lunes, 14 de septiembre de 2015

VERSIÓN TEATRAL DE “PLATERO Y YO”

VERSIÓN TEATRAL DE “PLATERO Y YO”

 


    (Madrid, (ANSA) El Teatro Español de Juventudes “Los Títeres” patrocinado por la Delegación Nacional de la Sección Femenina del Movimiento y la Dirección General de Espectáculos, pondrá en escena

en el salón de actos de la “Epo-Juventud” de esta ciudad una versión teatralizada de “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez. La versión es de José Hierro. Dicha obra alcanzó un resonante éxito durante la pasada temporada cuando se representó en el Teatro María Guerrero de Madrid.











(Suplemento Cultural de Últimas Noticias, 2-9-73).

VEINTIRÉS AÑOS DE LA MUERTE DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

VEINTIRÉS AÑOS DE LA MUERTE
DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Rodulfo González


  V

eintitrés años del fallecimiento de Juan Ramón Jiménez, el egregio poeta moguereño que en 1956 fuera honrado con el Premio Nobel de Literatura acaba de cumplirse el 29 de mayo. Desde joven obsesionado por la muerte, murió sin embargo a la edad de 77 años en la Clínica Niniya, de Santurce, San Juan de Puerto Rico. País donde había fijado su residencia definitiva desde mayo de 1951.
          Al morir don Víctor, el padre, en 1901, empezó en Juan Ramón este miedo a la muerte que no le abandonaría jamás. “La muerte de mi padre –reconocerá- inundó mi alma de una preocupación sombría; de pronto, una noche, sentí que me ahogaba y caía al suelo; este ataque se repitió en los siguientes días; tuve un profundo temor a una muerte repentina; sólo me tranquilizaba la presencia de un médico”. Este médico lo será por un tiempo el doctor Rafael Almonte, amigo de la familia. “Una noche –relata M. Hispano- Juan Ramón sintió el frío de la muerte. Se aterrorizó al saber tan lejano al médico, -allá en la finca de Nazaret- e incapaz de dominarse se echó una manta por los hombros y corrió por los campos hasta la casa del médico, donde todos duermen y reina el silencio. Juan Ramón, no atreviéndose a llamar a la puerta, pero incapaz de alejarse de aquella casa, se acurrucó en el umbral de la puerta y allí permaneció hasta que lo encontraron a la mañana siguiente”. El próximo médico lo será el doctor Simarro y luego Luis López Rueda, casado con una prima suya. Le aterra tanto la muerte que consigue que el médico duerma por las noches en su casa. Más adelante será él quien vaya a vivir a la casa del doctor López al cual acompaña en sus visitas domiciliarias.
         Juan Ramón había nacido el 23 de diciembre de 1881. Murió el 29 de mayo de 1958, dos años después de que muriera Zenobia Camprubí de Jiménez, su compañera y guardiana de toda la vida, con quien contrajo nupcias en Nueva York el 2 de marzo de 1916.


(EN ÓRBITA, Porlamar, mayo-junio de 1981, p. 18).






Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

TRIGO DEL BUEN COSTAL
R.A.

 H

a sido dado el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez. El galardón quizá nunca fue concedido en literatura con mayor acierto. De su poesía, el más alto elogio, es que, como excepción confirma la creencia, no recordamos, si de Valencia o Lugones, que la lírica occidental nunca alcanzó la finura, la delicadeza de Oriente. Las traducciones de los poetas chinos e hindúes dicen la justeza de la observación. Juan Ramón Jiménez, en nuestro pensar puede figurar sin desdoro entre los pares de Li Tai Pe. Nada agregamos en justificación de nuestro aserto. ¿Qué podía decir nuestra torpe prosa, que no fuera pálido y desvaído al lado del sentimiento de los fragmentos de la obra del insigne español que llena esta página, que hoy merece ciertamente su título, “Trigo del Buen Costal”?
      A quien tanto merece, le llega uno de los reconocimientos más preciados a cuantos se ocupan de arte y ciencias, en una hora infausta: la esposa, amante colaboradora en su obra, y compañera fidelísima en el exilio voluntario del poeta, agoniza en este día. Son inescrutables los designios del Azar; refugiemos en esto la esperanza, de que una injusticia más de lo inconocible, y en esta hora que tan alto tributo paga a lo artificial no hiera en los que Dios dota con igual exquisita sensibilidad, el impulso para expresar lo bello en la forma natural y pura de la verdadera originalidad.







(Diario de Occidente, Maracaibo, 28-10-56, p. 5).






Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

  Carta de España
SOLEDAD Y TERNURA
DEL POETA
                                 
                            Luis Augusto Arcay

E

 L 22 de agosto de 1936, huyendo de los horrores de la guerra española, Juan Ramón Jiménez cruzó el Atlántico y se aposentó en Puerto Rico. Veintidós años después, en la madrugada del 29 de mayo de 1958, en la habitación Nº 11 de la Clínica “Miniya”, un edificio blanco, puesto bajo la advocación de la Virgen del Rocío, se extinguió serenamente su vida. En dos palabras, las últimas que brotaron de sus labios armoniosos, quedó sintetizada su infinita ternura de poeta: “Madre...Moguer”. Madre, la madre de Dios, palabra que inunda de claridad su agonía, junto al de su verdadera madre, doña Pura, y la nostalgia, mojada por el llanto de la ausencia de su nativa Moguer, con las campanas de su torres sonándole en el pecho, y los azadones de labranza, y el arbolado, y “la muchacha en camisa que se peina” y la cuadra de “Platero”, el dulce “asnillo plateado de ojos negros azabaches en cuyos cristales se copia la soledad de los campos...”.


         Y en aquella madrugada de soledad y paz, aromada por las voces en oración del piadoso párroco Cabrera, de los médicos Hoyo y Batle, del rector de la universidad y de su sobrino Francisco ¿qué dulcísimas visiones en su fatiga última, en su última congoja ante la muerte? ¿Acaso, como una palpitación de despedida –aroma de flor, de camino, de niños, de sol, humedecidos en la fragancia de las rosas y en la hoja verde y oro de la primavera-, aquel paisaje donde se divisa el río y la Rábida y la sierra de Huelva y el cielo, amparado de azul de su Moguer...? ¿La alegría de los viñedos sumergidos en la blanca paz del pueblo en los días de su infancia? ¿Acaso el padre castellano, de ojos claros y de muchos señoríos, gozoso de su alto olivar, de sus jacas y sus tierras, y aquella casita de Arreburra, donde el niño poeta veía, trepado a un árbol, las tapias de Huelva y las cabezas del Conquero?
         Días de la infancia iluminada de recónditas promesas. La escuela de don Carlos, el dulce caballero barbado. Y el Colegio de los Jesuitas de Santa María, donde hizo el Bachillerato, entre sueños y olvidos y las disciplinas de las declinaciones, la capilla y el mar. Un paréntesis moguereño y, en Sevilla, el amor de Rosalina que le brinda, en su adolescencia precoz, mieles de ternura. Aparecen los primeros ángeles malva y, entre lo lírico y lo plástico y en Sevilla –él lo dice- se hace pintor, “visitando los estudios coloristas y fandangueros”. Pero pronto queda atrás la pintura y le envuelve la luz frenética de la poesía. Sus versos tienen un sabor romántico “lloran en el Guadalquivir”. Torna a Moguer. Publica en Madrid su poema “Nocturno” y, un poco después, va a la ciudad filipina a pontificar, con Darío y Villaespesa, en la arrolladora lírica del Modernismo.
         Es la primavera de 1900 cuando, un Viernes Santo lluvioso, llega a la Villa. Dentro de aquella exaltación y énfasis poético constante, fue su compañero Villaespesa, en cuya casa leían, cantaban, gritaban Elisa, su mujer; Leonor, la bella y, de vez en cuando, “una muchacha radiante de cabello de oro, irisada de aureola”. Fuentes, bosquecillos de la Moncloa, y andar y desandar calles, plazas, iglesias y recitar, cantar. Así –dice el mismo Juan Ramón-, “cuando el blando gris azul del cielo de Oriente caía sobre la Puerta del Sol, la calle de Alcalá, la Red de San Luis, la madrugada nos endulzaba el cuerpo y el alma y nos llevaba a dormir”.
         Moguer otra vez. La muerte del padre y la estancia en Francia en el sanatorio de Le Bouscat. Retorna a Madrid. Época de los Machado, de Martínez Sierra, de Benavente. La pz del campo. El poeta a sus versos: Elejías Pastorales, Jardines lejanos, Baladas de primavera, canciones llenas de chopos, de amapolas, de violetas, y aquel dulce amigo “pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón...”. Otra vez Madrid, con la vecindad explosiva de Gómez de la Serna. Y el hallazgo glorioso de Zenobia. “¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
         Nueva York, Cádiz, Madrid. Vida ordenada, vida fecunda y armoniosa. Zenobia, diligente, Zenobia, emprendedora y él, laminando gota a gota su poesía que es arroyo, es cristal, es transparencia, hasta que, en plena orgía roja salen Zenobia y el poeta camino de París. De Cherburgo a los Estados Unidos. Atrás queda España, con sus muertos y sus lágrimas. Puerto Rico. La odisea de la América del Sur y el retorno antillano.


         El 25 de noviembre de 1956, el Premio Nobel, el milagro poético y la gloria, recibidos cuando sollozaba al lado de su Zenobia agonizante. El rector de la universidad, Jaime Benítez, encargado de entregarle el mensaje, escribió: “Nos abrazamos. Zenobia hizo un esfuerzo y lo comprendió. Sus ojos brillaron un momento y comenzó a llorar”. Cuatro años días después se cerraron para siempre. Desde aquel día el poeta comenzó a morirse hasta que, a poco más de un años, en plena primavera, fue a acompañar a su tierna ausente. ¿No se apoyaba su tristeza en la alegría de Zenobia? Y ya no le era posible, ni siquiera, la tristeza.
         Los restos del poeta y de su esposa volvieron a España. El 4 de junio llegaron a Barajas. Con un pregón de jazmines en flor, Sevilla y Huelva les miraron pasar. Y en Moguer, “con la luz del tiempo dentro” y “Aguedilla y aquella niña que no podía ver con sus ojos negros”, Juan Ramón otra vez en su tierra, donde lo más suyo que le quedaba y para siempre, era la inmortalidad y su “blanco cementerio, lleno de árboles y abejas, de pájaros y flores...”.
Madrid, 1967.







(Índice Literario de El Universal, 13-8-67).

Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

SOBRE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                                 Juan Marinello


A

hora que ha muerto Juan Ramón Jiménez se abalanzarán sobre su obra críticos y amadores. La polémica será larga, porque el poeta fue una cifra cambiante y difícil, ambiciosa e insaciada. El autor de Eternidades es una encrucijada en vilo, una pugna inacabable entre las resonancias viejas y novísimas y su vitalicio ademán de cazador furtivo. J.R.J. atrae y rechaza por mil puntas aceradas, y transmitirá a su posteridad la pelea agónica que fue su nota cardinal.
         Una de las cuestiones que saldrá a la plaza, en el balance a que toda muerte invita, será la de su comunicación con el Modernismo, con el rubendarismo, mejor. El nexo existe, pero con mucha entraña polémica y diferencial. Fue obligado que los grandes poetas españoles de comienzo de siglo, forzados, urgidos a cambiar de ruta, quedaran deslumbrados por el luciente criollo. Darío no les mostraba sólo su impresionante maestría sino también la encarnación gentil de los capitanes franceses más en boga. Como otros escritores de su tiempo. J.R.J. se conmueve ante una orquestación inusitada, aunque ofrecida con idioma legítimo. Cuando aquel duende urticante, impaciente, que siempre le anduvo por dentro, le exigió sendas exclusivas, fue distinto del nicaragüense, aunque siempre recordándole la cuota.
         Pero si su acercamiento al Modernismo fue en J.R.J. un recodo para salirse del trillo cansado –y no la razón de ser de su poesía-, bien claro queda que fue a sus aguas porque en ellas encontraba satisfacción placentera a su inquebrantable definición aristocrática. En ello reside que hasta sus últimos días guardase reverencia incambiable por el autor de Cantos de vida y esperanza. Con ejemplar lealtad, reconocía la ascendencia, el parentesco, la línea. Interlocutor de minorías – más o menos inmensas-, fue de la familia de Rubén, aunque resonancias peculiares, y nacionales, le lanzaron por otros predios.
         Siempre hemos creído que su distancia del Modernismo, dentro de un acatamiento de esencias, dibuja una de las más firmes magnitudes de J.R.J. Porque parece innegable que lo que conduce al poeta de Belleza a una parcela distinta y obstinada en su fidelidad de raíz a la tradición española. Pero para que esto quede bien claro hay que decir de inmediato qué tipo de rumor tradicional suena en sus versos. Unas relevantes palabras del propio poeta nos darán el emboque certero. Durante su escala cubana escribió en la Revista Cubana (marzo de 1937, páginas 72 y 73), comentando unas conferencias de Don Ramón Menéndez Pidal: “La poesía, literatura en general ha seguido, (creo yo, Don Ramón) dos líneas constantes y seguras” desde sus comienzos: una popular, colectiva, impulsiva: (Poema del Cid, Arcipreste Hita, una parte del Romancero, Marqués de Santillana, Santa Teresa, Lope, Cervantes, Espronceda, Unamuno Valle-Inclán, García Lorca, por ejemplo); otra minoritaria, individualista, estática: (Berceo, Auto de los Reyes Magos, Garcilaso, Fray Luis de León, Herrera, Góngora, Quevedo, Calderón, Gracián, Duque de Rivas, Rubén Darío, Gabriel Miró, por ejemplo)”. La distinción es de mucho jugo y perspicacia, con todas las quiebras de las generalizaciones apresuradas.
         Lo primero que hay que decir es que J.R.J. debió haber puesto su claro nombre en el final de la segunda línea destacada; fue en verdad su exaltación y remate contemporáneos. Y que no debió omitir, entre sus parientes de más vuelo, a San Juan de la Cruz. Por otra parte, la clasificación –que responde a muy hondas razones y es por ella válida-, padece de errores de enfilamiento, como enseguida veremos.
         Que de una parte está lo directo, lo popular, lo impulsivo (lo impulsivo, ¡qué bien dicho!), y de la otra lo estático, es verdad en todas las literaturas, y la cesura es más violenta y tajante en la española. No debemos olvidar que en ella cuentan lo más realista –pensemos en el Arcipreste- y lo más etéreo; pensemos en los místicos, como San Juan. La “fermosa cobertura”, que decía Don Iñigo López de Mendoza, mirando de frente a la poesía de calderos y adobes de Santa Teresa. Los que esperan y desesperan, en suma; por lo que en ninguna literatura como en la peninsular se ha esperado mejor, ni se ha desesperado tan gallardamente. Desde luego que cada autor tiene su preferencia, su cauce maestro; pero algunos pusieron las plantas en los dos campos. Santillana, que J.R.J. sitúa entre los impulsivos, fue, cierto, “el Marqués de los proverbios”, el poeta de las serranillas y decires, pero también el docto aduanero de lo francés en la mocedad y el artífice de los sonetos “fechos al itálico modo” en la madurez . García Lorca casa la voluntad de estilo con la lealtad popular. Y en Quevedo hay impulso y taraceo, sangre y arabesco.
         La clasificación saldría mejor afinada y más segura si se atendiese no tanto al impulso como a la intención; más a la resonancia que al gesto. Si así se hace, no quedarían Valle-Inclán y Darío –que vieron la realidad a través de la literatura- en los predios distintos en que J.R.J. los sitúa. Si a ello se atendiese, la progenie juanramoniana quedaría destacada nítidamente,  y mejor entendido su caso. Se vería entonces que el poeta de Piedra y Cielo es un caso sorprendente –y exacto-, de lealtad al costado estático de las letras españolas. En el arranque está Bécquer y hasta la porción colectiva del Romancero que a veces resucita; pero al alzar el vuelo se le enrarece el aire, y en su obra madura, cuajada esencial, queda hijo de Góngora. Algunos críticos, con ligereza culpable, deducen, del ascendente hermetismo juanramoniano, que es un disidente de lo tradicional español, un escritor ganado por aires extranjeros, por nubes universales. Olvidan lo que no olvidó el poeta: la persistente línea enrarecida que nunca abandona el curso de su literatura maternal. Pero la confusión es explicable. Lo minoritario estorba la afiliación porque soslaya la sustancia identificable en que todos se dan las manos. La parábola encubridora, disparada hacia lo abstracto, que es la obra de J.R.J., nace de una voluntad aristocrática que tiene en su tierra obstinada persistencia. El santo y seña pudo darlo Gracián, desde su solio de San Sebastián conceptista.
-2-
         No puede escribirse el nombre de Juan Ramón Jiménez sin que venga al recuerdo el de Antonio Machado, su gran contemporáneo. Se integran frente a las mismas inquietudes estéticas y cuajan hacia el mismo tiempo. Son dos eminentes renovadores de una lírica que había perdido hacía tiempo su carga de sorpresas. Es interesante recordar, ahora que los dos se han ido, cómo J.R.J. reconoce en 1940 el maestrazgo de ambos en la poesía hispánica contemporánea. A Machado y a sí mismo atribuye el florecimiento “de la conciencia poética de España en lo más íntimo, delicado, profundo o alto, en lo más ideal o espiritual del ser español”. Y con introspección cruzada de luces lancinantes, dice allí de sí mismo que “acaso por su amor a la invención y al cambio, por su inquietud y su entusiasmo creadores, por su acción constante particular y ajena de enamorado de la poesía, ejerció influencia más extensa y visible, y sigue y seguirá arrepentido y discutido siempre por los demás y sobre todo por él mismo. Cada día estima menos lo suyo”. En estas palabras anda la distancia en su compañero de gloria.
         Juan Ramón Jiménez es, en efecto, un enamorado de la poesía como hallazgo y como arte poética. Antonio Machado es un servidor de su ministerio lírico. Cuando se ha leído la obra de los dos escritores extraordinarios, queda más claro que Machado fue un resignado y J.R. un atormentado. En 1937 decía el autor de Platero y Yo: “Voy a cumplir 56 años en La Habana, a fines de este diciembre. Después de 40 años de fervorosa pasión lírica de mi instinto y mi conciencia, sigo seguro, como a los 45, a los 35, a los 25, a los 15 años de no haber logrado nada a mi gusto en idea, sentimiento ni palabra. Lo que quiero expresar, ¡qué lejos se queda de lo que expreso! Más lejos cada vez, en el fondo eterno, negro o dorado, del camino de luz y sombra. Me sorprende cada vez más extrañamente, cuando oigo a otro poeta, joven o viejo, jactarse satisfecho de sus conquistas estéticas”. “Poeta, creador oculto de un astro no aplaudido”, escribí una vez una noche española ya lejana. No puede hacerse, en verdad, mejor retrato. Lo dominante en J.R.J. es esta pasión concéntrica, alimentada de la propia entraña, conquista inusitada a la que se entrega la vida. Si no se da con lo impar, la vida se pierde. Lo mismo que en Góngora, lo mismo que en Gracián. En Machado, hijo de Santa Teresa y de Cervantes, la expresión es un oficio andador, y en definitiva gozoso. En todos, lo español, pero en sus puntas encontradas. La voz del pueblo encuentra eco en J.R.J. contra su mismo desvelo arisco pero, en lo más, se interpone su dramática ansiedad, su afán nunca cumplido de obra desnuda e inasible.
         Esta distinción de entraña fuerza al paralelo y a la preferencia. Ya sabemos que por mucho tiempo se mostrarán, frente a ella, las posturas distintas: los ladeados a la expectación, darán su voto a uno; los inclinados a la impaciencia, lo darán al otro. Pero llegará un día en que la votación será del todo favorable a Antonio Machado, gran ilusionador de la sangre cercana. ¿Es que acaso no lo está diciendo la misma clasificación secular que Juan Ramón nos entrega? El fallo del tiempo cae, no hay dudas, del lado de los impulsivos, porque de ellos nace una corriente de aguas profundas y calientes que a todos nos llega, alimenta y conforta. El nombre -¡qué nombre!- de Cervantes, situado con máximos derechos en la lista humanada, es el argumento concluyente, incontestable. Habrá que hablar aquí de nuevo (¡qué remedio!) de la leche de la bondad humana; es decir, de la resonancia generosa, confluente en que toda criatura toca un poco de sí misma. Claro que no nos llegaría el gusto consanguíneo sino lo asistiese la superior maestría; pero es que ella se alcanza por virtud de la disposición del creador que pone los ojos singulares en la circundante ansiedad.
-3-
         No conocimos bastante a J.R.J. Algunas conversaciones, algunas carta y una consideración honrosa y fiel. Tal relación bastaba para ver al hombre consustanciado con el poeta. Su presencia física –sus ojos, sobre todo-, daban la singularidad ansiosa y el desarraigo trágico. Nos tocó conocer a los dos líricos primordiales sobre el mismo telón de fondo: sobre la dura guerra de liberación de su pueblo. La circunstancia histórica entregaba, como ningún otro hecho, el ser de los dos escritores. Porque a veces necesita el hombre que una realidad decisoria lo dibuje del todo. Españoles radicales, el desgarramiento del regazo maternal los conmovía dramáticamente, pero con drama distinto.
         A Antonio Machado lo conocí en charlas muy llanas y libres en su casita de Rocafort, cerca de la Valencia sitiada y maltrecha. A J.R.J., en el exilio digno, en sus días habaneros. Vivía el poeta peregrino la lucha de su tierra; la vivía en carne viva, en el desasosiego creciente, en el soterrado tormento. Pero no hay mucha literatura en decir que J.R.J. le dolía el dolor de España, que el propio dolor se le volvía conflicto y amargura, como a Quevedo. Entre el amor al pueblo en armas –hondo y legítimo-, y su adhesión militante, se alzaba su desollada singularidad, se interponían los reparos con nombres y apellidos; el recodo ingrato le impedía contemplar la magnitud del panorama; el árbol dañado, la erguidez del bosque. Su fórmula era ésta: -Sí; pero... La de Machado fue siempre: -Sí; a pesar de todos... Dos hombres, dos ademanes, dos literaturas. A quien les conociera la obra, la distinta postura no podía sorprenderle. Machado fue, durante toda la guerra, un combatiente entusiasmado, entregado, ejemplar: sobre la pelea fabulosa de su pueblo escribió sus mejores páginas. Sólo la identificación activa, a todo riesgo, podía inspirarlas. J.R.J. siempre fiel a su España, no pudo romper su cerco encarnizado.
         Tenemos muy presente la última visita a Antonio Machado. Nos despedimos en el soportal minúsculo de su refugio valenciano. Los aviones alemanes apuntalaban aquella tarde, con su desesperante rumor, al final de la defensa heroica. Sabía el poeta que ya no se podía resistir. Miraba al cielo largamente y después musitaba: -Terrible, pero a la larga inútil... Y allí se estuvo, hasta la hora de una emigración que sabía sin retorno. Fue, hasta el final, fiel a su humanidad y a su poesía. También lo fue J.R.J. pero dentro de su obre espinado y lejano. Amó también a sus gentes, pero minoritario, individualista, estático” (volvamos a sus palabras), no dio nunca con el puente que lo comunicase, que lo hundiese, con el querer inmediato del pueblo. Su obra es una escala que asciende hacia sí mismo; la de Machado una senda hacia el corazón de cada criatura digna de su amor. El vuelo de J.R.J. fue siempre aventura desolada. El de Antonio Machado, viaje en compañía, ilusión serenada. Por eso los ojos de uno y de otros eran tan distintos. Juan Ramón Jiménez miraba desde su altar, la pupila dolorosa, pero imperiosa en su dolor, desvelada en una como soltería dramática. Así debió mirar Góngora. Antonio Machado miraba con una tristeza sonreída, con la pupila temblorosa de pequeñas luces benévolas, buscando el árbol en que prender su esperanza. Así debió mirar aquel “temprano amigo del hombre” que fue Miguel de Cervantes.

La Habana, 1958.









(Papel Literario de El Nacional, 5-7-58, pp. 1 y 6).

                  


Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA


PREMIO NOBEL
SAINT JOHN PERSE
COMPITE CON
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ 
P.P.

C

ompetidor con el gran poeta Juan Ramón Jiménez, español universal, es el francés Saint John Perse, que oculta bajo seudónimo su verdadero nombre: Alex Leger.


Desde luego, tenemos, como nuestros lectores, predilecciones y simpatías. Y así también nosotros aspiramos a que Juan Ramón Jiménez, el poeta y el hombre, reciba el Premio Nobel. Sin embargo no podemos negarle méritos a Saint John Perse...
         Por cierto la obra de Saint John Perse satisface a poetas y escritores de la calidad de Ida Gramcko, J.A. Escalona-Escalona, Guillermo Sucre, Benito Raúl Losada, Adriano González León. Creemos que posiblemente estas personas citadas se encuentran en una disyuntiva: ¿Juan Ramón Jiménez o Saint John Perse?


         Sin embargo, en última instancia, todos estos intelectuales venezolanos si pudiesen votar, se inclinarían por el autor de "Platero y Yo”. Mas, hay que dejar constancia que Saint John Perse para nosotros criollos tiene un interés muy particular: el de haber nacido en el Caribe.
            -Sí, en la isla de Guadalupe- nos decía Adriano González León- Saint John Perse junto con Aimme Cesaire representa ese caso desconcertante de lenguaje y maravilla que las colonias francesas de América ofrecen al mundo de la poesía, enriqueciéndolo con los matices y las fosforescencias que los misterios del trópico ofrecen. Quizás muy pocos poetas como Perse hayan logrado una expresión tan personal y elocuente, tan cargada de fuerza y de delirio cosmogónico. Sin duda, es uno de los más grandes poetas de nuestros tiempos; eso sí, no supera a Juan Ramón Jiménez.
            -¿Su voto entonces?
            -Para Juan Ramón...



(El Nacional, 25-10-56, p. 16).

        


SAINT JOHN PERSE COMPITE CON JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

PREMIO NOBEL

SAINT JOHN PERSE COMPITE

CON JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                                                      P.P.
    
     Competidor con el gran poeta Juan Ramón Jiménez, español universal, es el francés Saint John Perse, que oculta su verdadero nombre: Alex Leger.
     Desde luego, tenemos, como nuestros lectores, predilecciones y simpatías. Y así también nosotros aspiramos a que Juan Ramón Jiménez, el poeta y el hombre, reciba el Premio Nobel. Sin embargo no podemos negarle méritos a Saint John Perse.
      (...) Por cierto en Venezuela obra de Saint John Perse satisface a poetas y escritores de la calidad de Ida Gramcko, J.A. Escalona-Escalona, Guillermo Sucre, Benito Raúl Losada, Adriano González León. Creemos que posiblemente estas personas citadas se encuentren en una disyuntiva: ¿Juan Ramón Jiménez o Saint John Perse?
       Sin embargo, en última instancia, todos estos intelectuales venezolanos si pudieran votar, se inclinarían por el autor de “Platero y Yo”. Mas hay que dejar constancia que Saint John Perse para nosotros criollos tiene un interés muy particular: el de haber nacido en el Caribe.
        -Sí, en la isla de Guadalupe –nos decía Adriano González León. (...) Sin duda, es uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo; eso sí, no supera a Juan Ramón Jiménez.
        -¿Su voto entonces?
        -Para Juan Ramón...




(El Nacional, 25-10-56, p. 16).

p>

RELACIONES ENTRE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ Y MARIANO PICÓN SALAS

RELACIONES ENTRE
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ Y MARIANO PICÓN SALAS

Ricardo Gullón


  M

ARIANO Picón-Salas al enviar a Juan Ramón Jiménez, en 1943, su precioso Viaje al amanecer, puso en la primera página esta dedicatoria: “Al maestro Juan Ramón Jiménez este librito de imágenes infantiles en que hubiera querido imitar algo de la gracia de su Platerillo. Con la admiración y afecto de M. Picón-Salas”. No estaba desplazada la alusión a la difundida “autobiografía lírica” del poeta moguereño, pues en las prosas, autobiográficas también, de Picón-Salas hay una gracia verbal, un arte evocativo, que es fácil y justo asociar con los que cristalizan en la creación del inmortal asnillo andaluz. En el libro de Moguer como en el libro de Mérida, se inventan y vivifican tiempos y figuras de lo pasado; y vivos quedan porque al describirlos o evocarlos o soñarlos, los autores acertaron a convertir en experiencia nueva, en poesía, el recuerdo viejo.
         Cuando en el verano de 1943 Juan Ramón publicó en la revista mejicana Rueca su artículo “El español perdido”, uno de sus textos más entrañables y reveladores, expresión de angustia por el exilio en tierras donde el idioma no era el suyo, lo dedicó a Mariano Picón-Salas, sin duda pensando en que como escritor y como hombre que había vivido análogas experiencias entendería bien la pesadumbre de su aislamiento lingüístico.
         Años después, en 1954, se cruzaron entre ellos algunas cartas. Tratándose de quienes se trata vale la pena de publicar (y puedo hacerlo por cortesía de la Universidad de Puerto Rico) las conservadas en la Sala Zenobia-Juan Ramón (de otra escrita el año precedente no hallé rastro); no solamente prueban la buena relación existente entre ellos, sino –esto es poco o nada conocido- informan sobre el proyecto de una visita de Juan Ramón Jiménez y su mujer a Venezuela. Proyecto incumplido, impulsado probablemente por la sensación de cercanía a Caracas que le daría Puerto Rico.
         El viaje al Plata, donde Juan Ramón tanto gozó con las recepciones extraordinarias que le hicieron en Montevideo, Buenos Aires y otras ciudades argentinas le dejó buen sabor de boca y acrecentó su deseo de conocer otros países hispánicos. Desde mediados de 1952 su salud –su equilibrio mental- había ido mejorando, y en 1953-54, superado el choque de la operación de Zenobia en Boston, se sentiría con fuerzas para realizar el viaje a Venezuela que, según se deduce de las cartas que voy a transcribir, Picón-Salas sugiriera anteriormente. No he podido hallar sino dos cartas de éste y una copia de la que Juan Ramón le escribió, reanudando la relación epistolar con él. No es mucho, pero sí suficiente para documentar el interés del andaluz universal por conocer Venezuela y el de Picón-Salas por ayudarlo a realizar su deseo.
         En las cartas que siguen destaca la gentileza del escritor venezolano, su exquisita cortesía y la postura de digno retraimiento en que se mantuvo durante los años de la dictadura de Pérez Jiménez. En esa dignidad frente a los desafueros del poder coincidían los dos amigos. Quiso el azar que ambos fueran, en distintas épocas profesores visitantes en la Universidad de Puerto Rico; el autor de Viaje al amanecer en 1949-51; el de Españoles de tres mundos, en 1953-55. Coincidencia también, el detalle que ambos se dirigieran una vez al estudiantado puertorriqueño en pleno. El año 1946 Picón-Salas disertó en el acto de colación de grados, sobre un tema apasionante para los isleños: ”Apología de la pequeña nación” ; el año 1954, Juan Ramón leyó, en la fiesta anual dedicada a la Lengua, su conferencia  “El romance, río de la lengua española”. No por casualidad lazos sutiles fueron uniendo el destino de los escritores, no sólo semejantes en la pulcritud del estilo, sino en la vocación intelectual y en la conducta ejemplar.
         La copia de la carta de Juan Ramón no tiene fecha. No creo que entre ella y la respuesta de Picón-Salas mediara mucho tiempo, por lo que pienso fue escrita en febrero de 1954. Veámosla:
         Sr. D. Mariano Picón Salas
         Caracas, Venezuela
             Querido Mariano Picón Salas:
         no tuve el gusto de recibir respuesta a nuestra última carta del año pasado en la que le preguntaba qué podría yo hacer en Venezuela para pagar nuestro viaje, pero no se preocupe en absoluto de no haberme contestado porque de todos modos no hubiéramos podido ir este año pasado. Las combinaciones de barcos no nos convenían y yo no puedo viajar en avión por mi enfermedad cardiaca.
         Estoy terminando un largo artículo que se llama “Rubén Darío español”, en el que comento algunos de sus muchos poemas a España o sobre España. Dará unas 30 páginas de papel grande de máquina y estoy pensando mandárselo a usted para “El Nacional”, ya que usted fue tan amable que me pidió que enviase colaboración cuando pudiera. Como yo tengo mucha labor inédita en prosa ¿le parece a usted que sería posible que yo colaborara una vez al mes o cada dos meses en  “El Nacional”? A mí me gustan muchos estos suplementos literarios de los periódicos hispanoamericanos y he colaborado en varios de ellos.
         Su libro sobre Méjico lo hemos leído los dos juntos o separados y lo consideramos precioso literariamente y de gran interés jeneral, dada la abundancia y variedad de sus asuntos. Usted debiera publicar muchos libros como ése.
         Con recuerdos de mi mujer, quedo siempre
         Apartado 1933
         Universidad,
         Río Piedras,
         Puerto Rico.

         La respuesta de Picón-Salas debió llegar en seguida, y sus términos no ofrecen duda del buen deseo y la cordialidad de quien la escribiera:

         M. Picón-Salas
        Quinta “Biche”, Avdas. Roosevelt y
        Olimpo. Caracas.

         22 de febrero. 54

         Mi ilustre y querido maestro:
         Muchas gracias por su carta tan gentil. Estaba tan desorganizada la Universidad el año pasado (alboroto estudiantil y viaje del Rector durante meses por Sur América), que no fue posible arreglar su viaje con todos los honores y ventajas que queríamos para Ud. sus admiradores. Usted sabrá que yo tengo muy poca vela en nuestro espectáculo o Administración universitaria. Si Ud. quisiera venir en vapor a fines de este año, podríamos hacer la campaña como cosa nuestra. La noticia de que Ud. podría venir suscitó aquí enorme entusiasmo de cuantos le quieren y admiran.
         Encantado de que Ud. desee colaborar en  “El papel Literario” de “El Nacional”, y tiene enteramente a la orden sus páginas. Dada la pequeñez material del suplemento, el trabajo sobre Rubén Darío podría Ud. fragmentarlo en 3 o 4 artículos, que se publicarán hebdomadariamente. Por cada artículo que nos mande podríamos pagarle $ 30 (dollares), suma más alta que estoy autorizado a ofrecer en las ediciones normales del periódico. Sólo en ediciones extraordinarias de aniversario “El Nacional” paga más ¡Cuánto quisiera disponer de un presupuesto más vasto para ofrecerle remuneración más adecuada a lo que Ud. significa! No habrá pues, problema sino agrado y honor nuestro, en empezar a recibir sus colaboraciones.
         Le he hecho enviar por el lento correo ordinario mi reciente libro sobre Cipriano Castro, desnudo cronicón de días venezolanos realmente terribles. Y reservo para Ud. un ejemplar de Obras escogidas que acaban de editar en España en muy bonita edición que me llega en estos días.
          Infórmeme también si todavía le place la idea de visitar Venezuela. Sólo mi intencionado y para Ud. muy explicable aislamiento administrativo retardó el deseo de influir en los “grandes” de la Universidad para que le llegara una invitación anhelada por todos.
         Con muy cordiales saludos de mi mujer y mios para su señora, reciba toda la afectuosa admiración de su amigo,
                                                  Mariano Picón-Salas.
        
Hay un movimiento poético venezolano de última hora, muy importante.   ¿Le han llegado los libros de Ida Gramcko? Hace un año publicó un libro excepcional. Le haré llegar ése y otros poéticos de importancia, si no los tiene.

Esta carta tiene en el ángulo superior derecho la C que Juan Ramón ponía en las que recibía, una vez contestadas. No he podido encontrar el borrador de la respuesta, pero del contexto de la impresa a continuación se deduce que aquélla fue acompañada por un artículo, el titulado “Límites del progreso o la debida proporción”, fechado en Río Piedras, 1954, sin indicación de mes y día. Con el mismo título se había publicado en el No. 2 (Julio-Agosto 1937) de Verbus, en La Habana, una serie de “Notas”, y así rezaba el subtítulo, distinto del texto enviado a Caracas; lo publicado en Cuba eran reflexiones inspiradas en su mayor parte por el reencuentro con Nueva York, en setiembre 1936. El recorte guardado en la Universidad de Puerto Rico no dice cuando apareció ese texto en Papel Literario, aunque supongo que se publicó a fines de junio o primeros días de julio del mismo año. Del 8 de julio es la carta siguiente:

Caracas, 8 de julio de 1954.
Señor don Juan Ramón Jiménez.
Río Piedras, Puerto Rico.
Ilustre maestro:
            Perdóneme si un mundo de cosas: lucha económica despiadada en esta ciudad que es quizás la más cara del mundo, viajes por el interior del país y la extrema nerviosidad con que aquí se vive no me permitieron contestarle a tiempo su última y gentil carta. Su última y brillante colaboración ya salió en “El Papel Literario” y la Administración me informa que le giraron hace días el cheque correspondiente. El periódico tiene la costumbre de hacer liquidaciones mensuales a sus colaboradores, de modo que no extrañe si entre la publicación del artículo y el envío del pago transcurren a veces cuatro o cinco semanas.
Todos en el periódico han celebrado mucho su propósito de colaborar en “El Papel” y nos encantará recibir nuevos envíos suyos.
También debo darle excusa sobre aquella insinuación que le hice de que viniera a visitarnos. No hemos abandonado el proyecto que cuando se anunció, produjo enorme regocijo. Pero la Universidad ha tenido una serie de problemas de presupuesto y yo –por una serie de razones- estoy en el “estado llano” profesoral y mis influencias no llegan ni desean llegar hasta los palacios. Sus amigos y admiradores aquí no tienen, precisamente, buena fortuna. En el siglo XVIII los neoclásicos decían con palabra muy fea: “el cambiamiento” de los tiempos.
Le explico, pues, que si no siempre soy todo los formal que quisiera o debiera, es por muchas y duras contingencias. No deje de seguir colaborando en “El Nacional”.
Toda mi admiración y los más cordiales votos por su bienestar.
                                      Muy suyo,

Mariano Picón-Salas.

¿Sería este el punto final en la relación entre prosista y poeta? No me atrevería a asegurarlo, pero así parece. A finales de 1954 recayó Juan Ramón en su neurosis y se reanudó el triste ciclo de médicos y sanatorios suspendiendo prácticamente toda actividad literaria y toda correspondencia. En octubre de 1956 murió Zenobia y esta pérdida recluyó al poeta en apatía y soledad de que realmente nunca volvió a salir.




(Papel Literario de El Nacional, 15-3-70).





Rodulfo González,JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

PRISMA DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
                  Guillermo de Torre

                                                                  

                                                                           RAZÓN DE AMOR



“Oh, pasión de mi vida, poesía

 desnuda, mía, para siempre”,

había escrito Juan Ramón Jiménez en una página de Eternidades, dando así un sentido doblemente posesivo, no sólo de exclusivismo poético, sino también erótico, carnal, a su “razón de amor”. Razón de amor más absoluta, menos abierta al debate, que la de aquel famoso poeta medieval así titulado, donde dialogan dos enamorados. Como que la “razón de amor” juanramoniana no admitía la menor sombra de “disputación” ni con el estilo del siglo XIII ni del siglo X; pertenecía al linaje pascalino de aquellas razones del corazón que la razón no entiende. Y esto a pesar de que, junto a sus cuantiosas poesías, el autor del Diario de un poeta recién casado vertiera también algunas teorías y nos haya dejado dispersos aforismos, notas, conferencias, polémicas; conjunto que nunca llegó a organizarse de modo coherente en una Ética estética –tal su nombre anticipado-, pero que ahora incumbe recopilar a sus albaceas literarios. En suma, sus razones, que a fuer de poéticas no eran propiamente tales, que eran intenciones cordiales, preferencias y rechazos temperamentales, vistas en conjunto, venían a ser una nueva “defensa de la poesía”, emitida con no menor pasión y absolutismo que la de un Shelley. (“Poetry is the record of the best and happiest moments of the happiest and best minds...”)

EL LOCO DE POESÍA

        Porque Juan Ramón Jiménez era el “loco de poesía”, era un poseído de la poesía. Era –sustancial, raigalmente-, no estaba –accidental, ocasionalmente. La distancia entre ser y estar –tan decisiva en nuestro idioma- queda aquí más clara y acusada que nunca. Desde su adolescencia había “entrado en poesía” como sin entrara en religión, donándose con plenitud de potencias a ese arte. Había hecho los votos de renunciamiento prescritos. Se había encerrado no con siete llaves, pero sí con una llave maestra: la clave poética. Única que utilizaba para abrir el almacén literario de los siglos, encajara o no en cerraduras muy dispares. Pues no es lógicamente hacedero reducir a unidad la diversidad espiritual del mundo escrito o en imágenes. Mas el tropiezo en ese escollo resulta común a cuantos incurren en panlirismo, sin ser grandes poetas como Juan Ramón Jiménez lo era por modo definitivo, singular. Como que, en puridad, hablar de grandes poetas en plural es siempre un abuso del lenguaje. Alcanzan solamente tal categoría muy contados de cada siglo, y aún hay siglos hueros en este sentido –que aparecen, sin embargo, colmados de otros valores, como sucede con XVIII.
         Quizá en la última centuria de la literatura de nuestra lengua no hay otra figura comparable a Juan Ramón Jiménez en lo que atañe no sólo a calidad, sino a esa preocupación única, excluyente, avasalladora por la poesía. Era su mundo, su razón de ser. Poesía y no literatura. Distinción legítima, hasta cierto punto, desde luego, pero que de ningún modo puede traducirse en antítesis, según pretendieron algunos modernamente y según Juan Ramón la resolvía. Mas no he de insistir en lo erróneo de tal disociación, como tampoco en su concepto de una “poesía infalible”, puesto que ya hace años, tanto Enrique Díez- Canedo como el que suscribe expusimos las objeciones y puntualizaciones debidas.
         Aclararé, no obstante, que en último extremo lo que Juan Ramón Jiménez entendía genéricamente por poesía era el cultivo y exaltación de la belleza, era la aspiración a “una vida mejor”, era lo vocativo del “trabajo gustoso”. Por donde quiera que él pasó estos últimos años –La Habana, Buenos Aires, Puerto Rico-, iba sembrando un reguero de incitaciones. “Hay que alentar a los jóvenes, hay que animar las vocaciones poéticas” –recuerdo que decía cierta tarde en Buenos Aires. Y alguien –no cualquiera- muy representativo, aunque menos crédulo, comentó al otro lado del salón: “Hay que disuadirlos, más bien... En América tenemos ya demasiados...”

PLEITOS DE INVERNADERO


         Juan Ramón se había encerrado –él lo dijo- “en su casa con la poesía, muy a gusto de ella y mío”. El lugar del secuestro no era, desde luego, una mítica torre de marfil, pero sí una habitación forrada de corcho, donde se estrechaban todas las olas ruidosas del mundo exterior. (No es una invención de anecdotario tuvo su realidad en Madrid, Velásquez, 96) ¿Qué perseguía este hombre? Mejor dicho, ¿de qué huía aquel caballero barbado, espejo de distinción, tan grave y tan incisivo al mismo tiempo? Aparentemente de todos y de todo –todo lo vulgar, gesticulante, maleado, impuro, medido con su rasero de exigencia y desdén. Pero en la realidad, la supuesta lejanía se tornaba en cercanías muy próximas y oprimentes. “Si te encierras en un granero, la furia del granizo te apedreará con más fuerza que en el campo”- reza un proverbio chino. La hipersensibilidad del poeta le jugaba esta mala pasada. Sacaba de quicio, magnificaba, dramatizaba menudos, insignificantes hechos de la vida cotidiana o literaria, demasiado atento a las debilidades del prójimo. “Se envenena –oí decir cierta vez a alguien, vengativo- al inspirar el mismo oxigeno que expira”.
         Le hería el contacto humano y, sin embargo, le llegaban como a nadie sus roces y contragolpes. Con algo de Savonarola fustigaba los vicios de la ciudad literaria y fulminaba excomuniones desde un púlpito de corcho. ¿No era todo ello desproporcionado, sin equivalencia con el mínimo volumen de los pretextos? ¡Qué cartas, qué frenos de indignación y desdén emitía el poeta, expresando sus insalvables distancias, ante cualquier requerimiento! Cuando se leen estos textos –los publicó varias veces complacidamente el propio autor y están hoy recogidos en extracto por Gabriela Palau de Nemes en Vida y obra de Juan Ramón Jiménez- resultan desmesurados, incomprensibles... Con todo, más lo eran –ya sin ninguna excusa, ya sin quedar neutralizados, salvados por la gran obra personal- en algunos de sus seguidores, en sus involuntarias dúplicas y caricaturas. La influencia, el liderazgo que ejerció durante varios años sobre las nuevas generaciones de poetas, y que él cultivaba, suponía honores, pero también riesgos y desfiguraciones.
         Mas no insistiré en este aspecto vulnerable de su personalidad, que podría ser mal entendido por quienes se solazan únicamente con las debilidades de los grandes hombres. Lo único que me importaba apuntar era hasta qué punto la atmósfera de enrarecimiento voluntario que Juan Ramón Jiménez llegó a crearse durante una etapa de sus años madrileños, se traducía adversamente en contradicciones y equívocos, en pleitos doméstico-literarios ridículos. Aludo, por ejemplo (mera alusión desde lejos, pues al más mínimo acercamiento correría uno el riesgo de ser chamuscado por sus rescoldos), a cierta famosa y misteriosa –en sus causas- polémica subterránea y enemistad pública que mantuvo durante veinte años con dos escritores tan dignos –sin contar otros valores- como Pedro Salinas y Jorge Guillén. Cuando hace pocos años el último de los nombrados se resolvió a “tirar de la manta”, publicando en una revista (Indice, de Madrid) los “dosiers” de aquella disputa, todos los lectores –inclusive los más afectos a uno y otro bando litigante –tuvimos la triste impresión de asistir al “parto de los montes”. Una tempestad en un vaso de agua. Porque si la revista del grupo equis había publicado, pensaba publicar o dejaba de publicar tal poema de Juan Ramón Jiménez antes o después que otro de Unamuno, porque si uno de los amigos del primero “traicionaba” a la secta minoritaria dando un original a un periódico, porque si a un telegrama intemperante se respondía con otro dramático...:¿Cómo era posible, ¡Santo Dios!, que aquel minúsculo pique de vanidades y recelos, engendrado por una futileza, engendrara tal cisma y se hubiera mantenido intacto, mejor dicho, agravado, durante sus decenios? ¡Ah! pero al pensar así sucedía que nosotros dejábamos de lado la verdadera causa determinante del pleito; no era otra que la atmósfera pesada de aquel ambiente de invernadero donde los protagonistas del episodio gesticulaban, presos en una tramoya de adictos, alabanzas y condenaciones, promulgando códigos, dictando antologías. Podía parecernos todo aquello incomprensible porque viviendo al aire libre, o con vistas a horizontes más anchos, no entrábamos en el juego. Sucedía –sin caracterizar lo ya deformado- que mirábamos desde fuera y a distancia cierto reducto anímico y vital donde lo literario perdía su poliformismo fascinante y se reducía a una sola cara; donde sus habitantes negábanse a rebasar cierto estadio elemental –extrañamente compatible con el mayor refinamiento-, obstinándose en prolongar una suerte de adolecentismo lírico, dando la impresión de no querer llegar a la adultez intelectual, perdiéndose en melindres y disputas, no ya de café –al cabo, éstas siempre pintorescas, ricas en muecas y anécdotas-, sino de habitación asfixiante, mal ventilada.
         En fin, han pasado los años y es hora de que esto se escriba sensatamente. Además, si los pleitos de Juan Ramón y sus amigos-enemigos nada agregan o restan a la valoración literaria última de uns y otros, sin embargo, abstraídos los hechos, despersonalizados, reducidos, diríamos, a pura esencia fenomenológica, tal vez puedan servir de elementos para componer algún día una psicología de tipo poético, donde se diseque fríamente el papel interno de esta singular fauna. Ya Scheler trazó, aunque demasiado abstractamente, en sus

Formas de vida, la psicología del “homo aestheticus”; queda por escribir, con más relieve, la psicología particular del “homo poeieticus”.
         ¿Se ha reparado alguna vez de modo suficiente en el hecho de que Juan Ramón Jiménez no es sustancialmente un poeta español-castellano ni está inscrito en esa tradición central? Así escribía yo hace poco (1), y ahora he de insistir con nuevos argumentos y precisiones. El autor de la “elegía andaluza” Platero y yo se acuesta más bien a otra línea, a la arábigo-andaluza, en lo idiomático y en lo espiritual, por instinto y por voluntad. De ahí le viene, en primera y última instancia, su originalidad radical, su modo inalienable, con las grandezas y las limitaciones inherentes a toda parcelación. A ello se debe, ante todo, becquerianismo latente, basado sin duda en una afinidad ambiental más que estética (pues esta última no tiene asidero ni justificaría la exaltación que del autor de las Rimas hizo Juan Ramón Jiménez, algo desmesurada por sus seguidores). Después, la insistencia que siempre mostró en manifestarse como continuador de la “mejor poesía regional andaluza”, al tiempo que renegaba de toda filiación modernista. Con cierto son de reproche hacía quien fue su efectivo maestro e iniciador, Rubén Darío, escribía Juan Ramón Jiménez (en un anticipo del libro El modernismo poético en España y en Hispanoamérica (2), que ojalá haya dejado completo, pues constituiría un documento inapreciable): “Nunca le oí hablar de estos finos, profundos poetas rejionales y dialectales <Rosalía de Castro, Verdaguer, Curros Enríquez..> tan importantes en la evolución de nuestra poesía española, desde la Edad Media y a través del Renacimiento y el neoclasicismo. Siguen la línea que queda anhelante en Cristóbal de Castillejo, ya palpitada por Jorge Manrique y Gil Vicente, que cojen luego Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Lope de Vega y Bécquer y la unen a nosotros”.
         Estas preferencias y, contrariamente, sus discrepancias frente a lo castellano, se hacen aún más visibles en ciertas expansiones autobiográficas, vertidas al rendir homenaje a Ortega y Gasset, evocando la juventud de entrambos (3). Nos cuenta allí cómo Ortega “hubiera preferido que yo cantase a Castilla como Unamuno o como Antonio Machado, o como un conjunto de los dos: que él había escrito ya que su ideal de poesía castellana sería un Antonio Machado menos descriptivo con un Miguel de Unamuno más sensorial”. Agrega Juan Ramón Jiménez que él no sentía tal cosa, pues “tenía conciencia de que era andaluz, no castellano, y ya consideraba un diletantismo, inconcebible por los escritores del litoral, Unamuno, Azorín, Antonio Machado, Ortega mismo, la exaltación de Castilla”. Se declara, pues, enemigo de “ese eternismo castellano, y confiesa que por tal motivo ha llegado a detestar un soneto suyo muy celebrado, aquel que empieza: “Estaba yo echado en la tierra enfrente/ del infinito campo de Castilla...”. Condenación arbitraria, comentemos al pasar, pues es una de las piezas más profundas y logradas de los sonetos espirituales, condenación no menos caprichosa que la de su bellísima “Elegía a Georgina Hubner”, aunque en este último caso medien los motivos de un fraude amoroso...
            Explicando su anticastellanismo nos dice luego el poeta: “Mi idea instintiva de entonces, y consciente de luego, era la exaltación de Andalucía a lo universal en prosa; y en verso, a lo universal abstracto; y como creo que es verdad que hábito hace al monje, yo me puse por nombre “el andaluz universal” a ver si podía llenar de contenido mi continente”. He aquí explicado sin jactancia el porqué de ese remoquete que a tantos pudo parecer un día lo contrario, es decir, presuntuoso o sin fundamento.
            Pero viviendo al fondo del asunto, ¿qué hay en este anticastellanismo juanramoniano sino una espontaneidad temperamental más, una reafirmación más o menos subconsciente de su panlirismo identificado con lo meridional, una defensa de lo exclamativo en contraste con lo discursivo, del subjetivismo extremado y vagaroso por oposición a cualquier intento objetivista de fijar netamente, castellanamente, los perfiles rigurosos de las cosas...? Ahí, y no en otro sitio, está el origen verdadero –más que en teorías aparecidas un poco después en todo el mundo- de su menosprecio de lo “retórico”. De ahí deriva en la poesía juanramoniana su sentido del matiz frente al ímpetu, su preferencia por lo sintético y aun lo epigramático contra el desarrollo y otras características semejantes. De ahí también su ambición de una poesía “inefable” (que al no expresarse, al no traducirse en palabras ignoramos de qué forma podría ser identificada como tal poesía...); y finalmente, como consecuencia obligada, su fobia contra lo barroco. Pero ya antes de ahora (4) tuve ocasión de discutir esos puntos de vista.
            Por lo demás, y a propósito de su último libro édito, Animal de fondo, observando la ruptura de límites que en su espíritu y en su estructura verbal se advierten, tan cercanos de lo barroco, fácil es comprobar cómo  fallan aquí sus abominaciones contra tal estilo. Y es que, en definitiva, cada tema, cada estado de ánimo, sentido con intensidad, busca y crea fatalmente su clima verbal, su estilo propio.

(Revista Nacional de Cultura, Julio-Agosto de 1958, p. 27-34)

_____
(1)     “Homenaje a Juan Ramón Jiménez”, La Torre de Puerto Rico, números 19-20, julio-diciembre de 1957.
(2)     Revista de América, Bogotá, número 16, abril de 1946.
(3)     “Recuerdo a José Ortega y Gasset”, en Clavileño, número 24, Madrid, noviembre-diciembre de 1953.
(4)     Primero en Problemática de la literatura (páginas 150 y siguientes de la segunda edición, 1958), y luego en el capítulo “Juan Ramón Jiménez y su estética de Las metamorfosis de Proteo (Losada, Buenos Aires, 1956).