“PLATERO Y YO”, A LOS 50 AÑOS
Luis Jiménez Martos
D |
URANTE
50 años, un libro, Platero y yo, ha
ido creciendo en lectores e hizo mucho porque su autor ganara auténtica
universalidad. Puede decirse que un buen porcentaje del motivo que por el que
Juan Ramón Jiménez ganó el Nobel de Literatura 1956, se debe a su ocurrencia de
escribir las pequeñas aventuras de un hombre solitario en compañía de un rucio
“tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por
dentro como de piedra”.
En 1917 apareció la primera edición
íntegra de esa obra –antes había salido otra en “La Lectura ”- y, según acaba
de recordarnos Guillermo de Torre en un artículo publicado en ABC de Madrid, apenas si la crítica hubo
de olfatear lo que llegaba. Era tan leve, tan mínimo, tan delicado, que la
finura de percepción no podía, lógicamente, alcanzar a muchos. Uno disculpa lo
parco del eco.
Desde entonces a este aniversario de
medio siglo de andadura, Platero y yo
ha ido acumulando más sencillos lectores -¡tan bien le van!- que glosas
críticas, estudios, exégesis, etcétera, unánimemente admirativos y con dos
apoyos, por lo común: la extraordinaria belleza de su texto poemático y la
importancia suma del mismo dentro de la creación juanramoniana. Es verdad: son
bastantes los que han entrado –los que hemos entrado, debo decir- en el mundo
del poeta andaluz gracias a ese libro, y bastantes también los que han limitado
a la lectura de esas páginas su conocimiento de aquel.
Platero
y yo supuso el término de una etapa creadora de J.R.J., a partir de la cual
inició la “poesía pura”. “Platero y yo” es la decantación máxima del esfuerzo
para no caer en las inevitables servidumbres del modernismo, aunque sin
perderlo de vista, oponiéndole un breviario de sencillez que, como la luz, no
quiebra el cristal. Por esta causa, tiene algo de melancólica despedida de un
estilo y de un modo de vivir, que en adelante no serían usuales ni posibles en
quien los hiciera tan suyos. Algo de todo esto se trasparece en el subtítulo
–“elegía andaluza”-, normalmente omitido y que no hay que referir sólo el hecho
de que uno de sus protagonistas, el animal, muera y sea después evocado bajo el
cielo de Moguer o ante una efigie de cartón que llega a parecer al poeta más
real que “Platero” de carne y hueso. La intención elegíaca, decía, no debemos
reducirla a las resultas de la historia que líricamente se cuenta, sino también
al escenario de ella, a la vida que encuadra.
El escenario de Moguer (Huelva), un
pueblo de la Andalucía
atlántica, en una zona marinera y pescadora, a poca distancia de Palos, punto
de partida de Colón y sus hombres hacia América. Importa no aislar el contenido
del continente, ni olvidar que Juan Ramón Jiménez, a lomos de su burrillo,
estaba viendo una realidad y no inventándola; describiría, pues, lo mágico
cotidiano sin salirse del pueblo y sus alrededores; su sentimiento se concretó
ahí, en esas prosas poéticas, tras haber erradicado mucho por jardines
interiores y melancólicos, procedentes de sus lecturas más que de sus experiencias.
Yo digo que “Platero” fue una salvación para el poeta, una salvación en la luz,
la cal y la naturaleza nativas, un gesto de increíble dulzura frente al mal
gusto, la violencia y la zafiedad de las gentes. Cuando el rucio quedó
enterrado en Fuentepiña, bajo la vegetal vigilia de un pino, Juan Ramón había
cumplido una depuradísima norma estética -espontaneidad y sencillez como
valores fundamentales-, pero igualmente una norma ética, tan ligada a la
anterior hasta constituir una doctrina que iría acelerando la expresión de sus
predicados justamente a partir de 1917.
La después llamada estética y
ético-estética juanramoniana tiene mucho que ver con ese libro, que tantos han
querido dejar en una zona rosa o cursi o narcisista a secas. ¿Por qué se escribió?
Antes que nada, porque un hombre –el poeta- no podía aceptar la forma de vivir
de sus semejantes, y eso le engendró una aguda soledad desembocada en el
monólogo. Juan Ramón habla con “Platero” al no estar seguro de poder entenderse
con los humanos, y no por impedírselo la complejidad de su alma, sino debido a
que su alma busca ser o acercarse a ser la simplicidad misma.
Pero el poeta hace sus distinciones,
alzado casi a ras del suelo o desde el suelo, y separa a los humildes y a los
que sufren y a los que son niños, aunque ya no tengan la edad de la niñez, de
aquellos otros cuya costumbre es ir viviendo por raíles vulgares, desentenderse
de los demás, hacer gárgaras con las cosas puras. Por supuesto que El Andaluz Universal no se apunta a
ninguna especie de demagogia ni trata de arreglar el mundo en un santiamén.
Pero sí deja claro lo que prefiere: una sociedad habitable y compartible; una
belleza que impulsa el mejoramiento del trato humano, es decir, una belleza a
nivel popular pero con sentido aristocrático.
Una de las cosas que más han criticado
al moguereño en imaginarlo a gusto en su torre de marfil. Pues bien, es él
quien dice: Mi apartamiento, mi
soledad sonora (que tanto me han echado
en cara, y siempre del revés malévolo, y tanto me han metido conmigo en una
supuesta torre de marfil, que siempre vi en un rincón de mi casa y nunca usé)
no los aprendí de ninguna falsa aristocracia, sino de la única aristocracia
verdadera y posible.
Los
aprendí desde niño, en mi Moguer, del hombre del campo, del carpintero, del
albañil, del talabartero, del encalador, del alfarero, del herrero, que
trabajaban solos casi siempre en lo suyo, con el cuerpo en el alma, y los
domingos muchas veces como yo, por la verdad, la fe, la alegría de su lento y
gustoso trabajo diario.
Aprendió eso en Moguer, al que aplica,
por ser el pueblo suyo, la ideología reformista de la Institución Libre
de Enseñanza, cuya cabeza principal, don Francisco Giner de los Ríos, tuvo
tiempo aún, apenas el último, para leer Platero
y yo y comprobar que un poeta discípulo de sus enseñanzas había entendido
como nadie el franciscanismo, la condición sagrada del trabajo, el gusto por la
naturaleza, el amor hacia los hombres y los animales. Y ahí, en una Andalucía
social y económicamente deprimida, un poeta profundamente inadaptado,
perteneciente a la burguesía en desgracia –barcos y viñas de ayer, pleitos
perdidos hoy- quería rescatar lo mejor y enseñárselo a todos, empezando por lo
niños. Platero y yo no fue escrito
para estos; lo que ocurrió es que el poeta desconfiaba de quienes no fueran
iguales o parecidos a niños pudiesen gustarlo. Por fortuna, su timidez le
equivocó y Platero ha recorrido y
recorre el mundo, en diversidad de manos, conciencias y corazones. Es un libro
que sirve para medir la sensibilidad.
Ahora lo sabemos mejor: su poesía no se
debe sólo a que haya en él mariposas y cubos de agua con estrellas; pozos y
pinares; viñas y atardeceres granate, con el mar cerca; se debe también, y
mucho, a la luz que lleva por dentro e invita a ser mejores.
Este verano fui por primera vez a
Moguer. Y pude constatar –junto a la tumba de Juan Ramón y Zenobia, en la Casa Museo , por las
calles- que el secreto sin secreto de Platero
y yo es esa luz, copiada de la que en el hermoso pueblo andaluz lo envuelve
todo. La luz pura para una poesía humanamente pura.
Madrid,
diciembre 1967.
(Índice Literario de El Universal,
17-12-67).
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