lunes, 14 de septiembre de 2015

MIS RECUERDOS DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

MIS RECUERDOS DE

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

 
                                                           Luis Alberto Sánchez

M

IS primeros recuerdos de Juan Ramón Jiménez datan de 1916; mi conocimiento amistoso de él, sólo en 1951. Lo primero se lo debía a amigo Eloy Espinoza Saldaña, con quien no he saldado aún tal cuenta; lo segundo, a mi mujer.
         En 1916, estaba de moda el Paseo Colón, en Lima. Por la tarde, hacia la hora del véspero, se poblaba de carruajes y peatones. Naturalmente, nosotros, los estudiantes, estábamos entre los últimos. Cerca, como antesala, brindaba la sombra de sus viejos ficus y sus bancos rústicos, en torno a un Neptuno imbatible, el Parque de Neptuno. Allí se reunían Valdelomar y sus admiradores y compañeros a cambiar frases ingeniosas, lecturas de cuentos y poemas, planear revistas literarias y divulgar chismes políticos. Yo cursaba mi último año del Colegio de los Sagrados Corazones, pero mis amigos estaban ya en la Universidad. Me debatía en una intensa fiebre literaria. Leía como un desesperado, todo cuanto caía entre mis manos. Eloy, hermano de Adán, que hizo famoso el seudónimo de “Juan del Carpio”, nos llevaba la ventaja de disponer de la selectísima biblioteca de aquél. Él fue quien nos dio a leer “Arias tristes” y “Jardines lejanos”, en unas ediciones pulquérrimas, en cuyas páginas primeras páginas se registraba una pieza musical. Ahí aprendimos el sortilegio de los “malvas”, “resedas”, “parques”, “alamedas”, “lunas”, “pianos”, “boscajes”, que alimentaban los ensueños de Juan Ramón. Era el año de la muerte de Rubén Darío, de que nos alivió la presencia de Jiménez. No lo habría éste pedido mejor: cruzarse en el camino de Darío, a quien amó tan tiernamente y a quien celó sin duda. Desde entonces tuvo en los oídos y la retina la vaga música y los suaves paisajes de Juan Ramón Jiménez.
         En 1951, profesaba yo en la Universidad de Puerto Rico. El rector Benítez, el mismo que, con fineza ejemplar me comunicó por cable el deceso de Zenobia, primero, y de Juan Ramón, después, nos había anunciado como inminente la llegada del poeta. Nos habíamos cruzado en Buenos Aires, sin vernos, dos años antes. Como Juan Ramón era tan difícil, tan delicado y áspero a la vez, y como yo dispongo de cierta capacidad de premonición, me parecía que no íbamos a simpatizar. Creo que no me equivoqué del todo. Pero, mi mujer, por intermedio de Zenobia, de quien amicísima, nos acercó. Fuimos juntos a verle, una tarde, en su casita de Santurce. Estaba Juan Ramón de blanco: traje, camisa, corbata, rostro y, aunque tachonadas de ceniza las barbas. Los ojos brillaban profundos y penetrantes. Ojos de niño, afiebrados. Nos ofreció una bebida fresca que él mismo fue a traer de la refrigeradora, mientras Zenobia disponía de otro agasajo. Hablamos de América, claro. Él me dijo que nuestro mejor descubrimiento literario seguía siendo, para él, la prosa modernista, y el cuento. Yo le referí que estaba en conversaciones con Jorge Mañach y con Carlos Bousoño, indistintamente, para hacer sendas antologías del ensayo y de la prosa literaria modernista, respectivamente. Aplaudió la idea, con sus naturales reticencias. Como decía un amigo común: “Cuando Juan Ramón hablaba mal de algo lo hacía muy bien”. Lo hizo óptimamente.
         Después nos tratamos más. Zenobia acudía a menudo a mi barrio, para irse de compras con Rosa, y se entretenían en hablar de las mil cosas inaccesibles de que suelen hablar las mujeres. De cuando en cuando Juan Ramón, que acompañaba a Zenobia en el auto que ésta guiaba, me daba audiencia. Lo hacía con dulzura y señorío. Empezamos a ser amigos.
         Pero, Juan vivía obsesionado por la idea de la muerte. Eso tenía muy larga data. Don Luis de Zulueta, que lo conoció en Madrid, allá por principios de siglo, es decir, cuando el poeta tenía veinticinco años, me refería que ello fue en el consultorio de un médico, al que el joven recién llegado de Moguer y París, iba a consultar a propósito de una real o supuesta enfermedad al corazón, de que mentalmente no se curó jamás. Una de las más peregrinas anécdotas de Jiménez se refiere a esa obsesión suya, y a la presencia en Casa de Huéspedes de la Universidad de Puerto Rico, del poeta y filósofo chileno Luis Oyarzún. Pero, habrá tiempo de referirla. Mientras tanto, Zenobia desmejoraba. Mi mujer me dijo un día que la iban a operar en un hospital de la Isla. Con su inagotable generosidad, Rosa acudió temprano a la clínica mientras yo me dirigía a mi clase. De vuelta me contó las impresiones de Juan Ramón. Si mal no recuerdo, los médicos habían diagnosticado un tumor a Zenobia. Sus dimensiones y condición exigían operación inmediata, y en el hospital especial de Massachussete, cerca de Harvard, donde fueron operados, tardíamente, Pedro Salinas y Amado Alonso. Juan Ramón, incapaz de resignarse y de dar una explicación prosaica, atribuía todo al clima: “Aquí, en el trópico, todo crece desmesuradamente: echa usted una semilla y se le vuelve enseguida árbol; tiene usted una enfermedad, y se le vuelve un mal terrible: este clima es siempre exagerado”. No tardé en ir a visitarles. Juan Ramón estaba más reconcentrado que nunca. Supo que yo me iba a Chile, de vacaciones, a operarme de cataratas. Me llamó la atención su interés por dictar mi curso sobre Modernismo. Me pareció estupendo. Después supe que en vísperas de que Federico de Onís al claustro puertorriqueño, en la misma cátedra, Juan Ramón había dictado varias lecciones cuya teoría pugnaba con las de don Federico, que celebró con buen humor la intencionada y brillantísima interferencia.
         Zenobia tuvo que irse a Boston. Juan Ramón, replegado de pena, se sentía morir, a causa de su herido corazón. Los médicos le tenían prohibido correr y subir escaleras. Llegó la mañana en que partía el avión de Zenobia. Al regreso del aeropuerto de Isla Grande, mi mujer me trajo un reveladorísimo chisme del poeta. Había ido éste al lugar de partida llevando un clavel, sólo un clavel, a Zenobia. Y cuando ella traspuso la puerta que da al campo, él, sin acordarse del corazón ni de nada, corrió como un niño al observatorio de los altos (unos buenos 40 peldaños, espinados) para verla partir. Abajo le esperaban todos sorprendidos y consternados de la hazaña. Él se dio cuenta entonces de su atrevimiento, y empezó a acezar fatigosamente. No era un enfermo imaginario, pero sí, un enfermo con muchísima imaginación.
         La víspera de nuestra partida, ya de vuelta Zenobia, sentenciada a dos o tres años de vida, quiso Juan Ramón llevarnos un ejemplar de “Platero y yo”, firmado por él, para corresponder a las atenciones de Rosa. Ya nos había obsequiado con otros libros suyos autografiados. Llegó la hora de salir, y no había llegado el libro. Dos años después supimos que él lo había tirado por la ventana, pero nadie sabe quién lo recogió. Sería prodigioso que el apresurado captor de aquella joya, hoy más que nunca insustituible, leyera estas líneas y sintiera tocado su corazón. No lo espero.
         Más tarde, en 1955, volvimos a vernos, muy de paso. Zenobia no podía salir tanto ni manejar su auto. Juan Ramón iba sintiéndose huérfano de día en día. La obsesión de los olores lo perseguía. Hablamos de un automóvil a otro, pero ya no se reanudaron aquellas largas charlas de años pasados, en que, entre reticencias y medias palabras, celebrábamos severos procesos a los escritores de su tiempo y del mío. Recuerdo que me expuso su plan de coleccionar toda su obra, pero empezando por la producción más reciente y terminando por la más antigua. Hubo una breve referencia al episodio de Georgina Hubner. Fue muy de soslayo, y sentí que a Juan Ramón le escocía aún la irreflexiva crueldad de aquel grupo de escritores jóvenes peruanos, que le hizo objeto de tan impensada befa. Llego a pensar que todos los peruanos éramos para Juan Ramón, un poco cómplice del amargo caso...
         Ahora, cuando un cable de Benítez me dio cuenta del fallecimiento, sólo atiné a escribir veinte líneas, de las que despierto, ahora. Me han dicho que  muchos quisieran conocer mi opinión sobre el poeta; apenas puedo todavía describir mi recuerdo del hombre.

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            ¿Qué significa Juan Ramón Jiménez en la lírica del idioma? Es en la magnífica “Antología” de Onís (1934, no la de 1956) donde este significado aparece con prístina claridad. De los numerosos y excelentes poetas ahí seleccionados, sólo dos reciben el honor de una sección especial: Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Acertado paralelo. Si bien es cierto que a Rubén corresponde la primacía (había nacido en 1867 y fue determinante en la vocación de Juan Ramón, según se desprende del epistolario de ambos), le corresponde a Juan Ramón (nacido en 1881, es decir, catorce años después), el haber retorcido el cuello a la elocuencia, según el consejo verleriano, y abierto la vía a un arte asordinado, de mediostonos, crepuscular y sutil, inapto para la oratoria. Ya lo decía el poeta andaluz. “Rubén trajo el parnasianismo, Machado y yo el simbolismo”. Cierto, pero sólo en parte. El Rubén de “Cantos de vida y esperanza” (1905) había quebrado su amistad con la grandilocuencia, aunque todavía conservase metálicos acentos en sus odas a ciertos personajes de la vida real (Roosevelt, el Rey Oscar, más tarde Mitre).
         Juan Ramón señalaba como ineludible la impronta de Gustavo Adolfo Bécquer, en su poesía. No del Bécquer usual, sino de ese otro Bécquer secreto, de que con tanto acierto ha escrito Enrique Peña Barrenechea en un estudio no concluido aún, a lo que me parece. Bécquer, quizás el usual antes que el secreto, preside los primeros pasos de la poesía de Darío, según se ve en “Abrojos” y aún en “Azul” (1888). Mas, de seguro, Jiménez recogió ese no bien explicado mensaje becqueriano, que puebla la poesía de seres fantásticos y huye de la rima de un feo estribillo.
         La obra toda de Juan Ramón cumple con las apenas pespuntadas indicaciones del sevillano padre de las “Rimas”. Fue y es una poesía de matices y esguinces.
         Tenemos a la vista su “Tercera Antología poética” (Madrid, 1957), que lleva como cifras indicadoras las de 1898 y 1953, y un retrato por Sorolla, de Zenobia Camprubí Aymar. Cubre toda la órbita que media entre el volumen  “Poesía” (1898) y “Ríos que se van” (1953). Son 39 libros los ahí seleccionados. En el prólogo expone Juan Ramón su criterio sobre su arte, reproduciendo lo ya dicho a don Manuel Morente, casi cuarenta años atrás: “¿Qué es entonces sencillez y qué espontaneidad? “Sencillo entiendo que es lo conseguido con los menos elementos; “espontáneo”, lo creado sin ‘esfuerzo’. Pero es que lo bello conseguido con los menos elementos sólo puede ser fruto de plenitud, y lo espontáneo de un espíritu cultivado no puede ser más que lo perfecto... La perfección en arte es la espontaneidad, la sencillez del espíritu cultivado”.
         Mas, he aquí el prodigio: la primera composición de Juan Ramón Jiménez es ya perfecta, por sencilla, espontánea y plena. Dice así – y data de 1898.

ALBA


                               Se paraba

                                la rueda
                                de la noche...
                                                      Vagos ángeles malvas
                                apagaban las verdes estrellas.

                                Una cinta tranquila
                                de suaves violetas
                                abrazaba amorosa
                                a la pálida tierra.
                                Suspiraban las flores al salir de su ensueño
                                embriagando el rocío de esencias.

                                Y en la fresca orilla de helechos rosados,
                                como dos almas perlas,
                                descansaban dormidas
                                 nuestras dos inocencias
                                 -¡oh qué abrazo tan blanco y tan puro!-
                                 de retorno a las tierras eternas.

         Es increíble casi. Pero, los tonos, colores, melodía, obsesión, suavidad, sencillez, que aparecen en estos versos de los 17 años, mantendrán su vigencia, quintaesenciándose hasta los que escriba a los 77, o sea, sesenta años después. Pero, sin monotonía, entiéndase, con esa incomparable e insustituible frescura del verdadero poeta. Después vendrá la gracia a acrecentar esos logros. Vendrán las maravillosas acuarelas de sus Parques, donde cada palabra responde a un deber estético, donde cada objetivo se ajusta como la piel al hueso, transparente y vivaz:

Y allá sobre las magnolias
                                    en el traslúcido cielo
                                    de la tarde, brilla y tiembla
                                    una lágrima lucero.

                                    El jardín vuelve a sumirse
                                    en melancólico sueño,
                                    y un ruiseñor, dulce y alto,
                                    gime en el hondo silencio.

         O esta suavísima queja de “Nocturno”:

¡Qué triste es llorar, sin ojos
                                  que contesten nuestras lágrimas,
                                  estando toda la noche,
                                  como unos ojos, mirándolas!

         O esa endecha de ternura infantil:

Y me ofreció su mejilla
                                       como quien pierde un tesoro.

         Esta sencillez prístina y precoz, plenitud de maestro, devuelve al romance español toda su esplendidez íntima, sacándole de los ruidos bélicos a que nos habituó el romance del Cid. De la que brotan, naturalmente, el de Jorge Guillén y el de García Lorca, verdad que aquél más abstracto y éste más pintoresco, pero ambos siguiendo el compás invisible de Juan Ramón, a quien, más tarde, (ya en “Laberinto”, de donde eliminará la Elegía Goergina Hubner) ganará el ritmo de su época, el alejandrino modernista, tan parecido al francés y tan distinto del de Berceo y su descendencia.
         Dentro de su molde, Juan Ramón halla variantes sustanciales. No es el suyo el drama del escritor que crea un estilo y hace un sudario de él. Juan Ramón busca perennemente, como que vivió en perenne poesía. Zenobia, dicho sea de paso, ella tan poética también, le sacrificó su lirismo para darle la prosa necesaria a aquel “dulce y alto” ruiseñor que no cesó de gemir un solo día. Por eso Jiménez acierta con toda forma poéticas, y da al hai-kai un temblor único, menos pictórico, más intenso que el de Tablada y los imitadores del Japón. Por ejemplo:

AMOR
Ten cuidado
                                               cuando besas el pan.
                                               ¡Que te besas la mano!

         Nada más, y está dicho todo y más que todo, pues llega a lo más profundo. Y este otro poemita de “Eternidades”:

                         Cierra, cierra la puerta
                         como a ella le gustaba...
                         ¡Que se encuentre a su agrado su recuerdo!

         Tal gozo de crear y esta maestría simplista se mantiene hasta el último poema de la “Antología”, en que borda sin cesar el tema de Zenobia y el color oro de sus cabellos:

Mientras que yo te beso, su rumor
                             nos da el árbol que mece al sol de oro,
                             que el sol le da al huir, fugaz tesoro.
                             del árbol que es el árbol de mi amor.

                              No es fulgor, no es ardor, y es altor
                              lo que me da de ti lo que te adoro,
                              con la luz que se va; es el oro, el oro.
                              es el oro hecho sombra; tu color...

                               El color de tu alma: pues tus ojos
                               se van haciendo ella, y a medida
                               que el sol cambia sus oros por sus rojos
                               y tú te quedas pálida y fundida,
                               sale el oro hecho tú de tus dos ojos
                               que con mi paz, mi fe, mi sol: mi vida!

         De la poesía de Juan Ramón partieron, como de la de Rubén, diversas tendencias. En el Perú, la promoción que debió ser la modernista, la de José Gálvez, “Juan del Carpio”, Alejandro Herrera y Lora, el propio Ventura García Calderón, no eludió el impacto de la poesía jimeniana. Pero ya, alto el sol de este siglo, en Colombia, un vasto movimiento poético, el de los “piedracielistas”, arranca de un libro de Juan Ramón: “Piedra y cielo”, datada en 1913. Caracteriza ese libro la extrema simplicidad. Canciones breves, compendiosas, donde una figura arrebata pensamiento e intención, dejando vibrar como una espada su golpe, vivo el resplandor de la estocada. Uno de esos poemas, el titulado “El Poema”, dice nada más así:

¡No lo toques ya más,
                                       que así es la rosa!

         Consejo falaz, puro, Juan Ramón retocó siempre y cada día sus versos, comunicándoles en cada ocasión el nuevo mensaje de concisión, rica de significados, que le venía de lo alto y de lo hondo.
         Pocos poetas han sido más fieles a su misión. Juan Ramón no habría tampoco podido intentar ningún otro camino. Fue el suyo, destino de iluminado y sentidor. Traductor de acideces a lenguaje de suavidad, intérprete de lo aciago para sitibundos y delicadísimos. Poesía, a ratos, según la frase ajena aplicación, como “tela de araña para cazar huevos de moscas”, pero, no: mariposas.
         Todo lo que le debemos a Juan Ramón se queda en el umbral o traspuerta de este artículo. Habría aún más que hablar de su prosa, y de ese inolvidable y ya clásico “Platero y yo, y de sus “caricaturas líricas”, como las de “Españoles de tres mundos”, y sus apólogos. Y sus conferencias. Mas en todo ello andaba siempre diluido y presente, alerta, el poeta.  Su prosa, como su poesía, era poética e inventaba vocablos, con habilidad de patrón. A ratos, en su afán de buscar una poesía aséptica y parca, fue injusto. Una frase suya (“nerudones y chocaneros”) queda inscrita en el preámbulo de una antología que él presidió. Le molestaba el ruido, le enfurecía la poesía al servicio de otra cosa que no fuese la misma poesía. Le entusiasmaban los jóvenes, en afán magisterial de que abdicó nunca.
         Ahora, después de largo y al final voluntario exilio, de veintidós años, ha vuelto a la patria, yerto ya, y siempre al lado de Zenobia. Pareja simbólica para todos los poetas de hoy y de mañana, como la de Paolo y Francesca, de Abelardo y Eloísa, de Dante y Beatrice, de Petrarca y Laura. Días vendrán en que, como el Pére Lachaise de París, los enamorados emprendan romerías hasta Moguer de España, para ofrendar sus flores de promesa y confirmación sobre la tumba de Juan Ramón y Zenobia. Homenaje exacto. Exactamente poético. Como lo hubieran querido los dos.












(Revista Nacional de Cultura, Julio-Agosto de 1958, pp. 14-23).


        

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