo de
cierta capacidad de premonición, me parecía que no íbamos a simpatizar. Creo
que no me equivoqué del todo. Pero, mi mujer, por intermedio de Zenobia, de
quien amicísima, nos acercó. Fuimos juntos a verle, una tarde, en su casita de
Santurce. Estaba Juan Ramón de blanco: traje, camisa, corbata, rostro y, aunque
tachonadas de ceniza las barbas. Los ojos brillaban profundos y penetrantes.
Ojos de niño, afiebrados. Nos ofreció una bebida fresca que él mismo fue a
traer de la refrigeradora, mientras Zenobia disponía de otro agasajo. Hablamos
de América, claro. Él me dijo que nuestro mejor descubrimiento literario seguía
siendo, para él, la prosa modernista, y el cuento. Yo le referí que estaba en
conversaciones con Jorge Mañach y con Carlos Bousoño, indistintamente, para
hacer sendas antologías del ensayo y de la prosa literaria modernista,
respectivamente. Aplaudió la idea, con sus naturales reticencias. Como decía un
amigo común: “Cuando Juan Ramón hablaba mal de algo lo hacía muy bien”. Lo hizo
óptimamente.
Después nos
tratamos más. Zenobia acudía a menudo a mi barrio, para irse de compras con
Rosa, y se entretenían en hablar de las mil cosas inaccesibles de que suelen
hablar las mujeres. De cuando en cuando Juan Ramón, que acompañaba a Zenobia en
el auto que ésta guiaba, me daba audiencia. Lo hacía con dulzura y señorío.
Empezamos a ser amigos.
Pero, Juan
vivía obsesionado por la idea de la muerte. Eso tenía muy larga data. Don Luis
de Zulueta, que lo conoció en Madrid, allá por principios de siglo, es decir,
cuando el poeta tenía veinticinco años, me refería que ello fue en el
consultorio de un médico, al que el joven recién llegado de Moguer y París, iba
a consultar a propósito de una real o supuesta enfermedad al corazón, de que
mentalmente no se curó jamás. Una de las más peregrinas anécdotas de Jiménez se
refiere a esa obsesión suya, y a la presencia en Casa de Huéspedes de la Universidad de Puerto
Rico, del poeta y filósofo chileno Luis Oyarzún. Pero, habrá tiempo de
referirla. Mientras tanto, Zenobia desmejoraba. Mi mujer me dijo un día que la
iban a operar en un hospital de la
Isla. Con su inagotable generosidad, Rosa acudió temprano a
la clínica mientras yo me dirigía a mi clase. De vuelta me contó las
impresiones de Juan Ramón. Si mal no recuerdo, los médicos habían diagnosticado
un tumor a Zenobia. Sus dimensiones y condición exigían operación inmediata, y
en el hospital especial de Massachussete, cerca de Harvard, donde fueron
operados, tardíamente, Pedro Salinas y Amado Alonso. Juan Ramón, incapaz de
resignarse y de dar una explicación prosaica, atribuía todo al clima: “Aquí, en
el trópico, todo crece desmesuradamente: echa usted una semilla y se le vuelve
enseguida árbol; tiene usted una enfermedad, y se le vuelve un mal terrible:
este clima es siempre exagerado”. No tardé en ir a visitarles. Juan Ramón estaba
más reconcentrado que nunca. Supo que yo me iba a Chile, de vacaciones, a
operarme de cataratas. Me llamó la atención su interés por dictar mi curso
sobre Modernismo. Me pareció estupendo. Después supe que en vísperas de que
Federico de Onís al claustro puertorriqueño, en la misma cátedra, Juan Ramón
había dictado varias lecciones cuya teoría pugnaba con las de don Federico, que
celebró con buen humor la intencionada y brillantísima interferencia.
Zenobia
tuvo que irse a Boston. Juan Ramón, replegado de pena, se sentía morir, a causa
de su herido corazón. Los médicos le tenían prohibido correr y subir escaleras.
Llegó la mañana en que partía el avión de Zenobia. Al regreso del aeropuerto de
Isla Grande, mi mujer me trajo un reveladorísimo chisme del poeta. Había ido
éste al lugar de partida llevando un clavel, sólo un clavel, a Zenobia. Y
cuando ella traspuso la puerta que da al campo, él, sin acordarse del corazón
ni de nada, corrió como un niño al observatorio de los altos (unos buenos 40
peldaños, espinados) para verla partir. Abajo le esperaban todos sorprendidos y
consternados de la hazaña. Él se dio cuenta entonces de su atrevimiento, y
empezó a acezar fatigosamente. No era un enfermo imaginario, pero sí, un
enfermo con muchísima imaginación.
La víspera
de nuestra partida, ya de vuelta Zenobia, sentenciada a dos o tres años de
vida, quiso Juan Ramón llevarnos un ejemplar de “Platero y yo”, firmado por él,
para corresponder a las atenciones de Rosa. Ya nos había obsequiado con otros
libros suyos autografiados. Llegó la hora de salir, y no había llegado el
libro. Dos años después supimos que él lo había tirado por la ventana, pero
nadie sabe quién lo recogió. Sería prodigioso que el apresurado captor de
aquella joya, hoy más que nunca insustituible, leyera estas líneas y sintiera
tocado su corazón. No lo espero.
Más tarde,
en 1955, volvimos a vernos, muy de paso. Zenobia no podía salir tanto ni
manejar su auto. Juan Ramón iba sintiéndose huérfano de día en día. La obsesión
de los olores lo perseguía. Hablamos de un automóvil a otro, pero ya no se
reanudaron aquellas largas charlas de años pasados, en que, entre reticencias y
medias palabras, celebrábamos severos procesos a los escritores de su tiempo y
del mío. Recuerdo que me expuso su plan de coleccionar toda su obra, pero
empezando por la producción más reciente y terminando por la más antigua. Hubo
una breve referencia al episodio de Georgina Hubner. Fue muy de soslayo, y
sentí que a Juan Ramón le escocía aún la irreflexiva crueldad de aquel grupo de
escritores jóvenes peruanos, que le hizo objeto de tan impensada befa. Llego a
pensar que todos los peruanos éramos para Juan Ramón, un poco cómplice del
amargo caso...
Ahora,
cuando un cable de Benítez me dio cuenta del fallecimiento, sólo atiné a
escribir veinte líneas, de las que despierto, ahora. Me han dicho que muchos quisieran conocer mi opinión sobre el
poeta; apenas puedo todavía describir mi recuerdo del hombre.
+++++
¿Qué significa Juan Ramón Jiménez en la lírica del idioma?
Es en la magnífica “Antología” de Onís (1934, no la de 1956) donde este
significado aparece con prístina claridad. De los numerosos y excelentes poetas
ahí seleccionados, sólo dos reciben el honor de una sección especial: Rubén
Darío y Juan Ramón Jiménez. Acertado paralelo. Si bien es cierto que a Rubén
corresponde la primacía (había nacido en 1867 y fue determinante en la vocación
de Juan Ramón, según se desprende del epistolario de ambos), le corresponde a
Juan Ramón (nacido en 1881, es decir, catorce años después), el haber retorcido
el cuello a la elocuencia, según el consejo verleriano, y abierto la vía a un
arte asordinado, de mediostonos, crepuscular y sutil, inapto para la oratoria.
Ya lo decía el poeta andaluz. “Rubén trajo el parnasianismo, Machado y yo el
simbolismo”. Cierto, pero sólo en parte. El Rubén de “Cantos de vida y
esperanza” (1905) había quebrado su amistad con la grandilocuencia, aunque
todavía conservase metálicos acentos en sus odas a ciertos personajes de la
vida real (Roosevelt, el Rey Oscar, más tarde Mitre).
Juan Ramón señalaba como ineludible la
impronta de Gustavo Adolfo Bécquer, en su poesía. No del Bécquer usual, sino de
ese otro Bécquer secreto, de que con tanto acierto ha escrito Enrique Peña
Barrenechea en un estudio no concluido aún, a lo que me parece. Bécquer, quizás
el usual antes que el secreto, preside los primeros pasos de la poesía de
Darío, según se ve en “Abrojos” y aún en “Azul” (1888). Mas, de seguro, Jiménez
recogió ese no bien explicado mensaje becqueriano, que puebla la poesía de
seres fantásticos y huye de la rima de un feo estribillo.
La obra toda de Juan Ramón cumple con
las apenas pespuntadas indicaciones del sevillano padre de las “Rimas”. Fue y
es una poesía de matices y esguinces.
Tenemos a la vista su “Tercera Antología
poética” (Madrid, 1957), que lleva como cifras indicadoras las de 1898 y 1953,
y un retrato por Sorolla, de Zenobia Camprubí Aymar. Cubre toda la órbita que
media entre el volumen “Poesía” (1898) y
“Ríos que se van” (1953). Son 39 libros los ahí seleccionados. En el prólogo
expone Juan Ramón su criterio sobre su arte, reproduciendo lo ya dicho a don
Manuel Morente, casi cuarenta años atrás: “¿Qué es entonces sencillez y qué
espontaneidad? “Sencillo entiendo que es lo conseguido con los menos elementos;
“espontáneo”, lo creado sin ‘esfuerzo’. Pero es que lo bello conseguido con los
menos elementos sólo puede ser fruto de plenitud, y lo espontáneo de un
espíritu cultivado no puede ser más que lo perfecto... La perfección en arte es
la espontaneidad, la sencillez del espíritu cultivado”.
Mas, he aquí el prodigio: la primera
composición de Juan Ramón Jiménez es ya perfecta, por sencilla, espontánea y
plena. Dice así – y data de 1898.
ALBA
Se paraba
la rueda
de la noche...
Vagos ángeles malvas
apagaban las
verdes estrellas.
Una cinta
tranquila
de suaves violetas
abrazaba
amorosa
a la pálida
tierra.
Suspiraban las
flores al salir de su ensueño
embriagando el rocío de esencias.
Y en la fresca
orilla de helechos rosados,
como dos almas
perlas,
descansaban
dormidas
nuestras dos
inocencias
-¡oh qué
abrazo tan blanco y tan puro!-
de retorno a
las tierras eternas.
Es increíble casi. Pero, los tonos,
colores, melodía, obsesión, suavidad, sencillez, que aparecen en estos versos
de los 17 años, mantendrán su vigencia, quintaesenciándose hasta los que
escriba a los 77, o sea, sesenta años después. Pero, sin monotonía, entiéndase,
con esa incomparable e insustituible frescura del verdadero poeta. Después
vendrá la gracia a acrecentar esos logros. Vendrán las maravillosas acuarelas
de sus Parques, donde cada palabra responde a un deber estético, donde cada
objetivo se ajusta como la piel al hueso, transparente y vivaz:
Y allá sobre las magnolias
en el traslúcido cielo
de la
tarde, brilla y tiembla
una lágrima
lucero.
El jardín
vuelve a sumirse
en melancólico sueño,
y un
ruiseñor, dulce y alto,
gime en el
hondo silencio.
O esta suavísima queja de “Nocturno”:
¡Qué triste es llorar, sin ojos
que contesten nuestras
lágrimas,
estando toda
la noche,
como unos
ojos, mirándolas!
O esa endecha de ternura infantil:
Y me ofreció su mejilla
como
quien pierde un tesoro.
Esta
sencillez prístina y precoz, plenitud de maestro, devuelve al romance español
toda su esplendidez íntima, sacándole de los ruidos bélicos a que nos habituó
el romance del Cid. De la que brotan, naturalmente, el de Jorge Guillén y el de
García Lorca, verdad que aquél más abstracto y éste más pintoresco, pero ambos
siguiendo el compás invisible de Juan Ramón, a quien, más tarde, (ya en
“Laberinto”, de donde eliminará la Elegía Goergina Hubner) ganará el ritmo de su
época, el alejandrino modernista, tan parecido al francés y tan distinto del de
Berceo y su descendencia.
Dentro de
su molde, Juan Ramón halla variantes sustanciales. No es el suyo el drama del
escritor que crea un estilo y hace un sudario de él. Juan Ramón busca perennemente,
como que vivió en perenne poesía. Zenobia, dicho sea de paso, ella tan poética
también, le sacrificó su lirismo para darle la prosa necesaria a aquel “dulce y
alto” ruiseñor que no cesó de gemir un solo día. Por eso Jiménez acierta con
toda forma poéticas, y da al hai-kai un temblor único, menos pictórico, más
intenso que el de Tablada y los imitadores del Japón. Por ejemplo:
AMOR
Ten cuidado
cuando besas el pan.
¡Que te besas la mano!
Nada más, y
está dicho todo y más que todo, pues llega a lo más profundo. Y este otro
poemita de “Eternidades”:
Cierra, cierra la puerta
como a ella le gustaba...
¡Que se encuentre a su
agrado su recuerdo!
Tal gozo de
crear y esta maestría simplista se mantiene hasta el último poema de la
“Antología”, en que borda sin cesar el tema de Zenobia y el color oro de sus
cabellos:
Mientras que yo te
beso, su rumor
nos da el árbol
que mece al sol de oro,
que el sol le da
al huir, fugaz tesoro.
del árbol que es
el árbol de mi amor.
No es fulgor, no
es ardor, y es altor
lo que me da de
ti lo que te adoro,
con la luz que se
va; es el oro, el oro.
es el oro hecho
sombra; tu color...
El color de tu alma: pues tus ojos
se van haciendo
ella, y a medida
que el sol
cambia sus oros por sus rojos
y tú te quedas
pálida y fundida,
sale el oro hecho tú de
tus dos ojos
que con mi paz,
mi fe, mi sol: mi vida!
De la
poesía de Juan Ramón partieron, como de la de Rubén, diversas tendencias. En el
Perú, la promoción que debió ser la modernista, la de José Gálvez, “Juan del
Carpio”, Alejandro Herrera y Lora, el propio Ventura García Calderón, no eludió
el impacto de la poesía jimeniana. Pero ya, alto el sol de este siglo, en
Colombia, un vasto movimiento poético, el de los “piedracielistas”, arranca de
un libro de Juan Ramón: “Piedra y cielo”, datada en 1913. Caracteriza ese libro
la extrema simplicidad. Canciones breves, compendiosas, donde una figura
arrebata pensamiento e intención, dejando vibrar como una espada su golpe, vivo
el resplandor de la estocada. Uno de esos poemas, el titulado “El Poema”, dice
nada más así:
¡No lo toques ya
más,
que así
es la rosa!
Consejo
falaz, puro, Juan Ramón retocó siempre y cada día sus versos, comunicándoles en
cada ocasión el nuevo mensaje de concisión, rica de significados, que le venía
de lo alto y de lo hondo.
Pocos
poetas han sido más fieles a su misión. Juan Ramón no habría tampoco podido
intentar ningún otro camino. Fue el suyo, destino de iluminado y sentidor.
Traductor de acideces a lenguaje de suavidad, intérprete de lo aciago para
sitibundos y delicadísimos. Poesía, a ratos, según la frase ajena aplicación,
como “tela de araña para cazar huevos de moscas”, pero, no: mariposas.
Todo lo que
le debemos a Juan Ramón se queda en el umbral o traspuerta de este artículo.
Habría aún más que hablar de su prosa, y de ese inolvidable y ya clásico
“Platero y yo, y de sus “caricaturas líricas”, como las de “Españoles de tres
mundos”, y sus apólogos. Y sus conferencias. Mas en todo ello andaba siempre
diluido y presente, alerta, el poeta. Su
prosa, como su poesía, era poética e inventaba vocablos, con habilidad de
patrón. A ratos, en su afán de buscar una poesía aséptica y parca, fue injusto.
Una frase suya (“nerudones y chocaneros”) queda inscrita en el preámbulo de una
antología que él presidió. Le molestaba el ruido, le enfurecía la poesía al
servicio de otra cosa que no fuese la misma poesía. Le entusiasmaban los
jóvenes, en afán magisterial de que abdicó nunca.
Ahora,
después de largo y al final voluntario exilio, de veintidós años, ha vuelto a
la patria, yerto ya, y siempre al lado de Zenobia. Pareja simbólica para todos
los poetas de hoy y de mañana, como la de Paolo y Francesca, de Abelardo y
Eloísa, de Dante y Beatrice, de Petrarca y Laura. Días vendrán en que, como el
Pére Lachaise de París, los enamorados emprendan romerías hasta Moguer de
España, para ofrendar sus flores de promesa y confirmación sobre la tumba de
Juan Ramón y Zenobia. Homenaje exacto. Exactamente poético. Como lo hubieran
querido los dos.
(Revista Nacional de Cultura,
Julio-Agosto de 1958, pp. 14-23).
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