lunes, 14 de septiembre de 2015

“PLATERO Y YO”, A LOS 50 AÑOS

“PLATERO Y YO”, A LOS 50 AÑOS

            Luis Jiménez Martos

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 URANTE 50 años, un libro, Platero y yo, ha ido creciendo en lectores e hizo mucho porque su autor ganara auténtica universalidad. Puede decirse que un buen porcentaje del motivo que por el que Juan Ramón Jiménez ganó el Nobel de Literatura 1956, se debe a su ocurrencia de escribir las pequeñas aventuras de un hombre solitario en compañía de un rucio “tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro como de piedra”.


         En 1917 apareció la primera edición íntegra de esa obra –antes había salido otra en “La Lectura”- y, según acaba de recordarnos Guillermo de Torre en un artículo publicado en ABC de Madrid, apenas si la crítica hubo de olfatear lo que llegaba. Era tan leve, tan mínimo, tan delicado, que la finura de percepción no podía, lógicamente, alcanzar a muchos. Uno disculpa lo parco del eco.
         Desde entonces a este aniversario de medio siglo de andadura, Platero y yo ha ido acumulando más sencillos lectores -¡tan bien le van!- que glosas críticas, estudios, exégesis, etcétera, unánimemente admirativos y con dos apoyos, por lo común: la extraordinaria belleza de su texto poemático y la importancia suma del mismo dentro de la creación juanramoniana. Es verdad: son bastantes los que han entrado –los que hemos entrado, debo decir- en el mundo del poeta andaluz gracias a ese libro, y bastantes también los que han limitado a la lectura de esas páginas su conocimiento de aquel.
         Platero y yo supuso el término de una etapa creadora de J.R.J., a partir de la cual inició la “poesía pura”. “Platero y yo” es la decantación máxima del esfuerzo para no caer en las inevitables servidumbres del modernismo, aunque sin perderlo de vista, oponiéndole un breviario de sencillez que, como la luz, no quiebra el cristal. Por esta causa, tiene algo de melancólica despedida de un estilo y de un modo de vivir, que en adelante no serían usuales ni posibles en quien los hiciera tan suyos. Algo de todo esto se trasparece en el subtítulo –“elegía andaluza”-, normalmente omitido y que no hay que referir sólo el hecho de que uno de sus protagonistas, el animal, muera y sea después evocado bajo el cielo de Moguer o ante una efigie de cartón que llega a parecer al poeta más real que “Platero” de carne y hueso. La intención elegíaca, decía, no debemos reducirla a las resultas de la historia que líricamente se cuenta, sino también al escenario de ella, a la vida que encuadra.
         El escenario de Moguer (Huelva), un pueblo de la Andalucía atlántica, en una zona marinera y pescadora, a poca distancia de Palos, punto de partida de Colón y sus hombres hacia América. Importa no aislar el contenido del continente, ni olvidar que Juan Ramón Jiménez, a lomos de su burrillo, estaba viendo una realidad y no inventándola; describiría, pues, lo mágico cotidiano sin salirse del pueblo y sus alrededores; su sentimiento se concretó ahí, en esas prosas poéticas, tras haber erradicado mucho por jardines interiores y melancólicos, procedentes de sus lecturas más que de sus experiencias. Yo digo que “Platero” fue una salvación para el poeta, una salvación en la luz, la cal y la naturaleza nativas, un gesto de increíble dulzura frente al mal gusto, la violencia y la zafiedad de las gentes. Cuando el rucio quedó enterrado en Fuentepiña, bajo la vegetal vigilia de un pino, Juan Ramón había cumplido una depuradísima norma estética -espontaneidad y sencillez como valores fundamentales-, pero igualmente una norma ética, tan ligada a la anterior hasta constituir una doctrina que iría acelerando la expresión de sus predicados justamente a partir de 1917.
         La después llamada estética y ético-estética juanramoniana tiene mucho que ver con ese libro, que tantos han querido dejar en una zona rosa o cursi o narcisista a secas. ¿Por qué se escribió? Antes que nada, porque un hombre –el poeta- no podía aceptar la forma de vivir de sus semejantes, y eso le engendró una aguda soledad desembocada en el monólogo. Juan Ramón habla con “Platero” al no estar seguro de poder entenderse con los humanos, y no por impedírselo la complejidad de su alma, sino debido a que su alma busca ser o acercarse a ser la simplicidad misma.
         Pero el poeta hace sus distinciones, alzado casi a ras del suelo o desde el suelo, y separa a los humildes y a los que sufren y a los que son niños, aunque ya no tengan la edad de la niñez, de aquellos otros cuya costumbre es ir viviendo por raíles vulgares, desentenderse de los demás, hacer gárgaras con las cosas puras. Por supuesto que El Andaluz Universal no se apunta a ninguna especie de demagogia ni trata de arreglar el mundo en un santiamén. Pero sí deja claro lo que prefiere: una sociedad habitable y compartible; una belleza que impulsa el mejoramiento del trato humano, es decir, una belleza a nivel popular pero con sentido aristocrático.
         Una de las cosas que más han criticado al moguereño en imaginarlo a gusto en su torre de marfil. Pues bien, es él quien dice: Mi apartamiento, mi soledad sonora (que tanto me han echado en cara, y siempre del revés malévolo, y tanto me han metido conmigo en una supuesta torre de marfil, que siempre vi en un rincón de mi casa y nunca usé) no los aprendí de ninguna falsa aristocracia, sino de la única aristocracia verdadera y posible.
         Los aprendí desde niño, en mi Moguer, del hombre del campo, del carpintero, del albañil, del talabartero, del encalador, del alfarero, del herrero, que trabajaban solos casi siempre en lo suyo, con el cuerpo en el alma, y los domingos muchas veces como yo, por la verdad, la fe, la alegría de su lento y gustoso trabajo diario.
         Aprendió eso en Moguer, al que aplica, por ser el pueblo suyo, la ideología reformista de la Institución Libre de Enseñanza, cuya cabeza principal, don Francisco Giner de los Ríos, tuvo tiempo aún, apenas el último, para leer Platero y yo y comprobar que un poeta discípulo de sus enseñanzas había entendido como nadie el franciscanismo, la condición sagrada del trabajo, el gusto por la naturaleza, el amor hacia los hombres y los animales. Y ahí, en una Andalucía social y económicamente deprimida, un poeta profundamente inadaptado, perteneciente a la burguesía en desgracia –barcos y viñas de ayer, pleitos perdidos hoy- quería rescatar lo mejor y enseñárselo a todos, empezando por lo niños. Platero y yo no fue escrito para estos; lo que ocurrió es que el poeta desconfiaba de quienes no fueran iguales o parecidos a niños pudiesen gustarlo. Por fortuna, su timidez le equivocó y Platero ha recorrido y recorre el mundo, en diversidad de manos, conciencias y corazones. Es un libro que sirve para medir la sensibilidad.
        


         Ahora lo sabemos mejor: su poesía no se debe sólo a que haya en él mariposas y cubos de agua con estrellas; pozos y pinares; viñas y atardeceres granate, con el mar cerca; se debe también, y mucho, a la luz que lleva por dentro e invita a ser mejores.
         Este verano fui por primera vez a Moguer. Y pude constatar –junto a la tumba de Juan Ramón y Zenobia, en la Casa Museo, por las calles- que el secreto sin secreto de Platero y yo es esa luz, copiada de la que en el hermoso pueblo andaluz lo envuelve todo. La luz pura para una poesía humanamente pura.
Madrid, diciembre 1967.




















(Índice Literario de El Universal, 17-12-67).

                    

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